España tiene un culpable

 

Ya tiene España lo que necesitaba: alguien a quien culpar si las cosas no van bien en el Mundial de Rusia. Sobre Luis Rubiales, Florentino Pérez y Julen Lopetegui caerán todas las iras en caso de desastre. Para un español es importante tener un culpable -bruja, catalán, vasco, judío o masón- sobre el que descargar sus frustraciones y baja autoestima. No podrían vivir sin el remedio de un chivo expiatorio o una hoguera de revancha. Telecinco, que es italiana, también busca vendetta. Se juegan mucho. Han pagado unos 60 millones de euros por los derechos de retransmisión, su despliegue es monumental y una parte de sus ingresos publicitarios dependen de que La roja alcance las semifinales. Y, además, se proponen arrasar en las audiencias de junio y julio. Tras el partido del viernes, lo más rojo que se atisban son los números de su cuenta de resultados.

Iban bien las cosas hasta la víspera. Las ventas de televisores de nueva generación superaban las expectativas. ¿Y para qué quiere la gente pantallas planas y curvas, con inteligencia artificial, resolución 4K y tantísimas pulgadas, si la programación es cada día peor? A Pedro Sánchez le convenía el éxito de la selección estatal para asimilarlo simbólicamente a su frágil Gobierno, de la misma manera que a Zapatero, en 2010, el triunfo del equipo de Del Bosque le dio un respiro en medio de la crisis y el derrumbe del empleo. Y a día de hoy las marcas patrocinadoras del evento temen el fracaso de sus inversiones.

Quizás en Antena 3, si no son hipócritas, estén contentos con que a los jugadores españoles se le tuerzan las botas. Su jugada antifútbol es magistral: a partir de hoy comienza a emitir la primera temporada de El cuento de la criada, la serie más premiada del pasado año, una maravilla artística sobre el relato de Margaret Atwood que encaja como un guante en la epopeya actual del feminismo. Tragedia, amor, mujeres absolutas… A quién le interesa este campeonato si se sabe quién ganará. ¿Alemania, Brasil, Argentina? No, Putin. Siempre gana Putin.

Este partido lo hemos ganado todos

Sobre los símbolos recae la carga de su desmesurada representatividad, real o atribuida. Símbolos son personas, instituciones, banderas, músicas, grafismos, historias, leyendas… Se les pide esa porción de autoestima adicional que reclama la sociedad que los venera. Estamos lejos de la utopía iconoclasta y de la autonomía personal sin la tutela de los ídolos. En Euskadi tenemos unos cuantos de estos símbolos recurrentes, hagan ustedes su lista. Uno de ellos es el Athletic de Bilbao, que define y demuestra lo mucho que podemos ser por nosotros mismos y, al mismo tiempo, nuestra singularidad en todo el mundo; un caso exclusivo, admirable y romántico.

La decisión del Club de unirse a “la reivindicación social del derecho a decidir” el día en que Gure Esku Dago consiguió el éxito de formar una larga y plural cadena humana entre Araba, Bizkaia y Gipuzkoa, ha desatado algunas críticas por la supuesta parcialidad política de la adhesión, con la que no se sentiría cómoda una parte de la masa social. Es una vieja crítica que procede de quienes querrían ver al Athletic identificado con el sistema constitucional o el anterior, en coherencia con lo que se cantaba en su himno predemocrático, felizmente olvidado: “Del fútbol eres ley, te llaman el león,y la afición el reydel fútbol español”. Oprobioso.

¿Se ha excedido el Athletic en su apoyo a la marcha democrática? Entiendo que no. Si aplicamos el método tradicional de que una entidad, sea cual sea, debe mantener un equilibrio público entre las diferentes ideas que conviven en su seno, se diría que el Club se ha equivocado; pero no hay tal error, porque ha dado su mano a un principio democrático esencial. Cuando en 1976, por medio de Iribar, junto con Kortabarria, el Athletic proyectó su adhesión a la ikurriña, por entonces ilegal, lo hizo contra la opinión de socios y aficionados voluntariamente contarios a los principios de la libertad. Como los que ahora protestan. Aquellos jugadores y los responsables del Club rompieron las reglas, porque estas habían caducado. Se la jugaron, nunca mejor dicho. Aquel momento histórico, ante la obligación de sofocar lo injusto, se resolvió forzando las reglas impuestas. Como ahora, en otras circunstancias.

