Diario de cuarentena. Día 83. ¿Quién mató a Maddie?

Todos nos arrepentimos alguna vez de nuestras palabras. Cuando releo viejos artículos casi siempre me siento orgulloso, pero en ocasiones me asusto: no debí decir ciertas cosas. En ETB estuve unos cuantos años opinando sobre la actualidad. Hoy recordaba mis intervenciones de 2007 sobre el caso Madeleine McCann, la niña británica que desapareció en el Algarve, Portugal. Nunca la encontraron. Y ahora su caso se ha reabierto con la detención por la policía alemana de Christian B., de quien sospecha es el asesino de la niña. Se trata de un criminal y pederasta con un largo historial delictivo.

Recuerdo los debates sobre aquel misterioso asunto. Mis palabras en la televisión vasca fueron muy contundentes y siempre, siempre a favor de los padres de Maddie, a quienes se acusó de haber matado a su hija y escondido su cadáver. Por entonces la opinión pública -y la publicada, sobre todo las televisiones- sostenían la tesis del parricidio, bien por accidente o bien con intención. Yo me negué a entrar en el coro de los fiscales que señalaban con el dedo a Kate y Gerry McCann.

Mis compañeros de tertulia también acusaban o al menos sospechaban de los padres. Ahí están los vídeos para atestiguarlo. Hoy, a la vista de las noticias, se van a tragar sus palabras. Fue la policía portuguesa quien acusó a los padres con pruebas insostenibles. Ni Torrente lo hubiera hecho peor.  Gonçalo Amaral fue el inspector que coordinó la investigación. Este tipo ruin declaró entonces que “el padre escondió en un primer momento el cadáver en la playa”. Dijo también que “Gerry al cabo de unos días lo trasladó a otro sitio en su coche alquilado”. Este policía corrupto escribió tiempo después un libro sobre el caso del que vendió miles de ejemplares. ¡Canalla!

Me siento muy honrado de no haber caído entonces en el amarillismo y sostenido, prácticamente solo, la inocencia de los McCann; pero sí me duele haber dicho tiempo después que “los pederastas solo deben salir de la cárcel con los pies por delante”. Fue un exceso verbal situado en el contexto de la historia personal.

Leo la prensa de hoy y ningún medio acude a su hemeroteca para reconocer sus difamaciones. Los McCann podrían poner millares de querellas por falsedad y ganarlas todas. El olvido suele ser injusto; pero yo recuerdo bien aquella historia. Y lo denuncio en nombre de la verdad. Los McCann cometieron un gran error: irse a cenar con unos amigos y dejar a la niña sin cuidado. Una imprudencia que nunca se han perdonado. Pero ese error no vale el calvario que han vivido durante 13 años.

Veremos en qué queda lo relativo a este pájaro detenido en Alemania, que residió en la zona portuguesa en aquellos años y cuyo historial como delincuente sexual estremece. Tras el caso de la desaparición de Maddie la televisión ha vuelto una y otra vez a los juicios paralelos. No parará nunca si una ley no lo impide. No es solo la tele, es la gente con alma de “la vieja‘l visillo”. ¿Dónde estás, Maddie?

Diario de cuarentena. Día 82. Repelega/Fuenteovejuna

El barrio de Repelega está en Portugalete, en la margen izquierda de la Ría de Bilbao. Un núcleo obrero, de gente sencilla y trabajadora. Por su espíritu de justicia y fuerza combativa se ha convertido en el símbolo del poder de la unidad del pueblo contra lo ilícito. Al grito de “El pueblo unido, jamás será vencido”, el mismo bajo el que se hizo la revolución de los claveles en Portugal contra la dictadura salazarista, en 1974, la gente de Repelega liberó ayer una vivienda del barrio ocupada por unos delincuentes, siguiendo el mismo método -frente popular- con el que desocuparon la casa de Vitori, de una señora de 94 años, de la que se habían apropiado unos sinvergüenzas en octubre del pasado año. La justicia del pueblo, lisa y llana.

La surrealista ley actual impide que la policía saque de una casa a sus violentos okupas. Cuando se produce se inicia un interminable proceso judicial, con lo que el propietario no puede entrar a su vivienda hasta que el juez dictamine su desalojo. Y mientras llega la justicia parsimoniosa a hacer su tarea, los delincuentes incurren en gastos de luz, gas, agua y electrodomésticos y, normalmente, saquean la casa y la destrozan sin miramientos, en la seguridad de que, dado que suelen ser insolventes, no irán a la cárcel y no pagaran los daños y gastos producidos. Una ley kafkiana. 

