San Mario Onaindia

Un nuevo santo vasco ha subido a los altares y está en el cielo sentado a la izquierda de San Ignacio de Loiola, San Francisco Javier y San Valentín de Berriotxoa. Se llama San Mario Onaindia y lo ha canonizado la película El precio de la libertad, cuya primera parte ocupó el espacio estelar de ETB2, la noche del martes. La TV movie es un empalagoso relato encomiástico dentro de una epopeya heroica, por lo tanto irreal, del itinerario del líder de Euskadiko Ezkerra y antiguo militante de ETA, tomando como referencias el mítico juicio de Burgos y la conversión de Onaindia a la democracia. Toda la narración es en exceso benevolente, de tal forma que los rudimentos totalitarios del activista y su apuesta por la violencia en aquellas circunstancias no se presentan como conductas reprobables, sino como episodios románticos que antecedían a la santidad de Mario, al igual que las fechorías de San Pablo antes de caerse del caballo camino de Damasco.

Es como si nos contaran una historia distinta de la que conocimos como testigos de la época. Ofende a la memoria este retrato afectado de polilla y nostalgia. Nada es original, ni el título, pues ya hubo en 1998 una película homónima, protagonizada por Renée Zellweger. Obstinada en el enaltecimiento de Mario, la cinta se aproxima a la caricatura y se enroca en una estructura maniquea, de buenos y malos, en absoluto neutral, como la fábula de Robin Hood. Le han arrancado al personaje las verdades que más le hubieran humanizado, como sus mutaciones ideológicas y sus ensoñaciones mesiánicas. Con estas sombras de contraste no resultaría tan deshonesto enmascarar bajo una leyenda hueca la previsión propagandística del film: construir la figura de San Mario, patrón de los terroristas arrepentidos y abogado de los demócratas sobrevenidos.

El mayor desvarío de la hagiografía de San Mario es ignorar que cuanto más conocemos a los seres humanos menos creemos en los santos. En la vida relatada de todos ellos se produce el mismo fraude: se exageran los méritos y se ocultan los errores.

A las 10:30, misa

En el programa del Alderdi Eguna de todos los años -también en el de 2011- hay una cita, además del mitin central, que no pasa desapercibida: a las 10.30, hay misa en las campas, en el mismo estrado de oradores, a la que suelen acudir cientos de afiliados/as y simpatizantes del EAJ-PNV. A muchas personas les llama la atención, incluso les escandaliza, que a estas alturas del siglo XXI un partido político moderno integre un acto religioso en el programa oficial de su fiesta anual, como un apéndice extemporáneo. ¿Y por qué les causa extrañeza? Seguramente, porque desconocen -o no asumen- los orígenes y trayectoria de la principal fuerza política de Euskadi y sus 116 años de historia. La Misa católica, en el contexto de un encuentro masivo, donde se supone hay una diversidad de posturas ante el hecho religioso, les parece una antigualla o un fósil paleolítico en medio de la modernidad. A algunos, los más frívolos, les da risa.

No voy a entrar en los orígenes fundacionales del EAJ-PNV y su inseparable relación con la religión católica. Es un relato prolijo. Ni siquiera voy a apelar a su lema JEL (Jaungoikoa eta Lege Zarra) que se ha mantenido en su marca euskaldun. Historia y lema ya justificarían por sí solos la celebración de la Misa en la fiesta abertzale. Voy al argumento cultural, tan querido por los nacionalistas.

Cultura son, en el sentido antropológico, las tradiciones y costumbres de un pueblo, heredadas de generación en generación y que persisten hoy. Si extrajéramos la tradición católica del PNV (y de la sociedad vasca) estaríamos arrancando parte de su ser, lo vaciaríamos: lo negaríamos finalmente. Es una profunda contradicción defender por un lado la identidad cultural vasca y, por otro, extirpar la tradición cristiana de Euskadi. Al PNV, más que a nadie, le corresponde ser coherente con la identidad vasca actuando sin complejos frente a quienes preconizan un acomodo cosmético de nuestro pueblo a una realidad poscatólica o limitadamente laica.

Alabo y defiendo la valentía de las autoridades del EBB del PNV por mantener el acto religioso dentro del programa oficial del Alderdi Eguna. Pero no lo alabo como católico, sino como nacionalista. Porque proteger la tradición cultural es un hecho rotundamente político (sí, político), no un acto de piedad religiosa ni un acto de afirmación de la fe en una ceremonia pública. Ya está bien de separar el concepto religioso del cuerpo cultural de la sociedad.

Sé perfectamente que hay nacionalistas que, en razón de su ausencia de compromiso religioso o de su indisimulada hostilidad anticatólica, a los que la celebración de la Misa en el Alderdi Eguna les parece un acto prescindible e inadecuado, contrario a la realidad laica de la sociedad vasca. Incluso entienden que la supresión de la Misa aproximaría al partido a la modernidad. Dicen que su eliminación sería congruente con la definición del partido como organización no confesional, según se recoge en los Estatutos vigentes, en los que, por cierto, se resalta la tradición cristiana que inspiró al fundador Sabino Arana y a todos los líderes nacionalistas hasta nuestros días.

Deploro el complejo de no pocos nacionalistas por la cultura cristiana que habita el corazón del PNV. Son los que quisieran que este partido perdiera su pluralismo interno para homologarse a la masa amorfa, que entiende la religión como una rémora del pasado. Deploro su incoherencia con la historia y con el presente, porque la religión católica es mucho más que una opción de índole privada y también mucho más que acudir a Misa. Es una filosofía integral, un sistema completo de vida que el PNV hizo suyo y con la que durante más de un siglo ha configurado e impulsado un trabajo político, cultural, social y económico. No es una anécdota: es la esencia misma del nacionalismo vasco.

Quizás es el momento de preguntarse por qué el PNV ha perdido una buena parte de su liderazgo, cuestionándose también por qué nuestra sociedad vive una profunda crisis ética y social, sin precedentes. Nada de esto es ajeno al distanciamiento religioso y a la pérdida de los valores derivado de este derrumbamiento. Nuestro pueblo pide a gritos un rearme moral.

Los liderazgos se fundan en la seguridad y convicción de las ideas que conectan con las personas y sus anhelos personales, familiares y colectivos. Donde hay complejos no hay liderazgo. El liderazgo lo alcanza quien resuelve el difícil equilibrio entre los que hay que mantener y lo que hay que cambiar. ¿Tiramos por la borda más de cien años de cultura cristiana? No es este un asunto de imagen o apariencia de modernidad, de espectáculo mediático.

Francamente, la fuerza del liderazgo bien vale una Misa.

La risa muerta

Este es el retrato de la decadencia humana: primero dejamos de reír y finalmente todas las risas nos resultan insufribles. Y es también la fotografía de la ETB de Surio y Patxi López: un modelo que empezó de mal humor, represaliando a profesionales y arruinando la calidad acumulada, y que en algo más de dos años ha perdido la risa hasta convertirse en lo que es hoy, una tele avinagrada. ¿A quién puede extrañar que la cadena pública haya decidido ahora prescindir de Andoni Agirregomezkorta, alma y rostro de Vaya semanita, el único espacio cómico de ETB2? Si pudieran, los represores ilegalizarían la risa y nos condenarían a sus fúnebres rigores. Porque vivir sin risa mata. O desespera.

Agirregomezkorta nos ha hecho la vida más fácil. Ha dado mucho a la televisión vasca. La ha engrandecido, junto a su cuerpo generoso, con su enorme capacidad de generar alegría. Nos ha regalado su versatilidad en mil personajes y su amplio repertorio de muecas hilarantes. Asumió el liderazgo dejado por Oscar Terol para prolongar hasta hoy el éxito de un proyecto imaginativo, casi siempre audaz y a veces desvergonzado, liberando en él rebeldías y rupturas mentales que necesitábamos para relativizar los propios conflictos y reírnos de nuestros viejos complejos. Fue la imagen de una ETB abierta y sugestiva. Ni Vaya semanita ni Agirregomezkorta estaban agotados. Había en ellos carcajadas para rato. El programa comenzó a declinar en audiencia a medida que el vinagre de López penetraba en las venas de ETB.

