Sexo en secundaria

Si no se puede hablar de sexo en serio, sin risitas y falso pudor, habrá que hacerlo de forma cómica para que dejemos de tomarlo a broma. Sobre esta ocurrente paradoja se basa la serie británica Sex Education, producida por Netflix, con la misma táctica narrativa que adoptó el serial catalán Merlí para reivindicar la filosofía y su enseñanza y que comenzaba con este alegato, lícitamente machista, del profesor a sus alumnos: “Quiero que os empalméis con la filosofía”. Pues de eso va Sex Education, de penes, vaginas, orgasmos, embarazos, abortos, disfunciones y temores del amanecer sexual, volcados en ocho capítulos ambientados en un instituto y en modo de comedia dramática.

Todo gira en torno a Otis, adolescente peculiar, virgen e incapaz de masturbarse, cuya madre, Jean, divorciada y promiscua, pasa consulta de terapia sexológica en casa. Esta circunstancia permite al joven escuchar y asimilar mucho conocimiento hasta convertirse en experto, solo teórico. “La experiencia está sobrevalorada”, dice el cartel anunciador. El reparto no puede ser más brillante, con Gillian Anderson (la agente Scully de Expediente X) y Asa Butterfield, el inolvidable Bruno de El niño con el pijama de rayas. ¿Puede un chico inmaculado dar consejos eróticos a sus compañeros? Pues sí y de esta licencia se vale para alcanzar, divirtiendo, su meta pedagógica. El lenguaje procaz es una necesidad realista y los personajes caricaturescos, un eficaz recurso.

Si yo fuera director de secundaria incorporaría la serie al currículum educativo y la declararía ineludible para padres y madres, como también haría obligatoria la retransmisión en directo del proceso a los líderes independentistas catalanes, de inminente estreno en el Tribunal Supremo. Título de la película: “Juicio de Burgos II, la democracia española en el banquillo”. Brutal.

La construcción mental de la ultraderecha

España se consuela de la irrupción de Vox haciéndose creer que es la homologación política de lo que antes había ocurrido en Francia y media Europa, así como en Estados Unidos. De manera que Spain isn’t different. Y se queda tan ancha reconfortándose con el padecimiento en casa de los mismos males ajenos. Pero la llegada electoral de la ultraderecha tiene causas propias y no es una moda foránea llegada al Estado por las redes sociales o vía Amazon. Lo más gracioso de los análisis del engendro liderado por Santiago Abascal -alavés, nacido en Bilbao y formado en la Universidad de Deusto- es el argumento de que “Vox es un partido constitucional”, juicio que sostiene el presidente del PP, Pablo Casado, y toda la derecha mediática en su carrera por justificar los apoyos fascistas, necesarios para encumbrar a los populares a la presidencia de la Junta de Andalucía. Es la estrategia de blanqueamiento de un mal antidemocrático ante la acomodaticia sociedad española y un paso atrás en la madurez democrática.

Si Casado puede validar la constitucionalidad de Vox es porque la carta legal del 78 fue el resultado directo del fraude de la transición, protagonizada por los herederos del franquismo, la monarquía emanada del dictador y el ex Ministro-secretario general del Movimiento, Adolfo Suárez, que sometieron a la joven y acobardada clase política y a un pueblo ignorante y atrincherado en sus miedos, todo ello bajo la tutela militar cuya reválida fue el golpe del 81. Aquello fue el equilibrio imperfecto entre la aceptación de las fechorías de la tiranía y un futuro democrático bajo control. ¿Cómo no va a ser constitucional Vox si con su ideología se legitimó el franquismo y su legado?

El monstruo ya existía antes de que 395.978 electores andaluces llevaran a la ultraderecha al Parlamento autonómico. Estaba en la mala conciencia de muchos ciudadanos, en los complejos de tanta gente, en los odios y rechazos aplazados, en el desapego hacia la pluralidad, la hipocresía popular, la necedad derivada de la pésima formación recibida y la incultura, en una convivencia agriada y en algunos canales de información donde cada día se lanzaban mensajes que, finalmente, han hecho suyos –rabiosamente y repudiando toda estética- Abascal y su formación totalitaria.

