Verdad contra mentira

¡En el rincón de la izquierda, con traje oscuro, Joe Biden, de Pensilvania, 70 kilos, actual campeón; y en el rincón de la derecha, traje azul, Donald Trump, de Nueva York, 130 kilos, el aspirante! Esta podría haber sido la presentación del debate presidencial en el ring de la CNN, un combate de boxeo entre dos púgiles de parecida edad. Fue la serenidad contra la furia. Y más que nada, la verdad contra la mentira, aunque la verdad se mostrara tan frágil que muchos le pidan que tire la toalla. La arcaica tradición de los debates televisados entre los candidatos a la Casa Blanca lleva las cosas al extremo del espectáculo, donde quien derriba al adversario -¡a palabrazos!- tiene el favor popular.

Es una falsa dialéctica. No es superior quien más habilidad verbal posee, el más diestro en retórica o el de mayor agudeza argumental. Los mejores dirigentes suelen ser parcos y de nula propaganda. Pero la crisis de la democracia, asociada a la degradación mediática, encumbra a los charlatanes. No me cansaré de decir que los debates, entendidos como show, están sobrevalorados. Un político debe saber explicarse y procurar persuadir, pero más convencer por su ética. Como evento democrático el debate es puro tongo. En Francia presumen de debates cultos en sus canales. ¿Y de qué sirve a los franceses su exquisitez versallesca si llega la ultraderecha y liquida sus valores republicanos?

La ventaja de Donald es su larga experiencia en los platós de la NBC como presentador de The Apprentice, en el que ejecutivos competían por dirigir una empresa de su emporio heredado. Allí desarrolló su perfil histriónico, descarado y populista. Pero contra la opinión general, el 4 de noviembre el venerable demócrata tumbará al delincuente Trump por KO en el duelo crucial de este siglo.

JOSÉ RAMÓN BLÁZQUEZ

La historia y la Historia

¿A quién pertenece la historia? A todos y a nadie. Es de dominio público. Y aunque los hechos narrados -casi siempre- nos llegan sesgados por falsedades, tenemos derecho a poner imágenes y palabras a las cosas que ocurrieron, sea en formato de libro, relato o documental. Digo esto porque Patricia Ramírez, madre de Gabriel Cruz, el niño asesinado en Almería en 2018, había pedido que no se hiciera una docuserie en la que iba a participar la autora del crimen, Ana Julia Quezada. Y esgrimía la revictimización como argumento preventivo. Si no había comenzado la producción ni se conocía el guion, ¿por qué se solicitaba censura anticipada? Es censura emocional.

Si la súplica de Patricia fuese aceptable, también los Kennedy tendrían derecho a vetar las crónicas sobre John y Robert, abatidos a tiros. ¿Y cuántas hemos visto? Lo mismo que de Luther King. Incluso de los Borbones con sus decapitados. No, señora, usted es dueña de un sufrimiento brutal que le acompañará de por vida; pero no es propietaria de la narrativa. La muerte de Gabriel nos atañe como sociedad humana. ¿Por qué no contarlo aún a riesgo de defectos? Le quedaría el recurso de los tribunales si incurriera en objetiva humillación.

Diego Yllanes, que mató a Nagore Laffage en los Sanfermines de 2008, requirió a Google que su fechoría fuese censurada en internet implorando “su derecho al olvido”, lo que ha rechazado la justicia. También víctimas de ETA exigieron al Festival de Cine de Donostia censurar la entrevista de Évole a Josu Ternera, antiguo jefe terrorista. Y ocurrió que el documental dejó en evidencia al monstruo con toda su putrefacción moral y política. Ahí está, señora, la verdad (aún dolorosa) consuela y sana las heridas, mientras que la censura crea miedo a la Historia. Es liberticida.

JOSÉ RAMÓN BLÁZQUEZ

No son naciones, son selecciones

TVE vive un verano glorioso de popularidad, de esos cuatrienales en los que coinciden Eurocopa de fútbol y Olimpiadas. En el 2020 fueron eventos interruptus y desplazados al 2021 por miedo al virus y bajo la tiranía del confinamiento. Pero ya no fueron lo mismo. ¿Cabe mayor empacho que emitir 51 partidos en un mes? Como ocurre ante una mesa repleta de manjares, la gente picotea un poco de todo sin llegar a saborear nada. Lo mejor de este campeonato es que hay mucho donde elegir. Y lo peor, que es una competición banderiza, de identidades artificiales que, por banal autoestima, muestran su orgullo en un espectáculo deportivo. Es el circo de los países corriendo tras la pelota. Fíjense bien: no son naciones, son selecciones.