No se va, le han despachado como antes a otros. Se lleva lo más importante: el afecto de la gente, una popularidad bien ganada y un prestigio como cómico que le permitirá, cuando acabe este tiempo de tristeza, volver a la tele a repartir el indispensable alimento de la risa. Hasta entonces, le echaremos de menos. Nada será lo mismo sin su camiseta del Athletic, sus canturriadas de txikitero, sus corrosivas parodias y su provocadora ironía. Agirregomezkorta ha roto todos los tópicos del vasco. A cambio, ETB ha optado por romperle la cara.

http://www.deia.com/2011/09/19/ocio-y-cultura/la-risa-muerta

Si yo fuera rico

De repente, el problema de la economía son los ricos. No es el creciente desempleo y el paro juvenil, ni el endeudamiento público y privado o el déficit de las administraciones, ni la levedad competitiva de nuestras empresas y el obsoleto modelo de gestión, ni siquiera las carencias formativas o la miopía estratégica y mucho menos la debacle democrática de los partidos políticos y centrales sindicales. No, la solución está en las grandes fortunas y en cargar sobre ellas un impuesto específico, más punitivo que recaudatorio. El debate sobre los ricos ha irrumpido en la sociedad para mostrar el desconcierto sobre el diagnóstico de la crisis y la dificultad para encontrar salidas a la actual situación, que parece haber degenerado en una búsqueda de culpables a la vieja usanza de las culturas tribales. Si la polémica nos llevara al debate intelectual sobre la riqueza y la pobreza, cómo se generan y de qué forma interactúan, tendría algún sentido y nos ayudaría a entender no sólo el dinamismo de la economía, sino también la compleja naturaleza humana; pero si se trata de una táctica de distracción para reducir la presión y la ira de la comunidad, conviene denunciar el engaño y su oportunismo.

No creo que el problema, en tiempo de crisis o en época de bonanza, sean los ricos, sino que tenemos muchos pobres. El error está en el falso mito de la desigualdad distributiva: si hay pobres es porque hay ricos, y al revés, como si el exceso de unos proviniera de la expoliación de otros y como si las diferencias humanas no tuvieran su origen en la propia naturaleza. Más allá de una común e inviolable dignidad, somos distintos y nacemos con muy dispares capacidades. Riqueza y pobreza no son, simplemente, magnitudes contables y aunque determinadas fortunas derivan de la explotación -como la usurpación de los recursos de los pueblos subdesarrollados por los países opulentos-, la generación de riqueza es un valor que merece el más elevado prestigio porque conlleva la mejora de las condiciones de vida en su entorno.

Más ricos, por favor

Si hay que ser políticamente incorrectos digo que ojalá existieran más personas ricas entre nosotros, mayor número de fortunas productivas y mucha más gente poseída de la facultad de emprender y ganar dinero en abundancia en un ámbito equilibrado y democrático. Cada vez que los seres humanos nos hemos lanzado, en nombre de la justicia, contra la acumulación de riqueza hemos provocado una tragedia y finalmente más miseria de la que existía. El comunismo y el socialismo son la historia de este fracaso, por mucho que estas ideologías totalitarias estuvieran inducidas por buenas intenciones y previamente justificadas por abusos inaceptables. Aún así parece que no hemos interiorizado que extender la riqueza no consiste en socializar la pobreza a base de desacreditar la acción empresarial y de una fiscalidad confiscatoria contra todo el que atesora un patrimonio. Bien entendida, la riqueza tiende a un sistema ponderado entre necesidades y ambiciones y a consolidar su garantía en normas libres y justas.

¿Hay un odio colectivo hacia los ricos? Creo que este sentimiento está alojado en el sustrato de nuestra cultura cristiana y en el discurso reiterado de los preceptos evangélicos que, desde niños, nos han martilleado contra las personas de fortuna; pero son textos históricos y en nada se parece nuestra sociedad a la que conoció Jesucristo, aunque persistan muchas situaciones de injusticia. La dialéctica riqueza-pobreza no tiene tanto sentido entre nosotros como la dialéctica poder-ciudadanía, en la que no está en juego la subsistencia física sino la dignidad y libertad real frente al control de la información y la concentración del poder en pocas manos. No deberían preocuparnos los hombres de fortuna, sino las fuerzas que nos dominan. Ahora a esos poderes se les llama mercados, toda una abstracción de la globalización financiera.