El fascismo subyacente

Y así se ha ido conformando, de un reducto marginal, la expresión de lo que fue la España anti machadiana, más fuerte de lo que se sospechaba y auguraban las pretenciosas encuestas. ¿Qué ha ocurrido? En mi opinión, ha salido a flote la basura que antes habían arrojado al mar de la política muchos ciudadanos que, con habilidad, maldad y oportunismo, Vox ha cuajado en su programa. Cada vez que alguien echaba pestes, sin datos ni criterio, de que la RGI y otras acciones solidarias priorizaban a los emigrantes, a quien poco más o menos se les regalaba casa, sueldo, sanidad y educación gratuitas para sí y toda su parentela al poco de llegar, marginando a la población local de estas ayudas, estaba dando alas al discurso de Vox. Cada vez que un vecino comentaba en el bar o en familia que la cultura occidental peligraba por una paroica islamización con la consiguiente liquidación de la religión católica, era un voto más para la ultraderecha. Cuando un amigo en una comida de reencuentro te dice que “todos los políticos son unos hijos de puta”, estaba llenando un poco más la urna de los fachas. Cuando una persona no podía contener sus bajezas hacia los extranjeros haciéndoles causantes de sus penurias económicas y de todo delito, reforzaba a Abascal y debilitaba la democracia.

Ha sido esa gente, no una conspiración universal, quienes han fraguado la vergüenza. Cada persona que hacía de Catalunya blanco de sus frustraciones y los viejos males de España, señalando al presidente Sánchez como cómplice del independentismo, subía la cotización del voto ultra. Con cada hombre que lamentaba en privado el imparable avance de las mujeres sobre el machismo ibérico, le daba una papeleta a Vox. Con cada bandera rojigualda en los balcones, con cada ataque a la diversidad democrática, con cada renuncia a la libertad, con cada recuerdo nostálgico a Franco, con cada negativa a la exhumación del tirano de un espacio público y, en definitiva, con todos sentimientos de españolidad herida se ha situado en la cumbre a un salvapatrias que trae consigo promesas de ira y regresión.

La disgregación de la derecha

¿Y por qué los partidos de la derecha -PP y Ciudadanos- no han reaccionado contra la explosión del fascismo que crecía a su lado? ¿Y si resulta que lo han consentido y animado para rescatar a los electores antisistema, sustancialmente franquistas, y sumarlos a un proyecto tradicionalista, el sueño de Aznar? Es como si lo hubieran planificado, liberando a Abascal del PP, quien fue largos años su representante institucional, su mantenido y el niño mimado de Esperanza Aguirre, para que desde un alegato del miedo, neofalangista y racista saliese a la calle y los caminos a atraer a los más recalcitrantes derechistas, que habían dejado de votar, para añadirlos a un plan de unificación autoritaria. Parece el plan oscuro de un laboratorio del Think Tank, cuyo primer éxito es el acuerdo de las tres fuerzas conservadoras para ocupar el Gobierno andaluz. El pronóstico es que se trata de un ensayo de lo que en apenas un año podría extenderse al conjunto del Estado, una estrategia maquiavélica y calculada de efectos demoledores para las libertades y una amenaza para el difícil equilibrio de poderes. Y por supuesto, el peor de los horizontes para Euskadi.

