El mito que mata

Televisión de lujo, pero televisión angustiosa. En 2023 fue Generación porno; al año siguiente, Generación click; en 2025 llegó Genderless y este año, Generación cannabis: series documentales de alto valor social que abordan las graves amenazas para nuestros jóvenes. Naturalmente, son los canales públicos los que abordan esta tarea, mientras los medios privados se entretienen con sus espectáculos y neofascismos, porque la realidad no les sale rentable. La alianza entre ETB y RTVE, con producción de Shine Iberia, ha hecho posible estos magníficos espacios que informan y educan sin alarmismo.

Los dos capítulos de Generación cannabis dejan mensajes útiles para que la conciencia ciudadana se remueva y actúe. Tenemos un conflicto brutal con el consumo de los derivados del cannabis (marihuana y hachís) que están destrozando a una parte de nuestros chicas y chicos, mientras la sociedad, por ignorancia y falsos mitos, le atribuye un valor festivo e inocuo. Los están envenenando entre las mafias y el modelo de diversión, mientras la Ertzaintza se muestra pesimista. Los psicólogos advierten de los tremendos daños cerebrales causados por el porro. Las esquizofrenias, la disminución intelectual y los brotes psicóticos están entre los males de su adicción, sin contar los dramas emocionales. El enemigo se nos ha colado en casa.

Hay esperanza, afirma el documental. Tenemos la misión de desmantelar la siniestra tolerancia hacia el porro y aclarar que su adicción tiene remedio, así como sus secuelas. Y queda la prevención y combatir a las mafias. Llevará tiempo, como con el tabaco que, tras asfixiar y matar a millones de personas, sigue vendiéndose libremente y rindiendo grandes impuestos. Generación cannabis alerta de que con el porro llevamos muchas verdades de retraso. 

JOSÉ RAMÓN BLÁZQUEZ

Está que arde

Hay guerras cruentas, como las que Trump, Netanyahu y Putin destruyen personas y países. Y hay guerras incruentas, necesarias, que enfrentan ideas y valores de signo contrario en una disputa sobre el mundo. Es la batalla cultural, cuyo escenario es, entre otros, la tele. Conservadores contra progresistas. ¡Es la guerra! Y van a por todas, aprovechando nuestra actitud pasiva frente a la pantalla. Y en medio, los escépticos, que amamos el gran mosaico de la diversidad y no dos únicas opciones, los románticos, razonablemente transversales.

Los bandos de la batalla cultural los forman, por un lado, TVE, La Sexta, ETB y TV3; y por otro, Antena 3, Cuatro, Telecinco, Trece y El Toro TV. La pugna ideológica aparece entreverada con la información, porque es electoral; pero también con el entretenimiento, donde es más eficaz. El nuevo espacio de Marc Giró, bajo el ocurrente título de Cara al Show, junto con el de Henar Álvarez, Al cielo con ella, que ha subido a La 1, así como La Revuelta, son instrumentos útiles para el feminismo, el colectivo LGTBI y la democracia contra posiciones ultras, atrincheradas en El HormigueroHorizonte y Ana Rosa.

Es tan simple el ideario conservador que atribuye a la película Los domingos, de Alauda Ruiz de Azua, y a las canciones de Rosalía el simbolismo de un resurgir espiritual. Y resulta cómico que este grupo tradicionalista tenga como predicadores a Tamara Falcó, Díaz Ayuso y Juan Manuel de Prada, émulo de Chesterton; y más arriba, la psiquiatra Rojas Estapé. La emigración, la educación, la memoria histórica, la religión, el clima y la familia son la artillería de esta guerra sin armas, pero con intransigencia. El fracaso del progresismo es la cultura woke, muy estética y poco sincera. Tengan cuidado con la tele, está que arde.

JOSÉ RAMÓN BLAZQUEZ

Campamento del terror

No, con los niños no se juega. No se juega con su integridad y frágil existencia. ¿A qué juegan esos presentadores de EiTB y actores y actrices que trabajan en nuestra radiotelevisión pública apoyando a Euskal Udalekuak, responsable de la Colonia de Verano de Bernedo, bajo investigación judicial de que allí se cometieron abusos y vejaciones contra niños y niñas con secuelas posiblemente irreparables? ¿Cómo se atreven a pedir a los padres que inscriban a sus hijos en ese oprobioso lugar? ¿Están de acuerdo con que los monitores obliguen a los menores a ducharse juntos (chicos y chicas en los mismos espacios) y que los monitores se bañen desnudos con ellos? ¿Y qué será lo siguiente, una orgía?

Sí, es presunto. Lo mismo dicen los curas que se cebaron con los más inocentes. ¡Que con los niños no se juega, miserables! Según informaciones no desmentidas, algunos salieron traumatizados y necesitaron ayuda psicológica. En Bernedo hubo adoctrinamiento sexual, como los nazis en sus campamentos racistas. Y de nuevo la lengua vasca como excusa. Si esos comunicadores y actores de EiTB tuvieran la mínima idea del rastro de terror y vergüenza que deja en la vida de los niños la experiencia de abusos de índole sexual no se atreverían a ensalzar los métodos de Euskal Udalekuak. ¿Cómo es que aún no se ha cerrado esa ratonera?

Ninguna credibilidad puede esperarse de Kike Amonarriz y Xabier Usabiaga después de su cántico al campamento corruptor bajo sospecha. Lo mismo digo de los amigos de la Colonia del horror que han suscrito la campaña. Nadie les creerá media palabra, ni reirán sus malditas gracias. ¡Incluso el payaso Porrotx está entre ellos! ¿Debe permitir EiTB que la libertad de expresión de sus profesionales afecte a su decencia institucional? ¿A qué estamos jugando?

JOSÉ RAMÓN BLÁZQUEZ

La Luna y el lunático

De las malas noticias (guerras, asesinatos, mujeres víctimas de sus parejas, corrupción y crisis energética) no tiene culpa la televisión, pero aún se sigue responsabilizando al mensajero y muchos televidentes (¿cuánta audiencia han perdido los canales de noticias estas semanas bélicas en Irán y Líbano?) huyen de los telediarios y teleberris en los que ven proyectada la amargura del día.

Lo que estimula la escapatoria informativa de la gente es su percepción de que gran parte de nuestras desgracias provienen de la figura del loco mandatario más poderoso del planeta. Podría ser similar al sufri­miento que los ciudadanos de hace un siglo veían en Hitler y la fiereza nazi. ¡De lo que es capaz un solo hombre, hacer tambalear el mundo y romper sus difíciles equilibrios! ¿Van a permitir por más tiempo los potentados que apoyan a Trump la destrucción humana? ¿Cuál es su grado de complicidad en esta monstruosidad? Su destitución sería la feliz noticia que esperamos los ingenuos; pero no ocurrirá, porque aún la tragedia será mayor (¡no olvidemos a Gaza, por favor!), al igual que fueron necesarios seis años de contienda internacional y un inmenso sacrificio para doblegar a Hitler.

Lo paradójico es que, mientras acontecen las inagotables locuras trumpianas, Estados Unidos ha protagonizado una proeza espacial extraordinaria. El mismo país cuyo gobierno asesina a mansalva, nos ha llevado de vuelta a la Luna para mostrarnos lo nunca visto, su cara oculta, y preparar lo que será, en un par de años, una base permanente de conocimiento en nuestro satélite y que servirá para acometer el salto a Marte. Y ahí está, la Luna, que la hemos visto todo, en tanto que en la Tierra un lunático baila la macabra danza del mayor genocidio del siglo XXI, sin nada ni nadie que le detenga.

JOSÉ RAMÓN BLÁZQUEZ