Letrina del romanticismo

Diez años cumplió First Dates hace unos días, programa de citas eróticas, en Cuatro y ocasionalmente en Telecinco, donde el viejo oficio de alcahuete (recuerden La Celestina, de Fernando de Rojas) procura que gente excéntrica, urgida por la sexualidad, herida de soledad o bajo afán exhibicionista, encuentre in extremis pareja y coyunda con que alegrar sus penosas vidas. El escenario es un triste cenáculo de mesas baratas y sirvientas sin gracia, peor que en una posada medieval, para despachar un espectáculo miserable sobre cómo se desempeñan hombres y mujeres de todas las edades en la pornografía emocional.

No es un invento español, sino británico, y lo produce una sucursal de la Warner Bros con un amplio seguimiento que ronda, y a veces supera, el millón de telespectadores. Lo que demuestra este subgénero audiovisual, para envidia de los malos sociólogos, es que las personas son paradójicas, manejables y candidatas al circo. ¿Cuándo un ser humano extravía su autoestima y se expone a ridiculizarse traicionando su intimidad? ¿Hasta dónde puede llegar la televisión para alcanzar el cénit de la abominación? Incluso, si las parejas no se desmelenan con sus secretos, les interrogan sobre sus fantasías sexuales, como si el striptease fuera obligatorio. En un mundo digno esta basura se aboliría.

Nunca imaginamos a Carlos Sobera en el urdidor oficio de alcahuete, como tampoco creímos que la sociedad, la mayoría, pudiera caer tan bajo. ¿No le da vergüenza o lástima al menos? A veces, parece que, con sus ironías y miradas de desprecio, debidamente enmascaradas, se burla de quienes acuden al plato y al plató a por una ración de amor de mercadillo. Esto no figuraba en ningún kamasutra alternativo. Durante una década First Dates ha sido la letrina del romanticismo.

JOSÉ RAMÓN BLÁZQUEZ

El zar Putin y los espías

¿Alguien sabe lo que ocurre en Rusia? Si no fuera por Dostoyevski, Rachmaninov y tantos otros artistas ignoraríamos aquel gran país. Con el régimen de Putin todo es más oscuro y para aclarar su tragedia tenemos el soberbio documental Mr. Nobody Against Putin, un relato actual que puede encontrarse en Prime. Un joven de alma libre, Pavel Talankin, que trabaja en una escuela de primaria de Karabash (ciudad conocida por su contaminación tóxica), graba con su cámara la evolución educativa y social tras la invasión de Ucrania por los tanques rusos.

Durante dos años documenta el sistemático lavado de cerebro a los niños hacia el fervor patriótico. Nos recuerda a los maestros nacionales del franquismo cuando impartían la grotesca “formación del espíritu nacional”. No hay disidentes entre el profesorado, que transmiten, más por miedo que por convicción, consignas bélicas. Uno de los docentes se erige en líder de esta manipulación para llegar a director y recibir una medalla; pero los jóvenes movilizados por la guerra regresan en cajas de madera. Está prohibido hablar de los soldados muertos y los funerales son casi secretos. Las andanzas de Pavel inquietan a la policía que comienza a vigilarle. Sabe que irá a la cárcel y decide huir al extranjero con sus vídeos.

En el Festival de Sundance obtuvo el premio especial del jurado. Mientras, en Euskadi, la Asociación de Periodistas Vascos distinguió en 2022 a Pablo González (autonominado Pavel Rubtsov), encarcelado en Polonia y acusado de espionaje a favor del Kremlin, por su aportación a la libertad de expresión. Fue intercambiado por chivatos occidentales y recibido como héroe por el zar Putin. La Asociación no le ha retirado el premio tras quedar acreditado con el canje su condición de espía ruso. Pues nada, ¡viva Rusia!

JOSÉ RAMÓN BLÁZQUEZ

Trump y Torrente son lo mismo

Es una trágica ironía que la película más oscarizada de este año se titule “Una batalla tras otra”, ahora que el mundo está metido en batallas sin fin, con Trump y Netanyahu bombardeando escuelas y países y arruinando economías. A la gente le resulta insoportable ver los informativos en la tele, que no son películas de Hollywood, sino la guerra de verdad, cruda, cruel y en directo. Poco, muy poco han protestado contra esta barbarie las estrellas de la pantalla en la última gala de los Oscar, como si la ficción y la realidad no tuvieran nada que decirse, siendo parte de lo mismo y entendido el cine como arte total. 

Debió ganar Hamnet, bella y conmovedora. A Melania no le dieron ningún premio por su penoso documental que ni estaba nominado. Quizás un día hagan una película sobre el pederasta Epstein en la que se retrate en profundidad la historia del presidente Trump. Guardamos la esperanza de que este caso sea su tumba y la causa del repudio de la atolondrada sociedad norteamericana. Mala señal es que la brillante Warner haya caído en manos de la insulsa Paramount para gozo del inquilino de la Casa Blanca.

