Nadie es dueño de la memoria de Euskadi

            ¿Cuándo prescribe el pasado? Cuando la memoria ya no le alcanza y deja de ser activa emocionalmente sin condicionar el presente y el futuro. Han transcurrido más de ocho años desde el fin del terrorismo en Euskadi y, sin embargo, persiste un dolor latente -muy teatralizado y jaleado en ocasiones- en algunos sectores de nuestra sociedad, mientras cientos de presos en las cárceles atestiguan los efectos desgarradores de una época que no hemos cerrado. Los pragmáticos creen que con una década más todo habrá acabado y los pesimistas ven lejano el fin de la historia, entre otros motivos porque hay gente y entidades que se alimentan, a veces en sentido estricto, de la gestión del recuerdo. Lo que ocurrió en el debate de investidura del presidente Sánchez, con la invasión agresiva del pasado, fue la pesadilla que la derecha y la ultraderecha pretende mantener en nuestros sueños colectivos. No, el pasado no ha prescrito en corazones atormentados y en políticas de confrontación.

            Somos un país como los demás ante la tragedia de la violencia. En todas partes ha ocurrido igual. Hay un tiempo para dolerse, otro para entender lo ocurrido, uno más para aprender de los errores y un tiempo último para olvidar con honra y sin sufrimiento. Estamos en ese proceso, en el que algún sector preferiría quedarse quieto lamiéndose las heridas sin avanzar y que no pocos optarían por pasar página con prontitud. ¿Euskadi sigue en duelo? Creo que estamos en el tramo final, el olvido honorable, del que se derivará, espero, una plena convivencia y reconciliación en el seno de un país diverso y complejo donde tiene que renunciar a sus muy diferentes proyectos en un equilibrio inestable.

            De repente, tenemos un montón de profesionales de la memoria y el relato. Abundan en los sectores menos tendentes al olvido, sacerdotes del recuerdo, cuyos objetivos son, básicamente, dividir a la sociedad en víctimas y verdugos, en valientes y cobardes, buenos y malos; fijar las responsabilidades ideológicas, señalar una historia común como dogma obligatorio y, por supuesto, impugnar el nacionalismo vasco y bendecir a los partidos españolistas.

Mismos sucesos

            Cuarenta y tres años de terrorismo, con sus espacios de tregua, no se explican en dos folios. Hay 852 tumbas de un lado y decenas de muertos de otro, además de una larga estela de ruina moral, económica y social que en Euskadi ocasionaron ETA y las organizaciones de respuesta, como el GAL y los cuerpos de seguridad del Estado. Y siendo los hechos los mismos para todos, se cometió un terrible error: contabilizar y considerar a las víctimas por separado, particularizándolas, de manera que se afirmaba a mis víctimas y negaban a las otras. Fue una monstruosa equivocación que a los damnificados del terrorismo se les negara el derecho a ser lo que humanamente eran: muertos míos, tuyos, nuestros. ¿Cómo podía la comunidad vasca rendirles homenaje y honrosa despedida si durante años los funerales eran un aquelarre de brazos en alto y caras al sol, una solemnidad fascista, actos de ira? ¿Cómo sentirlos como propios si eran enajenados por los enemigos de la libertad? Y por otra parte, ¿cómo íbamos a sentir de los nuestros a los asesinados en comisarías y atentados de Estado si la izquierda independentista, adherida a la estrategia de ETA, nos culpabilizaba indiscriminadamente de su sangre derramada?

            De aquellos hechos, los mismos para todos, se llegó a la desgraciada particularización de las víctimas, abriendo una brecha enorme entre los vascos, ajenos a aquella vergüenza y sobrepasados por acontecimientos frente a los que nada podían hacer. El relato de los siervos mediáticos y políticos del Estado es que la ciudadanía vasca “miraba para otro lado”, indiferente a la acción criminal. La clase dirigente, responsable de este cruel embuste (la misma que huía de las exequias por la puerta de atrás de las iglesias) es la autora de esta teoría para escapar del reproche por su fracaso en la resolución del problema y que se hizo aún más difícil con una transición fraudulenta, blanqueadora de la dictadura y sus herederos. La voluntariosa amnistía no era suficiente. Hubo un momento en que el Estado acarició su deseo del enfrentamiento civil en Euskadi, cuando tras el secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco, un pobre chico inocente, en 1997, quiso llevarnos al escenario de unos ciudadanos frente a otros con el asalto de las sedes de los independentistas en pueblos y ciudades. Algunos cayeron en aquella histeria, finalmente abortada. 

