Idoia Mendia es la portavoza del Gobierno vasco, además de consejera de Justicia. En su doble condición -porque transmite los mensajes de una institución y porque gestiona la Administración de Justicia en Euskadi- debe adoptar criterios de prudencia y contención en su tarea, de manera que la dignidad del Gobierno procure estar por encima de la ideología que lo inspira. Un requisito de todo portavoz (o portavoza, en su caso) es, además de conocer las actividades de su organización, la capacidad para proyectar una imagen amable, cercana, abierta, activa y eficiente del organismo al que representa. Antes de salir a la tribuna debe desprenderse de su chaqueta partidista y sus gustos personales. Debe ser responsable, qué menos.
Obviamente, la Mendia carece de estas virtudes. Es arisca, improvisa constantemente y transmite el rostro más hostil y belicoso del Gobierno López. Es la Miguel Ángel Rodríguez con faldas (y a lo loco) de Euskadi. Es la cara más dura de ese proyecto fallido y fracasado que es el Gobierno presidido por López, impugnado por la democracia en las urnas y por la demoscopia en las encuestas.
La hicieron portavoza a Mendía porque es euskaldun. Pero solo esta condición no le valida como portavoza, pero tan necesitado estaba López de proyectar una cierta referencia vasquista de su Gobierno fieramente españolista, que pensaron que Mendia daba la talla. En esto es el equivalente de Carlos Iturgaiz: nadie quería ser (por desprestigio público y presión terrorista) presidente del PP, por lo que optaron por el acordeonista que, aunque con pocas luces, era euskaldun. Mendia e Iturgaiz son el remedio de algunos males que terminan siendo peor que la enfermedad de sus partidos.
La portavoza dijo el pasado martes que “que el informe policial sobre el ‘caso De Miguel’ de presunta corrupción en Álava «pudiera apuntar a un presunto caso relacionado con el PNV y financiación». Y ha difundido semejante infundio después de advertir (y advertirse a sí misma) que “hay que ser «prudentes» y «esperar a que los tribunales finalicen su labor y digan en la sentencia qué es lo que hay». O sea, no digo que seas un ladrón, pero creo que has robado. Y esto manifiesta la portavoza sin separarse de su cargo de Consejera de Justicia, con lo que se salta, además de la prudencia, la presunción de inocencia insinuando con indisumulada vileza que el PNV, como partido, está implicado en la trama de corrupción alavesa.
Estupefacto ante el espectáculo de la portavoza, toca hacer varias preguntas, más o menos retoricas. ¿Qué clase de pedagogía democrática cabe extraer de las palabras de la consejera de Justicia en las que se vulnera la presunción de inocencia? ¿Es digno de representar a la ciudadanía quien desde la tribuna institucional pone el ventilador de la porquería para salpicar a todos? ¿A qué juego partidista juega el PSE al sumarse desde las instituciones a la erosión de un partido rival, careciendo de pruebas y fundamentos para implicarlo? ¿Es la presunta corrupción alavesa un instrumento de presión socialista contra el PNV para someterlo a determinados consensos con la coalición gobernante PSE+PP?
El Partido Nacionalista Vasco debe responder con contundencia al juego repugnante de la portavoza. De entrada, debería solicitar su dimisión por negar la presunción de inocencia al PNV y los implicados siendo consejera de Justicia. ¿O tal vez hay que entrar en otro tipo de respuesta? Quizás haya llegado el momento de hacer público algunas posibles ilegalidades familiares de la portavoza, toda vez que resulta chocante que la responsable de la Administración de Justicia en Euskadi pueda situarse por encima o al borde de la ley.
Tenemos, lo ha dicho el Euskobarómetro, un Gobierno al que solo el 15% le merece confianza. Un Gobierno sin rumbo ni futuro. Un Gobierno interino que ha perdido en las urnas y también la dignidad. Un Gobierno muerto y tramposo con una portavoza no menos tramposa.