¿Y cómo se manifiesta hoy el odio hacia los ricos? Es un sentimiento difuso, a medio recorrido entre la admiración y el rechazo: el pobre culpa de sus penurias al rico, al mismo tiempo que quisiera ser uno de ellos. Valdrían hoy las certeras palabras de Spinoza en su Ética: “Son quienes más desean la gloria los que más claman acerca del mal uso de ella y la vanidad del mundo. Y esto no es privativo de los ambiciosos, sino común a todos aquellos a quienes la fortuna es adversa y son de ánimo impotente. Pues el avaro, cuando además es pobre, no para de hablar del mal uso de la riqueza y de los vicios de los ricos, no consiguiendo con ello nada más que afligirse y dar pública muestra de su falta de ecuanimidad, no sólo para sobrellevar su propia pobreza sino para soportar la riqueza ajena”. Algo de esta mala emoción corroe a los dirigentes socialistas españoles y vascos, que tratan de redimir sus culpas de pésimos administradores de la crisis con el castigo fiscal a los millonarios. La demagogia vigente es odiar a los ricos, pero envidiarlos: casi todos los que juegan a las loterías tienen voluntad de ser ricos; eso sí, ricos sin esfuerzo ni riesgos, por el dudoso mérito del azar.

El impuesto de los pobres

Me cuesta identificar la categoría de ricos. ¿Qué es una persona rica? ¿Dónde está la frontera cuantitativa? Para mí, ni potentado ni indigente, rico sería todo aquel que compra sin mirar la etiqueta del precio; pero existen muchos millonarios tacaños, como el Scrooge de Dickens. ¿Hablamos de personas físicas o corporativas? Importa más el Banco Santander que la duquesa de Alba: el primero obtuvo el pasado ejercicio unos beneficios de 8.943 millones de euros y la segunda es una anciana propietaria -por herencia- de casonas, palacios y fincas. Sin embargo, Emilio Botín es un rico odiado que da trabajo a miles de personas y la aristócrata es una admirada cigarra improductiva, una diferencia en sentimiento y fortuna que explica hasta qué punto nuestra sociedad no tiene claro cómo entender y juzgar a sus millonarios. Ahora, el pueblo clama por exigirles una limosna, el impuesto de los pobres.

Los franceses, cuyo sentido de la estética roza lo divino, tienen unos millonarios tan singulares que dieciséis de ellos han solicitado al gobierno de Sarkozy “la instauración de una contribución especial” sobre sus dineros. También Warren Buffet, la tercera fortuna del mundo, ha pedido pagar más impuestos, una acción simbólica que enlaza con la tradición filantrópica norteamericana. Pero con estos gestos de apariencia solidaria la economía no va a salir de su profunda depresión. ¿De qué vale incrementar la fiscalidad a los ricos si acto seguido estos ordenan a sus brokers que lancen ataques especulativos sobre los países más frágiles? Tiene el mismo valor hipócrita que la limosna del magnate explotador en la misa de los domingos.

Si yo fuera rico asumiría un sistema tributario progresivo y evitaría el fraude y la evasión fiscal. Pondría mi fortuna al servicio de la economía productiva y donaría una parte de los beneficios a actividades en favor de la sociedad. Querría ganar un poco menos para reinvertir y obtener más reputación y sosiego. No haría ostentación y jamás tendría complejo de mi suerte. Trataría de que el dinero no me cambiara el espíritu y transmitiría a mis hijos la grandeza de la humildad y el trabajo. Aprovecharía al límite todas las ventajas y exenciones que me ofrecieran para fomentar la inversión de mi dinero. No especularía, respetaría las reglas éticas y jamás participaría en hostilidades contra la soberanía financiera de ningún país. Y cumpliendo todo esto, sin carga de culpabilidad alguna, no se me ocurriría la idiotez de pedir un impuesto adicional.

JOSÉ RAMÓN BLÁZQUEZ

Consultor de comunicación

http://www.deia.com/2011/09/16/opinion/tribuna-abierta/si-yo-fuera-rico

Radio Euskadi en Nueva York: errores y verdades

Mi post anterior, 11-S: el día que ETB cayó al 4,9%, ha tenido una repercusión inesperada. Unos me insultaban gravemente («ultra católico», «cura fracasado», «tonto», «manipulador»…), otros me apoyaban y algunos, entre Pinto y Valdemoro, me pedían cordialmente rectificar algunos extremos de mi escrito. Voy a hacer dos cosas: rectificar y ratificar.

Lo que debo rectificar:

No es cierto que “Radio Euskadi haya desplazado a Nueva York durante cuatro días a todo un equipo profesional, capitaneado por Dani Alvarez”. Realmente solo viajó el conductor de Boulevard. Pido disculpas por este dato erróneo.

