Adoro el sentimiento de culpa, el bueno, opuesto al freudiano y sus patológicas angustias. Me refiero al que evalúa tus actos y exige a tu conciencia ética el reproche y rectificación de tus errores. Gran compañero para transitar por la vida honrosa y felizmente y que te lleva de la culpa a la disculpa. El progreso humano espera mucho de este sentimiento para la liquidación de la injusticia, ese mal corrosivo presente en las peores contiendas sociales. También en nuestra Euskadi que, al borde de la paz, tiene la obligación -y la necesidad- de enfrentarse a las secuelas de violencia y odio de décadas de conflicto. Pienso que no se trata tanto de que unos señalen las responsabilidades de otros como de facilitar a sus autores y copartícipes morales el reconocimiento del daño ocasionado, sin que por ello estén obligados a renunciar a propósitos aceptables en la sociedad democrática. No se le puede requerir a nadie que por causa de sus equivocaciones se inmole para siempre en la hoguera con toda su historia y bagaje.
Hay una presión excesiva y una ansiedad desmesurada que dificultan la promoción del sentimiento de culpa en el entorno social de ETA. En la propicia situación política actual determinados agentes mediáticos y partidistas están entorpeciendo el proceso de reconciliación, incluso lo boicotean para eternizar el enfrentamiento. Las invocaciones del PP a una próxima ilegalización de Bildu, más allá de su oportunismo electoral, forman parte de esa estrategia obstruccionista. ¿Es efectiva tanta presión sobre la izquierda abertzale para que acepte su deuda histórica? Creo que es excesiva y sirve de argumento para que aquellos que quieren viajar de puntillas al futuro sin zanjar el pasado contagien a todos su objetivo de impunidad. La presión sobre el mundo radical tiene sus límites en la eficacia y en sus intenciones.
Debe haber exigencia, claro que sí, para que se produzca la retractación del terror; pero esta interpelación debe tener base social y no provenir de los partidos. Hay que ser exigentes, pero más aún inteligentes para que la ansiedad por ganar un poco de tiempo no nos haga perder esta nueva oportunidad. Ciertas cosas necesitan paciencia y algunas, como la reconciliación, mucho más. Que un concejal del PP en Donostia se vea obligado a excusarse por brindar festivamente con su alcalde, de Bildu, indica hasta qué punto se retroalimentan los enemigos de la convivencia. Y que Martín Garitano, máxima autoridad de Gipuzkoa, declare que “habrá un día en que todos tengamos que reflexionar sobre el daño que cada cual ha podido padecer y cometer», pero que “aún no estamos en ese tiempo», refleja su cobardía moral; pero también los dilemas del mundo intransigente para ponerse al día en derechos humanos y empatía. De momento, selectivamente, ha calificado de “más que error” los atentados de ETA en Catalunya.
Vértigo al pasado
¿Qué impide a los intolerantes experimentar un sentimiento de culpa por la devastación del terrorismo? El vértigo, el miedo a que aceptar la amargura causada condicione su futuro y, habituados al patrocinio de la violencia y su poder de coacción, no se vean capaces de construir un proyecto político autónomo. Miedo a que la asimilación del sistema les deje inermes por carencia de cultura institucional. Abrirse a un pasado que contradice del todo la nueva apuesta democrática les produce un vértigo insuperable. En mi opinión, es mejor ayudarles a que se asomen a ese abismo poco a poco que apresurarles a que se encaren con sus fantasmas. Algún día tendrán que hacerlo, pero todavía no están ética y políticamente preparados.
Conviene practicar el realismo para no generar frustración: a la reconciliación le quedan años de rodaje y caminará paralela a la normalización democrática. Hay que entender que la ideología radical es obstinada y no se prestará a la exhibición de su fracaso. Para un sector social la lucha militar tuvo sentido y motivo en el contexto de una acción revolucionaria contra el fraude del postfranquismo. Hay mucha épica y abundante retórica sosteniendo este balance, según el cual así como antes la opción pertinente eran las armas, ahora -por evolución- toca el compromiso institucional. Una reemplaza a la otra en secuencia natural para eludir la sensación de derrota.
Este es su discurso justificativo: al igual que España pasó de la dictadura a la democracia mediante una transición dirigida por líderes franquistas cuyos crímenes quedaron impunes, la izquierda abertzale y ETA hacen su propia reconversión y viajan de la lucha armada a la acción política sin que deban rendir cuentas que a otros no se exigieron. Es un diagnóstico retorcido, pero en las contradicciones de la democracia española encuentra su amparo dialéctico. Añado por mi parte que su vacilación para renegar de su ayer y empatizar con sus víctimas es equivalente a la de ciertos estratos sociales -asimilados electoralmente al PP- para condenar el franquismo y reparar la dignidad de los represaliados. No creo que esa España esté moralmente autorizada para pedir descargos de conciencia ajenos. La sociedad vasca sí puede hacerlo.
El lento perdón
“Cuando la culpa es de todos, la culpa no es de nadie», advirtió Concepción Arenal. De esta dispersión de responsabilidades se vale la izquierda abertzale para eludir o aplazar sus deberes éticos. Paradójicamente, este análisis coincide con la culpabilización genérica que algunos partidos vierten sobre nuestra sociedad, acusándonos de complicidad, por omisión, en los años de terror. Si esos grupos tildan a los ciudadanos de cobardes frente al terrorismo por “mirar hacia otro lado” y por no compadecernos de las víctimas, el mundo de ETA nos atribuye haber tenido arte y parte en la vulneración de sus derechos, la tortura y la ilegalización. Ambas incriminaciones son perversas, una por adjudicarnos sus crímenes y otra por endosarnos su dejación institucional y disfrazar su incompetencia ante el problema político de fondo.
La historia es lenta, como el motor de la conciencia. La percepción de la izquierda abertzale es que el perdón y la memoria de las víctimas no son una urgencia ética ni estratégica, porque tienen la mirada refugiada en el futuro. También el victimismo partidista es un escollo, como lo es que Arnaldo Otegi esté en la cárcel y no liderando el cambio. Conviene que España no enrede y se ocupe de su propio relato: han transcurrido más de treinta años y los españoles aún no tienen una narración compartida de lo que fue y significó la dictadura. ¿Se puede pedir a Euskadi que escriba ya la crónica de una época de terror, mientras España, con miles de muertos en las cunetas y un ignominioso Valle de los Caídos donde yace el tirano al pie del altar mayor, titubean en la gestión del recuerdo de cuatro décadas de horror? Es incongruente.
Tal vez la tradición hipócrita española se conforme con que la izquierda abertzale muestre un dolor fingido y que acuda protocolariamente a los homenajes de las víctimas de ETA, por imperativo formal, como cuando se jura de mentira la Constitución o la bandera ¿Gestos? No, hoy demandamos autenticidad, certezas y transformaciones veraces. Queremos tener la seguridad de la paz y alcanzar el punto sin retorno. Esperaremos el tiempo que haga falta a que la derrota moral e ideológica de la violencia se haga pública por sus autores y cómplices con una sincera admisión de la tragedia. Si hoy ya es demasiado tarde, mañana todavía es pronto.
http://www.deia.com/2011/08/29/opinion/tribuna-abierta/eta-y-el-sentimiento-de-culpa




