Juicio en el Supremo: la toga por la culata

A mi asistente virtual le he dado órdenes estrictas para los próximos meses: quiero ver todo lo que sucede en el juicio a los líderes independentistas catalanes y que emite, de martes a jueves, el Tribunal Supremo, el plató donde se escenifica el más viciado de los realities y en el que ejerce la coacusación un partido fascista. Tras las dos primeras jornadas el juez Marchena está maldiciendo su decisión de haber permitido la emisión del proceso y poner las imágenes a disposición de la televisión y los medios digitales. Si su intención era mostrar transparencia ante Europa, que observa con preocupación esta causa política, ha dado el pego con su impostura; pero como no tiene la menor idea de comunicación ha regalado a los ciudadanos de Catalunya la épica de sus dirigentes presos, lo que reforzará las posiciones ideológicas y emocionales del soberanismo. Y así ha comenzado un juicio que es una humillación para aquel país, compensada con el bálsamo de ver la inmensa dignidad de Junqueras y escuchar los brillantes alegatos de los letrados defensores. Al poder judicial del Estado le ha salido el tiro por la culata.

¿No lo entienden, verdad? La tele favorece el relato del sufrimiento catalán. Porque está en las palabras y lenguaje no verbal de los acusados. Porque el fiscal Zaragoza expone un discurso calcado del PP. Porque el secretario general de Vox, revestido con toga, pone cara y ojos al odio. Por la desmesura de las acusaciones y penas reclamadas. Pasen y vean en streamingcómo la alta justicia española pierde la poca vergüenza que le quedaba.

¿Quiere Marchena enmendar el fiasco? Revoque su ilustrísima la prisión provisional de los detenidos y rebaje así la tensión de un asunto robado al diálogo democrático. Nunca hubo un juicio más inútil. Alexa, pasa el mensaje a tribunalsupremo.oac@justicia.es

Saber olvidar es lo mismo que saber recordar

¿Por qué hay tantas dificultades para establecer un relato común de las décadas de terrorismo en Euskadi? Porque ninguna de las partes, situadas en los extremos políticos, está dispuesta a reconocer su cuota de responsabilidad histórica y se disputan los despojos de la contienda. Y lo que es más grave: no les importa el pasado, sino el presente. Sí, el pretexto son los años de violencia, las víctimas y todo lo que nos condicionó política, económica y socialmente; pero lo que pretenden los discrepantes es imponer una historia sobre el presente, un dolor del pasado para que continúe doliéndonos a todos, algo así como la cronificación del pretérito para que el antes siga instalado en el ahora. Es su estrategia fantasmal. Ni siquiera, unos y otros, tienen la honestidad de reconocer su olvido de los muertos y los estragos (con algún ramo de flores y una plegaria en el camposanto de vez en cuando), tan bien instalados que están en sus vidas actuales, disfrutando de sus cargos públicos o como rentistas del sufrimiento en las instituciones, chiringuitos de velatorio y fundaciones nominales. Son sus batallitas, no las de la mayoría de los vascos.

No somos el único país del mundo que ha padecido la violencia civil. Todos los pueblos que han soportado guerras interiores han pasado por este proceso de construcción y deconstrucción de la memoria. Y en todos ellos este recorrido ha sido lento y plagado de altibajos, contradicciones y revisiones. La historia contada es pura y grotesca fábula, como las películas de Hollywood, que hacen malos a unos y buenos a otros y más tarde cambian a los buenos por los malos. ¡Qué más da! Esos países empezaron por cargar la culpa a alguna de las partes (la derrotada), santificando a sus mártires (los vencedores), a los que dedicaron monumentos, homenajes y memoriales, para tiempo después reconocer que los sucesos fueron más complejos y transversales los errores.

