
En el estadio más grande del mundo, la televisión, el fútbol es imagen y palabra y así como en calidad técnica ha ganado mucho, en el relato verbal está en segunda división. ¿Qué ocurre para que los locutores sean tan mediocres? Quizás sea por el complejo de estos profesionales, casi todos oriundos de la radio -un medio ciego-, ante la fragilidad de su palabra en la pantalla. Se equivocan, valen igual. Y así como nadie escribe como habla, ni habla como escribe, tampoco puede ser igual narrar un partido en la tele que en la radio. Es elemental, pero difícil según parece.
¿Cuántos miles de telespectadores, hartos, deciden quitar el sonido o cambiar a otra opción de audio? Son muchos y con razón. De entrada, la aptitud de los cronistas de DAZN es espantosa y cargante y los de Movistar+ solo aprueban. También influye el favoritismo de los relatores, entregados al calor de los equipos de casa y clubes superpoderosos. Para colmo están los locutores que se evaden en asuntos triviales: uno insistió en que nos percatáramos del bigote del árbitro; otro, durante un reciente partido entre Sevilla y Athletic, se cebó con el apellido del portero grecoalemán, Vlachodimos, empeñándose en aspirar la hache en la pronunciación para que sonara “lajodimos”. Tras un error de bulto del guardameta, dijo de éste que “casi hace honor a su apellido”. Deberían concederle un óscar a este payaso.
No pedimos filósofos para trasmitir los partidos, sino gente con criterio audiovisual. En su libro “Grandes mentes y pequeñas cosas”, el profesor Matthew Qvortrup, de la Universidad de Oxford, nos descubre que a los existencialistas les gustaba el fútbol citando a Sartre, Camus y Heidegger. ¿Y por qué no? La España futbolera desentona y en sus micrófonos apenas hay una mujer. Tarjeta roja.
JOSÉ RAMÓN BLÁZQUEZ