Diario de cuarentena. Día 62. Hablando con la gente

Quizás discrepéis conmigo, pero desde hace años (los que llevo en el sector de la comunicación, toda la vida) pienso que basta con escuchar lo que habla una persona y cómo habla para hacer un retrato aproximado de su calidad humana y competencia intelectual. Apenas media hora podría ser suficiente, lo que implicaría, claro está, saber escuchar y criterio para la observación. Valdría también analizar lo que escribe y su calidad sintáctica para obtener un diagnóstico cierto. Quizás por deformación profesional, tiendo a valorar, de entrada, a la gente según su habla y sus palabras. En el corto tiempo que fui director de Recursos Humanos en una Pyme con una plantilla de 70 empleados seguí este método (junto a otros factores más específicos) en los procesos de selección. Y los hice a conciencia y con acierto.

Ahora, los efectos del confinamiento me han dado la oportunidad de escuchar a la gente en las diferentes colas que se forman en los supermercados, panaderías, oficinas bancarias, farmacias y tiendas. Porque vivimos en la época de las colas, más largas por aquello de la distancia interpersonal. Observo que la gente tiene muchas ganas de hablar estando en la fila, quizás porque se aburre o porque el arresto ha agudizado el peso de la soledad en los hogares. Impresiona constatar cómo hombres y mujeres repiten los tópicos que oyen en la tele: que abundan los irresponsables, que muchos se saltan las normas, que hay que multar a los infractores… Y siento como si regresara al franquismo en el miedo a la autoridad, la credulidad, la falta de sentido crítico y la sumisión. Pero flaquean en cuanto entras al debate y argumentas que las cosas no son como creen. Algunos levantan la voz y echan un mitin casero. Otros se quejan de todo, que si esto es un desastre, que si vamos a la ruina… 

Una señora aprovechó la cola para dedicarme hace un par de días un tratado sobre lo mal que estaba la jardinería pública en Getxo. Lo hizo con vehemencia. Interrogándola con habilidad pude saber que era una fogosa militante del PP y que le caían fatal los nacionalistas del PNV y que lo de los separatistas catalanes son una cosa demencial. Y no dejó de presumir, para disi-mular, de sus ocho apellidos vascos y rancio abolengo. Al final, la mandé a paseo con las necedades de su España “antes roja que rota”.

Qué poco cuesta hablar y cuánto pensar lo que se dice. Un señor mayor me dio sesión doble de lo mal que funcionan las cajas de ahorros, solo porque no usaba tarjeta en el cajero. Otra señora se enrolló sobre la calidad de las mascarillas. Y otro hombre de por qué cierran tan pronto las farmacias. Se habla mal, y no solo es culpa de la tele. No son las palabras, son las razones inexistentes. Se habla de oídas. Entre el exceso de tópicos y tanta soledad, de esta pandemia vamos a salir peor que entramos.

Diario de cuarentena. Día 61. Regreso a las terrazas

Hoy, dos meses después del confinamiento atroz al que nos somete, inútil y arbitrariamente, el Gobierno he vuelto a sentarme en la terraza de una café-tería, como lo hacía casi todos los días antes de esta dictadura para tomar el primer café del día y repasar la prensa. Un ritual de relax y programación intelectual de la jornada. Ha sido en la cafetería Alguer, de Las Arenas-Getxo, no en el Bertiz de siempre, porque ese café no tiene terraza, sino mesas interiores. No tiene sentido que fuera esté permitido y no en el interior si se cumplen las normas de autoprotección, como en los supermercados, farmacias o peluquerías y las tiendas. Pero vivimos en un desdichado tiempo de libertades truncadas por el big brother, ante la sumisión de la tribu y el púlpito mediático.

Ha sido una sensación extraña volver a hacer algo tan elemental y ahora tan importante. El lugar donde se asienta el Alguer fue durante años una sastrería de postín, de precios imposibles, ropa de hombre, british style, donde se vestía la clase dirigente financiera e industrial de Neguri, hoy felizmente residual. Ahora, ya ven, hay una cafetería con el mismo nombre y una Notaría a pie de calle también de igual apellido. Una diversificación curiosa, bar y notaría, negocios sin nada en cómun, excepto la lonja. Es malo el café de este lugar en el centro de un barrio de pijos que llama a sus hijos Carlota, Paloma o Sofía, y no Aitor, Ane o Matxalen, lo que revela su sociología. Se oye mucho papá y mamá y no aita o ama. En esta zona triunfa el voto del PP, se habla bien de Franco y se despotrica de Sánchez y el PNV. Enfrente está la pastelería Martina Zurikalday, donde sirven los mejores bollos de mantequilla del mundo, una exquisitez que debería ser calificada como patrimonio de la humanidad. Sigue cerrada. Temo que esta crisis del demonio mate este negocio único y nos deje sin su prodigio. ¿Y qué nos quedará? Bollería industrial y el pan de molde.

He pedido un pintxo de tortilla de patatas, que no estaba bien ligada y muy salada. Tenía cebolla y poca consistencia. Me he demorado por media hora para amortizar los tres euros largos del precio. Dos trozos de pan. Muy mal, con uno bastaba. Lo que sí te dan es una toallita envasada, de esas con olor a colonia de limón, como en los aviones. Y una galleta de propaganda. Me ha gustado ver que los gorriones se aproximaban y subían a la mesa a picotear las migas. Pobres pájaros, que vivían de las migajas que caían de las mesas, como Lázaro en la mesa del rico Epulón bíblicos. ¿Cuántos txoris habrán muerto de hambre en estos dos meses?

Hay ansiedad de terrazas. Enseguida que me he levantado, dos mujeres se han apresurado a ocuparla antes incluso de que la limpiaran. La gente demanda libertad, la pequeña libertad de antes, pero se conforma e incluso aplaude la tiranía confinatoria. El miedo los ha paralizado. 

Diario de cuarentena. Día 60. ¡Nos vamos de rebajas!

Las rebajas son el último vestigio del comercio original, el auténtico, cuando todavía había algo de magia e ilusión en hacer compras. A estas alturas de la pandemia y del confinamiento absurdo e inútil, necesitamos recuperar el valor comercial y social de las rebajas para salvar, en parte, el desastre económico de la pequeña y mediana tienda local de esta temporada de primavera, la peor desde los años de la guerra.

El valor comercial mide la rentabilidad de una tienda. La tienda no están para hacer bonito y que la ciudad tenga lucecitas de neón y escaparates donde mirar. La tienda tiene sentido porque gana dinero trayéndonos y vendiéndonos las cosas que necesitamos. La tienda es el primer eslabón de la economía de la ciudad. Tiene que ser rentable. Y su valor social está en el plus que aportan a la comunidad, las historias que generan, los vínculos que crea y la belleza y bullicio que añaden estos vecinos de abajo, de la esquina o la plaza. Queridas tiendas, diversas y memorables, complejas.

Dice el Gobierno confinador que no haya rebajas, de momento. Que pueden provocar tumultos y eso, según sus listísimos asesores, podría generar contagios. No han entendido nada. Primero, las tiendas necesitan hacer rebajas para crear un efecto llamada hacia el consumo, imprescindible en estos momentos. Segundo, tienen que liquidar sus productos estacionales de primavera. Y tercero, el movimiento social de las ventas en las tiendas ayudará a la recuperación de la normalidad de la ciudad, no la “nueva normalidad”, que nadie sabe lo que es, sino la normalidad de siempre, que es vivir libres y sin tutelas.

A ver. La gente, en general, tiene conciencia de las medidas de autoprotección. Y los comercios, por su propio interés, conocen cómo organizar el flujo de la gente hacia sus locales. Las tiendas luchan contra un enemigo invisible y poderoso: el miedo. El terror artificial generado por la autoridad, que paraliza a las personas y las fuerza a no salir de casa. 

Las tiendas pueden hacer mucho para vencer al miedo que nos aplasta emocionalmente y destruye también la economía. Las tiendas, con su animación, atractivos productos y precios de saldo, ayudarán a derrotar el miedo. Necesitamos unas rebajas potentes, sin límites en el tiempo, inteligentemente organizadas. ¡Ya! 

Además del miedo, está la histeria, la de la gente que va en plan kamikaze. Los que se mueven a pelo y sin control. No son pocos, pero son minoría. La histeria es tan mala para la libertad individual como el miedo. El miedo paraliza y la histeria descontrola. ¡Por favor! No vamos a pagar en libertad por tal demencia. Abrir las tiendas a una de sus fiestas -las rebajas- nos hará más felices y menos pobres.

Diario de cuarentena. Día 59. El niño que no sabía andar en bici

La estrella en la época del confinamiento es la bicicleta. Sirve de medio de transporte y vehículo deportivo, te permite cierta libertad y mantener eso que se ha llamado -muy mal llamado- la “distancia social”. Por la ciudad se ven más bicicletas que nunca. Incluso aquellos que la tenían olvidada y algo oxidada en el trastero la han recuperado para sus vidas. Pero, ¿qué ocurre con aquellos que no pueden? Peor aún, los que no saben montar en bicicleta.

