
Entre las cosas que ha interrumpido la pandemia están las elecciones que en Euskadi, y también en Galicia, teníamos previstas para el 5 de abril. El virus ocupó las urnas hasta devorarlas. Vivimos una situación insólita. Es verdad que, en comparación con la realidad dramática de los muertos y los enfermos por el coronavirus, la cita electoral se antoja secundaria. Pero como país necesitamos reforzar ahora, en un momento crítico, las instituciones en las que debemos apoyarnos para superar el drama sanitario, económico y social. Una democracia reforzada también es parte de la lucha, ya lo creo que lo es.
Mi duda de hoy es por qué en el siglo XXI con todos los adelantos tecnológicos y con la mitad de la humanidad teletrabajando y telestudiando no es posible televotar. ¿Por qué demonios no es posible votar telemáticamente, lo que resolvería de un plumazo las dificultades sanitarias de un proceso electoral tradicional? ¿Nos damos cuenta de que, en la práctica ejercemos el derecho a voto como lo hacían nuestros bisabuelos o tatarabuelos (en España, país de tiranías, poco) en el siglo XIX? Es incomprensible este retraso. ¿Por qué?
Sabemos que el voto electrónico se ejerce en algunos países; pero no confundamos el voto electrónico con el televoto. El electrónico es el voto que se lleva a cabo por dispositivos instalados en los colegios, en terminales parecidas a cajeros automáticos. Tras introducir tu tarjeta, que te identifica mediante el chip y tras dar a tu clave, pulsas en la pantalla y aparecen las distintas listas. Solo tienes que dar a tu opción. Y ya está, sin papeletas ni antiguallas. El recuento es inmediato y el sistema, eficiente. Esta es una fórmula superada. Hay otra mejor.
Hablo de televotar desde casa o desde donde puedas entrar en línea. Tienes tu firma digital y tu clave. Conectas con el censo y pulsas la opción, y punto. Me hace gracia que los ayuntamientos usen la fórmula del voto on line para elegir el cartel de fiestas del pueblo. ¡Qué bien! Votan doscientos. Una broma democrática. Pero votar para aprobar o reprobar el presupuesto, eso no. No hay ningún obstáculo objetivo para televotar en la elección del presidente o el parlamento. Lo que hay es mucho miedo.
Hay miedo a los hackeos y la manipulación invisible. El voto cuaternario de las papeletas es controlable, pero el televoto se nos escapa, dicen. Pero es un temor que infunde el poder; porque con el televoto aplicado a las grandes decisiones dejaría a los políticos cuaternarios al descubierto. El consenso sería entre la gente y no tanto entre sus pleistocénicos profesionales. El miedo al televoto deviene de la desgana de los políticos a desarrollar un sistema de decisión al alcance de todos.
Recuerdo que Iñaki Goirizelaia, exrector de la UPV, mi universidad, estudió el tema y lo ensayó en unas elecciones a la presidencia del Athletic, Uría vs. Lamikiz, en 2001. Fue un desastre técnico. Pues va siendo hora de darle a la democracia lo que se le niega. Quizás la pandemia ayude a la libertad, mira por dónde.










