Todas las complicidades posibles

Para mi gusto, en el discurso del lunes de Mariano Rajoy hubo exceso de declaraciones de fe y fervor patriótico, aunque, en honor a la verdad, quizás es que los tiempos exigen patriotismo. Habrá que tomar nota.

Pero también vi algunas virtudes en lo que dijo el candidato a la investidura. Es cierto que fue vago en bastantes asuntos, como si no se quisiese manifestar todavía en relación con ciertas materias. Pero nadie podrá reprocharle falta de claridad en lo fundamental, y me refiero tanto al diagnóstico como a la orientación de las medidas que propuso. En lo relativo al diagnóstico, el panorama que dibujó de la situación económica española fue tenebroso. Las cifras macroeconómicas que ofreció, que son las que dibujan el marco de referencia, indican una situación verdaderamente mala, por no decir catastrófica. Y en relación con la orientación de las políticas que desarrollará, dejó bien claro que es del todo acorde con la doctrina imperante en Europa: austeridad y contracción del tamaño del estado.

Por algunas de las afirmaciones que realizó al comienzo del discurso, -en relación con la necesidad de poner la mirada más allá de lo inmediato-, podría pensarse que Mariano Rajoy está de verdad pensando en utilizar la crisis para realizar la reforma, por redimensionamiento, que necesita el estado desde hace años. El estado, -entendido como el conjunto de administraciones y organismos paragubernamentales-, ha crecido mucho durante la pasada década, más que la actividad ajena al sector público. Y ese es un lastre que dificulta la salida de la actual situación de postración e hipoteca las posibilidades de progreso futuro. El problema es que las medidas que hay que poner en práctica para poner coto a ese ente insaciable siempre encuentran la oposición frontal de los sectores interesados en que las cosas queden como están.

A la hora de la verdad, los propósitos de reformar la administración para reducir el estado no suelen materializarse, porque es mucho más difícil de lo que parece limitar la voracidad económica y burocrática del Leviathan de nuestro tiempo. Lo fácil es, por el contrario, quedarse en meras palabras o, como mucho, limitarse a aplicar medidas de fácil aceptación por la opinión pública española. En ese sentido, es preocupante que en vez de referirse con cierto detenimiento a lo obvio, -la necesaria reforma de la Ley de la Función Pública-, se limitase a cuestiones de importancia relativa en el contexto de unos problemas como los que afirma querer resolver, como es la propuesta de cambiar la regulación de las televisiones autonómicas.

En las cuestiones apuntadas se cifra, no el único, pero sí uno de los grandes retos de la legislatura que empieza para el Partido Popular. Abordar el redimensionamiento de la administración en sus múltiples facetas va a ser clave, no ya para salir de la crisis cuanto antes, sino para afrontar el futuro con un mínimo de garantías. Y hacerlo sin entrar como elefante en cacharrería en el ámbito competencial de las administraciones autonómicas tratando de igualarlas a la baja, será clave para que el gobierno pueda contar con un mínimo de complicidad por parte de los poderes periféricos. Dada la gran ventaja parlamentaria con que cuenta, habrá quien piense que el PP no necesita de complicidad ninguna, pero eso no es cierto. Porque para afrontar con posibilidades de éxito la tarea que tiene ante sí va a necesitar de todas las complicidades posibles.