Siendo el derecho a decidir un derecho básico (mayoritariamente aceptado, según los sondeos sociológicos), contra el que solo pueden estar los que no respetan la voluntad de las personas, la decisión del Athletic es plausible y valiente, de sentido común. Responde a una cuestión de principios y carece de toda mezquindad partidista. Ha reivindicado la democracia, tan indiscutible como defender los derechos humanos, poder respirar o el derecho a existir. Esto no es partidista, es una posición universal.

Lo que bulle entre quienes la critican es la rabia de verse desbordados por un pueblo que quiere mirar al futuro sin trabas. Y se resisten, como los de 1976 y anteriores, a que nuestra sociedad, decida su porvenir y su agenda vital, con su propia gente, hecha aquí, la libertad vasca. El Club ha leído bien la realidad de Euskadi y ha ejercido su liderazgo social defendiendo una prerrogativa inalienable. Otras organizaciones, que podrían haber hecho lo mismo, insensiblemente, han callado.

Es el liderazgo, amigo

El liderazgo va más allá del ejercicio del poder. Posee una autoridad moral y una capacidad de influencia en razón del respeto y admiración ganados por sus méritos y trayectoria. Hay pocos liderazgos en nuestra sociedad y casi ninguno indiscutible. Con todo y al margen de quienes ostentan ahora las labores ejecutivas en el Athletic, esta entidad tiene un fuerte liderazgo público. Por eso, sus detractores atacan su imagen. Para ellos, el Club es un peligro para el sistema y su modelo de democracia de segunda división.

El liderazgo es lo menos normativista del mundo. El liderazgo rivaliza con los límites, tanto los que proceden del interior, como los que llegan de fuera. Lo normal que un líder se salte o supere las normas heredadas y se proponga ampliarlas y flexibilizarlas. España es un estadio embarrado y el ambiente es hostil. ¡Bien sabe el Athletic, ahora como antes, lo que es sufrir el odio por ser quien es, por su ser vasco! Las reglas de juego están trucadas y el árbitro no es neutral. Con estos condicionantes, cuando estamos bloqueados entre una legalidad estrecha y la amenaza de su cumplimiento forzoso bajo el rigor de la represión económica y judicial -como es un hecho en Catalunya-, es pertinente cierta ruptura y elevar la voz más allá de lo políticamente correcto y de la hipocresía protocolaria del sistema.

Es lo que el Athletic ha entendido. Había que pronunciarse por una causa justa, un derecho básico que los que marcan el terreno de juego se niegan a reconocer. Tienen que comprenderlo los tramposos o los sumisos conformistas. La libertad también es una competición, que se gana partido a partido. O se pierde con la rendición. Y les hemos metido un golazo por toda la escuadra. Había que dar más fuerza a la causa del derecho a decidir, que precede al diseño del futuro de todos. Era necesario empujar a los remisos, los perezosos de la libertad. Era de esos momentos en lo que había que transgredir y darnos un respiro. Es el liderazgo, amigo.

Juego sucio con el Athletic

“Si el Athletic hubiera dicho no a los asesinatos, ETA no habría matado durante décadas”, ha dicho sin sonrojo la eurodiputada Pagazaurtundua, a quien no reconocemos en estas desgraciadas palabras su inteligencia y calidad personal. ¿Qué te hemos hecho, Maite, para que nos maltrates así? Tienen, eso sí, la coherencia del discurso de la culpabilización general del terrorismo que se pretende extender al conjunto del pueblo vasco. Si todos fuimos culpables, el Athletic, como entidad, lo es mucho más. Hay que entender que este es uno de los mensajes a colar de matute en el relato de la violencia, una historia para pusilánimes.

