Cuatro claves de unas elecciones condicionadas

No son unas elecciones cualesquiera. Y aunque ninguna es igual a otra, las del 12-J al Parlamento vasco están profundamente condicionadas por los efectos de la pandemia, el confinamiento y el estado de alarma y, por supuesto, por la catástrofe económica y social derivada de esas realidades aún presentes en la sociedad y que agitan el corazón y la mente de las personas. Si no fuera urgente acudir a las urnas, porque los problemas que tenemos exigen un Gobierno renovado y un Parlamento en plenitud de funciones cuanto antes, quizás no sería este el mejor momento para celebrarlas. La campaña ya está en marcha y ahora le toca a la ciudadanía vasca pronunciarse. Euskadi tiene una larga experiencia en situaciones críticas, así que está más que preparada para resolver esta hora histórica.

            Desde el punto de vista de un observador las claves políticas han cambiado. Movilizar al votante va a costar más que en otras ocasiones. Hay necesidades nuevas. Hay urgencias absolutas. Se requieren respuestas diferentes. Hay otra sensibilidad. Hay un electorado que espera mucho de las instituciones que salgan de las urnas. Se va a ir a votar con impulsos inéditos, porque extraña es la circunstancia que nos ha traído hasta aquí. Que los partidos y sus líderes no olviden que la gente acude a las urnas bajo shock y en un estado emocional especial que hay que saber interpretar y manejar. Una campaña no son carteles, cuñas ni mítines: son mensajes, actitudes, candidatos y trayectorias de las siglas, son recuerdos y esperanzas.

            Veo cuatro claves en esta convocatoria electoral: el peligro de la abstención, el horizonte de la recuperación, la importancia de la ejemplaridad política y el choque entre seguridad y cambio. Quienes mejor las articulen ganarán posiciones.

Cuidado con la abstención

            Los jeltzales harían mal en sentirse seguros de los resultados que auguran las encuestas y de una participación superior al 62% del electorado. Vayan con cuidado. El brutal e insensato miedo inoculado durante la pandemia sigue presente y activo. Tardará tiempo en diluirse. Y eso, por su crudeza y pese a las medidas de seguridad que sin duda se pondrán a disposición de los electores en los colegios electores, podría influir en la decisión de votar o no el 12-J. Pregunten en los comercios y la hostelería a ver si hay miedo entre la gente. Ya lo creo que lo hay. Vuélquense, por favor, con una campaña de llamamiento a la participación, a la tranquilidad y a la superación de la inseguridad. Lleven la iniciativa en eso, sean activos y generosos en la llamada a la ciudadanía, con el “vota seguro” como lema. Votar masivamente sería la demostración de que no hay temor sino ilusión en la recuperación y el futuro.

Cuando escucho los mensajes de la coalición PP-Ciudadanos y a su candidato me asombran sus despistes. Cargan las tintas contra el PNV y los socialistas, con críticas absolutas a la gestión del Gobierno central y el ejecutivo de Urkullu. Y se equivocan, porque su potencial electorado, al menos una buena parte del mismo, no está en clave de enfrentamiento, sino en la cooperación frente los problemas comunes. El votante conservador se dirime entre optar por el PNV, votar con desgana a la coalición de derechas o quedarse en casa. El resultado puede ser catastrófico para los de Casado y Arrimadas, salvo que sean capaces de vencer la tendencia abstencionista de esos miles de electores. Y no los movilizarán a base de escarnecer a Urkullu y Sánchez (lo que solo sirve para los votantes fieles y cautivos), sino con un discurso constructivo, tendente a la resolución de las necesidades de la gente. ¿Pero hay inteligencia en la derecha o lo que hay es una combinación de odios y ambición irrefrenable de poder? 

¿Quién reconstruye mejor?

            Se va a premiar a quien presente a la gente una mejor actitud y tenga un plan más completo para la recuperación económica, social y emocional. Hay una clara conciencia de que esta crisis sobrevenida por el coronavirus llevará un tiempo y un enorme esfuerzo, sobre todo a partir de otoño. Y hay también una convicción de que lo mejor que podría ocurrir es que se den amplios consensos políticos para llevarla a cabo con eficacia y fluidez. Se va a castigar al voto que pretenda aprovechar el desastre para pescar en aguas revueltas. Se va a premiar a quien sepa unir en vez de insistir en el enfrentamiento de bloques irreconciliables. 

            La recuperación se percibe entre la gente como una epopeya. Y así harían bien las candidaturas en plantearla, como una gesta social que reparta los sacrificios y donde todo el mundo tenga la oportunidad de impulsar sus negocios, mantener su trabajo, salvar sus estudios, vivir sin miedo a perder la casa y poder tener una existencia personal y social satisfactoria, aún con todos los esfuerzos que sean precisos. No hemos escuchado aún ningún apunte de plan creíble de recuperación y es lo que más espera el elector, sobre todo aquellos que se sienten agobiados en sus expectativas económicas y familiares.

            Para destructores ya están los proyectos totalitarios, de la ultraderecha a la izquierda radical que ya conocemos. Detrás de sus siglas hay mucha capacidad de protesta y agitación de la calle, estímulo de la frustración y colisión entre sectores sociales. Nadie que quiera una salida positiva, rápida y digna a la crisis actual acudirá al concurso de sus votos. Buscarán aquellos que le den garantía de una solución equilibrada, posible y justa. 

Hora de la ejemplaridad. 

            De la clase política esperan los electores ciertas decisiones, más allá de las que corresponden para resolver los efectos de la crisis y promover la sanidad pública, modernizar la educación, consolidar la protección social y fomentar la investigación, la industria local y los sectores propios, con más Europa y menos China. Si va a haber sacrificios, los cargos públicos, desde los parlamentarios, miembros de Ejecutivo en todas las escalas, diputados y parlamentarios forales, alcaldes, concejales y cargos de empresas públicas, tendrán que reducir sus ingresos en una proporción que no debería ser inferior al 10%. Hagan, por su honor, ese gesto y anúncielo durante esta campaña. Renuncien a dietas y beneficios colaterales inherentes a sus puestos de responsabilidad. Sí, de responsabilidad más que nunca.

No, nada de demagogia. Nada de gestos vacíos para el espectáculo. Si los nuevos presupuestos de todas las instituciones, de lo nacional a lo municipal pasando por lo territorial, estarán condicionados por la reducción de los ingresos a causa de la caída de la actividad empresarial y el consumo, tendrá que aligerarse el peso de la administración y, además de los planes de reducción de gastos y aplazamiento de inversiones secundarias, han de ser los dirigentes públicos quienes den ejemplo y hagan el sacrificio pertinente, los primeros. Y con humildad, hagan el favor. En juego está la credibilidad y el prestigio de la democracia, aquí y ahora.

Entre la seguridad y el cambio

            En esta campaña la dialéctica se establece entre la seguridad y el cambio, a veces contradictorios. Las necesidades de cambiar, que son innatas a toda actividad humana, tienen que enfrentarse a la seguridad del modo de vida del país y a la estabilidad de los cimientos sobre los que sustenta la comunidad y sus equilibrios. También durante esta campaña se invocará el cambio (¿sólo el cambio de siglas?), pero es improbable que esa llamada a la renovación radical suscite una mayoritaria seguridad política, económica y emocional entre los vascos.

            Según como se plantee, la llamada al cambio hacia un tripartito de izquierdas puede quedarse en anécdota o merecer un cierto respeto. Si, como percibo, se trata de una mera alternativa de poder sin más sustancia que la ambición personal concebida en una noche de verano, se convertirá en el chascarrillo de estas elecciones. Puestas así las cosas, con la arbitraria ubicación del PNV a la derecha del espectro ideológico, a ver si va a resultar que el 12-J dibuja una Euskadi de mayoría de derechas. También hay sitio para la risa en esta época.

Un comentario en «Cuatro claves de unas elecciones condicionadas»

  1. Creo que hay un quinto punto que no debe olvidarse: que se respete el resultado de las urnas.
    En Catalunya llevamos varias elecciones en que ello no pasa e, incluso, hemos sufrido un golpe de estado con cárcel y exilio del gobierno incluidos.

    Cierto que el PNV – en principio, claro vencedor – no parece estar actualmente en el punto de mira del Estado profundo postfranquista que gobierna «de facto» Esa Gran Nación.

    Pero que no se despisten porque eso puede cambiar en cuanto alguien – ajeno a la voluntad de los vascos – decida que no tienen derecho a gobernar.

    Que estén muy muy atentos.

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