El sexo como arma de guerra

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Después de una semana de dar caña, y ya que entramos en fin de semana, aprovecho para contar una de esas buenas noticias que suelen pasar desapercibidas.

El Parlamento Europeo ha concedido el premio Sájarov a la libertad de conciencia a Nadia Murad y Lamiya Ají Bashar[Enlace roto.] dos mujeres yazidíes víctimas del Estado Islámico. Este es el máximo reconocimiento que otorgan las instituciones comunitarias a personas que se hayan distinguido por su defensa de los derechos humanos y las libertades fundamentales.

Las dos mujeres premiadas son supervivientes del cautiverio del Daesh, en el que fueron utilizadas como esclavas sexuales, y son hoy, tras su huida, portavoces de las mujeres víctimas de la campaña de violencia sexual del Daesh.

Los yazidíes son  un grupo etnoreligioso, de cultura y habla kurda. Con la llegada del Estado Islámico, esa minoría se convirtió en el máximo exponente de la crueldad de los fanáticos.

La elección de Murad y Bashar como receptoras del premio Sájarov de este año no sólo visibiliza el genocidio de los yazidíes sino también el uso de la violencia sexual como arma de guerra.

Cuando las huestes del ISIS entraron a sangre y fuego en Sinjar, cientos de hombres fueron asesinados; las mujeres, tras ser golpeadas y violadas, eran regaladas o vendidas como esclavas sexuales. Las ahora galardonadas son dos de las supervivientes de la brutal agresión yihadista sobre su comunidad.

Ambas mujeres comparten un estremecedor relato de supervivencia en medio de las atrocidades del Estado Islámico. Hace dos años el ISIS asesinó a todos los hombres del municipio de Kocho, el pueblo natal de Aji Bashar y Murad. En la masacre, Murad perdió a seis hermanos y a su madre, asesinada junto a otras ochenta mujeres mayores a las que los terroristas consideraron sin valor sexual. Los supervivientes, las mujeres y los niños del pueblo, fueron secuestrados, y las jóvenes fueron vendidas como esclavas sexuales.

Entre ellas se encontraba Aji Bashar, hoy premiada, con sus seis hermanas. Fue vendida hasta cinco veces por los terroristas y obligada a fabricar bombas y chalecos suicidas en Mosul.

Tanto Murad como Bashar lograron finalmente escapar de las redes del Estado Islámico. Si bien pagaron un alto precio para lograrlo: Bashar trató de escapar varias veces hasta finalmente conseguirlo el pasado abril con ayuda de su familia, que pagó los servicios de transportistas clandestinos locales. Al poco de atravesar la frontera kurda, en su huida hacia el territorio controlado por el Gobierno iraquí, con los militantes del Daesh pisándole los talones, le explotó una mina terrestre, matando a dos conocidos y dejándola a ella misma malherida y casi ciega.

De las cuatro mil mujeres y niñas esclavizadas, algunas de apenas nueve años, Yazda, una ONG dedicada a preservar la memoria de los yazidíes, ha contabilizado el retorno de 2.070. Unas cuantas lograron escapar de sus captores; otras han sido compradas por sus familias a través de intermediarios; las menos, fueron liberadas durante las operaciones militares. También las hubo que no pudieron soportar el horror y se suicidaron.

Hoy dos de esas mujeres han sido premiadas. Con este galardón se visibiliza su historia y la de tantas mujeres que sufren la violencia sexual por parte de organizaciones terroristas.

Si contamos su historia, su lucha no caerá en el olvido.

 

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