La Luna y el lunático

De las malas noticias (guerras, asesinatos, mujeres víctimas de sus parejas, corrupción y crisis energética) no tiene culpa la televisión, pero aún se sigue responsabilizando al mensajero y muchos televidentes (¿cuánta audiencia han perdido los canales de noticias estas semanas bélicas en Irán y Líbano?) huyen de los telediarios y teleberris en los que ven proyectada la amargura del día.

Lo que estimula la escapatoria informativa de la gente es su percepción de que gran parte de nuestras desgracias provienen de la figura del loco mandatario más poderoso del planeta. Podría ser similar al sufri­miento que los ciudadanos de hace un siglo veían en Hitler y la fiereza nazi. ¡De lo que es capaz un solo hombre, hacer tambalear el mundo y romper sus difíciles equilibrios! ¿Van a permitir por más tiempo los potentados que apoyan a Trump la destrucción humana? ¿Cuál es su grado de complicidad en esta monstruosidad? Su destitución sería la feliz noticia que esperamos los ingenuos; pero no ocurrirá, porque aún la tragedia será mayor (¡no olvidemos a Gaza, por favor!), al igual que fueron necesarios seis años de contienda internacional y un inmenso sacrificio para doblegar a Hitler.

Lo paradójico es que, mientras acontecen las inagotables locuras trumpianas, Estados Unidos ha protagonizado una proeza espacial extraordinaria. El mismo país cuyo gobierno asesina a mansalva, nos ha llevado de vuelta a la Luna para mostrarnos lo nunca visto, su cara oculta, y preparar lo que será, en un par de años, una base permanente de conocimiento en nuestro satélite y que servirá para acometer el salto a Marte. Y ahí está, la Luna, que la hemos visto todo, en tanto que en la Tierra un lunático baila la macabra danza del mayor genocidio del siglo XXI, sin nada ni nadie que le detenga.

JOSÉ RAMÓN BLÁZQUEZ

Letrina del romanticismo

Diez años cumplió First Dates hace unos días, programa de citas eróticas, en Cuatro y ocasionalmente en Telecinco, donde el viejo oficio de alcahuete (recuerden La Celestina, de Fernando de Rojas) procura que gente excéntrica, urgida por la sexualidad, herida de soledad o bajo afán exhibicionista, encuentre in extremis pareja y coyunda con que alegrar sus penosas vidas. El escenario es un triste cenáculo de mesas baratas y sirvientas sin gracia, peor que en una posada medieval, para despachar un espectáculo miserable sobre cómo se desempeñan hombres y mujeres de todas las edades en la pornografía emocional.

No es un invento español, sino británico, y lo produce una sucursal de la Warner Bros con un amplio seguimiento que ronda, y a veces supera, el millón de telespectadores. Lo que demuestra este subgénero audiovisual, para envidia de los malos sociólogos, es que las personas son paradójicas, manejables y candidatas al circo. ¿Cuándo un ser humano extravía su autoestima y se expone a ridiculizarse traicionando su intimidad? ¿Hasta dónde puede llegar la televisión para alcanzar el cénit de la abominación? Incluso, si las parejas no se desmelenan con sus secretos, les interrogan sobre sus fantasías sexuales, como si el striptease fuera obligatorio. En un mundo digno esta basura se aboliría.

Nunca imaginamos a Carlos Sobera en el urdidor oficio de alcahuete, como tampoco creímos que la sociedad, la mayoría, pudiera caer tan bajo. ¿No le da vergüenza o lástima al menos? A veces, parece que, con sus ironías y miradas de desprecio, debidamente enmascaradas, se burla de quienes acuden al plato y al plató a por una ración de amor de mercadillo. Esto no figuraba en ningún kamasutra alternativo. Durante una década First Dates ha sido la letrina del romanticismo.

JOSÉ RAMÓN BLÁZQUEZ

El zar Putin y los espías

¿Alguien sabe lo que ocurre en Rusia? Si no fuera por Dostoyevski, Rachmaninov y tantos otros artistas ignoraríamos aquel gran país. Con el régimen de Putin todo es más oscuro y para aclarar su tragedia tenemos el soberbio documental Mr. Nobody Against Putin, un relato actual que puede encontrarse en Prime. Un joven de alma libre, Pavel Talankin, que trabaja en una escuela de primaria de Karabash (ciudad conocida por su contaminación tóxica), graba con su cámara la evolución educativa y social tras la invasión de Ucrania por los tanques rusos.

Durante dos años documenta el sistemático lavado de cerebro a los niños hacia el fervor patriótico. Nos recuerda a los maestros nacionales del franquismo cuando impartían la grotesca “formación del espíritu nacional”. No hay disidentes entre el profesorado, que transmiten, más por miedo que por convicción, consignas bélicas. Uno de los docentes se erige en líder de esta manipulación para llegar a director y recibir una medalla; pero los jóvenes movilizados por la guerra regresan en cajas de madera. Está prohibido hablar de los soldados muertos y los funerales son casi secretos. Las andanzas de Pavel inquietan a la policía que comienza a vigilarle. Sabe que irá a la cárcel y decide huir al extranjero con sus vídeos.

En el Festival de Sundance obtuvo el premio especial del jurado. Mientras, en Euskadi, la Asociación de Periodistas Vascos distinguió en 2022 a Pablo González (autonominado Pavel Rubtsov), encarcelado en Polonia y acusado de espionaje a favor del Kremlin, por su aportación a la libertad de expresión. Fue intercambiado por chivatos occidentales y recibido como héroe por el zar Putin. La Asociación no le ha retirado el premio tras quedar acreditado con el canje su condición de espía ruso. Pues nada, ¡viva Rusia!

JOSÉ RAMÓN BLÁZQUEZ

Trump y Torrente son lo mismo

Es una trágica ironía que la película más oscarizada de este año se titule “Una batalla tras otra”, ahora que el mundo está metido en batallas sin fin, con Trump y Netanyahu bombardeando escuelas y países y arruinando economías. A la gente le resulta insoportable ver los informativos en la tele, que no son películas de Hollywood, sino la guerra de verdad, cruda, cruel y en directo. Poco, muy poco han protestado contra esta barbarie las estrellas de la pantalla en la última gala de los Oscar, como si la ficción y la realidad no tuvieran nada que decirse, siendo parte de lo mismo y entendido el cine como arte total. 

Debió ganar Hamnet, bella y conmovedora. A Melania no le dieron ningún premio por su penoso documental que ni estaba nominado. Quizás un día hagan una película sobre el pederasta Epstein en la que se retrate en profundidad la historia del presidente Trump. Guardamos la esperanza de que este caso sea su tumba y la causa del repudio de la atolondrada sociedad norteamericana. Mala señal es que la brillante Warner haya caído en manos de la insulsa Paramount para gozo del inquilino de la Casa Blanca.

El cine español no tuvo galardón, pero se consuela tontamente con el taquillazo de la entrega final de Torrente, saga de Santiago Segura. Es todo un síntoma de degradación democrática y cultural que un personaje tan abominable sea motivo de regocijo popular y no solo para los de Vox. Llama la atención las semejanzas de Trump con Torrente: ambos son cutres, fascistas, machistas, soeces, homófobos, embusteros, ignorantes y violentos y solo les separa la bandera y el atuendo. Y mientras la paz se deshace en mil pedazos, la mimada plantilla de la radiotelevisión pública vasca se va a la huelga general, poniendo su audiencia a cero y sin que se sienta su vacío.

JOSÉ RAMÓN BLÁZQUEZ