Tramposos al juzgado

Abiertos los plazos de presentación de procedimientos judiciales

Recién abierta la posibilidad de presentar procedimientos judiciales tras el cierre por la covid19 se espera una avalancha de demandas que han estado durante estos meses ahí, agazapadas, esperando a dar el salto y a que se haga Justicia. Me gusta escribir esta palabra con mayúsculas porque es tan grande y tan necesaria para conseguir un mundo más igualitario que se merece ser plasmada así, con letra grande.

El aluvión de demandas va a llegar, sobre todo, desde el ámbito laboral pero se espera además «la demanda colectiva del siglo» a la que tendrán que enfrentarse las administraciones públicas y los gobiernos a los que se reclamarán cantidades millonarias por el daño causado por la gestión de la crisis sanitaria.

Cualquier ciudadano/a que se sienta perjudicado por cómo se ha afrontado la gestión de la crisis podrá plantarse ante los tribunales, desde los/as sanitarias que sienten haber arriesgado sus vidas sin la protección necesaria hasta quienes trabajan en un supermercado y han tenido que afrontar el posible contagio desde su puesto de trabajo pasando por la ciudadanía anónima que puede denunciar el confinamiento sufrido por falta de prevención. Si se pudo prevenir o no la pandemia está siendo estos días objeto de agrio debate político, por cierto.

En el ámbito laboral las denuncias van a llegar sobre todo desde empresas y trabajadores a quienes se ha incluido en un ERTE sin que se den las condiciones para ello. Al menos en muchas de ellas que consiguieron colar su solicitud y que se la aprobasen por silencio administrativo. Fueron tantos los ERTE presentados en poco tiempo que a la administración no le fue posible comprobar cuáles encajaban en ese epígrafe de «por fuerza mayor motivada por la covid19» y cuáles no, así que entre el mogollón fueron pasando sin revisión alguna. No es esto una mera suposición. Puede comprobarse si el expediente de una empresa ha sido revisado o no y, además, el Servicio Público de Empleo ya ha dado la voz de alarma asegurando que «las estadísticas transmitidas una y otra vez por la Dirección del SEPE han insistido reiteradamente en destacar como única cifra importante el número de expedientes aprobados, pero detrás de esta aprobación masiva de derechos, existe un importantísimo porcentaje de expedientes mal reconocidos. Cuando se prima la velocidad y se fuerza la realización de turnos dobles, el resultado es «menos fino». Estos errores en la tramitación derivarán en un aumento de la litigiosidad en el futuro». Blanco y en botella. Miles de trabajadores parados que aprovecharán su tiempo para preparar y presentar demandas ante los juzgados. Y hacen bien porque aquellas empresas que han «colado» regulaciones de empleo aprovechándose de una crisis sanitaria y ahora económica deben ser duramente sancionados. La caja común no puede pagar los fraudes de empresarios sin escrúpulos que únicamente miran su cuenta de resultados y, maltrecha como la tenían, utilizan un mecanismo de rescate para aligerar su estructura de trabajadoras/es. Todo el peso de la ley debe caer sobre sus hombros, no solo por malos gestores sino también por sinverguenzas.

Arranca el baile. Trabajadores y ciudadanía en general enrabietada y con sed de justicia. Mucho van a tener que trabajar en los juzgados para solucionar los desmanes de algunos empresarios y para dictar sentencias sobre aquellos casos planteados por mala gestión de la pandemia. Si tenemos que reinventarnos, lo hacemos, pero con los deberes hechos.

El ascensor averiado

El ascensor social, ese en el que las personas subimos y bajamos en la escala social según nuestros ingresos económicos, está averiado. No es nuevo; llevamos desde el 2008 en una avería continua que ha fomentado la posición en los pisos altos de quienes más tienen y ha mandado al inframundo a quienes tienen menos. La movilidad hacia las plantas intermedias ha quedado restringida y mantenerse en ellas se ha convertido en labor de equilibrista.

Ese famoso colchón en el que descansaban las clases medias, aquellas que iban tirando más o menos con pequeñas alegrías de vez en cuando, tampoco está ya en uso. Es un colchón viciado y con una tremenda deformación en la que es imposible sentirse cómodo. Y lo malo es que por mucho que lo intentes, esa deformación siempre tiende a tirar hacia abajo y no hacia arriba.

Total, que los ricos son cada vez más ricos y su patrimonio crece al tiempo que los situados en el medio caen y los ya considerados pobres no consiguen salir de la cola de los alimentos. Por cierto que esas colas, las filas de personas que esperan comida en Cáritas, el Banco de Alimentos y similares, han crecido nada más y nada menos que un 40% desde que comenzó la pandemia.

