Urdangarin no confiesa

Los libros tienen motivaciones extrañas, de revancha o expiación, pero algunos son un calculado lavado de cara, como el del Juan Carlos I, fabricado para redimir su oprobioso reinado. Con idéntico propósito de blanqueo Iñaki Urdangarin ha publicado Todo lo vivido, según él, “un relato experiencial” con una patética declaración de inocencia contra su condena de cinco años y diez meses por prevaricación, fraude a la administración, tráfico de influencias y delitos fiscales, por los que pasó “mil días y mil noches” en una cárcel de mujeres.

Que no se diga que el libro ha tenido mala promoción tras gozar antes de su lanzamiento de un reportaje de diez páginas más portada en El País Semanal y una larga entrevista en Lo de Évole, en La Sexta, con una charla de confesionario. Y todo para hablar de su libro y nuevo negocio, Bevolutive, ideado para clientes de la élite deportiva al término de su carrera. Urdangarin hace sus cuentas mezclando los errores propios con los ajenos y en esa confusión escribe que su mayor desatino fue su “desnaturalización”, algo así como haber perdido su esencia en un mundo que no era lo suyo. Y que fue un ingenuo al delegar en personas que le engañaron y firmar papeles sin mirar; pero sus delitos quedaron abrumadoramente demostrados.

Lanza un bulo sobre el honesto juez Castro al decir “que formaba parte de la lista de candidatos a las municipales por Podemos”, ataca sin piedad a la directora de la prisión y muestra una actitud paranoica frente a casi todo. Solo tiene razón en denunciar la podredumbre de la familia real: es brutal que el rey enviara, como emisario de la indecencia, a un funcionario a pedirle que se divorciara de Cristina de Borbón. Urdangarin ha pagado y tiene derecho a una vida nueva en Vitoria-Gasteiz, un paraíso.

JOSÉ RAMÓN BLÁZQUEZ

La fiesta de los chivatos

¿Hay personas más despreciables que los chivatos? Desde niños aprendemos a odiarlos como merecen. En las dictaduras el chivato es el bellaco que delata a sus vecinos con consecuencias trágicas. Un chivato entregó a Ana Frank y su familia a los nazis. Confidente, espía, soplón, acusón… recibe muchos nombres. A esta chusma ha movilizado el jefe del fútbol español, Javier Tebas, contra los hosteleros que ofrecen partidos de La Liga sin licencia, es decir, fútbol pirata para los pobres que acuden a la tele del bar en busca de lo que no pueden pagar en casa. Tebas ya cuenta con su Stasi cañí.

El pirateo es inevitable y evoluciona en tecnología y usuarios. Cuando el capitalismo demencial estimula el consumo hasta el infinito lo normal es que la gente lo quiera todo. La industria del entretenimiento hace años que amortizó la piratería doméstica tras fracasar en su estrategia de criminalizarla con su acusación de financiar a los narcos, la pornografía y el tráfico de armas. Era falso: gran parte de la piratería es inane intercambio de enlaces y la tendencia es que algún día los bienes culturales, internet y la televisión por cable, incluyendo el fútbol, corran a cargo de los gobiernos de cualquier credo.

Lo más ruin es que Tebas gratifica con 50 euros cada chivatazo de éxito; pero a los soplones no les mueve el dinero, sino la envidia, el rencor y la venganza, eso que el gestor de La Liga sabe que abundan más que las patatas. El fisco -también las Haciendas Forales- dispone de ventanillas digitales de denuncia anónima de fraudes fiscales. No la remuneran, pero incitan a sindicalistas, socios y trabajadores a satisfacer con su siniestra delación las viejas rencillas hacia sus antiguos jefes y colegas. Solo hay que ser un miserable y disfrazarse de probo ciudadano. 

JOSÉ RAMÓN BLÁZQUEZ

La telepolítica

Al tándem derecha y ultraderecha le repugna una televisión pública influyente y de ahí el cabreo causado por la renovación de La Revuelta, de Broncano y su equipo, cuyo contrato ascenderá hasta los 31,5 millones de euros. “¡Que se los den a Barbacid!”, proclaman los fachas en relación con el investigador y sus avances contra el cáncer, como si esto les importara más que atacar a la corporación estatal y, por extensión, a Sánchez. El humorista se lo ha ganado a pulso por seguimiento y su humor surrealista en un país vapuleado por las luchas de poder, que unos quieren conservar a toda costa y otros ambicionan alcanzar a cualquier precio. A eso, para fingir, le llaman polarización.