La gente de Repelega volvió ayer a hacer pacífica pero contundentemente lo que no hace la justicia del Estado: provocar la huida de los delincuentes, devolver la propiedad a sus dueños y restaurar la paz en el barrio. Frente a ellos, la Ertzaintza y la Policía Municipal hicieron de parapeto para evitar males mayores y que los usurpadores no sufrieran el proporcionado castigo de los vecinos. Nada grave ha ocurrido. A lo más, uno de los okupas ha recibido una buena tunda y acabado, algo caliente y magullado, en el hospital de la zona. Eso es mejor que la tardía e inutil sentencia del juez.

Lo curioso es que la vivienda liberada pertenecía a un banco y había sido desahuciada a una familia durante la pasada crisis. No era como la vivienda de Vitori. Aun así, el vecindario se movilizó y se plantó delante de la casa con tal resolución que provocó la huida de los ladrones que han salido escoltados por los beltzas de la Ertzaintza ya de madrugada.

Por si fuera poco, los manguis han gritado a la gente ¡Viva Franco! y ¡Viva España! O sea, además de bandidos, fachas. Eran tres o cuatro jóvenes sin cultura ni seso, forasteros y con un amplio historial de violencia. Por la mañana, una señora mayor había sido asaltada, lo que encendió la indignación del pueblo. 

Que cambien esa ley oprobiosa que protege al ladrón. Repelega ha sido de nuevo Fuenteovejuna, escenario de la obra de Lope de Vega, cuando el pueblo hizo contra el abusador lo que la justicia no quiso: “¿Quién mató al Comendador? / Fuenteovejuna, señor. / ¿Quién es Fuenteovejuna? / Todo el pueblo, a una”.

Diario de cuarentena. Día 81. Los buenos regresos

Como seres humanos somos seres de regresos, de vuelta al lugar, tiempo, situación, sentimiento o placer que ya experimentamos y en los que estuvimos. En eso, como “seres regresantes” hay que entender bien lo que esto significa. Regresar no es volver a la misma situación, igual tiempo o idéntica situación. En absoluto. ¿Cómo vamos a regresar a lo vivido antes si ya no somos los mismos, si hemos evolucionado y cambiado? Hay una condición básica para “saber regresar”: el propósito de que sea mejor que lo ya conocimos. No confundamos el regreso, el buen regreso, con la nostalgia, que es el sufrimiento de no poder regresar. Regresar es revivir, vivir mejor lo que ya conocimos.

En esa situación estamos tras meses de confinamiento forzoso y cruel. Estamos de regreso. Haríamos bien en no hablar de normalidad y mucho menos de “nueva normalidad”, el mantra de los dirigentes autoritarios que nos han robado la primavera. Ni vieja ni nueva normalidad. Regresamos a la vida con el propósito de re-saborear y re-descubrir lo que teníamos antes de la tiranía sanitaria. No es lo anterior, es una nueva versión de lo que fue nuestra vida. Mejorada.

Hoy he vuelto a la comida con los amigos, con quienes se puede pasar horas y horas de charla, comida y bebida sin importar el tiempo. Eduardo, Josetxo y José Luis son de esas personas con quienes discutes, sin piedad, y nunca llegas a una idea común, pero compartes las propias a ver si, por convicción o por emoción, mejoramos las que traíamos a la mesa. Quizás, por deformación profesional, mi intención siempre es influir y persuadir. No siempre lo consigo. ¡Pero qué bueno es escuchar!

El lugar del regreso ha sido el restaurante Rauleaga, en el Hotel Abando, en el centro de Bilbao, a tiro de piedra de Albia y Sabin Etxea, donde Aitor, el chef, hace maravillas. Su carrera le avala: Goizeko Kabi, Zuberoa… Ensalada de tomate de Lezama o espárragos de Navarra para empezar; marmita de atún (¡impresionante!) o guisantes lágrima para plato de cuchara; y taco de atún rojo o rabo estofado de principal, todo ello regado con un excelente crianza de Sierra Cantabria. ¡Esto es el regreso exactamente! Volver a comer como la tierra manda, regresar al sabor de la comida casera, pero con toques de innovación y buen ambiente. 

No hemos alcanzado puntos de vista comunes en lo político. Era previsible. Pienso que Sánchez no es tan malo como ellos creen, aunque es mediocre. Nos preocupa la recuperación económica y no lo vemos claro. ¿Cuántos años de retraso añadirá esta crisis a la llegada del Tren de Alta Velocidad a Euskadi?, preguntaba Eduardo. Dos o tres más, al menos. ¿Salvaremos el sector de la automoción, vital para Euskadi? ¿Y qué ocurrirá con Sener, nuestra mejor ingeniería, que ha entrado en un ERE? Hay que regresar a la economía real con cambios en la gestión y la visión. No tenemos que ser y hacer como antes. Tenemos que ser mejores. Mucho mejores. Más vascos.