Quedarse sin trabajo, perder ese empleo precario y temporal que ya nos habia convertido en trabajadores pobres o ser lanzado a un ERTE cuyos límites hacen que la mayoría de los sueldos no lleguen ni a mil euros si se trabaja a jornada completa o a 700 si no, es caer en una pobreza de la que las generaciones más jóvenes podrían tardar hasta cuatro generaciones en salir y alcanzar un nivel de ingresos medio. Las personas que provienen de familias que se encuentran en lo más alto del nivel de ingresos permanecerán en lo alto mientras la gente con menos ingresos tendrá que luchar por ascender hasta un nivel de renta medio. Las personas situadas en la zona intermedia tienen un mayor riego de caer hacia la zona de ingresos bajos que de ascender hacia niveles altos.

Las consecuencias de este ascensor social averiado nos colocan ante una reducción brutal del bienestar y de la cohesión social. Además, las posibilidades de que el talento de las personas pobres sea reconocido y utilizado son prácticamente nulas y su acceso a la educación es muy reducido.

La crisis del coronavirus ha vuelto a pulsar el botón de «bajar» de ese ascensor que marca nuestra posición social actual y de futuro. Quienes se quedan atrapados en esa zona baja tendrá un Ingreso Mínimo Vital que ha demostrado en Euskadi (RGI) ser la única manera de dignificar la pobreza. A quien le llega, claro, que de todo hay. Tenemos que demostrar una vez más que somos una sociedad que ampara a quienes viven permanentemente subiendo y bajando en ese ascensor ahora averiado y que parece atender únicamente a la orden de ir hacia abajo.

Indignación

Querido diario:

Qué poco ha tardado la clase política en bajar al barro. Lo que hace solo dos meses era unidad, sentido de estado, apoyo incondicional y «todos a una» se ha convertido en una nueva demostración de que España está condenada a vivir permanentemente dividida. Las dos Españas, la España de las dos velocidades, la socialista y la popular, los dos bandos… Menos mal que aún queda margen para que entre unos y otros haya algunos más preocupados por el bienestar de quienes son sus representados pero sí, son muy pocos. Y también es cierto que a veces están camuflados y son realmente osos con piel de cordero que se cuelan en el mercadillo de las negociaciones con asuntos que nada tienen que ver con la dura situación que vivimos.

Si tuviera que añadir un estado a este artículo, como nos piden algunas redes sociales, pondría que estoy «INDIGNADA». Lo estoy porque con una crisis sanitaria aún sin resolver y con una crisis económica que no está por venir sino que la tenemos encima, la clase política se dedica más a buscar culpables a los que cargarles los muertos que a solucionar los problemas de la ciudadanía, algo para lo que, por cierto, fueron elegidos.

Seguimos a vueltas con la incidencia que tuvieron las manifestaciones del 8M en la propagación del coronavirus, en si el epidemiólogo de referencia dijo que era como la gripe o si era más fuerte, en si el gobierno utiliza el estado de alarma para mermar nuestros derechos y no para impedir que el bicho siga campando a sus anchas, en si hay que destituir a guardias civiles o no, etc, etc, etc.

No digo yo que no sea necesario aclarar todo esto, que lo es, pero me da que no es el momento. Ahora es el tiempo de arrimar el hombro, de poner en práctica el «juntos saldremos de esto» y de poner en marcha los mecanismos necesarios para que nadie se quede en el camino. La ciudadanía se siente huérfana de referentes, comprueba que la política ha vuelto a su versión de «politiqueo» y siente que todo vuelve a ser como antes. Sin acuerdos, tirándose los trastos a la cabeza, mercadeando con lo que se puede conseguir y lo que no y cada uno arrimando el ascua a su sardina. Así estamos. Y así solo conseguimos dar una sensación de falsa normalidad que nos lleva a los y las ciudadanas a volver también a nuestras antiguas costumbres. A besarnos, abrazarnos, juntarnos en grupos tan grandes como queramos y donde queramos, a no respetar las distancias y en cuanto apriete el calor, a quitarnos la mascarilla.

Quienes ya se la han quitado son nuestros representantes. Se habían colocado la mascarilla de la unidad para sacar al país adelante después de la pandemia pero parece que les ha agobiado pronto y han decidido volver a las andadas, así que nosotros volvemos a las nuestras.

