De tal libro, tal folletin

O culebrón, en términos latinos. O soap opera, en su versión norteamericana. En todo el mundo cuecen pésimas historias y peor contadas. El jueves pasado Antena 3 estrenó en abierto la adaptación audiovisual de la novela de Sonsoles Ónega, Las hijas de la criada, Premio Planeta 2023, un bodrio que mereció críticas devastadoras, como la de El País, donde Jordi Gracia escribió: “La sensación de ridículo con la novela ganadora es sofocante. Por la trama, por el estilo, por su absoluta nadería”. Y añadió: “Maravilla la capacidad de Las hijas de la criada para desescalar hacia abajo y sin límite en el subsuelo de la novela”. Por contraste, en un diario local su crítico literario, subsidiado por la poderosa editorial, lo calificaba de “novela decimonónica”.

La trama es de llorar amargamente. En el pazo de un acaudalado conservero gallego nacen a la vez dos niñas: una, hija de la señora de la casa, y la otra, hija de la guardesa de la finca. Dos madres y el mismo padre, el señorón. En la confusión de aquella noche de 1900, la sirvienta da el cambiazo de las criaturas para que la suya tenga mejor vida y salvarla de una miseria segura. ¡Toma melodrama! La historia se desparrama entre Cuba y Argentina hasta que, ¡chaaán, tatachánnn!, como lo celebraría el mago Tamarit, las hermanastras, ya mayores y vividas, se encuentran, se perdonan y pululan felices por Galicia.

Son ocho capítulos muy ostentosamente producidos, porque la demagogia del folletín actual es la exuberancia del vestuario, escenarios variopintos, muchos extras, música épica de retumbante trombón, difuntos a mansalva y reparto descomunal para crear la sensación de gran película con la que disfrazar su vaciedad. Es como en la política y las tertulias: que lo simple parezca denso.

JOSÉ RAMÓN BLÁZQUEZ

TVE y la guerra justa

Y a los 70 años resucitó. TVE, inaugurada por Franco junto a Fraga, su ministro de propaganda, está dando un revolcón a las audiencias de los canales privados. Descapitalizada en 2010 tras la pérdida de su fuente de financiación, los anuncios, está ahora a unas décimas de superar a Antena 3 en el liderazgo con programas informativos, de debate y entretenimiento que han tumbado la estrategia de la derecha política y mediática para recuperar el poder. Nadie esperaba hace apenas dos temporadas semejante éxito de la televisión pública estatal.

En siete décadas TVE ha vivido distintas etapas. La primera, hasta el 75, fue relatora de la dictadura criminal con loas al tirano y series como Crónicas de un pueblo. Por entonces el televisor, como el seiscientos, era la máscara de un escuálido desarrollismo y una moral de campanario. En la segunda etapa, hacia los 90, tapó los delitos y el culo de Juan Carlos de Borbón bajo el férreo control de Alfonso Guerra y Calviño. La tercera corresponde con la grosera irrupción, obra de Felipe González, de las cadenas privadas y el reinado de la telebasura. La cuarta fue la más corrupta con los noticiarios envenados de Alfredo Urdaci, quien llevó la mentira a sus más altas cotas el 11-M. En la quinta sufrió su experiencia más negra, cuando Zapatero regaló a empresas particulares la publicidad que la hacía competitiva. Y la actual es la más paradójica, pues está librando con acierto una inteligente confrontación contra la amenaza del neofranquismo del PP y Vox.

TVE ha sido franquista hasta el horror, es abiertamente monárquica (ahí está el oprobioso servilismo de Audiencia Abierta), pero hoy quiere ser el altavoz democrático contra Trump, el populismo y la dictadura que viene. Necesitamos esta épica y no una nueva marca gráfica.

JOSÉ RAMÓN BLÁZQUEZ

La teleliga sube los precios

Tras ganar el Mundial, el fútbol estatal vive un falso subidón de autoestima. Y se confunde al enredar su éxito con las limitadas características de La Liga. La competición española es un espectáculo endogámico con equipos muy singularizados e identificados con su ciudad que trasciende poco o nada al ámbito internacional. Sus banderas, salvo en el caso de Euskadi y Catalunya, por obvias razones de identidad nacional, son enseñas domésticas. La Liga no es un campeonato supranacional, salvo que cada vez está más lleno de extranjeros. De modo que la autoestima por la victoria del Mundial se queda y se reparte en exclusiva entre los jugadores que disputaron la final de Nueva York.

Para seguir goleándonos el fútbol televisado ha subido sus tarifas. En datos de El País y el comparador Roams, las suscripciones se han encarecido un 5% y van de los 109 euros mensuales de Orange a los 117 euros de Movistar+. Y así en los últimas diez temporadas el incremento acumulado es del 31,7% en Movistar+ y 74,8% en Orange. ¿Y qué esperábamos con las escandalosas fichas y traspasos de jugadores financiados con los derechos televisivos, junto a la publicidad y las marcas patrocinadoras? El fútbol está dejando de ser cultura popular para reservarse a las élites, de tal manera que los pobres han de recurrir al bar o a la piratería, poca trampa comparada con las del FC Barcelona por cuyas corruptelas merecería estar en segunda división.

Y mientras El Chiringuito, que besa el culo de Laporta y Florentino, a conveniencia, ya está en Mediaset tras su fuga de Atresmedia. El espacio de Pedrerol es como el Sálvame del balompié, latosa diversión para tifosis y ultras, bobo griterío y nula densidad informativa; pero este mal se extiende como la rabia a la política. Eviten su contagio mortal.

JOSÉ RAMÓN BLÁZQUEZ

Amor en el eclipse

El pasado miércoles todo el mundo quería ver la misma serie, una película fugaz, de apenas unos instantes. Se necesitaban lentes especiales para captar la luz y la penumbra en pantalla panorámica, de infinitas pulgadas. Las miradas apuntaban al cielo, menos las de quienes se ocupaban de rescatar vivos y muertos entre los escombros en Colombia, huir de los drones de Putin en Ucrania, o apagar incendios en algún lugar de Europa. A la Luna los lunáticos la buscamos siempre que es visible y al sol cuando amanece y al ocultarse, no sé qué sentido tenía tanto alboroto por mucho que el eclipse ocurra cada cien años.

Y como no todos subieron al monte, ni ocuparon un yate, ni tenían un ático, como Ayuso, con vistas al oeste, optaron por seguirlo en la tele. ¡Como si no hubiese sucesos mágicos con los que emocionarse! La tele hizo suya la fascinación de la gente, porque “solo podía verse una vez en la vida”. La 1 se fue hasta el observatorio de Yebes, en Guadalajara, y ETB viajó a todas partes, incluso a la estratosfera con un globo aerostático en busca de imágenes de la belleza. Finalmente, a las 20,30, la Luna de Cascante ocupó toda la pantalla y se apagó la luz y fue hipnótico. Pocas veces la tele es capaz de captar tanto entusiasmo. Y hubo lágrimas, aplausos, besos, abrazos y pedimos deseos. Lo más parecido son las retransmisiones de los fuegos artificiales en las fiestas, a los que la televisión vasca, con Klaudio Landa al frente, trata de extraer el alma. Casi nunca lo consiguen, pero llenan las noches.

Lo mejor del 12 de agosto se lo llevaron las parejas verdaderas haciéndose dulcemente el amor bajo la sombra mágica del eclipse. Estos afortunados lo supieron vivir reuniendo en sus cuerpos y almas la luz de la pirotecnia y el fuego de la oscuridad astronómica.

JOSÉ RAMÓN BLÁZQUEZ

España, agarrotada y a garrotazos

España arde política, forestal y fronterizamente. Vive agarrotada y a garrotazos. Polarización es la palabra de moda, pero ¿no es la vieja maldición de “las dos Españas”? Se define como la división extrema entre posiciones que se alimentan del mutuo rechazo en lo ideológico (derecha o izquierda), económico (liberal o socialista), religioso (fe o laicismo) o histórico (tradición o cambio). Como romántico empedernido no veo en esas diferencias motivo para enemistarme con nadie, a no ser que amenacen mi dignidad y derechos. España prefiere la disyuntiva a la copulativa, la “o” en vez de la “y”, opta más por estar “contra” que “con”. De ahí su tendencia a despedazarse.

Culpan de la polarización a las psicopáticas redes sociales y a un modelo de televisión que acompaña sus crisis; pero la virulencia digital y mediática es el síntoma más que la enfermedad. Estamos ante la inmadurez de un amplio sector del Estado que no entiende que la convivencia se basa en el pluralismo y la aceptación de las diferencias para garantizar una comunidad equilibrada y justa. El franquismo inoculó la mala educación y la intransigencia. Y tras el fraude de la transición, la democracia resultante es una feria de desprecios y desestima.

La rabiosa lucha por el poder quiebra la cohesión. La agresividad contra TVE es más por sus altas audiencias que por el sesgo socialista. Antena 3 es ariete de demolición social. Cuatro es ya un canal ultra con el carroñerismo de Iker Jiménez. ETB se inclina por EH Bildu, La Sexta adoctrina malamente y Telecinco agoniza. Están todas en guerra y hay quienes lo celebran: los que prometen aniquilar el autogobierno, decretar ilegalizaciones, expulsar a los emigrantes y empobrecer a jóvenes y viejos. El neofranquismo de PP y Vox está en la cosecha del odio.

JOSÉ RAMÓN BLÁZQUEZ