Txipirones en su sangre

Algunos alimentos, como el calamar, no se deben recalentar a riesgo de indigestión; pero en Netflix, tras servirnos el Juego del Calamar hace tres años y obtener su mayor éxito histórico en series, han puesto sobre la mesa el mismo plato de txipis, pero recalentados, en la creencia de que idéntica receta producirá igual resultado. Si el motivo por el que vimos la primera temporada fue la curiosidad ante un exótico fenómeno audiovisual, ¿cuál es ahora la razón para meterle el diente? Vistos los siete capítulos entre bostezos y fastidio, es un viaje rutinario a la isla de los juegos asesinos, un entorno disney de colores pastel y cancioncillas infantiles. No podía faltar el icono de la gigante muñeca articulada que mata a todo el que se mueve. En suma, una parodia de reality repulsivo y bobo, cuyo menú vuelve a ser txipirones en su sangre.

La historia se centra en Gi-Hun, quien invierte la fortuna ganada en buscar por tierra y mar al creador del engendro para vengarse. Tras encontrarlo se ve abocado a participar de nuevo junto a personas desesperadas por las deudas, entre las que hay una anciana, una chica embarazada, exmilitares e incluso un rapero famoso, tipos abyectos y simples, hasta 456 jugadores, de los que ya en la primera tacada mueren casi cien. Todo lo demás es cómica gestualidad, simbolismo barato, actores infames y diálogos basura para una orgía final de violencia, con la única salvedad de la rebelión de los gladiadores y la identidad de la guardiana número 11. Este potaje quiere ser un drama de ínfulas morales en una sociedad competitiva donde no existe empatía, apenas amor y mucha traición. Y eso sí, nada de sexo.

Con un final abierto, se atisba una tercera temporada de calamar recalentado. Ni la comida valenciana de Mazón salió tan indigesta.

JOSÉ RAMÓN BLÁZQUEZ

Goebbels, antes y ahora

¿Cómo fue posible que la Alemania de Beethoven y Bach, la nación de Goethe, Schiller, Nietzsche, Kant y Hegel se dejara llevar por un demente hasta su completa aniquilación? Junto a causas económicas y complejos históricos, aquella locura colectiva tuvo éxito gracias a las técnicas persuasivas de Joseph Goebbels. La reciente película “Goebbels, ministro de propaganda”, pone a las claras su personalidad y sabiduría para la dominación mental y emocional de las masas. Y si hacemos caso a este fenómeno se diría que, en esencia, sus ideas siguen vigentes en la propaganda de hoy. ¿No tuvo el confinamiento en la pandemia mucho de operación de propaganda basada en el miedo y el castigo?

Goebbels no improvisaba. Se ocupó primero de la mayor exaltación de un líder que jamás se había producido. Después fue directo a señalar a los culpables de la frustración alemana, imaginando el holocausto judío. Encontró en el cine una herramienta poderosa para remover las emociones, “porque ningún amor es más sagrado que el amor al país”. Y al final, definió “la guerra total” para resistir a la hecatombe. Censura y exageración fueron sus instrumentos preferidos. Mujeriego empedernido, pero formidable cornudo, veía cierta semejanza entre la seducción sexual y la fascinación del pueblo.

No creía en la estupidez de la gente, pero afirmaba que “cuanto más primitivo es el mensaje, más efectivo” y procuraba insertarlos ocultos en su retórica. Si viviera ahora tendría un digital como The Objective u OkDiario, pero también le serviría una televisión como Antena 3 o Toro TV y redes sociales como X. Y contaría con Miguel Ángel Rodríguez, pigmalión de Ayuso, como aprendiz y a Putin como nuevo ideal. Quienes buscan salvadores encuentran en la propaganda su simpleza y refugio.

Urte berri on!

JOSÉ RAMÓN BLÁZQUEZ

A corazón abierto

La responsabilidad social corporativa es la contribución que las empresas aportan a causas solidarias por medio de donaciones y cooperación. Hace mucho bien y desgrava. Está más cerca de la filantropía anglosajona que de la caridad cristiana y se inserta en el marketing para que tenga un efecto reputacional. Para la radiotelevisión vasca la RSC es esencial a través de colaboraciones públicas que enmarca bajo el lema “EITB eskutik”. Lo más significativa es EITB Maratoia, que se celebra desde hace 25 años en la cercanía de las navidades. Este año el motivo han sido las enfermedades cardiovasculares, tras el cáncer, principal causa de muerte en nuestro país.

“Escucha tu corazón”, decía la promo de EITB. Y efectivamente, Euskadi ha escuchado y alcanza una recaudación cercana al millón de euros; pero lo importante no es el dinero. Lo que de verdad cuenta es la conciencia creada en torno al cuidado del corazón mediante hábitos de vida saludable, una dieta equilibrada, sin tabaco y poco alcohol, control de la hipertensión e identificación de los síntomas. Superviviente de un infarto y con un stent en la arteria, valoro el esfuerzo de crear una conciencia de corazón y que las instituciones promuevan la investigación en busca de alternativas reparadoras.