No es cierto que el desplazamiento de Radio Euskadi a Nueva York produjera “costes técnicos, conexiones de satélite y gastos telefónicos”. Las conexiones solo precisaron el uso de las líneas microfónicas de la corresponsalía. Pido disculpas por el dato señalado.

No es cierto que los costes del desplazamiento de Radio Euskadi costaran una cantidad de “seis dígitos”. A falta de conocer los datos oficiales es muy posible que la cifra sea mucho menor. Pido disculpas por la exageración y el pésimo cálculo.

Los datos erróneos apuntados venían a desvirtuar el fondo de mi argumento sobre el que ahora quiero insistir. Señaladas las mentiras, vamos ahora a las verdades.

Lo que debo ratificar:

Es de todo punto inadmisible que Radio Euskadi emprenda un viaje a Nueva York, con el coste que este implica, en medio de:

• una crisis económica brutal que está exigiendo a las autoridades recortes del gasto público, incluso en áreas tan sensibles como la Sanidad, la Educación y las ayudas sociales, los últimos impulsados por la consejera Zabaleta tras un pacto vergonzante con el PP.

un plan drástico de despidos en EITB, cifrado en 190 trabajadores, impulsado por la consejera Urgell y del que tienen noticias fiables tanto la dirección general del ente público, como, después de que DEIA informara de estos recortes, la representación sindical de la radiotelevisión vasca.

la previsión de un cierre inminente de las instalaciones de Miramón, cuya baja actividad en los últimos años ha dado excusas al Gobierno de López para forzar ahora su clausura.

Programar un viaje a Nueva York en estas circunstancias constituye un insulto a la plantilla profesional de EITB y un pésimo ejemplo de nula prudencia en el gasto para la ciudadanía vasca. Con todo lo que está cayendo, el viaje a Nueva York es un acto ANTIESTÉTICO, un gesto de burla, que se ampara y excusa en razones informativas más que discutibles.

El desplazamiento a la ciudad de los rascacielos en la actual y dramática coyuntura económica es IRRESPONSABLE, por los efectos desmoralizadores que tiene para la sociedad vasca. Una radio pública no puede alejarse de los sentimientos, problemas y necesidades de la comunidad a la que sirve, provocando gastos inútiles.

El envío de Dani Alvarez durante varios días para cubrir el aniversario del 11-S en Nueva York es INDIGNO de un medio público que se encuentra en situación de extrema debilidad financiera y sobre el que pesa un recorte masivo de plantilla. ¿Qué vale más, el supuesto interés informativo o la dignidad del medio y la necesidad de ser austero y mesurado? Para mí, no hay ninguna duda de que la prioridad está en la dignidad antes que en el resplandor de una efeméride. El periplo de Álvarez en nueva York es un error de concepto, una barbaridad esencial, siempre que no olvidemos la situación general de Euskadi y la particular de EITB.

Estos eran y son los argumentos de mi crítica a la decisión de EITB de entrar en semejante despilfarro en tiempos de exigible sobriedad. Las cifras y los medios señalados eran erróneos y mal calculados; pero la decisión de enviar a Nueva York a Radio Euskadi es, por lo señalado, una barbaridad.

¿Usted piensa, a pesar de la crisis y de la espada de Damocles que pende sobre las cabezas de los trabajadores de EITB, que está justificado, por razones informativas extraordinarias, el viajecito de marras? Bueno, es su opinión; pero usted por eso no merecería administrar ningún presupuesto público, ni a mí se me ocurriría poner en sus manos la dirección de mi empresa. Es usted un Zapatero. Usted tiene alma de arruinador.

Si Radio Euskadi tuviera realmente interés en servir a la sociedad vasca, se afanaría en hacer una radio competitiva y plural, lo que no es desde que el pacto antinacionalista PSE+PP decidiera desnaturalizar la radiotelevisión pública. Radio Euskadi tiene, sin necesidad de incurrir en viajecitos inútiles, muchas oportunidades de mejora de su gestión y de sus resultados de audiencia. Nada ha hecho al respecto, sino todo lo contrario.

Pero esta forma de entender y administrar la radiotelevisión pública vasca al servicio de nuestra sociedad no cuesta dinero, ese no es el problema: cuesta talento y honestidad en la dirección política del ente. El problema es el diseño político de la actual dirección, su malvado criterio para hundirla.

Mi respeto para la gente que trabaja honestamente en EITB y mi repudio para los directores y politicos que la están asesinando.