Estamos de luto oficial. Las banderas ondean a media asta y guardamos minutos de silencio por los casi 30.000 fallecidos, solo en España, por la covid19. Yo, querido diario, guardo luto también por la oportunidad perdida de salir juntos de esto. Este país no tiene remedio. Qué pena, más cuando en España hay un gobierno formado por los socialistas y los que en aquel ya lejano 15 M se denominaron INDIGNADOS.

Podcast para la semana

Arrancamos una nueva fase, la 2, que no significa que la libertad sea plena ni mucho menos. Eso sí, nos sentimos aliviadas, con ganas de recuperar el tiempo «perdido» y de conocer personas y situaciones nuevas.

Para este inicio de fase os dejo dos podcast que a unos u otras os van a entretener.

En el primero conoceréis a Cristina Mitre, periodista especializada en salud y belleza. Tiene miles de seguidores en las redes sociales y es una de las podcasters más escuchadas. Creó el movimiento #mujeresquecorren y puso en movimiento a miles de personas. Aquí os dejo el link para escuchar la charla:

https://www.ivoox.com/podcast-begoberistain-protagonista-cristina-mitre-audios-mp3_rf_51154592_1.html

Y este otro nos ayuda a conocer el trabajo de Máximo Huerta, periodista, presentador de televisión, escritor y, durante seis días, fue Ministro de Cultura en el Gobierno de Pedro Sánchez. Nos cuenta cómo ha vivido el confinamiento, lo que supuso entrar en política y nos habla de su nuevo libro titulado «Con el amor bastaba». Este es el enlace para escucharle.

https://www.ivoox.com/podcast-begoberistain-protagonista-maximo-huerta-audios-mp3_rf_51264330_1.html

Policía ciudadana

Playa de Arrigunaga, Getxo. 20/05/2020. 18.00 horas.

Querido diario:

Andaba yo dándole vueltas a esa nueva policía ciudadana que ha surgido en calles, plazas y balcones que se dedica a vigilar a sus vecinos para comprobar si cumplen con lo que marca cada fase de la desescalada o no y de repente siento que me he convertido en una de esas policías. No, mi intención no ha sido increpar a nadie en concreto ni denunciar a tontas y a locas una actitud que no se a ciencia cierta si es buena o mala. Mi intención ha sido dar a conocer ante la opinión pública una forma de actuar que nos coloca a los y las humanas en una posición bastante deplorable.

Resulta que paseaba yo con mi perro Pantxo a las seis de la tarde por el entorno de la playa de Arrigunaga, en Getxo, cuando al mirar hacia el arenal me he encontrado con cientos de personas tumbadas al sol, cuadrillas en corro charlando animadamente sentadas en la arena y niños y niñas entrando y saliendo del agua disfrutando de sus primeros chapuzones del año. Me he empezado a liar yo misma pensando si es que habíamos cambiado de fase de la desescalada y no me había enterado, yo que no me pierdo un informativo y que leo los periódicos con mucho interés para no dejar de enterarme de las cosas importantes. Al ver ese gentío gozando del sol, la arena y el mar no sabía si estábamos en fase 1, en la 2, la 3 o directamente si ha sido todo un mal sueño y me he imaginado una pandemia que mataba solo en España a más de 28.000 personas. Pero no, me he parado, me he pellizcado para comprobar que no era un sueño y he pensado en los 67 días de confinamiento, el estado de alarma, los miles y miles de trabajadores/as que se han quedado sin empleo, en los comercios cerrados, la crisis sin precedentes que se avecina y, sobre todo, en el personal sanitario que cada día se deja la piel para que no caigamos como moscas. Sí, también en esas 28.000 personas a las que el coronavirus ha matado.

Pensar en eso me ha hecho sacar mi móvil, grabar esas imágenes y hacerlas virales a través de las redes sociales. En nada han llegado a las televisiones y todo el mundo ha comenzado a opinar sobre el asunto. Por suerte, la mayoría ha mostrado su enfado por una actitud, la de las personas que se saltan las normas y nos ponen en riesgo a todos/as por darse un baño, insolidaria y egoísta.

Y me ha pasado algo curioso. He sentido una punzada de culpabilidad cuando al correr las imágenes como la pólvora, la policía local ha desalojado la playa. Me he sentido como una chivata, como una aguafiestas que ha estropeado la tarde soleada a cientos de personas. Afortunadamente, querido diario, me ha durado poco ese sentimiento. Más bien creo que he hecho lo que debía, denunciar ese comportamiento tan irrespetuoso para con las personas que están en primera línea intentando salvarnos la vida. No, a las ocho ya no les aplaudimos porque mientras ellos/as están en los hospitales nosotros estamos en las playas. Qué tristeza.

Podéis ver el vídeo en mi cuenta de Twitter: @begoberistain