El Athletic tuvo durante años el buen juicio de no vender su simbolismo y su liderazgo social a la causa del espectáculo de las víctimas, ese modo con que las autoridades españolas disfrazaban su responsabilidad y su incapacidad para resolver un problema que tenía profundas raíces políticas. Eso lo pagó con el desprecio en los estadios y los insultos a coro. El Club rojiblanco era la extensión del terrorismo, por ser vasco, muy vasco y solo vasco. Podría haber renunciado a salvaguardar su alma independiente y sumarse al horror de la feria manipulada y obscena de la sangre. No, el Athletic no es una entidad politizada: es un Club democrático, cuya autoestima -la de sus socios y aficionados- le obligaba a estar por encima de las miserias del momento, impulsadas por políticos que aspiraban a asimilar al Athletic a la desvergüenza del dolor exhibicionista.

Y así como durante tantos años, ha soportado un millón de vejaciones públicas, por rebelde de una causa deplorable, ante la que se ha batido en soledad y sin que las autoridades deportivas e institucionales alzasen la voz para solidarizarse y protegerlo, tampoco ahora el Athletic de Bilbao va a doblegarse al linchamiento que patrocinan los mismos medios locales, de pasado franquista, que siempre buscaron su favor y arrimo para purificarse. La españolización del Athletic fue un objetivo de Estado, fallido como tantos otros. Recordemos el furor para que “la Roja” jugara en San Mamés. O la persecución de las protestas a la bandera y la monarquía en los partidos de final de Copa. La competición con España continúa. La libertad se gana o se pierde. Con su atrevido apoyo al derecho a decidir, el Athletic apuesta por fortalecer la democracia y ser un poco más de todos, pues de todos es la libertad.

Maquíllate, maquíllate

Gobernar es comunicar, buen remedio. Cuando careces de mayoría, la comunicación es tu épica de salvación y tu única baza. Pedro Sánchez ha comenzado mal, usando el lenguaje menos explícito, el de signos, para compensar la dura oposición anunciada por PP y Podemos, que reeditarán la pinza de Aznar y Anguita de los 90. El propósito del Gobierno es llevar a cabo una intensa campaña electoral que otorgue al PSOE opciones de victoria dentro de año y medio, eso sí, pagada con el dinero del contribuyente. Hay quien cree que la comunicación, como el maquillaje, encubre la realidad.

El presidente Sánchez cuenta con un trío de ases para este ensueño. El primero, Miguel Ángel Oliver, a quien ha sacado de los telediarios de Cuatro para ubicarle en la secretaría de Estado para la Comunicación. Será el coordinador de la acción informativa, con la potestad de gestionar la publicidad institucional, muchos millones de euros para engrasar opiniones favorables y presionar a la disidencia mediática. Confío en que no intente colonizar TVE. Tendrá que entenderse con Isabel Celaá, la segunda de este núcleo duro, en su tarea de portavoz, una personalidad briosa. No sirve para la empresa. La exconsejera vasca posee una imagen adusta y desabrida, muy poco emocional y de sonrisa forzada, como lo puso de manifiesto en su primera comparecencia. Nadie duda de su solvencia intelectual, pero su rictus y el aire de severa catedrática son malos conductores de energía positiva.

Y el tercero es el donostiarra Iván Redondo, jefe de Gabinete de la Moncloa, sobre quien recae la definición y desarrollo del discurso, la agenda y la figura personal y pública del presidente. Un gurú con leyenda de visionario. En realidad, un gurú comunicacional no usa magia ni pócimas: es un tipo intuitivo al frente de un equipo que durante 24 horas lo mira todo, lo lee todo, lo escucha todo, lo olfatea todo y finalmente sintetiza. ¿Y Maxim Huerta, el frívolo colaborador de Ana Rosa en Telecinco, ahora flamante ministro de Cultura? Bastante hará si la gente le toma en serio.

