Apostillas a la parábola de Steve Jobs

Mi artículo anterior ha generado bastante controversia y a la vista de los comentarios hechos a ese artículo, he pensado que era mejor responder mediante un segundo artículo, ya que en las respuestas individuales se corre el riesgo de perder la visión de conjunto de esta cuestión. No obstante, estas apostillas las he estructurado en diez apartados, tratando de que cada apartado responda a alguna de las observaciones hechas. Vaya por delante a todos los que han hecho comentarios que agradezco muy sinceramente su intervención en este debate.

1)     No he dicho que Steve Jobs haya muerto por su culpa. La pasada semana contradije en twitter a una persona que había escrito que Jobs había muerto por no haberse operado a tiempo. Yo no estaba de acuerdo, porque eso es algo que no se puede demostrar. Sigo sin estar de acuerdo, por lo que dudo haber escrito nada que permita pensar eso.

2)    Los datos: la variedad de cáncer de páncreas que sufrió Jobs tiene, si se opera, muy buen pronóstico; 100% de supervivencia un años después de la operación, 93% cinco años después y 91% 10 años después. ¿Hubiera estado vivo Jobs de haberse operado tras serle diagnosticada la enfermedad? No lo sé, aunque la probabilidad era de un 92%. ¡Ya quisieran para sí ese porcentaje la inmensa mayoría de los enfermos de cáncer!

3)    En mi anterior artículo no he arremetido contra las terapias alternativas. Solo he dicho que la decisión de Jobs, a la vista de los datos, fue irracional. Eso quizás se puede entender como una crítica, aunque está hecha sin ese ánimo, pero lo cierto es que todos tomamos decisiones irracionales. Ese es, precisamente, el núcleo de mi artículo, que nadie está libre de incurrir en la irracionalidad. Y no solo es, también digo que existen razones objetivas para que nos comportemos de modo irracional.

4)    El problema no es que la ciencia no haya podido demostrar “por qué funcionan” las terapias alternativas. El problema es que las terapias alternativas NO FUNCIONAN más allá de lo que quepa atribuir al efecto placebo. Esto es lo que han demostrado todos los estudios serios (ensayos a gran escala utilizando placebos como controles y con doble ciego, o sea, cuando ni la persona que recibe el tratamiento ni quien lo proporciona saben si lo que se prescribe es el remedio o un placebo). Si funcionasen más de lo que funciona el efecto placebo es muy posible que supiésemos por qué, aunque si no lo supiésemos tampoco sería un problema. Durante un siglo no se supo por qué la aspirina quitaba el dolor de cabeza, y sin embargo eso no fue razón para dejar de prescribirla.

5)     He sido absolutamente respetuoso con el sr. Jobs. No he criticado su actitud. Me he limitado a afirmar que su decisión fue irracional (insisto, como lo son muchas otras actitudes, incluidas algunas mías), pero estoy convencido de que las decisiones con respecto a la salud de uno mismo son cosa de cada cual, y merecen todo el respeto. Y por supuesto, no pretendo lavar ningún cerebro, bastante tengo con intentar tener el propio limpio.

6)    En estos debates suele ser habitual traer a colación a las multinacionales farmacéuticas y la competencia que las terapias alternativas les hacen. No rehuyo ese debate. Las compañías farmacéuticas, como la gran mayoría de las empresas, hacen todo lo que está en sus manos para obtener el máximo beneficio posible. En ocasiones, incluso, recurren a malas prácticas. Esto es algo que ha documentado con rigor Ben Goldacre en “Mala ciencia”. Pero dicho esto, conviene hacer tres precisiones: 1) lo que hacen las farmacéuticas es lo que les permiten los estados con sus normativas; 2) las terapias alternativas también tienen tras ellas poderosos intereses económicos; el caso de la multinacional francesa Boyron en el campo de la homeopatía es un buen ejemplo; 3) aunque las empresas farmacéuticas lleguen a bordear la legalidad o lo admisible a la hora de demostrar la eficacia de un nuevo fármaco, ninguna de las llamadas terapias alternativas se acerca ni de lejos a ellas, ya que ni siquiera tienen que demostrar legalmente su eficacia.

7)     El uso del término “sesgo cognitivo” no conlleva descalificación. Todos experimentamos sesgos cognitivos; insisto: existen porque nos resultaron útiles. Un ejemplo: cuando miramos hacia abajo a la hora de saltar desde cierta altura, pensamos, sistemáticamente, que la distancia que nos separa del suelo es mayor de lo que realmente es. Hay muchos sesgos cognitivos, pero como digo, ninguno aplicable al caso que nos ocupa.

8)    No he pretendido, con esta columna, justificar nada, y menos a la ciencia (tampoco lo necesita). He querido poner de manifiesto que la actitud de una persona como Steve Jobs nos debe enseñar que ser inteligente no nos libra de actuar de manera irracional. Por ello, no debe estigmatizarse a quien obra de forma irracional, ni considerar que le falta inteligencia.