Lo confieso: no sé andar en bici. Nunca aprendí. De hecho, jamás tuve una bici de niño. Y cuando ya pude tenerla no me interesó aprender lo que todo el mundo ha hecho, pedalear una bicicleta. No sufro un trauma mental por eso, ni me siento frustrado, porque eso no es nada comparado con una infancia infeliz, llena de carencias y crueldades.

Esta tarde he visto una película que me ha llegado al alma. Es la peli francesa “Raoul Taburin”, de hace un año y no sé si estrenada en España. Está basada en un comic muy popular en Francia, “El Taller de Bicicletas”, obra de J. J. Sempé. Trata de un niño, Raoul, huérfano de madre e hijo del cartero en el pequeño pueblo de Saint Céron, en la región de Champagne, a unos 200 kilómetros al este de París. El pobre crío nunca aprendió a montar la bici por falta de equilibrio y a pesar de los desvelos de su padre. Cuando creció, siguió con su incapacidad de montar la máquina. Y eso, en un pueblo donde “después de dejar los brazos de la madre te encuentras un manillar”, es lo peor del mundo. Ese fue su secreto y su vergüenza. Raoul se casó y tuvo hijos y a todos ocultó este drama. Pese a todo, dirige un taller de bicis y conoce como nadie los entresijos de estas máquinas. Hasta que llega al pueblo un fotógrafo de París especializado en reportajes sobre la vida en el campo. Raoul se jugará la vida por no desvelar su secreto. Por favor, ved esta historia. Es deliciosa.

Hoy me he sentido como Raoul y me he identificado con este personaje cuya vida estuvo condicionada por algo tan nimio -y tan importante- como no saber andar en bicicleta. Si yo supiera montar quizás ahora podría estar pedaleando junto al mar y disfrutando del paseo que el Gobierno pandémico nos permite.

La de bicis que habré regalado a mis hijos, pequeñas y grandes. Y por cada una de ellas me vengué del pasado en el que fui un niño sin ese tesoro. Por supuesto, no les enseñé a andar en bici, de lo que se encargó su madre. ¿Cómo iba a enseñar lo que no sé? Creo que jamás supieron que su padre no sabía andar en bicicleta. Y así hasta hoy, cuando es demasiado tarde para hacer algo que la vida me negó, pero que me ha compensado con otras mejores capacidades.

Vosotros que podéis, subíos a vuestras bicicletas y recorred los paseos, calles y pueblos de vuestro entorno. Se puede pasar de municipio. Y también vale para ir a trabajar. Hoy por hoy, es la principal arma de libertad.

Mejide plagia a Gabilondo

Si el prefijo tele, en griego, significa “a distancia” o “desde lejos”, la televisión debería saber qué hacer hoy. Pero no. Después de dos meses de confinamiento, con la audiencia cautiva y desarmada por el virus, la tele no ha definido un modelo de programación alternativo. A lo más, las cadenas se las han apañado para seguir funcionando en precario. Siguen en shock, con la publicidad en mínimos históricos y sin ofrecer proyectos que ayuden a estimular el ánimo y el consumo y alentando la bronca política cainita, tan española. Solo Iñaki Gabilondo hizo su aportación en el canal #0 con Volver para ser otros, una reunión por videoconferencia de sabios de todo el mundo sobre las repercusiones y salida de la crisis. Fue brillante.

Ahora, Risto Mejide se ha lanzado a una imitación con Conversaciones en Fase Zero. El plagio es monumental, delictivo. Es lo mismo que Gabilondo, pero en rústica. ¿Qué podrían decir de sustancial María Teresa Campos, Iniesta y dos baloncestistas? Menos mal que Javier Cercas, el mejor novelista español actual, y Manuela Carmena evitaron el desastre con sus lúcidas apreciaciones. Una modesta audiencia para empezar, el 5,8%, auguran el final temprano de un churro audiovisual, un Chester de pacotilla, salido de la productora que fabrica telebasura para Telecinco.

Si exigimos a los políticos talento y unidad para salvar y cuidar a la gente del coronavirus, cabe requerir a la televisión que se ponga a cooperar con las empresas y el empleo mediante un plan de inducción al consumo, por el comercio, el turismo, la hostelería y la cultura. ¡A gastar, a vivir, a trabajar! No pretendo que prestigien la industria, la investigación y la educación, porque es demasiado pedir. Abandonen ya la estrategia del miedo y la pendencia. Si hubo alguna vez necesidad de una televisión útil, este es el momento.