Con el aprendizaje de lo que otras naciones han vivido antes que nosotros podríamos saltarnos el primer paso, el de la culpa, y pasar al siguiente, desterrar el maniqueísmo y reconocer que el terror no tuvo justificación y que sus actores militaron a ambos lados de la trinchera, y que entre unos y otros, había un pueblo sobrecogido que padeció a ETA y a los responsables del Estado español por igual, además de a una clase dirigente incapaz de alcanzar una solución y que prolongó el conflicto durante décadas. Díganme ustedes qué país de guerra cainita no sigue revisando hoy la historia de su tragedia y en cuál las culpas no están equitativamente distribuidas. Claro, no viven en el pasado como España.

La memoria española

Lo más irónico de la batalla del relato, tan absurda e inmadura, es que sea España quien reclame a Euskadi una narración obligatoria y que esta se imparta, a su modo hostil y airado, en las escuelas y se difunda por los medios de comunicación como dogma de fe. ¿Cómo se atreve el reino de España a exigir tal cosa teniendo pendiente su propia crónica de la dictadura de Franco, la guerra civil y las décadas previas? ¿Quién es España para requerir a Euskadi la explicación de su historia reciente cuando no ha sabido exponer la verdad de lo que en su seno ocurrió y mantiene, 46 años después, un mausoleo donde se ensalza al tirano, además de tener, para su bochorno, miles de fusilados en las cunetas de sus pueblos y ciudades? ¿Cabe mayor sarcasmo que este Estado, repleto de símbolos, calles y fundaciones que rememoran a los fascistas, nos reclame un relato que, por descontado, le exculpe de su responsabilidad criminal en tierras de Euskalherria? ¿De qué tiene que darnos lecciones éticas un país cuya derecha política aún justifica y aplaude aquel régimen autoritario, coartada que se hace más palpable con la irrupción de Vox, puro franquismo? ¿De qué demonios nos hablan de narración y su cuento de Calleja?

El problema es que España tiene memoria de la mala, la selectiva, que consiste en recordar lo secundario y olvidar lo más importante. Esta es la memoria española, cuajada de ignorancia y mala fe, de injusticia y tiranía. Tuvo que esperar 32 años, hasta 2007, para aprobar la Ley de Memoria Histórica, del presidente Zapatero, tímida y acomplejada, pero un avance en el erial de los recuerdos aplazados y que fue rechazada por el PP, sistemática incumplida por las administraciones e interpretada con mezquindad por numerosos jueces. En definitiva, España se empeña en seguir evocando su victoria sobre la mitad de los suyos. La prevaricadora negación de la transferencia de las prisiones a Euskadi es la muestra del resentimiento que persiste en los aledaños del PP.

Hay una contradicción entre cómo España enseña, con demasiada benevolencia, a sus niños y jóvenes en las aulas la historia de la guerra y el franquismo y cómo la viven los conservadores y partidos de derecha, a los que no les pareció mal. No solo se amnistiaron, también se “amnesiaron”. Esta brecha de injusticia es la que se quiere evitar en Euskadi con el programa educativo Herenegun, un relato transversal en el que todas las violencias son condenadas y la diversidad de víctimas testimonian su calvario.  No es solo una clase de historia, es también una clase de ética. Que a algunos sus contenidos les resulte insuficiente, porque el charco de su sangre no es todo lo grande que quisieran, es otra derivada del partidismo que ensucia el relato.

La memoria vasca

¿Quién puede contar la historia mejor que sus testigos, que la vivieron cada día y durante años? Como la sociedad vasca fue protagonista, no tiene ansiedad en hacer balance. Entre nosotros, es verdad, están los que tienen mucha prisa en el recuerdo de sus muertos y quieren un relato que se centre en ETA y sus crueles asesinatos, marginando el terrorismo de Estado, la tortura y la siembra de odio que produjeron las acciones policiales. Tienen miedo al olvido y que la ciudadanía pase página. Buscan un relato unívoco y obligatorio. Y están los que tienen prisa en el olvido, porque, ya en paz, les pesa la vergüenza actual, de la que carecían entonces, de haber apoyado y alentado décadas atrás el terror etarra. Y, además, les repugna pasar a la historia como los únicos malos de la película.