Créanme: la democracia se la está jugando en televisión. Frente al contraataque de RTVE a base de información y debate, al dúo neofranquista PP y Vox le han temblado las piernas. Ya no tiene claro su éxito electoral. Para ayudar, se ha movido Mediaset otorgando a los espacios de Iker Jiménez y Nacho Abad una virulencia ideológica impropia y donde acuden activistas buleros. ¿A qué juega su presidenta, Cristina Garmendia, exministra de Zapatero, permitiendo este akelarre? El pobre Carlos Franganillo, fichado para prestigiar los noticiarios de Telecinco, ya no sabe qué hacer en esta demencial estrategia.

La Sexta ya no cuenta en la batalla, rebasada incluso por Cuatro. En Atresmedia se fragua un extraño entendimiento de PP con Junts. ¿Y en Euskadi? Que el fracaso de Antena 3 entre los vascos no lo aprovecha ETB. Es cierto que los teleberris, aun con su sesgo discontinuo hacia EH Bildu, nos aíslan del ruido español y neutralizan la corrosión antivasca aunque menguante de Vocento, entregado al PP; pero no es suficiente. Debería ser más atrevida, comoVaya Semanita, de feliz regreso.

JOSÉ RAMÓN BLÁZQUEZ

El fútbol mal contado

En el estadio más grande del mundo, la televisión, el fútbol es imagen y palabra y así como en calidad técnica ha ganado mucho, en el relato verbal está en segunda división. ¿Qué ocurre para que los locutores sean tan mediocres? Quizás sea por el complejo de estos profesionales, casi todos oriundos de la radio -un medio ciego-, ante la fragilidad de su palabra en la pantalla. Se equivocan, valen igual. Y así como nadie escribe como habla, ni habla como escribe, tampoco puede ser igual narrar un partido en la tele que en la radio. Es elemental, pero difícil según parece.

¿Cuántos miles de telespectadores, hartos, deciden quitar el sonido o cambiar a otra opción de audio? Son muchos y con razón. De entrada, la aptitud de los cronistas de DAZN es espantosa y cargante y los de Movistar+ solo aprueban. También influye el favoritismo de los relatores, entregados al calor de los equipos de casa y clubes superpoderosos. Para colmo están los locutores que se evaden en asuntos triviales: uno insistió en que nos percatáramos del bigote del árbitro; otro, durante un reciente partido entre Sevilla y Athletic, se cebó con el apellido del portero grecoalemán, Vlachodimos, empeñándose en aspirar la hache en la pronunciación para que sonara “lajodimos”. Tras un error de bulto del guardameta, dijo de éste que “casi hace honor a su apellido”. Deberían concederle un óscar a este payaso.

No pedimos filósofos para trasmitir los partidos, sino gente con criterio audiovisual. En su libro “Grandes mentes y pequeñas cosas”, el profesor Matthew Qvortrup, de la Universidad de Oxford, nos descubre que a los existencialistas les gustaba el fútbol citando a Sartre, Camus y Heidegger. ¿Y por qué no? La España futbolera desentona y en sus micrófonos apenas hay una mujer. Tarjeta roja.   

JOSÉ RAMÓN BLÁZQUEZ 

Carnaval en Adamuz

Ocurrió en la dana de Valencia y también en los incendios forestales de Castilla y Galicia. Y ha vuelto a suceder con el accidente ferroviario de Adamuz. Allí donde se produce la catástrofe acuden prestas las autoridades (menos Mazón, que holgaba en El Ventorro) revestidas con chalecos amarillos y uniformes de emergencia civil, tan campantes y engreídos, como si la moda en esas horas trágicas fuera ataviarse de Coronel Tapioca. Pero es una estética falsa cuyo propósito es mostrar una implicación decisiva en las labores de salvamento e investigación. ¿Acaso ese atuendo, entre carnavalesco y excéntrico, es exigencia de credibilidad política? En España, por su secular hipocresía y moral de campanario, siguen creyendo que el hábito hace al fraile.

Las pantallas han sido una feria de postureo en ese baile de disfraces, cuando tocaba expresar dolor, contención emocional y solidaridad. Llegada la hora de las responsabilidades los camuflados líderes se esfumarán. Los héroes no visten uniforme: eran vecinos del pueblo, el chico de 16 años, el del bar, el alcalde, voluntarios anónimos. Los informativos han hecho un gran esfuerzo, una vez más; pero se empeñan en dar protagonismo a apresurados expertos. ¿Expertos en qué? En especular y aventurar hipótesis sin datos comprobados que son la antesala de los bulos que colapsan el estercolero de redes sociales y medios neofranquistas. La ansiedad es la enfermedad del telediario y el delirio de los apocalípticos.

¿Es que no bastó con el terror que infundieron los eruditos por la tele durante la pandemia? Ni los curas hicieron tanto daño con el miedo a lo largo de la historia que entonces aquellos aprendices de brujo. Tengamos en cuenta que la fatalidad existe y salta de improviso, se llame Trump, Putin o absurdo accidente. 

JOSÉ RAMÓN BLÁZQUEZ