Ese vano empeño por escribir la historia

Según un conocido dicho, la historia la escriben los vencedores. Pero la izquierda patriótica está empeñada, al parecer, en dar la vuelta a la frase. Quieren ser ellos los que escriban la historia o, al menos, quieren que la historia tenga doble autoría: la suya y la de todos los demás. De ese modo pretenden conseguir que ETA no figure como vencida en la hora de su final, porque ello sería casi equivalente a no haber sido derrotada.

Solo esa pretensión justifica la propuesta de crear una “Comisión de la Verdad”. La comisión serviría, según sus impulsores, “para conocer lo que realmente ha ocurrido en nuestro Pueblo”, y conseguiría ese objetivo analizando “las causas y consecuencias del conflicto y los abusos cometidos durante el mismo”. Toda esa retórica abunda en la idea de que la historia tenebrosa de las últimas décadas en Euskadi habría tenido responsabilidades múltiples y de que, por ello, no cabría hablar de violencia, en singular, sino de “violencias”: la de ETA, por un lado, y la de los estados, por el otro. De lo que se trata, por supuesto, es de legitimar de algún modo todas estas décadas de terrorismo; de justificar, siquiera parcialmente, la barbarie.

En Euskadi la mayoría aceptamos hace mucho tiempo desenvolvernos pacíficamente en el marco de un sistema que ha sido útil para abordar la resolución de nuestros problemas y que, con todos los defectos y limitaciones que se quiera, es homologable al resto de sistemas democráticos de Occidente. A la vez, una organización terrorista ha pretendido imponer a la mayoría su proyecto político mediante la coacción y el asesinato. Y esa organización ha contado con el apoyo o la comprensión de una fuerza política importante pero minoritaria.

El estado también ha ejercido y ejerce la violencia, pero ocurre que esa violencia es legítima, porque al estado corresponde su monopolio para defender los derechos y libertades de la ciudadanía. Por eso no cabe mezclar violencias; no vale invocar la del estado para justificar la terrorista. De obrar así, los propios fundamentos del estado, -del estado democrático-, se tambalearían. Eso no quiere decir que toda la violencia ejercida por éste haya sido legítima o aceptable, por supuesto que no. En ocasiones, el estado ha ejercido violencia ilegal y, por lo tanto, ilegítima. Eso ha de ser motivo de denuncia y castigo a los responsables, pero de ningún modo puede ser coartada que justifique la violencia terrorista.

Los empeños por escribir, en solitario o en comandita, la historia de los últimos años, así como los afanes que, desde otros ángulos del polígono político, persiguen oficializar un determinado “relato”, van a ser hueros. La historia, -que no la verdad, porque tal cosa es una entelequia-, la acabarán escribiendo los historiadores, y para hacerlo se basarán en las fuentes propias de su disciplina. Unos la enfocarán de un modo y otros de otro, pero la historia que se enseñe en las escuelas será un destilado de esos enfoques, y dudo que ello genere grandes controversias en el futuro.

Ahora, lo que toca es afianzar la paz, reparar en la medida de los posible el daño causado, resarcir moralmente a las víctimas, acercar a los presos a sus familias y, si se dan las condiciones para ello, poner en práctica medidas de gracia individuales. El documento presentado por la izquierda patriótica el domingo pasado es, ante todo, retórica. Lo que se necesita son hechos, y el mejor y más contundente de todos ellos sería el comunicado de ETA que anuncie su definitiva desaparición.