Podencos

"Juanito" Mühlegg, cuando todavía era Juanito

El lío que se ha oganizado estos días a cuenta de los escándalos de dopaje me ha recordado un caso de hace tiempo. Es el de Johann Mühlegg, esquiador de nacionalidad española, pero de origen alemán, a quien le fue retirada la medalla de oro que obtuvo en los juegos de Salt Lake City. Había dado positivo por darbepoetina. Cuando obtuvo la medalla lo convirtieron en un héroe, todo un caballero español; Juanito Mühlegg lo llamaron. Tras su descalificación, los medios se lanzaron contra él y a partir de aquel momento dejo de ser español; en sentido metafórico podría decirse que recuperó su nacionalidad alemana.

Hace unos años, en una columna (o quizás un editorial, no recuerdo bien) de un periódico español considerado progresista, se manifestaba la satisfacción que producían los éxitos del deporte español y se argumentaba que tales éxitos eran la tarjeta de visita de España, la muestra de su progreso y modernidad, motivo de orgullo para todos los españoles. Tras tanto tiempo de postración y de atraso, parecía que ya empezaba a ser alguien en el mundo.

Alberto Contador pasando por el "confesonario"

Hace unos meses hemos sabido que Alberto Contador ha sido acusado de ponerse algo prohibido (la presunción de inoncencia obliga) y aunque hay quienes no se tragan la historia de la chuleta, el mismísimo secretario de estado pone la mano en el fuego por él, como también hace nuestro Lehendakari. Ya veremos en qué queda esto, pero me temo que ambos, como tantos otros, tendrán que tragarse sus apoyos incondicionales.

Y ahora se ha montado una operación mediático-policial con nombre de una raza de perros (aunque quizás debieran haber utilizado un nombre de perro diferente), cuya víctima más notable es una señora que corría mucho.

Cuanto más mayor me hago, menos soporto la histeria deportiva. Ya ni siquiera disfruto con el espectáculo. No soporto que el deporte se haya convertido en el asunto que más interesa a la gente ni que tenga más repercusión que cualquier otra cosa, y menos en un país que está, literalmente, al borde del colapso y cuya viabilidad futura es más que dudosa. Y tampoco aguanto las formas tan chabacanas que exhiben muchos cronistas deportivos y muchísimos más aficionados. Si a eso unimos la pretensión de que el deporte sea motivo de orgullo patrio, mi aversión al deporte espectáculo alcanza cotas insuperables.

Marta Domínguez, de celebración

La aparición de estos, -y otros-, casos de dopaje pone claramente de manifiesto que, entre otras cosas, hacer recaer sobre los éxitos deportivos el prestigio y el marchamo de modernidad de todo un país tiene serios riesgos. Pero hay más. ¿Nadie se ha parado a pensar la moraleja que esconde toda esta secuencia? Si, finalmente, muchos de esos éxitos sobre los que se ha elaborado un discurso de modernidad y orgullo patrio han resultado ser un fraude, ¿no será porque en el fondo, el fraude lo son la propia patria y su proyecto nacional? Todo lo que no se basa en el trabajo bien hecho, en el rigor, en la seriedad y en planteamientos a largo plazo, es puro humo. Humo eran los éxitos deportivos; humo es el país entero.

Post scriptum 1: después de escribir esto, he oído las dclaraciones de un señor que habla en nombre de uno de esos organismos fantasmas creados por los de siempre para hacer lo de casi siempre; tras escucharle, sólo se me ha ocurrido pensar que lo que hoy vale para España y sus “éxitos” deportivos, mañana podría valer para Euskadi y los suyos. Nadie está libre. Me refiero a las selecciones vascas, claro.

Post scriptum 2: esta entrada la he escrito a partir de lo que escribió, -como siempre muy bien-, mi vecino Javier Vizcaíno en su blog Más que palabras