Víctimas que no cuentan

Acabamos de conocer la sentencia que condena a «el chicle»,
José Enrique Abuín Gey, el asesino de la joven Diana Quer, a la pena máxima que contempla el Código Penal español, es decir, ha sido condenado a prisión permanente revisable y diez años de libertad vigilada por cometer un delito de asesinato con alevosía, cometido para ocultar otro delito y subsiguiente a un delito contra la libertad sexual de la víctima. La Audiencia también le ha impuesto el abono de una indemnización de 130.000 euros a cada uno de los progenitores y de 40.000 a la hermana de la víctima, además de imponerle las costas de proceso judicial.

Detención ilegal y agresión sexual. ¿Son estos dos delitos que el condenado cometió sobre una mujer por el mero hecho de serlo? Rotundamente sí, en mi opinión. Dudo absolutamente de la posibilidad de que estos delitos los hubiera cometido sobre un hombre en ningún caso. Y si determinamos que efectivamente estos delitos se cometieron porque Diana era una mujer ¿porqué su agresión sexual y posterior asesinato no la convierten en una víctima de la violencia de género? Este es otro de los aspectos a revisar.

No, no se trata de sumar en la macabra estadística de mujeres asesinadas. Se trata de cuantificar para que la dimensión del problema sea latente.

Hace dos años, el Congreso de los Diputados aprobó el pacto de Estado para hacer frente a la violencia machista pero ni entonces ni ahora el concepto de violencia de género ha sido modificado. Hay un convenio, el de Estambul, que es la base sobre el que se asienta el pacto español. Ese convenio exige que se reconozca dentro del término todo tipo de violencia contra la mujer por el hecho de serlo pero España solo considera como víctimas a las mujeres que fueron asesinadas por su pareja o expareja.  Esto implica que quedan fuera del registro oficial asesinatos como el de Diana Quer y tantas otras, mujeres que sufrieron agresión sexual y asesinato pero no mantenían una relación sentimental con su agresor.

Nagore Lafage, otra mujer asesinada durante las fiestas de San Fermín, tampoco entra en esa estadística de mujeres víctimas de la violencia de género. Su madre, Asun Casasola, es una de las mujeres que está trabajando para conseguir la modificación del pacto y tiene una pregunta directa: «¿Por qué es importante que sean pareja? Para mí, es la fuerza de un hombre contra la mujer y está claro que a Nagore la mató porque no se pudo defender». Llamemos a las cosas por su nombre.

Por poner más ejemplos, también la víctima de la manada quedó al margen de la violencia de género, un tipo de violencia que no solo se produce en el ámbito doméstico sino que se da en todos los ámbitos en los que las mujeres tienen presencia. El registro de la violencia machista no debe excluir a las mujeres que han sufrido las agresiones o han sido asesinadas por alguien a quien no conocían, de la misma manera que no deben quedar excluidas las terceras personas que han padecido la violencia machista como forma de atacar a una mujer. Esto es lo que se conoce como «violencia vicaria» y es, por ejemplo, la que un hombre ejerce sobre sus hijos para hacer daño a su mujer. Casos de estos tenemos unos cuantos también; el de los niños asesinados por Jose Bretón para inflirgir dolor a Ruth Ortiz, madre, es uno de ellos.

El pacto de Estado contra la violencia de género exigía ampliar el concepto a todas las formas de violencia contra las mujeres pero dos años después seguimos igual.

Es importante visibilizar a todas las víctimas tengan o no relación con su agresor pero a día de hoy es difícil saber cuándo se producirá el cambio. No es un asunto baladí. Tanto las mujeres víctimas como las terceras personas a las que se les causa un daño o incluso la muerte para provocar el sufrimiento de otra mujer merecen ser reconocidas como lo que son, víctimas de la violencia machista. La magnitud de la cifra asusta, sí, como lo hacen los agresores y los asesinos.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *