Amor en el eclipse

El pasado miércoles todo el mundo quería ver la misma serie, una película fugaz, de apenas unos instantes. Se necesitaban lentes especiales para captar la luz y la penumbra en pantalla panorámica, de infinitas pulgadas. Las miradas apuntaban al cielo, menos las de quienes se ocupaban de rescatar vivos y muertos entre los escombros en Colombia, huir de los drones de Putin en Ucrania, o apagar incendios en algún lugar de Europa. A la Luna los lunáticos la buscamos siempre que es visible y al sol cuando amanece y al ocultarse, no sé qué sentido tenía tanto alboroto por mucho que el eclipse ocurra cada cien años.

Y como no todos subieron al monte, ni ocuparon un yate, ni tenían un ático, como Ayuso, con vistas al oeste, optaron por seguirlo en la tele. ¡Como si no hubiese sucesos mágicos con los que emocionarse! La tele hizo suya la fascinación de la gente, porque “solo podía verse una vez en la vida”. La 1 se fue hasta el observatorio de Yebes, en Guadalajara, y ETB viajó a todas partes, incluso a la estratosfera con un globo aerostático en busca de imágenes de la belleza. Finalmente, a las 20,30, la Luna de Cascante ocupó toda la pantalla y se apagó la luz y fue hipnótico. Pocas veces la tele es capaz de captar tanto entusiasmo. Y hubo lágrimas, aplausos, besos, abrazos y pedimos deseos. Lo más parecido son las retransmisiones de los fuegos artificiales en las fiestas, a los que la televisión vasca, con Klaudio Landa al frente, trata de extraer el alma. Casi nunca lo consiguen, pero llenan las noches.

Lo mejor del 12 de agosto se lo llevaron las parejas verdaderas haciéndose dulcemente el amor bajo la sombra mágica del eclipse. Estos afortunados lo supieron vivir reuniendo en sus cuerpos y almas la luz de la pirotecnia y el fuego de la oscuridad astronómica.

JOSÉ RAMÓN BLÁZQUEZ

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