La quiebra de la herencia de Rajoy por su sucesor, Pablo Casado, ha conducido a la radicalización de su discurso en todos los planos, del económico y fiscal a lo autonómico y social. Y por supuesto en el de los valores éticos. El PP ha renunciado al centro y converge hacia Vox, al que otorga pleno protagonismo, no para controlarlo, sino para asimilarse a su crudeza. Por su parte, Ciudadanos hace en esta teatralización colegiada el papel de poli malo, el remolón, que dice no querer acuerdos con los ultras, pero que los acepta con disimulado alborozo. Es normal, pues Rivera es un histrión aventajado. Curiosamente, la disgregación de la derecha en tres porciones es solo una apariencia, fuegos de artificio, porque en realidad se está construyendo un gran bloque conservador, con determinados matices, para asaltar el poder en una coalición vergonzante que obtenga el plácet europeo y el respaldo de los mercados.

A quienes este estallido fascista les ha pillado por sorpresa deberían revisar su desatención de la realidad y hacer un curso acelerado de sociología mediática. Lo que se oye, lee y ve en la televisión, redes de internet, emisoras de radio y periódicos eran advertencias de la emergencia emocional de los españoles enrabietados. Ni siquiera hacía falta un seguimiento de la opinión, hubiera bastado con escuchar a los airados vecinos del barrio, a la señora que va misa, a los cazadores, a los taurinos, a muchos pensionistas, a desocupados y, por supuesto, a los que conservaban en su corazón la figura del pequeño general gallego, protector de su ignorancia.

Vox es la España irredenta de siempre, no una versión local de los Trump, Le Pen, Salvini, Bolsonaro y otros peligros, sucesores de Hitler y Mussolini. Abascal es Primo de Rivera resucitado, mucha España para poca gente, palo y tente tieso, la indiferencia hacia la libertad, el placer por las cadenas. En suma, es la construcción mental nacida de odios diferidos, una suma comprimida de complejos seculares, expresión de máximas carencias intelectuales y, en términos políticos, la consecuencia de la falta de ambición de todo un país, que ha retrasado irresponsablemente sus reformas y que no ha querido cambiar a tiempo porque carece de antecedentes revolucionarios y de osadía, una democracia procrastinada, cobarde y perezosa.

JOSÉ RAMÓN BLÁZQUEZ Consultor de comunicación

Suicidio de Cuatro

Pánico en Mediaset. Las alarmas se han disparado en casa de Paolo Vasile, embajador plenipotenciario de Berlusconi en España, ante el inicio de un annus horribilis y la pérdida de su hegemonía. Y, además, descenso en Bolsa. Atresmedia ha acertado con su compra de La Voz a un precio escandaloso y con la ficción, mientras Telecinco naufraga con GH Dúo, reality de parejas. Yen la pugna de las segundas cadenas, La Sexta barre a Cuatro que, por orden expresa del Commendatore, ha decidido suicidarse suprimiendo sus informativos, algo impropio de una cadena generalista.

La Sexta supera a Cuatro en casi un punto anual. Desde 2015 sus trayectorias son opuestas: una no deja de subir y la otra no deja de bajar. Y de repente, se produce un desconcertante golpe de mano: Vasile ordena retirar sus noticiarios y manda piratear algunos productos de su directo rival. Mimetiza malamente a Zapeando con Todo es mentira, en la sobremesa; y desplaza a Carme Chaparro a confrontarse con Mamen Mendizábal y su Más vale tarde. La catástrofe de Risto Mejide ha sido histórica, con registros tan bajos que auguran su inmediato cese. El viernes fue un funeral de tercera, pese a que el publicista anunció su liberación de los guionistas (¡como si estos fueran la causa del desastre!) y convocaba a Belén Esteban al plató para amortiguar la ruina. Frank Blanco, con 1500 episodios de ventaja, casi triplica a un Mejide nada divertido con su antifaz de gafas oscuras y su arrogancia a cuestas.

Solo Carlos Sobera consuela al italiano con First Dates y Volverte a ver, a costa de Osborne y sus pijadas. La reivindicación de Risto ocurrió ayer con Chester, noble espacio de entrevistas que encierran grandes testimonios. Y es que ciertos relatos no necesitan presentador ni intermediario, como en la próxima ceremonia de los Oscar.

