Tonto el que lo lea (o la parábola de Steve Jobs)

En octubre de 2003, al recientemente fallecido Steve Jobs se le diagnosticó un cáncer de páncreas. Se trataba de una rara variedad de cáncer en ese órgano, con muy buen pronóstico si se extirpaba quirúrgicamente. Sin embargo, en un primer momento Jobs decidió no operarse. Optó, en cambio, por recurrir a un remedio alternativo, -una alimentación especial-, confiando en que esa dieta le acabaría curando el cáncer o, cuando menos, le permitiría mantenerlo controlado mientras buscaba otros tratamientos alternativos. La ciencia médica, sin embargo, es concluyente al respecto: en ese tipo de tumores, sólo la cirugía ofrecía y ofrece posibilidades de curación. Finalmente, en julio de 2004, nueve meses después del diagnóstico, aceptó ser operado, y tras la operación anunció que había superado con éxito una enfermedad que lo había llevado al borde de la muerte. Como sabemos, Steve Jobs ha estado enfermo durante los últimos años y, seguramente, la causa de su muerte tiene su origen en aquel cáncer.

¿Fue su negativa a ser operado la causa del posterior empeoramiento de su estado de salud y, en última instancia, de su muerte? No lo sé y quizás no se pueda saber con certeza. Pero con independencia de si fue así o no, lo que está claro es que su actitud fue un error y, en apariencia, del todo contradictorio con el espíritu crítico e inteligencia que se le supone a una persona como él. Pero, ¿son realmente tan contradictorias una cosa y la otra?

El pasado día 4, la doctora Helena Matute, catedrática de psicología experimental en la Universidad de Deusto, ofreció una interesante conferencia en el marco de los “Coloquios escépticos” que organiza la Cátedra de Cultura Científica de la UPV/EHU. La doctora Matute explicó los mecanismos mentales que hacen que las personas crean en la eficacia de las llamadas “terapias alternativas”. La diferencia entre las “terapias alternativas” y la medicina es tan sencilla, y a la vez tan importante, como que ésta ha demostrado su eficacia en muchas, -cada vez más-, enfermedades, mientras que las prácticas alternativas no la han demostrado más allá de lo que pueda atribuirse al efecto placebo.

Para muchas personas que se califican a sí mismas como “escépticas”, quienes optan por terapias “alternativas” o tienen creencias contradictorias con el conocimiento basado en la evidencia científica, adolecen de falta de inteligencia. Y sin embargo, tal y como nos mostró la doctora Matute, personas de probada inteligencia pueden estar convencidas de que las terapias alternativas son tan eficaces o más que la medicina. Utilizó, para ello, un símil muy sencillo: nos enseñó la frase “tonto el que lo lea” reproducida innumerables veces en una imagen, y nos preguntó si nos considerábamos tontos porque, evidentemente, todos la habíamos leído.

Lo que nos quiso transmitir con ese símil es que, con independencia de lo inteligente que se sea, nuestra mente funciona de manera que es relativamente fácil incurrir en determinados errores. Son errores, -denominados “sesgos cognitivos”-, que cometemos porque tienen su origen en formas de pensamiento que han sido valiosas en el pasado de la especie humana, -ya que permitieron a nuestros antepasados sobrevivir y perpetuarse-, y que no hemos abandonado.

Siendo una persona de gran inteligencia y visión, Steve Jobs también confió en una práctica irracional para hacer frente a su enfermedad. Y con independencia de si esa confianza acabó siendo la causa de su muerte o no, no por ello ha dejado de ser una persona de gran visión e inteligencia, una de las más brillantes de las que hemos tenido noticia en nuestro tiempo.