Viva la paz

Ni se las veces que hemos soñado con que ETA disolvía «completamente todas sus estructuras» y cerraba con carácter definitivo «su ciclo histórico y función». A veces los sueños se cumplen y este de vivir en paz y libertad también lo ha hecho. Llevamos ya varios años saboreando esa paz que ha traído a nuestro país prosperidad y, sobre todo, la tranquilidad que se necesita para mejorar, pero necesitábamos la confirmación definitiva por parte de quien durante tantos años nos hizo vivir con miedo.

Todo esto me ha llevado a recordar la historia de ETA desde mi propia perspectiva. La visión que de la banda tenía de niña nada tuvo que ver con la posterior. Entonces, en los años 70, veíamos a los integrantes de la organización casi como héroes. Estaban ahí para liberarnos del yugo fascista, para acabar con quienes tanto sufrimiento habían traído a nuestro pueblo. Si en tu pueblo, en tu barrio o en tu vecindario había un militante de ETA se le miraba con orgullo. Sí, incluso celebramos alguno de los asesinatos. Voló, voló Carrero voló. No había verbena en la que no lanzásemos a alguien al cielo emulando la voladura de Carrero Blanco.

Pasaron los años, el franquismo fue alejándose de la memoria colectiva, los atentados fueron cada vez más incomprensibles y el miedo se apoderó de la propia ciudadanía vasca. Nadie estaba a salvo. Ni empresarios, ni policías, ni políticos, ni mayores ni pequeños. Viví muy de cerca el atentado en el que murió el niño Fabio Moreno, mi vecino, cuya madre había sido mi compañera de pupitre. Creo que cada vez que recuerde ese momento, como me pasa al escribir estas líneas, se me erizará el vello y se me encogerá el corazón. La noticia corrió por el pueblo como la pólvora. Habían colocado una bomba lapa en el coche de su padre, guardia civil. Habían matado al hijo de Arantza, la del Erandio.

Poco a poco, el pueblo que había dado su apoyo a la banda fue retirándoselo. Ya no eran aquellos chavales que luchaban por nuestra liberación. Eran asesinos y asesinas dispuestos a matar en nombre de una patria que renegaba de sus acciones.

Surgió la Ertzaintza y prácticamente en cada familia había uno. Nuestra policía para la mayoría. Los cipayos para los asesinos y sus defensores. ¿Quién no ha sido vecino/a de un ertzaina que escondía su medio de vida, no solo en su pueblo sino a su propia familia, a sus hijos e hijas, para que nadie le delatase por cipayo? Ni una prenda que pudiese identificarles como tales colgada en el tendedero exterior de la casa. Todo bien guardadito, escondido. ¿Qué ertzaina o familiar de ertzaina no ha dado un rodeo grande antes de llegar a su casa si tenía que pasar por delante de una Herriko Taberna? ¿Quién no ha mirado los bajos de su coche, por si acaso? ¿Cuántos años han pasado sin acercarse a las zonas de txosnas en las fiestas patronales porque eran “territorio comanche”? ¿Cuantas celebraciones se han perdido por si alguien les identificaba y se liaban a golpes o algo peor? ¿Cuantos buzos quemados en manifestaciones? ¿Cuanto miedo cuando salían de casa y veían pintadas de dianas en sus portales? ¿Cuanto pisos vendidos y familias abandonando Euskadi?

Cientos de preguntas para las que solo quienes han vivido de cerca estas situaciones tienen respuesta. Miedo, en Euskadi hemos pasado mucho miedo. Los y las ertzainas de los que hablaba, sus familias, la clase política, el empresariado, los y las periodistas, policías y guardias civiles y todo un pueblo condenado a sufrir.

Como periodista me tocó vivir aquellos años en los que prácticamente todas las semanas cubríamos un funeral. O más. Ver el sufrimiento de las familias en aquellas jornadas nos fue acercando aún más a las víctimas. Y nos tocó también ver a compañeros y compañeras que sufrían atentados, que recibían paquetes bomba o que aterrorizados por las amenazas pusieron rumbo a otras comunidades. Asesinato, secuestro, extorsión, falta de libertad para hablar o escribir, asfixia.

No hay mal que cien años dure y este es otro ejemplo de ello. Hoy me vienen a la cabeza tantas y tantas imágenes que afortunadamente las nuevas generaciones no conocerán. Eso sí, hay que contárselo para que sepan que nuestro actual estado de bienestar no viene de serie. Hemos sufrido mucho para llegar hasta aquí pero afortunadamente ya no hay vuelta atrás.

Hoy somos más libres. Una sociedad que ha vivido bajo el terror de las balas valora extraordinariamente la paz. No dejaremos que nada ni nadie nos la vuelva a arrebatar.

Viva la vida. Viva la paz.

www.begoberistain.com

 

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