La teleliga sube los precios

Tras ganar el Mundial, el fútbol estatal vive un falso subidón de autoestima. Y se confunde al enredar su éxito con las limitadas características de La Liga. La competición española es un espectáculo endogámico con equipos muy singularizados e identificados con su ciudad que trasciende poco o nada al ámbito internacional. Sus banderas, salvo en el caso de Euskadi y Catalunya, por obvias razones de identidad nacional, son enseñas domésticas. La Liga no es un campeonato supranacional, salvo que cada vez está más lleno de extranjeros. De modo que la autoestima por la victoria del Mundial se queda y se reparte en exclusiva entre los jugadores que disputaron la final de Nueva York.

Para seguir goleándonos el fútbol televisado ha subido sus tarifas. En datos de El País y el comparador Roams, las suscripciones se han encarecido un 5% y van de los 109 euros mensuales de Orange a los 117 euros de Movistar+. Y así en los últimas diez temporadas el incremento acumulado es del 31,7% en Movistar+ y 74,8% en Orange. ¿Y qué esperábamos con las escandalosas fichas y traspasos de jugadores financiados con los derechos televisivos, junto a la publicidad y las marcas patrocinadoras? El fútbol está dejando de ser cultura popular para reservarse a las élites, de tal manera que los pobres han de recurrir al bar o a la piratería, poca trampa comparada con las del FC Barcelona por cuyas corruptelas merecería estar en segunda división.

Y mientras El Chiringuito, que besa el culo de Laporta y Florentino, a conveniencia, ya está en Mediaset tras su fuga de Atresmedia. El espacio de Pedrerol es como el Sálvame del balompié, latosa diversión para tifosis y ultras, bobo griterío y nula densidad informativa; pero este mal se extiende como la rabia a la política. Eviten su contagio mortal.

JOSÉ RAMÓN BLÁZQUEZ

Amor en el eclipse

El pasado miércoles todo el mundo quería ver la misma serie, una película fugaz, de apenas unos instantes. Se necesitaban lentes especiales para captar la luz y la penumbra en pantalla panorámica, de infinitas pulgadas. Las miradas apuntaban al cielo, menos las de quienes se ocupaban de rescatar vivos y muertos entre los escombros en Colombia, huir de los drones de Putin en Ucrania, o apagar incendios en algún lugar de Europa. A la Luna los lunáticos la buscamos siempre que es visible y al sol cuando amanece y al ocultarse, no sé qué sentido tenía tanto alboroto por mucho que el eclipse ocurra cada cien años.

Y como no todos subieron al monte, ni ocuparon un yate, ni tenían un ático, como Ayuso, con vistas al oeste, optaron por seguirlo en la tele. ¡Como si no hubiese sucesos mágicos con los que emocionarse! La tele hizo suya la fascinación de la gente, porque “solo podía verse una vez en la vida”. La 1 se fue hasta el observatorio de Yebes, en Guadalajara, y ETB viajó a todas partes, incluso a la estratosfera con un globo aerostático en busca de imágenes de la belleza. Finalmente, a las 20,30, la Luna de Cascante ocupó toda la pantalla y se apagó la luz y fue hipnótico. Pocas veces la tele es capaz de captar tanto entusiasmo. Y hubo lágrimas, aplausos, besos, abrazos y pedimos deseos. Lo más parecido son las retransmisiones de los fuegos artificiales en las fiestas, a los que la televisión vasca, con Klaudio Landa al frente, trata de extraer el alma. Casi nunca lo consiguen, pero llenan las noches.

Lo mejor del 12 de agosto se lo llevaron las parejas verdaderas haciéndose dulcemente el amor bajo la sombra mágica del eclipse. Estos afortunados lo supieron vivir reuniendo en sus cuerpos y almas la luz de la pirotecnia y el fuego de la oscuridad astronómica.

JOSÉ RAMÓN BLÁZQUEZ

España, agarrotada y a garrotazos

España arde política, forestal y fronterizamente. Vive agarrotada y a garrotazos. Polarización es la palabra de moda, pero ¿no es la vieja maldición de “las dos Españas”? Se define como la división extrema entre posiciones que se alimentan del mutuo rechazo en lo ideológico (derecha o izquierda), económico (liberal o socialista), religioso (fe o laicismo) o histórico (tradición o cambio). Como romántico empedernido no veo en esas diferencias motivo para enemistarme con nadie, a no ser que amenacen mi dignidad y derechos. España prefiere la disyuntiva a la copulativa, la “o” en vez de la “y”, opta más por estar “contra” que “con”. De ahí su tendencia a despedazarse.