9)    En toda mi carrera como fisiólogo nunca dejé de utilizar el método experimental, en los términos en que lo definió Claude Bernard, -también fisiólogo-, a quien se debe su formulación rigurosa en el siglo XIX. Y el metodo experimental es parte del método científico. No cabe, por lo tanto, contraponer método experimental a método científico. La variabilidad individual es algo perfectamente conocido y tratado por el método científico. Para eso está la estadística. Y porque hay variaciones interindividuales se deben aplicar potentes métodos estadísticos para poder llegar a conclusiones sólidas. ¿Quiere esto decir que no se dan excepciones? Por supuesto que se dan. Si el 95% de los que padecen un cáncer como el de Jobs sobreviven 5 años después de la operación, hay un 5% que no sobreviven. Y también puede ocurrir que haya remisiones espontáneas, aunque lo cierto es que esas remisiones (consideradas por algunos como milagrosas) son verdaderamente excepcionales.

10)  Gracias, en parte, a la medicina científica (sus vacunas, sus antibióticos, sus sistemas de diagnóstico, etc..) los seres humanos que se benefician de ella viven el doble que lo que vivían hace poco más de un siglo. Pero dicho esto, no niego que la medicina científica tenga mucho que mejorar, no lo sé. Pero sí sé que lo logrado hasta la fecha ha sido espectacular.

Tonto el que lo lea (o la parábola de Steve Jobs)

En octubre de 2003, al recientemente fallecido Steve Jobs se le diagnosticó un cáncer de páncreas. Se trataba de una rara variedad de cáncer en ese órgano, con muy buen pronóstico si se extirpaba quirúrgicamente. Sin embargo, en un primer momento Jobs decidió no operarse. Optó, en cambio, por recurrir a un remedio alternativo, -una alimentación especial-, confiando en que esa dieta le acabaría curando el cáncer o, cuando menos, le permitiría mantenerlo controlado mientras buscaba otros tratamientos alternativos. La ciencia médica, sin embargo, es concluyente al respecto: en ese tipo de tumores, sólo la cirugía ofrecía y ofrece posibilidades de curación. Finalmente, en julio de 2004, nueve meses después del diagnóstico, aceptó ser operado, y tras la operación anunció que había superado con éxito una enfermedad que lo había llevado al borde de la muerte. Como sabemos, Steve Jobs ha estado enfermo durante los últimos años y, seguramente, la causa de su muerte tiene su origen en aquel cáncer.

¿Fue su negativa a ser operado la causa del posterior empeoramiento de su estado de salud y, en última instancia, de su muerte? No lo sé y quizás no se pueda saber con certeza. Pero con independencia de si fue así o no, lo que está claro es que su actitud fue un error y, en apariencia, del todo contradictorio con el espíritu crítico e inteligencia que se le supone a una persona como él. Pero, ¿son realmente tan contradictorias una cosa y la otra?

El pasado día 4, la doctora Helena Matute, catedrática de psicología experimental en la Universidad de Deusto, ofreció una interesante conferencia en el marco de los “Coloquios escépticos” que organiza la Cátedra de Cultura Científica de la UPV/EHU. La doctora Matute explicó los mecanismos mentales que hacen que las personas crean en la eficacia de las llamadas “terapias alternativas”. La diferencia entre las “terapias alternativas” y la medicina es tan sencilla, y a la vez tan importante, como que ésta ha demostrado su eficacia en muchas, -cada vez más-, enfermedades, mientras que las prácticas alternativas no la han demostrado más allá de lo que pueda atribuirse al efecto placebo.

Para muchas personas que se califican a sí mismas como “escépticas”, quienes optan por terapias “alternativas” o tienen creencias contradictorias con el conocimiento basado en la evidencia científica, adolecen de falta de inteligencia. Y sin embargo, tal y como nos mostró la doctora Matute, personas de probada inteligencia pueden estar convencidas de que las terapias alternativas son tan eficaces o más que la medicina. Utilizó, para ello, un símil muy sencillo: nos enseñó la frase “tonto el que lo lea” reproducida innumerables veces en una imagen, y nos preguntó si nos considerábamos tontos porque, evidentemente, todos la habíamos leído.

Lo que nos quiso transmitir con ese símil es que, con independencia de lo inteligente que se sea, nuestra mente funciona de manera que es relativamente fácil incurrir en determinados errores. Son errores, -denominados “sesgos cognitivos”-, que cometemos porque tienen su origen en formas de pensamiento que han sido valiosas en el pasado de la especie humana, -ya que permitieron a nuestros antepasados sobrevivir y perpetuarse-, y que no hemos abandonado.

Siendo una persona de gran inteligencia y visión, Steve Jobs también confió en una práctica irracional para hacer frente a su enfermedad. Y con independencia de si esa confianza acabó siendo la causa de su muerte o no, no por ello ha dejado de ser una persona de gran visión e inteligencia, una de las más brillantes de las que hemos tenido noticia en nuestro tiempo.