Recuerdos desiguales

            De los mismos hechos surgen recuerdos desiguales. La memoria es amplia y diversa: es de la gente, de todos y no de los historiadores, menos aún del Memorial de las Víctimas, radicado en Vitoria-Gasteiz, un valle de los caídos sufragado por el Estado donde se fabrica un relato artificial frente al recuerdo desigual de Euskadi y donde se tiene secuestrada la memoria colectiva. Qué miedo tienen las instituciones españolas a la memoria mixta, bajo el complejo de que, en el fondo, han perdido la guerra contra el terrorismo y el afán totalitario. No, no han perdido; pero hemos ganado todos. 

            El acto de respeto al concejal donostiarra del PP Gregorio Ordoñez, en el vigésimo quinto aniversario de su asesinato, contuvo algunas de las cosas que tratan de imponer efectos devastadores en nuestra sociedad. Dijo la viuda del político que “no es digno de una democracia sentar en su Congreso, en sus ayuntamientos y en sus parlamentos autonómicos a personas que están vinculadas directamente con atentados terroristas”. Se equivoca por mucho que su dolor inagotable y también su cólera se comprendan de corazón. No hay sufrimiento nuevo o viejo que pueda privar a una parte del electorado del derecho a elegir a quienes considere válidos. ¿Quién tiene la potestad de determinar las condiciones morales de participación democrática? La gente, señora. Y somos todos. No pueden unos arrogarse la categoría pontifical, ni siquiera en nombre de sufrimiento más profundo, de señalar quién o no es merecedor de ejercer la función representativa. La añoranza de las víctimas es un agente condicionante que suplanta, como al principio del período terrorista, una carga emocional que debería repartirse entre todos los corazones. ¡Déjennos que podamos dar cabida a todos los muertos como de los nuestros, no sigan pervirtiéndoles en iconos partidistas! 

            Le ha ocurrido a Fernando Savater con sus recuerdos, transformados en munición. Su hermoso libro de amor, La peor parte, escrito en homenaje a su esposa fallecida hace cinco años, contiene, junto a conmovedoras palabras, descalificaciones infamantes contra la izquierda abertzale, el PNV y otros que piensan o recuerdan distinto que él. Hasta le dedica a la universidad vasca expresiones tan burdas como “que le den por culo a la UPV”. Pobre libro de amor mancillado por una memoria menguada por la mezquindad. Algunos aspiran a ser más que víctimas, héroes épicos de un tiempo evocado de una determinada manera. Eso explica que a Marimar Blanco haya sido contratada, sin méritos conocidos para el cargo, como asesora en materia de vivienda por el ayuntamiento de Madrid. ¿Y por qué? Por ser un símbolo borroso y cualificar el recuerdo de una víctima entre otras muchas. Extraño oficio ser, simplemente, hermana.

El proyecto moral de Euskadi, creo yo, es aceptar la diversidad de la memoria y encontrarnos en el propósito de que nunca más se repita esa negra historia. Es una certeza humana, en todas las culturas y países, que ante los mismos sucesos se tienen recuerdos desiguales. Nadie es dueño de la memoria colectiva. Lo deseable hubiera sido pensar distinto y recordar lo mismo; pero ya que fue imposible, porque fuimos incapaces de compartir el sufrimiento e hicieron bandera política de la sangre, recordemos diferente, pero pensemos sin miedo.