 

 

Sánchez y TVE: el guapo y la fea

Lo de TVE es puro fatalismo. Gobierne quien gobierne, desde Franco a Rajoy, pasando por González, Aznar y Zapatero, su sectarismo permanece. La inesperada y gozosa expulsión del PP y su sustitución por el PSOE en la Moncloa abre una nueva expectativa. Pedro Sánchez se bregó en las tertulias y de aquella presencia mediática extrajo la necesaria notoriedad para su carrera política, ayudado por su buena imagen. Después añadió una épica de supervivencia y un punto de patetismo en sus derrotas. ¿Trae algún proyecto regenerativo de la corporación estatal? Temo que no sea una de sus prioridades, porque la falta de pluralismo en los medios no figura en la lista de las preocupaciones ciudadanas que periódicamente analiza el CIS. Parece que a la gente le importa menos que los estragos de la avispa asiática en la apicultura.

No habita la esperanza en la memoria de la izquierda. La peor calamidad para TVE la provocó Zapatero en 2010 con su Ley General Audiovisual, llamada Ley UTECA, por lo beneficiados que salieron los canales privados tras la quita publicitaria de la televisión pública, cifrada en 500 millones de euros anuales. Aquella descapitalización y la pérdida del target comercial tuvieron como resultado una profunda depresión profesional y una debilidad financiera de la que aún no se ha recuperado. Y todo para comprar el favor informativo de Telecinco y Antena 3 con el que neutralizar las críticas al Gobierno socialista por su nefasta gestión de la crisis económica.

Los reporteros de TVE visten de negro en protesta por el bloqueo de la renovación del consejo de administración y su presidente, que también se apellida Sánchez. Aunque el PP, dolido y derrocado, dará batalla, se podría licenciar ya a los tendenciosos moderadores de los debates, Sergio Martín y Víctor Arribas, culpables de unas tertulias encanalladas donde todos tienen idéntica opinión, salvo en el afán de disparar el adjetivo más grueso contra catalanes, vascos y rebeldes. Los telediarios, gürtel informativo a base de censura, son igualmente corrupción.

 

¿Qué haces ahí, Kortajarena?

Telecinco tiene muy mal perder, como cualquier italiano. Acostumbrada a ganar mes tras mes desde hace años, se le ha atragantado el fracaso de su serie La verdad, estrenada el pasado lunes, en la misma semana que Antena 3 le superó ampliamente con La catedral del mar. Hay un millón de espectadores de diferencia entre ambas, lo que equivale a cinco puntos porcentuales de cuota de pantalla. Un rejón en todo el espinazo de Vasile. ¿Y qué esperaba, don Paolo, de un guion tan disperso y un personaje central, Paula García, retorcido, inverosímil y del todo previsible? No hay historia que garantice el éxito, ni tampoco un plantel de intérpretes que soporte un mal relato.

Mediaset cree en la baza superficial de Hollywood, según la cual los actores y actrices de moda son garantía de triunfo. Pues no. A Lydia Boch se le cae su papel de madre atribulada y nuestro Jon Kortajarena es el menos indicado para encarnar al policía-portavoz Egia (¡mira, verdad en euskera, como el título de la serie, qué gracioso!) con el que se muestra artificial en la imagen e incoherente en la acción. El serial es un troncho pretencioso que irá dejando espectadores y respeto narrativo en su camino hacia un final que quizás no lleguemos a ver.

De una novela épica como La catedral del mar, de Falcones, se podía esperar mucho y verdadero. Reconozco que tenía mis dudas sobre la oportunidad de su estreno, pues se trata de una epopeya catalana, de libertad, amor y venganza y no están los españoles predispuestos a aceptar héroes y rebeldes, ni siquiera imaginarios; pero la producción es magnífica, con la categoría del mejor cine, y los protagonistas remarcan su dureza y sacrificio al gusto popular. La arriesgada y costosa apuesta de Atresmedia tiene su recompensa y le permitirá equilibrar en junio y julio la atroz competencia del Mundial de Rusia, en manos de su rival. España se olvidará de la moción de censura, la corrupción y las pensiones y se refugiará en la matraca del fútbol para compensar su menguada autoestima. Por Dios, que pierda la Roja.