Jackson no era Peter Pan

En el país de Nunca Jamás, liderado por Peter Pan, los niños eran perpetuamente niños. En Neverland, en Santa Bárbara (California), donde mandaba Michael Jackson, los niños sufrían abusos sexuales. Así lo cuenta el documental Leaving Neverland, producido por HBO y emitido por el canal #0 de Movistar los dos últimos sábados. El reportaje, de cuatro horas, relata el eficaz método de engaño, a base de fascinación y dinero, que el cantante usó para captar a los menores y satisfacer su perversión. Aquel mundo infantilizado, lleno de atracciones, animales, cabañas, dulces y juegos, era un Mauthausen de pederastia. Por 67 millones de dólares, su precio actual, podríamos convertirlo en museo de los horrores.

Son las historias de Wade Robson, australiano, de 7 años, y James Safechuck, norteamericano, de 10. El primero había ganado un concurso de imitadores (al estilo de Tu cara me suena) en Brisbane y cuyo premio era conocer a la estrella. James coincidió con el depredador actuando en un anuncio para Pepsi. Fue el comienzo del infierno. Treinta años después lo han vomitado todo con un nivel de detalle que impresiona: sexo oral, masturbaciones, violaciones, alcohol y pornografía. ¿Por qué las madres permitieron que sus hijos durmieran y viajaran con él? Ahora, entonan un tardío mea culpa.

El clan Jackson han demandado a HBO por 1.000 millones. Removidas las conciencias van llegando sus efectos: Los Simpson retiran el capítulo dedicado a Michael. En la BBC Radio 2, la más escuchada del Reino Unido, ya no suenan sus canciones, al igual que en otras emisoras de Canadá y Nueva Zelanda. ¿Y aquí? Nada, porque olvidamos a los inocentes. En 1985, Jackson compuso y cantó a coro, por África, un tema cuyo estribillo decía:“We are the world, we are the children”, somos el mundo, somos los niños. Ni muerto el monstruo prescribe.

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