Meros autómatas

A cuenta del homenaje que la Real Academia Española tributó a la lengua vasca la pasada semana, asistí de lejos a un curioso debate en torno a la convivencia lingüística. Una de las personas que intervinieron afirmó que quizás sería bueno que en Europa solo se utilizase una lengua. De esa forma, -argumentaba quien defendía tal idea-, nos entenderíamos mejor y, quizás, nos irían mejor las cosas. Utilizaba el ejemplo norteamericano y el idioma inglés como referencia. A quien sostenía tal opinión le parecía que la diversidad lingüística constituye un obstáculo para la comunicación.

En realidad, lo que es un obstáculo para la comunicación es no conocer más que una lengua. En la historia de la Humanidad el monolingüismo ha sido la excepción y el bilingüismo o el trilingüismo, la norma. Las ciudades, los territorios, los países han sido, por variadas razones, escenarios de encuentro de personas pertenecientes a diferentes grupos lingüísticos, y lo normal ha sido que cada uno conociese dos o tres lenguas. Han sido quizás los europeos pertenecientes a las tres grandes potencias occidentales históricas y, dentro de éstas, los hablantes de sus lenguas hegemónicas, -ingleses, franceses y castellanos/españoles-, los únicos que se han mostrado mayoritaria y pertinazmente incapaces de hablar otra lengua que no fuese la materna. Claro que no es casualidad que hayan sido esas tres naciones las que, en el periodo comprendido entre la configuración de los estados modernos y comienzos del siglo XX, han tenido vocación imperial y han llegado a erigir imperios.

La función social de una lengua es la comunicación; así es. Pero las lenguas cumplen otras funciones, también de gran importancia, que alimentan necesidades básicas de los seres humanos. Cada lengua nos ofrece una versión diferente del mundo. Se suele poner el ejemplo de la nieve y los inuit; pero los hay más sutiles y de consecuencias más imprevisibles, como por ejemplo las que se derivan de que la lengua tenga partitivo o no lo tenga. Cada lengua nos ofrece algo parecido a una cosmovisión. ¿Habría que renunciar a varias de esas visiones del mundo en aras de una hipotética mejor comunicación?

La lengua crea belleza. Es la materia prima de la literatura, y la literatura es, -para algunos, al menos-, una fuente de goce indescriptible. La literatura que se crea en una lengua y la que se crea en otra son diferentes; las obras literarias se traducen, sí, pero la traducción, por excelente que sea, modifica el original. ¿Qué razón puede haber para no tener acceso a más de una literatura? ¿Por qué, si podemos acceder a dos o tres, debemos renunciar a ello?

Y por último, la lengua alimenta la identidad; es, de hecho, una de las componentes más frecuentes e importantes de las identidades colectivas. Hay quien sostiene que las identidades son singulares y carecen de componentes compartidas. Pero esa idea simplemente denota ignorancia u obedece a un deseo. La pertenencia al grupo es un rasgo básico de la naturaleza humana. Ese grupo puede ser mayor o menor, puede ser tribu o nación, pero es el entorno humano que nos da cobijo, con el que compartimos raíces, tradiciones, vivencias, proyectos, etc. Se trata de algo tan básico, tan esencial en nuestra naturaleza, que hasta tiene un sustrato neuroendocrino; es parte de nuestra fisiología.

Las lenguas sirven para comunicarnos, sí, pero sirven para otras cosas. No sé cómo seríamos sin esas otras cosas, pero seríamos menos humanos, mucho menos; estaríamos más cerca de ser, quizás, meros autómatas.