Sharenting o cómo exponer a tus hijos/as gratuitamente

Llevo ya tiempo con ganas de escribir sobre el «sharenting«, un anglicismo que proviene de share (compartir) y parenting (paternidad). Es un tema incómodo por las muchas personas que lo practican, creo, sin ser demasiado conscientes del perjuicio que puede ocasionarles a quienes más quieren, sus hijos e hijas.

El sharentig consiste en documentar todas y cada una de las acciones que realizan los y las pequeñas, desde su primera sonrisa hasta sus primeros pasos pasando por su primer puré, su aventura en la escuela o su paseo por la playa. Cada movimiento es mostrado en Facebook, Instagram y demás redes sociales convirtiendo a esos menores en protagonistas sin quererlo. O al menos sin ser partícipes de la decisión de sus padres o madres de mostrar al mundo su privacidad.

Dice Jorge Flores, el director de Pantallas Amigas, que los padres y madres no son propietarios de esa privacidad sino gestores de la misma, albaceas, y que enseñarla sin fin no es una gestión responsable. Considera que de la acción de mostrar sus vidas, las personas interesadas, hijos e hijas, no tienen beneficio alguno y sí potenciales riesgos. No puedo estar más de acuerdo.

El sharenting se ha convertido en una práctica tan habitual que el propio diccionario británico Collins lo incluyó en sus páginas en 2016. Nunca hasta ahora habíamos tenido una generación con una infancia tan pública. El problema es que cuando sean mayores puede que esos niños y niñas no estén de acuerdo con esa exhibición gratuita.

Los niños y niñas tienen huella digital a una edad cada vez más temprana. En el momento que una imagen, foto o vídeo es publicada se crea una marca del niño/a que le acompañará el resto de su vida. Ya hay distintos organismos que aconsejan que se pida permiso a los menores antes de publicar las fotos. Si se trata de niños/as muy pequeños recomiendan que se piense en si les gustaría que lo publicaramos o si les avergonzaría. Si no estamos seguros, es mejor que no publicarlo.

Y todo esto sin pensar en la gran cantidad de información que se da de esos menores y que facilitan enormemente los fraudes. Las empresas de seguridad estiman que nunca ha sido tan fácil como ahora cometer esos delitos porque los delincuentes conocen fechas de nacimiento, lugares de residencia e incluso nombres de mascotas que después utilizamos como contraseñas.
Desde Barclays, por ejemplo, aseguran que otros diez años de padres y madres compartiendo demasiada información en internet producirá 7,4 millones de casos al año de robo de identidad.

Encantados/as como estamos con nuestros retoños y en ese ansia de mostrárselos a todo el mundo les estamos exponiendo a unos riesgos que pueden salirnos, salirles, caros.

Como antes de hablar, también es necesario contar hasta diez antes de darle a «publicar».


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