
Le he preguntado a mi asistente de inteligencia artificial qué palabra denomina el dolor por el tiempo perdido. Su respuesta ha sido cronoalgia, un neologismo sin lugar en el diccionario de la RAE. El escritor Diego Garrido, en homenaje a Proust con su novela ¡Adelante, cronófobos!, se atreve con el vocablo cronofobia, pero es cosa distinta. A lo que voy es que existe en nuestra sociedad un dolor generalizado, de vacío existencial, causado por el despilfarro de las muchas horas malgastadas viendo la televisión y consultando redes sociales e internet. Es el dolor de malograr la vida. El alcance de la cronoalgia necesita comprobación empírica.
Según Barlovento, que mide las audiencias y el consumo digital, cada individuo invierte ante el televisor una media diaria de 4 horas y 43 minutos y el derroche en internet es de 3 horas y 10 minutos al día. Cualquier persona cabal sabe que tanto tiempo en las pantallas solo puede ser insano para su salud vital. Es por esta conciencia de exceso, al borde de la adicción, que experimenta una insatisfacción por estar despilfarrando años que podría dedicar a actividades más valiosas, como los libros, la música, la convivencia, el estudio, el deporte y el placer. Y así es que millones de personas sufren de cronoalgia y el pronóstico es grave: te quita mucho (tiempo de vida) y te da poco (triste pasatiempo).
Síntoma de este padecimiento es la negación. La gente miente (los audímetros no) sobre sus horas muertas de televisión y con qué cadenas se conecta; maldice las redes sociales, pero las usa con gusto. Se avergüenza de sus nocivos hábitos de ocio. Lo bueno es que este bochorno puede ser su motivación para un cambio, primero hacia la desintoxicación, después para redefinir su vida y, de paso, liberarse de la tiranía digital.
JOSÉ RAMÓN BLÁZQUEZ