Culpan de la polarización a las psicopáticas redes sociales y a un modelo de televisión que acompaña sus crisis; pero la virulencia digital y mediática es el síntoma más que la enfermedad. Estamos ante la inmadurez de un amplio sector del Estado que no entiende que la convivencia se basa en el pluralismo y la aceptación de las diferencias para garantizar una comunidad equilibrada y justa. El franquismo inoculó la mala educación y la intransigencia. Y tras el fraude de la transición, la democracia resultante es una feria de desprecios y desestima.

La rabiosa lucha por el poder quiebra la cohesión. La agresividad contra TVE es más por sus altas audiencias que por el sesgo socialista. Antena 3 es ariete de demolición social. Cuatro es ya un canal ultra con el carroñerismo de Iker Jiménez. ETB se inclina por EH Bildu, La Sexta adoctrina malamente y Telecinco agoniza. Están todas en guerra y hay quienes lo celebran: los que prometen aniquilar el autogobierno, decretar ilegalizaciones, expulsar a los emigrantes y empobrecer a jóvenes y viejos. El neofranquismo de PP y Vox está en la cosecha del odio.

JOSÉ RAMÓN BLÁZQUEZ

Más Chaplin que Churchill

La verdad vence a la ficción. Esto lo saben los profesionales del teatro y lo conocía el gran Ibsen: la escena es representación de la verdad. Pero en la sociedad hípercomunicada las cosas se han puesto más difíciles. La política que gobierna el mundo, de Oriente a Occidente, se ha deteriorado de tal manera que cuesta distinguir al dirigente del actor. No han inventado nada que no estuviera en la cultura, pero han magnificado sus límites hasta alcanzar el histrionismo y los mandatarios prefieren ser más cómicos que dramáticos, más Chaplin que Churchill. 

Con su mucha desvergüenza y pocas luces, la presidenta Ayuso es la más aventajada en el guiñol. Queda para la historia su papel como virgen lacrimosa en la Almudena durante la pandemia y ahora, en la crisis de los incendios, se ha puesto la máscara de Medea, trágica pero ridícula. Imita al payaso Trump. El líder americano nació en la tele con The Apprentice, allá por 2004 en la NBC. Todo está inventado y se llama propaganda. El rey de España y familia interpretaron su papelón de hooligans de la selección de fútbol en una sala improvisada y vacía, con atrezo de sofá y televisor, de lo más casposo desde que su padre, el mataelefantes, pidió perdón de mentira por sus fechorías africanas.

La propaganda es mediocridad. La delegada del Gobierno en Euskadi, Marisol Garmendia, se revistió con la roja -y gualda- para animar a vascos y vascas a abrazar su patriotismo de pandereta. Lo mismo hizo la alcaldesa de Vitoria-Gasteiz, henchida de paroxismo español. La tele fabrica actores y actrices, penosos y torpes. Marta Gómez en Malas Lenguas hizo su papel de víctima para regresar triunfante. Zapatero, el joyero, se lució con su exculpatoria comedia en TVE. Nadie es veraz cuando le mira una cámara. Es gentil teatrillo.

JOS´É RAMÓN BLÁZQUEZ

Diálogos imperfectos

Un metro es mucho. O poco, según. La distancia de respeto entre dos personas que hablan cara a cara y sin escudos es un metro; pero también hay cosas que se dicen separados por milímetros o kilómetros. En Euskal Telebista han estrenado A un metro, un formato de entrevistas íntimas a cargo de Juan Carlos Etxeberria con personalidades diversas, muy locales, más o menos desconocidas. Todo está inventado en el género de la entrevista y las hay a decenas en la tele. Buenas son las de Evole, por su mezcla de descaro y cercanía. Malísimas son las de Plano General, en La 2, con Jenaro Castro, de plástico y catecismo. Interesantes son los coloquios de Aimar Bretos; pero será por poco tiempo, pues va camino de relevar a la insustituible Angels Barceló en la SER. Los diálogos son baratos de producir, con dos sillas y poco más, y todo lo arriesgan a la lucidez del invitado y la inspiración del preguntador.

La primera entrega fue con José Luis Rebordinos, que deja la dirección del Festival de Cine de Donostia tras 15 años de excelente gestión y fallos clamorosos, como la Concha de Oro en 2024 para Tardes de soledad, un espantoso panegírico taurino. Su resistencia frente a los censores (caso de la entrevista al criminal Josu Ternera) está entre sus valores. El diálogo contuvo nobleza, emoción, un fuerte posicionamiento político (apuesta por la ilegalización de Vox) y un punto de amargura, incomprensible en quien ha cumplido de sobra.

La entrevista con la campeona de trail runner Malen Osa nos mostró el alma de una joven hija de las montañas del país. Lástima que no acertara a responder a la pregunta “¿en qué piensas cuando corres?”, todo un misterio. Con el forense Paco Etxeberria, “el lector de huesos”, el interés estuvo en la memoria traicionada de un país que desprecia a sus muertos.

JOSÉ RAMÓN BLÁZQUEZ