El cine español no tuvo galardón, pero se consuela tontamente con el taquillazo de la entrega final de Torrente, saga de Santiago Segura. Es todo un síntoma de degradación democrática y cultural que un personaje tan abominable sea motivo de regocijo popular y no solo para los de Vox. Llama la atención las semejanzas de Trump con Torrente: ambos son cutres, fascistas, machistas, soeces, homófobos, embusteros, ignorantes y violentos y solo les separa la bandera y el atuendo. Y mientras la paz se deshace en mil pedazos, la mimada plantilla de la radiotelevisión pública vasca se va a la huelga general, poniendo su audiencia a cero y sin que se sienta su vacío.

JOSÉ RAMÓN BLÁZQUEZ

La cadena se rompe

La de Mediaset es una crisis existencial y de modelo de programación, más allá de su transformación en grupo mediático paneuropeo, de nombre MFE-MediaForEurope y con sede en Países Bajos. En España no le pueden ir peor las cosas. Según el panel de audiencias del pasado febrero, Telecinco ocupa la cuarta plaza en las preferencias de la gente, con un 8,7%, lejos de Antena 3, que reúne el 13%, y de La 1 de TVE, con el 12,3%. Acaso su canal secundario, Cuatro, le proporciona el falso éxito de empatar con La Sexta a fuerza de degradarse. En sus informativos el derrumbe es espectacular, con sus grandes fichajes, Carlos Franganillo y María Casado, ofreciendo los registros más bajos.

En este contexto se ha producido la dimisión de su presidenta, la donostiarra Cristina Garmendia, exministra con Zapatero, tras apenas año y medio en el cargo. Porque Mediaset ha abrazado el discurso de la ultraderecha y nada es menos rentable que encabronar al espectador. ¿Sabe Telecinco hacer algo más que realitys? ¿Es capaz de definir productos que superen la época de la telebasura y la destrucción moral de la sociedad con comadreos de braga y bragueta? La torpeza de Alessandro Salem y su equipo tiene como símbolo la deriva neofranquista de Cuatro en sus espacios Horizonte, de Iker Jiménez, y Código 10, de Nacho Abad, convertidos en orgías ultra y reunión de desinformadores. Ahora, todo lo que toca Iker lo convierte en mierda y en su charca de odios y embustes chapotea y se enriquece.

Cabe dudar de si Telecinco y demás emisoras de Mediaset tienen sitio en la televisión actual, carentes de ideas y alternativas frente a Antena 3, TVE y autonómicas. Sus caras más visibles -Ana Rosa, Jorge Javier, Mejide, Sobera- engañan y embrutecen, junto a toda la cadena en estado de desesperación.   

JOSÉ RAMÓN BLÁZQUEZ

El rey ladrón quiere volver

España es tan ingenua -y fácil de engañar- que cree que la verdad habita en los papeles. Y de ahí su desencanto al conocer los documentos secretos sobre el golpe de estado de 1981. ¿Qué esperaban, almas cándidas? La verdad de los hechos ardió en el fuego, con lo que nos queda la certeza de que aquello fue una conjura inspirada por el rey Juan Carlos, frívolo y desvergonzado en lo institucional y lo personal, que tuvo el lamentable éxito de embridar el proceso democrático y legitimar al heredero de Franco y ahora añade un último beneficio: el perdón al Borbón de su continuada rapiña y su regreso de Abu Dabi, donde vive lujosamente desde 2020 con mayordomos y seguridad a nuestra costa. Lo más aproximado sobre el 23-F ya lo había escrito Javier Cercas en Anatomía de un instante hace 17 años y ni el rey le desmintió.

Y como, además, España es un país de trileros, sus poderes políticos y mediáticos juegan con la patraña de que, a la vista de tales papeles mojados, el emérito merece volver a Madrid, escamoteando a la opinión pública que su huida se debió al escándalo de sus delitos de blanqueo de capitales, fraude fiscal y cobro de comisiones en oscuros negocios con los que amasó una gran fortuna en el extranjero. ¿Que no tienen condena penal? Claro, y por eso su hijo, sin juicio previo, le condenó a no percibir la asignación económica de la Casa Real y renunció a la futura herencia de su ilegal dinero. La sociedad maldijo a Juan Carlos por sus fechorías y contra la impunidad constitucional.

Vean la televisión, vean las tertulias, vean y lean cómo los siervos del sistema, de izquierda a derecha, se afanan en adoctrinar a la gente para que ensalcen al rey ladrón. Que vuelva el emérito equivale a amnistiar su corrompida trayectoria. Y guillotinar la democracia.

JOSÉ RAMÓN BLÁZQUEZ