EL mundo a patadas

A la borrachera de fútbol -tras más de un mes de brutal ingesta- le llega la resaca. Y aunque los balances deban hacerse con rigor, hay una valoración inmediata y emocional: ha sido un Mundial malogrado en lo deportivo y el arbitraje, pero muy satisfactorio para las televisiones por sus enormes beneficios. Vamos a recordar con imágenes. La peor de todas es la del regidor de la FIFA, Gianni Infantino, que ha llevado la competición al bochorno ético al suprimir la sanción a un futbolista norteamericano bajándose los pantalones ante Trump. ¡Es una estampa medieval! Si ya teníamos al Secretario General de la OTAN, el neerlandés Mark Rutte, como lameculos oficial del presidente estadounidense, hoy contamos con la pareja perfecta de la indignidad, Infantino y Rutte, dos tipos que dan tanta vergüenza ajena como risa, trágicos y patéticos.

Este Mundial ha sido un festival simbólico de patriotismo superficial. Banderas, himnos, Estados, héroes y villanos, el espectáculo del delirio, de épicas y fracasos. El mayor impacto lo ha dado la hinchada noruega (jugadores, diputados, la gente) emulando el remo vikingo, el viking row, y coreado a gritos con el ¡ro, ro, ro! Sin duda, la mejor campaña de prestigio para el país nórdico. Catapultado sale también Cabo Verde por su grandeza en la humildad. Y para lo chusco queda el canto de los himnos nacionales en el que España enmudece por afonía democrática y ser incapaz de sustituir la infame letra franquista.

El Mundial lo ha ganado TVE, más por sus audiencias siderales que por la calidad de sus locutores, mediocres y frívolos a la usanza de Matías Prats. Tras el final de la atrofia de balón, nos conviene paliar el mareo con algunos buenos libros, soñando con que la decencia política y judicial se haga un hueco en el otoño.

JOSÉ RAMÓN BLÁZQUEZ

Anuncios de libertad

Los instantes más valiosos de la tele son los anuncios. Duran entre 20 y 30 segundos y pueden costar de 25.000 a 30.000 euros. A 10.000 euros el segundo. Rentabilizan la televisión, sostienen miles de empleos y sufragan el fútbol y el cine. A su vez, la publicidad depende de la inversión empresarial y la riqueza económica de un país, su comercio y comunicación. Hace el prodigio democrático de financiar la libertad de prensa. La gente melindrosa que se queja del exceso de anuncios en la tele (12 minutos por hora, máximo) soporta sin rechistar su superabundancia en internet. El reto y fragilidad de la publi es su eficacia. ¿Cuándo funciona?

En verano hay menos anuncios porque la audiencia se reduce notablemente. Lo reyes en esta época eran las cervezas, pero ahora brillan poco. No producen soberbios spots como antes, quizás porque la cultura de la cerveza está consolidada y la competencia es escasa, monopolizada en un par de grandes grupos. El mejor de los anuncios del momento es del banco digital alemán Trade Republic. Sobre la figura y gestualidad de Brad Pitt consigue atraer el interés del espectador, centrándose en el busto mudo pero sugerente del actor.

Otra marca destacable es el alquilador Airbnb con un anuncio de destinos para quienes buscan lo auténtico y que resume en un gran mensaje final: “A veces no se trata de ir más lejos, sino de llegar más cerca”. También el Banco Sabadell, en su hermoso blanco y negro, ha creado una intensa historia sobre el traspaso de la propiedad de una panadería a sus empleados, con un excelente eslogan, “Ser de los que hacen”. La publicidad es imprescindible, en especial cuando la marca sufre problemas de reputación. ¿Cómo entender el silencio de Quirón ante el deterioro social que le está causando el novio de Ayuso?

JOSÉ RAMÓN BLÁZQUEZ

Parientes y parientas, a la tele

Arrimándose a los poderosos se lograba empleo, favores para los hijos y amparo para las amantes al precio de sumisión. En el Renacimiento se le llamó nepotismo y hemos transitado a la corrupción total, de arriba abajo. ¿De qué nos quejamos si esta práctica no ha parado de funcionar, también en televisión? El más antiguo es el de los Prats y todos se llaman Matías. El viejo franquista del fútbol y el Nodo fue el mito de varias generaciones atribuladas. Dio paso a su hijo que aún pone su engolada voz y su figura a los telediarios de Antena 3 los fines de semana. Y en tercera generación, el nieto hace información deportiva en Telecinco. Dios nos libre de que esta saga se perpetúe, como ocurre en Corea del Norte.

Por igual motivo Karlos Argiñano hace televisión familiar. De su familia, claro. Y si tener colocado en ETB a su hijo Joseba le parecía poco, ha obtenido de Antena 3 que sea el relevo en sus fogones. De Karlos a Joseba, como en las monarquías, ya tenemos heredero. Nuria Roca emplea en La Sexta a su marido, el escritor Juan del Val, como tertuliano y, para que todo quede en casa, ambos comparten horas de gloria en el fangal de El Hormiguero.

Otra dupla castiza la forman Iker Jiménez y Carmen Porter. ¿Cómo podría el gasteiztarra dejar sola a su parienta mientras avistaba fantasmas? Y la puso en nómina en Cuarto Milenio y la pocilga de Horizonte, del tálamo al tajo. Parecido es el caso de García Ferreras y Ana Pastor, los Ceaucescu de la tele. La cumbre del nepotismo la alcanzan las Campos por legado de María Teresa a sus hijas Terelu y Carmen y ahora a su nietísima Alejandra. Esta es la degradación española, privilegiar a la parentela sin mérito y así que el país lo desgobierne una factoría de delincuentes y, próximamente, la mafia neofranquista PP-Vox.

JOSÉ RAMÓN BLÁZQUEZ

Lolitas y lolitos

Que el destino nos libre de pleitos y querellas. Es la terrible pesadilla de un país donde la justicia es el servicio público peor valorado por la ciudadanía a causa de su parsimonia y politización, por kafkiana. Y si entre peinados, marchenas y con Aldama de santo patrón, no hay manera de confiar en la rectitud de los tribunales, vayamos a la justicia narrativa, esa que proviene de libros, series y audiovisuales en los que se desvela la verdad que se ocultó en los juzgados. Lean para ilustrarse “Bajo las togas. Errores judiciales y otras infamias”, de Carlos Castresana. Es la justicia española.

El caso Epstein es la pura ignominia, con su trama de superricos cometiendo abusos sobre chicas vulnerables y menores. En su orgía estuvieron Gates, Clinton, Andrés de Inglaterra y, por supuesto, Trump, que busca salir impune de esta historia macabra. Lo han contado con detalle las plataformas globales. Es la justicia digital. También lo es el reciente documental de Netflix, Michael Jackson, el veredicto, sobre el juicio al rey del pop en 2005. A pesar de las pruebas abrumadoras de las atrocidades sexuales cometidas sobre Gavin Arvizo, de 12 años, el cantante salió “no culpable” aunque no inocente. Ese monstruo mostraba pornografía a los críos, les daba alcohol, les metía en su cama, les masturbaba y les hacía sexo oral. Los que no le denunciaron recibieron millones por su silencio. Murió cuatro años después. Es la justicia americana.

Los que nunca leyeron Lolita, de Nabokov, pero vieron sus adaptaciones al cine, creen que la niña de 12 años (“nínfula”, en palabra del autor) incitaba a Humbert Humbert, su padrastro, 30 años mayor que ella, sumándose así al orfeón de los canallas que sostienen que la pederastia es culpa de lolitas y lolitos. Es una justicia de locos.

JOSÉ RAMÓN BLÁZQUEZ

Tostones de verano

Verano, estío y hastío. Y rebajas, algo así como una época de indolencia y dolce far niente. En la televisión es aún peor. Como la gente desconecta, las audiencias bajan más del 30% y las cadenas se dedican al relleno, reposiciones y subproductos de mercadillo. Si Apple TV estrena ahora un remake de El cabo del miedo, con Javier Barden, y Steven Spielberg pone en la gran pantalla su nueva película, El día de la revelación, hemos de sospechar, por lógica del marketing audiovisual, que son creaciones menores, de tanga y chiringuito. Así se entiende la llegada de programas con presentadores jubilados. A Iñaki Gabilondo le dan ocupación en La 2 con un ladrillo monumental, La gran aventura de la lengua española, fuera de todo contenido informativo. Y a Mercedes Milá le han obsequiado un espacio de marchitas entrevistas, Me meto en un jardín, como del siglo pasado. Apenas uno y otra alcanzan el 3% de seguimiento.

Cosa distinta es El perro andaluz, que resuena a surrealismo de Buñuel y Dalí, con el que ha debutado en La 1 Manu Sánchez, famoso en Andalucía, pero desconocido en general. Tiene mucho de desmesura el sevillano, como en todos los corazones reivindicativos y afanes de justicia tardía. Peca de militancia zurda y ruido; pero su éxito es superar a El Hormiguero en el que se retuerce la peor España.

Será un trimestre de bazar. Con Ion Aramendi y su periplo festivo en un formato más viejo que la tos. Y con Paz Padilla y su irrelevante show de fin de semana. Entre tantos productos descongelados nada puede ser tan cutre que Cuatro con Horizonte, a cargo de un perito en ovnis y fantasmas que reúne a periodistas ultras y un psiquiatra facha para hablar de política y en esa orgía homenajear a Trump, su héroe, octogenario. Al borde del delito de lesa televisión.

JOSÉ RAMÓN BLÁZQUEZ