El jueves, cumbre de EITB Maratoia, fue una gran fiesta. Alguna vez estuve en el call center al que la gente llama para hacer sus donaciones. Conmueve escuchar cómo cientos de mujeres y hombres ofrecen diez euros y se disculpan por no poder dar más. Y es emocionante cómo grupos, colegios e ikastolas, clubes, asociaciones y parlamentarios se convierten en un coro único (este año con la preciosa canción Euskutitza) haciendo honor a una sociedad digna, eso mismo que tendría que ser para todo, todos los días. 

JOSÉ RAMÓN BLÁZQUEZ

Diversión a garrotazos

La campeona del mundo de las disyuntivas es España, siendo la más dramática la que te obliga a escoger entre su furor patrio o sus odios, es decir, conmigo o contra mí. Machado y Goya retrataron el cainismo español y su profunda mezquindad y si vivieran hoy su poesía y su pintura serían más desgarradoras. Las dos Españas siguen, como hace siglos, a garrotazos y negándose, cuando lo más inteligente sería convivir con menos disyuntivas y más copulativas. Con Pablo Motos o con David Broncano, esta es la nueva frontera española.

Quien quiera humor irreverente, surrealista, un formato imprevisible, que opte por La Revuelta, en TVE. Y aquellos que aspiren a un espacio convencional y de fuerte contenido político, que pulsen el botón de Antena 3 y se diviertan con El Hormiguero. ¿Cuál es el problema? Que al que lleva reinando desde hace 19 años le ha sobrepasado un advenedizo y le cuesta aceptar su decadencia. ¿Hay un fondo ideológico en esta conflagración o solo es un áspero episodio de competencia? Rubén Amón, tertuliano con Motos y especie de Queipo de Llano resurrecto, ha declarado que la humorada de Broncano es “un plan siniestro de Pedro Sánchez contra el programa que más le molesta”. ¡Más leña al fuego! Y como si pretendiesen remarcar su antagonismo, Pablo viste camisa blanca y David chaqueta oscura. Cuanto más divos, más odiosos.Pero hay público para lo viejo y para lo nuevo, como lo hay para Iron Maiden y Los Panchos. O para ninguno. Lo inaceptable es que uno juegue sucio contra el otro mediante triquiñuelas mafiosas, lo que podría denunciarse ante la Comisión Nacional de la Competencia, si es que este organismo estatal fuera útil. Ni en el entretenimiento España es capaz de ser tolerante. Conmigo o contra mí, rojos o azules: poderosas disyuntivas.

JOSÉ RAMÓN BLÁZQUEZ

Mazón, la desgracia de Valencia

Cuanto más cercana es una cadena de televisión, más confiable es para la sociedad cultural a la que sirve. Esta es la fuerza de los canales autonómicos y bien que lo sabemos aquí con ETB, a la vez afirmación y autodefensa. Solo hay que esperar un suceso crítico para constatar la eficacia social de un medio audiovisual propio. Ocurrió con la erupción del volcán en la isla de la Palma, donde el canal público RTVC se volcó con los canarios mañana, tarde y noche, haciendo exactamente lo que debían, servicio público e información rigurosa, en contraste con los corresponsales del oportunismo, llegados de Madrid para hacerse selfies sobre fondo de lava destructora y olvidarse después.

Ahora, con la catástrofe de Valencia, se repite la historia. Desde el primer instante la cadena autonómica À Punt se ha dejado el alma para ser los ojos, las lágrimas y el corazón de la Comunidad bajo la dirección de Alfred Costa, un profesional honesto. Y mientras sus pueblos perdían casi todo -vidas, hogares y trabajos- el presidente valenciano, un político disfuncional llamado Carlos Mazón, del PP, se daba la grande bouffe con la periodista Maribel Vilaplana en un restaurante para ofrecerle la dirección del canal público. Ante semejante desprecio, Costa ha presentado su dimisión y deja a Mazón con su indigestión de lodo.

La tele valenciana tiene su épica. Antes llamada Canal Nou, fue cerrada por un gobierno del PP en 2013 y hubo que esperar a 2018, con la Generalitat presidida por Ximo Puig, a que reabriera bajo la marca À Punt. En el momento en que más se necesitaba el reconocimiento a su titánica tarea informativa y emocional, el indigno Mazón vomitó sobre sus profesionales. Este hecho repugnante, quizás lo peor en la gestión de la dana, quedará en la memoria de la infamia.

JOSÉ RAMÓN BLÁZQUEZ