En medio de los ansiosos del relato sangrante y los deseosos del olvido rápido y sin secuelas, tan victimistas los unos y los otros, está la mayoría de Euskadi que asiste, perpleja e indiferente, a la batalla por los despojos y que lo fía todo al mejor criterio de sus instituciones. Siendo tan complejo y delicado el asunto, reclama a su clase dirigente un esfuerzo de consenso en el recuerdo y un respeto a la verdad entera, con menos gritos y demostraciones de odio en quienes viven, profesional o políticamente, de la muerte de los suyos. Ya vale de carroñería.

Más allá de que sea factible alcanzar la utopía de un relato compartido, algo así como una verdad oficial, lo determinante es el proceso natural de olvido que sigue a toda tragedia. Bastante tuvo el pueblo vasco con la vivencia de aquellos desgarros como para que ahora, en paz y en una convivencia política casi normalizada, mantengamos las trincheras en la memoria. Tienen que entender que la gente olvida, porque el presente, con sus quehaceres, y el futuro, con sus incertidumbres, importan más que un pasado miserable. Olvidar no es justo ni injusto: es a lo que nos aboca la eficaz naturaleza humana. Olvidar no es amnesia, es memoria de la buena. Euskadi no es insensible, no lo fue antes y tampoco ahora. Nos acusaron vilmente de mirar para otro lado ante la violencia. ¿Pretenden ahora, con aquel falso sentimiento de culpa, que comulguemos con las ruedas de molino de una narrativa cuajada de mezquindad ideológica y rencor? Van a fracasar, porque el olvido pesa más que el recuerdo, sobre todo si va acompañado del perdón. Oigan, déjennos olvidar en paz, déjennos recordar tranquilos.

 

 

Escasos de diálogo, escasos de democracia

Si una sola palabra, relator, es suficiente para que la peor política soliviante los ánimos en la calle, es que andamos escasos de diálogo. En la televisión se practica poco y mal. En Sálvame unos dos millones de personas cada día asisten con gusto a la perra maledicencia. Apenas hay espacios para hablarse y escucharse con respeto e inteligencia. Con Salvados, de título parecido, pero opuesto en estilo y contenido, Jordi Évole logra las noches de los domingos un equilibrio imperfecto entre el interés informativo y la exposición personal de los entrevistados. Sus conversaciones son pura pedagogía, aún con el riesgo de fiarlo todo a la palabra en un modelo audiovisual sustentado en el espectáculo. De Sálvame a Salvados hay la misma distancia que entre la España del agravio y la sociedad que se rebela, piensa y acredita su dignidad; median cien años de cultura.

El éxito de la entrevista de Évole al terco Maduro, con más de 3,5 millones de espectadores y su impacto en los medios internacionales, es una esperanza frente al desprecio, la razón contra la rabia. A la misma hora, en Cuatro, Risto Mejide, el entrevistador del antifaz, apenas sobrepasaba el millón de seguidores, quizás porque su narcisismo canibaliza el coloquio. Para ser entrevistado por Jordi hay que ganárselo y estar dispuesto a las preguntas difíciles. Para que te interpelen Mejide y Ana Pastor basta con ser famoso en declive o político locuaz.

Si Sánchez buscaba un relator lo tenía en Évole. Es catalán, conoce la realidad de aquel país, es neutral entre el independentismo y el 155 y ha demostrado su destreza para sentar a la mesa a gente muy diversa, como cuando juntó a Junqueras con una familia andaluza en una charla leal. O ayer mismo, reuniendo a Arrimadas con Montero. Necesitamos más diálogo en España y Catalunya: más Évole, por favor.