Diario de cuarentena. Día 80. Contadores de la muerte

La cultura de la muerte está profundamente enraizada en nuestra sociedad. Ni siquiera la modernidad y siguientes periodos han sido capaces de restarle protagonismo. “¡Viva la muerte!”, dijo el loco Millán Astray ante Unamuno en plena guerra civil. Y aquí sigue el eco de aquel grito salvaje. Con la pandemia ha rebrotado el festín de la muerte. España es hoy, más que nunca, una plaza de toros donde se juega con la muerte.

AESPROF, que no es un vodka, sino la Asociación Española de Profesionales de los Servicios Funerarios ha informado a la prensa que el número de fallecidos en España entre el 14 de marzo y el 25 de mayo es de 43.985, en contraste con los 28.109 que registra el Ministerio de Sanidad en el mismo período. ¡Por favor, los contables de la Parca somos nosotros!, vienen a decir los funerarios que de esto, de muertos, saben mucho, y no esos galenos de tres al cuarto de los hospitales.

Lo de menos es el método del cálculo (diferencia entre los muertos entre 2019 y 2020 en fechas iguales), sino la arrogancia dogmática que los funerarios pretenden dar a sus cifras: “Lo muertos son cosa nuestra”. Y, de paso: “El Gobierno miente”. No sé qué es peor, si el afán de posesión de la verdad o su propósito político, no se sabe al servicio de qué partido o interés corporativo.

Vamos a la esencia del conteo. Se sabe que la mayor parte de los fallecidos a causa del coronavirus son personas de avanzada edad y con patologías previas que mermaban su inmunidad frente al virus. Y así, pregunto: ¿Una persona de 75 años, con un cáncer terminal, que se infecta del COVID-19, de qué ha muerto realmente? ¿Qué pone el médico en la ficha de defunción? Me parece siniestro que se hagan estadísticas interesadas con este tipo de casuística mortal. Es indecente. Porque esa persona tenía una expectativa de vida muy corta y no se puede usar su muerte para cargar las tintas de los fallecimientos e inculpar a tal o cual gobierno, a tal o cual ministro o conseje-ro autonómico. No sean ustedes carroñeros.

¿De verdad creen que alguna autoridad tiene la intención de hacer trampas con los muertos? ¿Importa, en medio del drama social y sanitario, que sean más o menos? En algunos medios se insiste en que hay más muertos por el virus de los que dicen las cifras oficiales, como si esto fuese una carrera fúnebre. A eso juegan Vox y el PP, a atribuirse como propia la tragedia y sacar a los muertos (¡más muertos, por favor!) de sus tumbas para hacer política y cubrirlos con la bandera y de luto, malnacidos. 

Debería haber un artículo en el Código Penal contra el uso criminal de los fallecidos. Los funerarios de España han estado muy ocupados. Y en vez de dedicarse al honroso trabajo de lo fúnebre, se han erigido en contadores de la muerte, porque la muerte es su monopolio. “Que nadie nos lo arrebate”. Ese es su mensaje.

Cayetana y Schlafly

Tengo la impresión de que la portavoz del PP en el Congreso ha asumido la misión histórica de encabezar una revolución conservadora en España a la manera que Phyllis Schlafly lo hizo en los Estados Unidos en la década de los 70 liderando el rechazo a la Enmienda de Igualdad de Derechos (ERA). Cayetana Álvarez de Toledo, con medio siglo de retraso, tiene igual encono y el mismo discurso regresivo que el personaje que magistralmente encarna Cate Blanchett en la serie Mrs. América, cuyo último capítulo ha emitido la plataforma HBO. La única diferencia entre ambas es que Schlafly era carismática, mientras a la señora marquesa le delatan el rictus y su profunda amargura.

Mrs. América es la historia del choque entre dos formas de ser mujer, libres o sumisas, viejas o nuevas. Detrás del guion está Dahvi Waller, de cuyo talento salieron Mujeres desesperadas y sobre todo Mad Men. La narración arranca en 1971 y culmina en 1980 con la elección del presidente Reagan. Phyllis se opuso con eficacia a las figuras del feminismo de la época, de Gloria Steinem a Betty Friedan, pasando por Shirley Chisholm, Jill Ruckelshaus y Bella Abzug, con quienes se batió y debatió a calzón quitado hasta lograr en vida que la ERA no fuese refrendada por los 38 Estados necesarios para aprobar la equiparación de derechos.

Quizás Álvarez de Toledo se haya inspirado en Schlafly para atacar el feminismo y adoptar un primario antisocialismo. Si ha aprendido de aquella experiencia, debería saber que al igual que Reagan dejó a Phyllis fuera de su gabinete por sus excesos, Cayetana no entrará en ningún gobierno por similar motivo: pasada de rosca, espanta a los suyos. ¿La americana hubiera hecho causantes de la propagación del coronavirus y sus miles de víctimas a las manifestaciones del 8-M? Puede que la historia se repita, pero en España se aproxima al vómito.