
Y a los 70 años resucitó. TVE, inaugurada por Franco junto a Fraga, su ministro de propaganda, está dando un revolcón a las audiencias de los canales privados. Descapitalizada en 2010 tras la pérdida de su fuente de financiación, los anuncios, está ahora a unas décimas de superar a Antena 3 en el liderazgo con programas informativos, de debate y entretenimiento que han tumbado la estrategia de la derecha política y mediática para recuperar el poder. Nadie esperaba hace apenas dos temporadas semejante éxito de la televisión pública estatal.
En siete décadas TVE ha vivido distintas etapas. La primera, hasta el 75, fue relatora de la dictadura criminal con loas al tirano y series como Crónicas de un pueblo. Por entonces el televisor, como el seiscientos, era la máscara de un escuálido desarrollismo y una moral de campanario. En la segunda etapa, hacia los 90, tapó los delitos y el culo de Juan Carlos de Borbón bajo el férreo control de Alfonso Guerra y Calviño. La tercera corresponde con la grosera irrupción, obra de Felipe González, de las cadenas privadas y el reinado de la telebasura. La cuarta fue la más corrupta con los noticiarios envenados de Alfredo Urdaci, quien llevó la mentira a sus más altas cotas el 11-M. En la quinta sufrió su experiencia más negra, cuando Zapatero regaló a empresas particulares la publicidad que la hacía competitiva. Y la actual es la más paradójica, pues está librando con acierto una inteligente confrontación contra la amenaza del neofranquismo del PP y Vox.
TVE ha sido franquista hasta el horror, es abiertamente monárquica (ahí está el oprobioso servilismo de Audiencia Abierta), pero hoy quiere ser el altavoz democrático contra Trump, el populismo y la dictadura que viene. Necesitamos esta épica y no una nueva marca gráfica.
JOSÉ RAMÓN BLÁZQUEZ