Diario de cuarentena. Día 53. Hora de televotar

Entre las cosas que ha interrumpido la pandemia están las elecciones que en Euskadi, y también en Galicia, teníamos previstas para el 5 de abril. El virus ocupó las urnas hasta devorarlas. Vivimos una situación insólita. Es verdad que, en comparación con la realidad dramática de los muertos y los enfermos por el coronavirus, la cita electoral se antoja secundaria. Pero como país necesitamos reforzar ahora, en un momento crítico, las instituciones en las que debemos apoyarnos para superar el drama sanitario, económico y social. Una democracia reforzada también es parte de la lucha, ya lo creo que lo es. 

Mi duda de hoy es por qué en el siglo XXI con todos los adelantos tecnológicos y con la mitad de la humanidad teletrabajando y telestudiando no es posible televotar. ¿Por qué demonios no es posible votar telemáticamente, lo que resolvería de un plumazo las dificultades sanitarias de un proceso electoral tradicional? ¿Nos damos cuenta de que, en la práctica ejercemos el derecho a voto como lo hacían nuestros bisabuelos o tatarabuelos (en España, país de tiranías, poco) en el siglo XIX? Es incomprensible este retraso. ¿Por qué?

Sabemos que el voto electrónico se ejerce en algunos países; pero no confundamos el voto electrónico con el televoto. El electrónico es el voto que se lleva a cabo por dispositivos instalados en los colegios, en terminales parecidas a cajeros automáticos. Tras introducir tu tarjeta, que te identifica mediante el chip y tras dar a tu clave, pulsas en la pantalla y aparecen las distintas listas. Solo tienes que dar a tu opción. Y ya está, sin papeletas ni antiguallas. El recuento es inmediato y el sistema, eficiente. Esta es una fórmula superada. Hay otra mejor.

Hablo de televotar desde casa o desde donde puedas entrar en línea. Tienes tu firma digital y tu clave. Conectas con el censo y pulsas la opción, y punto. Me hace gracia que los ayuntamientos usen la fórmula del voto on line para elegir el cartel de fiestas del pueblo. ¡Qué bien! Votan doscientos. Una broma democrática. Pero votar para aprobar o reprobar el presupuesto, eso no. No hay ningún obstáculo objetivo para televotar en la elección del presidente o el parlamento. Lo que hay es mucho miedo.

Hay miedo a los hackeos y la manipulación invisible. El voto cuaternario de las papeletas es controlable, pero el televoto se nos escapa, dicen. Pero es un temor que infunde el poder; porque con el televoto aplicado a las grandes decisiones dejaría a los políticos cuaternarios al descubierto. El consenso sería entre la gente y no tanto entre sus pleistocénicos profesionales. El miedo al televoto deviene de la desgana de los políticos a desarrollar un sistema de decisión al alcance de todos.

Recuerdo que Iñaki Goirizelaia, exrector de la UPV, mi universidad, estudió el tema y lo ensayó en unas elecciones a la presidencia del Athletic, Uría vs. Lamikiz, en 2001. Fue un desastre técnico. Pues va siendo hora de darle a la democracia lo que se le niega. Quizás la pandemia ayude a la libertad, mira por dónde.

Diario de cuarentena. Día 52. ¡O yo, o el caos!

No sé si recordarán la vieja viñeta publicada en la revista satírica Hermano Lobo, allá por el 75, poco antes de la muerte del dictador. El autor se llamaba Ramón, nada que ver conmigo. Aparecía un orador subido en la tribuna que, dirigiéndose a la plebe, gritaba: “¡O nosotros o el caos!” La gente respondía: “¡El caos, el caos!”, a lo que el tribuno replicaba: “Es igual, también somos nosotros”. Sánchez ha hecho suyo el chiste amenazando al país con el caos si mañana no se aprueba una nueva prórroga del estado de alerta, innecesario y que nos aboca al desastre económico y social.

No sé qué resultará de la votación, pero creo que Pedro Sánchez es adicto al caos. Y bien que lo siento. No me cae mal, aunque no le votaría nunca. Si por algo prefiero al socialista es por la alternativa, la derecha y la ultraderecha, que sería infinitamente peor. Con Casado y Abascal, que cogobiernan varias comunidades autónomas y optan a hacerse con el poder de España, regresaríamos al franquismo con todos sus males de terror, centralismo y tiranía. Sánchez es ahora el Gobierno menos malo para España, visto desde la perspectiva vasca. 

Sánchez es un presidente de imagen patética, en el sentido más literal y literario del término, es decir, “que denota gran angustia o padecimiento moral, capaces de conmover profundamente y agitar el ánimo con violencia”. En su batalla política libró varias batallas al borde de la derrota y todas las ganó. Primero, contra la nomenclatura del PSOE, que le derribó tras ganar un Congreso y se impuso a candidatos más afines al sistema. Lo que le negaron los mandarines, lo obtuvo de la militancia socialista. En este sentido es un político romántico. Un resistente. Un superviviente. Y ya victorioso ante los suyos, llegó a la presidencia del Gobierno por el atajo de la moción de censura a Mariano Rajoy y la derecha corrupta.