Once minutos menos que en España

La exacta radiografía de España es su cotidianidad audiovisual. No sus miserias políticas, su economía, el fútbol, el sexo y el cambio climático. Es lo que hace con su juguete amado, en el que tiene puestos sus ojos y complacencias. La realiza cada año Barlovento Comunicación y nos provee de datos reveladores. Como que cada ciudadano entrega a diario casi cuatro horas de su vida a este artefacto, una sexta parte de su existencia; y que se eleva a cinco horas y cuarto entre los espectadores que la ven todos los días. ¿Y en Euskadi? Casi lo mismo: once minutos menos que la media, poco de lo que estar orgullosos. Sí, porque a más tele, menos volamos.

            Lo que indigna son los desequilibrios, el mal del país. Las cadenas públicas representan el 19%, frente al 75% de las privadas. ¿Somos conscientes de los efectos catastróficos de este dominio? Es una amenaza para las libertades, distorsiona la sociedad y nos somete a la asfixiante industria del ocio. Y todo por falta de autoestima y nuestras renuncias a favor de canallas como Berlusconi. Otro absurdo es que los dos principales grupos, Mediaset y Atresmedia, con todos canales grandes, pequeños y ridículos, ingresen el 85% de la publicidad siendo el 55% de la audiencia. Es un delito de lesa democracia y uno de los mayores fraudes del Estado, regalo de un tal Zapatero, de infausto recuerdo.

¿Y en Euskadi, qué? Pues no muy bien. La televisión vasca tiene una cuota del 11,9%, pero muy lejos del 17,7% de TV3, gran valedora de Catalunya en tiempos críticos. ETB resiste, es cierto, y avanza un poco, menos de lo que puede.  ¿Veremos en 2019 la nueva ley del Ente Público? ¿Habrá consenso entre PNV y EH Bildu en este punto estratégico? De momento, hoy arranca la aventura de El conquistador del Pacífico que transcurre en Panamá. Ojalá no se nos quede estrecho.

Telebilbao ha ganado las elecciones

Quien quiera formular una sociología de Bilbao deberá penetrar en unas elecciones presidenciales del Athletic. Allí encontrará, juntos y revueltos, todos los mitos, tópicos, bulos, creencias y complejidades emocionales que definen al bilbaíno/a y la ciudad. Ha cambiado, pero poco. Esta última campaña, pese a su indolencia y la falta de pasión y discusión de otras ocasiones (¡cómo olvidar la vertiginosa pugna entre Arrate, Lertxundi y Gorordo en 1994!), ha vuelto a poner de manifiesto dos de sus inefables leyendas: la posición del PNV a favor de alguno de los candidatos y el apoyo de los periódicos a esta o aquella opción. Bilbao inventó el dietrismo, la visión paranoica del acontecer político con su convicción de que detrás de todo hay una mano que mueve los hilos.

Y no. Sabin Etxea y los medios no han orientado el resultado. La situación de descalabro del equipo rojiblanco ha inclinado la balanza. Quien ha perdido era el culpable y el que ha ganado era la esperanza. No estaba la parroquia para aleluyas. Consciente de ello, nuestra televisión pública apenas ha tocado balón y ha regalado a Telebilbao el liderazgo informativo. El área de Jose Ituarte se hubiera conformado con organizar un debate entre Uribe-Echevarría y Elizegi, a lo que estaba dispuesto el vencedor y rechazó el derrotado consciente de sus limitaciones comunicativas. Y por si faltara poco, la noche electoral, emocionante por lo incierto del escrutinio, fue relegada a ETB4, canal marginal de 0,5% de audiencia, cuando por relevancia social lo lógico hubiera sido darle cabida en ETB2, aplazando el aburrido viaje de Vascos por el mundo.

Edu Velasco, en la televisión local bilbaína, ha sido el capitán informativo de estas elecciones y a él le debemos lo poco ocurrente en este descenso a las urnas. En fin, aúpa Athletic eta urte berri on.