
A la borrachera de fútbol -tras más de un mes de brutal ingesta- le llega la resaca. Y aunque los balances deban hacerse con rigor, hay una valoración inmediata y emocional: ha sido un Mundial malogrado en lo deportivo y el arbitraje, pero muy satisfactorio para las televisiones por sus enormes beneficios. Vamos a recordar con imágenes. La peor de todas es la del regidor de la FIFA, Gianni Infantino, que ha llevado la competición al bochorno ético al suprimir la sanción a un futbolista norteamericano bajándose los pantalones ante Trump. ¡Es una estampa medieval! Si ya teníamos al Secretario General de la OTAN, el neerlandés Mark Rutte, como lameculos oficial del presidente estadounidense, hoy contamos con la pareja perfecta de la indignidad, Infantino y Rutte, dos tipos que dan tanta vergüenza ajena como risa, trágicos y patéticos.
Este Mundial ha sido un festival simbólico de patriotismo superficial. Banderas, himnos, Estados, héroes y villanos, el espectáculo del delirio, de épicas y fracasos. El mayor impacto lo ha dado la hinchada noruega (jugadores, diputados, la gente) emulando el remo vikingo, el viking row, y coreado a gritos con el ¡ro, ro, ro! Sin duda, la mejor campaña de prestigio para el país nórdico. Catapultado sale también Cabo Verde por su grandeza en la humildad. Y para lo chusco queda el canto de los himnos nacionales en el que España enmudece por afonía democrática y ser incapaz de sustituir la infame letra franquista.
El Mundial lo ha ganado TVE, más por sus audiencias siderales que por la calidad de sus locutores, mediocres y frívolos a la usanza de Matías Prats. Tras el final de la atrofia de balón, nos conviene paliar el mareo con algunos buenos libros, soñando con que la decencia política y judicial se haga un hueco en el otoño.
JOSÉ RAMÓN BLÁZQUEZ