Luego vinieron dos elecciones generales sucesivas, que ganó precariamente y que, tras pactar con quienes antes había rechazado (la izquierda extrema de Pablo Iglesias) le hicieron presidente con toda la legitimidad de los votos. ¿A Sánchez le persigue la mala suerte o está condenado a vivir siempre al borde del abismo? Porque tres meses después le ha caído una pandemia y tiene que afrontar la peor crisis (sanitaria, económica y social) que le puede tocar a cualquier mandatario. Quizás Sánchez y el fatalismo son parte de la misma historia.

Creo que el presidente español tiene buena voluntad; pero es torpe en comunicación y bajo de liderazgo, inseguro, pese a lo cual los nacionalistas le apoyamos. No se puede gobernar un país sin contar con las Autonomías. Las ha ninguneado tras arrebatar sus competencias. Entiendo que esté a la defensiva por la ferocidad de los ataques de la derecha y la ultraderecha; pero debe saber que está en minoría.

La democracia española hace aguas por la derecha, heredera de los tics e ideas del franquismo. O camina hacia un Estado confederal o se condena a la eterna mediocridad y la división. ¡Ay, Sánchez, qué mal te sienta el caos!

Mister Robinson

Después de retirarse como jugador en Osasuna, Michael Robinson no eligió ser entrenador, lo normal entre los de su profesión. Optó por el oficio para el que menos condiciones reunía. ¿Cómo podía ser comentarista de fútbol si hablaba un español espantoso y tenía el acento de un guiri de tres veranos en Benidorm? Y consiguió el milagro de proyectarse como sagaz y honesto analista de los partidos y conquistar el aprecio de los espectadores por su aporte emocional en las retransmisiones y su incorregible deje británico. ¡Le dio la vuelta a su hándicap! El anglo-irlandés fue el nítido ejemplo de la importancia de la voz en el medio donde predomina la imagen. Y de cómo un secundario puede ser tan relevante como la figura principal. Fue genial.

El equipo formado por Carlos Martínez y Michael Robinson ha engrandecido durante 30 años el fútbol en televisión, desde Canal+ y Movistar, sucesivamente. Ya podía ser un encuentro tedioso y feo que entre ambos lo salvaban. Lo que uno narraba, el otro lo analizaba sin reiteración. Ahora ese tándem pierde un pedal y la marcha se detiene, precisamente cuando los estadios han enmudecido, como el mundo entero, a causa de una pandemia abrumadora. Robinson, el castizo, se ha ido con su sonrisa y buen criterio y nos deja náufragos y sin una de las razones por las que un partido valía la pena ser visto por la tele. El día después era el remate por la escuadra el lunes de cada jornada de fútbol.

Michael se ganó el privilegio de tener programa propio y a su nombre. Informe Robinson era una penetración en la vida real del deporte y de sus grandes y pequeños héroes. Amigo del fútbol vasco, con Robinson te sentías como con ese aficionado que se sienta a tu lado en San Mamés, divertido y sabio del balompié que hace inteligentes observaciones sobre el juego y con quien te ríes e incluso compartes el bocata. Menos irte tan pronto, Michael, no podrías haberlo hecho mejor.

Diario de cuarentena. Día 51. La vida aplazada

Hoy en Euskadi, con más de 30 grados y una humedad del demonio, ha sido un lunes bochornoso, con chaparrón y galerna final.  ¿Salir? Mejor quedarse en la cueva, no por orden del confinamiento fascista, sino por supervivencia. Es el peor día para ir de escapada, ni siquiera junto al mar. ¿De verdad importa que sea primavera y que haya sol y que pronto llegue el verano? ¿A quién le interesa hoy la meteorología? En la televisión pública vasca el espacio de más audiencia es la información del tiempo, Eguraldia, que presenta Ana Urrutia. Estoy convencido de que su cuota de pantalla se ha desplomado.

Entre tanto, vivimos aplazados. En mayo son frecuentes las bodas y las comuniones. Miles de parejas han tenido que aplazar su casorio; pobres chicos, qué desencanto. Pero que no se permitan celebraciones de mucha concurren-cia no quiere decir que no pudieran casarse en el ayuntamiento o en el juzgado. En la iglesia ya sabemos que no es posible. ¿Hay o no hay bodas estos días? ¡Qué frustración! Meses de preparación e ilusiones que se han ido al carajo. Deberían poder casarse; pero, ya digo, estamos bajo el fascismo clínico. 

¿Y los críos de la primera comunión? Pues sí, todavía existe este ritual católico que para los niños y niñas es una orgía de regalos. Es el día en que, a los 10 años, reciben su primer móvil, además de infinitos juguetes y un viaje a Disneyland Paris de parte de los abuelos. ¿Qué van a hacer con tanta promesa rota y los regalos perdidos o aplazados? ¿Serán en septiembre?