Teresa de Calcuta gana un Goya

Quien fue a Sevilla… perdió la oportunidad de hacer las cosas bien al final. Casi todo fue bueno, mejor que otros años, en la gala de los Goya. Andreu Buenafuente y Silvia Abril protagonizaron una sólida puesta en escena y evitaron ese afán tan español de ser chistosos por obligación. Hasta la audiencia, con cerca de 4 millones de espectadores de media, superó la de otras ediciones en Madrid. Hubo lágrimas, emoción, feminismo, atrevimiento, casi nada de politiqueo, escaso glamur y vencedores justos. Menos en el gran premio. Ahí la Academia del Cine se fue al carajo con su división salomónica, repartiendo los dos principales galardones entre Campeones, mejor película, y El reino, de Rodrigo Sorogoyen, mejor director.

Porque había que ser políticamente correctos y porque un relato sobre la corrupción no debía ser la ganadora absoluta, pese a que sus méritos eran superiores a los de su rival. Fueron por la vía demagógica. Se pusieron el uniforme de Teresa de Calcuta para situar en lo más alto una narración entrañable, de integración y superación de personas discapacitadas; pero cinematográficamente mediocre, dejando un regusto amargo en el cierre deshonroso de la fiesta.

Volvieron a sonar los gabon y eskerrik asko del pasado año, cuando Handia se llevó diez estatuillas en una noche supervasca. Esta vez nos conformamos con el triunfo de Arantza Etxebarria y la historia de amor de Carmen y Lola. Y subimos al escenario por fotografía, vestuario y animación. La mitad del tiempo se fue en la apertura de los sobres. ¿Con qué los cerraron, con engrudo de pared? Menos mal que el pianista James Rhodes, mágico y delicado, puso un adagio de Bach al recuerdo de la gente del cine fallecida, cuatro minutos que lo justificaron todo, al igual que la perfecta humanidad de Jesús Vidal y su glorioso discurso de agradecimiento. Para morirse.

 

 

 

Ana Rosa, tu gozo en un pozo

Otra vez. La televisión (siempre la privada) ha vuelto a sus excesos y a demostrar a los creyentes de la sociedad ética que no hay remedio para la telebasura. Los 13 días de la búsqueda del niño andaluz, de nombre vasco, Julen, han sido de zozobra y dramatismo, pero también de arcada y desbordamiento bajo la excusa del interés informativo. Ana Rosa ha reinado en la ciénaga obteniendo para Telecinco el premio de la audiencia.

En la noche delviernes apartó de un codazo a Carlos Sobera para retransmitir, con sintonía fúnebre, lo que presumía iba a ser el hallazgo del cadáver, pues los rescatistas estaban a centímetros del pequeño. Falló por dos horas, porque el fatal hallazgo se produjo hacia la 1:30 y se quedó sin su orgasmo morboso. Nunca mejor dicho, su gozo en un pozo. Ella y sus casi cuatro millones de espectadores sufrieron la misma frustración y se fueron a la cama sin su muerto, maldita sea.

Duchados y desayunados, Sonsoles Onega tomó el relevo el sábado, mientras Matías Prats, de riguroso luto, hizo lo propio en Antena 3. Ay, la cadena de Berlusconi tiene ahora más pericia para la mierda que su competidor, a pesar de que lo inventó en la cadena naranja Nieves Herrero, en 1993, con las niñas de Alcacer. No, informar no es sobrecargar, no es meterse en la entraña del dolor para transformarlo en espectáculo, no es oportunismo emocional ni circo para la plebe. ¿Y qué demonios hacía en esta feria Juan José Cortés, el padre de la niña asesinada en Huelva, que jaleaba el apoyo del PP a Julen y su familia en la reciente convención política de los conservadores? ¿De predicador o de campaña?

Ya tienen carroña para una semana de españolísima tragedia. Están los héroes, los mineros, los bomberos, el despliegue, la compasión… Sí, el lado bueno de toda historia brutal. Pronto será olvidado. Hasta la próxima.