No hay novedades significativas en las imágenes que la televisión pública alemana sirve a más de 60 cadenas continentales, incluido el canal del Vaticano. El agujero de calidad de TVE es la mediocridad de los comentaristas. ¿No podrían haber fichado al insuperable Carlos Martínez, de Movistar+? Más allá del juego, la Eurocopa es un mercado persa en el que intermediarios de jugadores y clubes se disputan entre bambalinas contratos millonarios. Como es un gran escaparate comercial los futbolistas se juegan mucho en su cotización y futuro. Un gol, una jugada y un partido valen millones. Mi utopía es que Ucrania lo gane todo.

Sin solución de continuidad llegarán las Olimpiadas y Paris será la capital del planeta y contendremos el aliento ante la amenaza de atentados terroristas. Si Tokio alcanzó los 3.000 millones de telespectadores probablemente la capital francesa batirá el récord. Solo la inauguración es el más impresionante espectáculo del mundo. Y así, TVE será medalla de oro en audiencia este verano. Malas noticias para Antena3.

JOSÉ RAMÓN BLÁZQUEZ

Justicia poética en televisión

Lo que menos desean quienes han sufrido abusos sexuales es aparecer como víctimas. A todos les pesa la vergüenza y la angustia de revivir sus brutales experiencias. Hay un #MeToo de mujeres ultrajadas en el cine, la música y el teatro, de las que Epstein, Weinstein, Depardieu y Plácido Domingo son sus monstruos. Y hay también, más oculto, un #MeToo gay de depredadores de hombres jóvenes que aspiraban a una oportunidad. Su monstruo es Kevin Spacey, célebre intérprete de American Beauty y House of CardsLa docuserie Kevin Spacey al descubierto es una creación británica, distribuida por Max, antes HBO, que acredita los hechos y su contexto a través de diez de sus víctimas, unos pocos de los que pasaron por el aro.

Que Spacey viviera una infancia cruel, con un padre nazi que violó a su hermano desde los 13 años, no atenúa su villanía. El testimonio desgarrador de sus damnificados refrenda su modus operandi. Eran actores noveles en busca de trabajo, incluso un acomodador del teatro Old Vic de Londres, donde Kevin fue director artístico. A todos cautivaba con su fama, sus óscar y promesas de empleo. Ante el escándalo, la productora de House of Cards lo despidió y le reclama una millonada por los perjuicios; pero de momento no ha salido culpable de los tribunales. Como Al Capone, encarcelado por evasión de impuestos y no por mafioso.

¿Cómo probar un acoso sexual pasados los años? Nos queda el recurso de la justicia poética con series y documentales que castiguen la impunidad y restauren el sufrimiento de la víctima mediante la difusión de la verdad, aunque sea tardía. Como el destronado Juan Carlos I, cuya corrupción la han penalizado libros y reportajes. Y Kevin Spacey, que no volverá a actuar más en la ficción por ser en la realidad un maldito depredador.

JOSÉ RAMÓN BLÁZQUEZ

Se nos va Murphy para siempre

Después de siete temporadas, 126 capítulos y más de cien horas de amor y curación, The Good Doctor se va para siempre de las pantallas. El joven cirujano Shaun Murphy, genial pero frágil, ha dejado huella en los telespectadores por su epopeya de inclusión de la diversidad humana, visibilizando a personas obesas, LGBTI, de religiones varias, culturas, razas y de muchas otras identidades. Se trataba de normalizar singularidades dispersas con coraje y delicadeza y bien que lo consigue este aniñado doctor, de espectro autista y síndrome de sabio, similar al personaje que Dustin Hoffman encarnó en Rain man en 1988, hasta entonces el autista más popular.

Quizás la serie se ha ido deslizando hacia la ingenuidad, por un buenismo que choca con la realidad de un mundo feroz, conservador y excluyente. Este candor militante es la otra orilla de la lucha y la utopía que proponen el arte y los libros, pues a golpes y leyes cambian las cosas. Freddie Highmore no podrá liberarse de la figura de Shaun, del mismo modo que a Karra Elejalde, según ha confesado, le pesa terriblemente su cómico papel de Koldo en Ocho apellidos vascos. Ahora, el gasteiztarra se purifica con el drama de Segunda muerte, en Movistar+.

El oficio de médico es, junto a detectives, policías y abogados, el más representado en la televisión por su cercanía a la fragilidad de la vida y el combate contra la muerte. Al final, han pasado los años y Shaun Murphy tiene dos hijos y su mentor, amigo fiel y padre efectivo, el doctor Glassman, ha muerto, lo que sugiere que The Good Doctor no renacerá. En los últimos capítulos nuestra Lorena Bernal protagoniza un breve relato, todo un honor. Y así, entre dramas íntimos y urgencias de hospital, Murphy vuela a reposar en el memorial de las historias formidables.

JOSÉ RAMÓN BLÁZQUEZ