Los aficionados del Athletic y la Real Sociedad han visto aplazada la final de Copa, cuya cita era el 18 de abril en Sevilla. No quieren que sea a puerta cerrada, sino con público y están dispuestos a esperar. ¿Hasta cuándo? Las Olimpiadas de Tokio, el Tour de Francia, la Eurocopa 2020 de Bilbao, las fiestas, los festivales, los conciertos, todo se ha aplazado. Y decir aplazar es falaz, porque puede que no se celebren jamás. Las bodas se harán en precario, maldita sea, pero los espectáculos se suspenderán casi todos. Como Eurovisión.

Hay decenas de miles de funerales aplazados, despedidas de tristeza diferida. Hay infinidad de juicios y pleitos aplazados, que suman injusticia a la injusticia. Los exámenes también se aplazan y puede que el curso entero. Hay muchos viajes aplazados. Las vacaciones que tendrán que esperar. Alquileres y pagos aplazados. Citas aplazadas. Negocios aplazados. Una vida aplazada. Cuánto derroche sin motivo. 

Demasiado aplazamiento. En la historia del mundo, 2020 será un año en que la vida no existió y los seres humanos, forzados por las autoridades y sin razón que lo justificara, dejaron para más adelante o para nunca.

Las cosas tienen que ocurrir cuando es su tiempo. Una celebración se puede aplazar, pero no la vida de una pareja cuyo destino estaba trazado en el calendario. ¿Cuál será entonces la fecha de su aniversario? ¿Cuándo debió ocurrir o cuándo se pudo? Nos están robando el tiempo. Viviremos un año menos. O quizás más.

Diario de cuarentena. Dia 50. Toque de queda

Quizás no se hayan dado cuenta, pero dentro del estado de alarma y confinamiento hay toque de queda. Sí, como en la guerra o en las situaciones de golpe militares o estados de excepción. El Gobierno nos ha colado de matute una prohibición que limita hasta el oprobio nuestra libertad de movimiento. ¡Hay toque de queda en España! ¿Por qué el Gobierno Vasco no ha denunciado esta aberración? ¿Dónde está la rebeldía de los vascos? Parecemos monjas teresianas.

Los peregrinos horarios de salida a la calle abarcan de las 6 a las 23 horas, durante los cuales adultos, mayores, niños, deportistas, curas y militares sin graduación pueden, a turnos, respirar al aire libre; pero solo hasta las 11 de la noche, momento en el cual entra en vigor el toque de queda y nadie puede estar fuera de casa. ¿Te detienen, te multan, te disparan si te saltas el toque de queda?

Como me paso por el arco del triunfo la hora del recreo, no sé a qué horas tengo permitido la excarcelación. Es igual, salgo cuando me da la gana y furtivamente. Antes de que el inútil y kafkiano arresto domiciliario fuera decretado, solía salir a la noche a pasear junto al mar. Como los gatos. Cuando no hay nadie con quien cruzarse y le gente descansa o se aburre ante el televisor. Es el mejor momento. El paseo marítimo vacío, sin más ruido que el golpe de las olas, la luz mortecina de las farolas y mucha soledad. Era mi momento de escapada y música. Varios kilómetros de paz, pensamiento y lágrimas. Y ya, al regreso, tomar un trago en el único bar abierto de la zona, la cafetería de Yeste, en la zona peatonal de Las Arenas.

No entiendo a las autoridades. Si limitar la salida de la gente a la calle tiene como fin evitar los contagios, ¿por qué prohibir el paseo a las 11, las 12, la 1, las 2 y las 3, como la canción de Sabina, cuando no hay nadie en el exterior? ¿A quién voy a contagiar de noche o me va a transmitir el virus? ¿Los peces del mar, la luna, la luz del faro de Arriluze, los karramarros de Ereaga, el sireno del Puerto Viejo? ¡Qué absurda es la autoridad cuando piensa con el culo!

Anochece. Enseguida llega la hora del toque de queda. Solo el personal con salvoconducto podrá circular en coche o a pie. Es una escena de espías en el Berlín nazi o la posguerra, en Santiago de Chile tras el golpe criminal de Pinochet o la dictadura argentina de Videla. Esto es lo que ocurre y a nadie parece importarle a fuerza de haber asumido un confinamiento clínico y arbitrario.

Escribía esta mañana una idea para discutir con los amigos, algo necesario en estos tiempos de despiste y propaganda: “España culpa a su gobierno de no haberse apresurado a prohibir sus libertades”. Esta es la acusación que la derecha y otros sectores lanzan a Sánchez. Tardó mucho en confinarnos, no estuvo activo a la hora de jodernos. ¡Vivan las caénas!, grita de nuevo la plebe lorquiana y la España escuálida y beoda de Machado. País con alma de siervo.