Jordi va a la cárcel

El regreso ayer de Évole, el mejor entrevistador de España, llega en el momento que se ha perdido el diálogo. Se monologa, no se dialoga. Se habla, pero no se escucha. Los ciudadanos miden sus argumentos por los decibelios que alcanzan. No es que la gente tuviera antes mucha cultura de platicar, como dicen al otro lado del atlántico; pero los estridentes tertulianos les han contaminado. La dictadura, con sus maestros nacionales y curas integristas, dejaron esas secuelas. Jordi ha empezado por ir a la cárcel… de visita, a preguntar a Oriol Junqueras, héroe del independentismo catalán. Y muy pronto irá a hablar con el patético Francisco Granados, condenado por corrupción; con el expresidente del club más importante del mundo, Sandro Rosell, quien sufrió dos años de prisión preventiva y después fue absuelto. Y, entre otros muchos, con Santiago Cobos, recluso común de referencia. A esta cita no podía faltar Jesús Quintero, el célebre loco de la colina, que hizo historia en 1996, en Antena 3, con su Cuerda de presos. Quintero fue precursor del diálogo más difícil.

Tener un programa a tu nombre es la cumbre del éxito. Después de Salvados, ahora su espacio se titula Lo de Évole, un honor que se ha ganado en La Sexta. Los líderes ansían su llamada y así consiguió exclusivas mundiales con Maduro, por dos veces, y el Papa Francisco, además de destapar las trampas del accidente del metro de Valencia que ha dejado de ser una tragedia impune para sus 43 muertos.

Y mientras tanto, con los gritos de ¡Estefanía! aturdiendo a los novios cornudos, la tele propaga el pánico por el coronavirus. Informativos y debates están generando alarma, muy productiva para los fabricantes de mascarillas y el odio a los chinos. Y en esto, al canal #0 de Movistar se le ocurre emitir la película Contagio, muy oportuno. Tranquilos, el Brexit no impedirá que UK siga cantando en Eurovisión. Zero points.

Infinita injusticia

No tuvieron agallas para enmendar a Hollywood. ¿Cómo podrían los casposos Goya contradecir a los Oscar negando a Almodóvar y Banderas los grandes premios si aspiran a los nobel del cine? ¿Cómo decir no a Dios? Y ocurrió lo previsible. El sobrevalorado manchego se llevó siete trofeos de pleitesía. Siempre habrá ganadores y perdedores, es condición competitiva; pero que a La trinchera infinita le negaran el merecimiento a ganarlo casi todo es una indecencia. El espectáculo fue irregular, de momentos tediosos y cumbres emotivas, de sketch de fin de curso de instituto y osadías creativas. Y con Andreu Buenafuente y Silvia Abril imprescindibles. Absurdo fue convocar a James Rhodes, mi héroe, para un discurso, cuando el británico afincado en Madrid es un piano man. En cambio, el jazzista Jamie Cullum hizo brotar las lágrimas a las piedras en el memorial por los fallecidos. 

            Marisol existe, pensaron los ideólogos de la gala. Y no, la niña símbolo del franquismo y mito erótico de los 80, a quien robaron la infancia y la juventud, recobró la libertad hace más de 30 años y ya no existe. Se llama Pepa Flores. Hubiera sido incoherente acudir a por el Goya de honor. Su homenaje no tenía más sentido que el innoble beneficio de una fiesta de escotes y pajaritas. El presidente de la Academia hizo de político ensalzando los datos del cine patrio. ¿Qué dice usted, si las películas españolas apenas representan el 15% de la taquilla?             

Algunos eskerrik asko y un mila esker fueron la pedrea vasca de una sesión suavemente feminista. Resuena aún la reivindicación de Irene Moray, Goya al mejor cortometraje de ficción, del derecho de las mujeres “a correrse”, lo que provocó un largo orgasmo colectivo. La promoción gratuita del Chorus line, producción privada de Antonio Banderas, fue el remate vergonzoso de una noche de arbitrariedad infinita.

Segunda y definitiva transición

En el diccionario político de una generación, transición es la historia de un inmenso fraude mediante la que la dictadura se legitimó conduciendo a la sociedad española hacia una democracia mediocre y vigilada, sin punto de ruptura y que como consecuencia dibujó un sistema de enormes carencias. Una burla absoluta. De hecho, la hicieron los herederos del franquismo: Juan Carlos de Borbón, designado por el tirano, y quien fuera ministro-secretario general del Movimiento, Adolfo Suárez, junto con otros falangistas, que la justificaron como la única posibilidad de evitar la continuidad del régimen, mientras que quienes la aceptaron -más o menos a regañadientes- creyeron que no quedaba más remedio que resignarse a la estafa dada la debilidad de los partidos democráticos, el miedo subyacente al poder militar y la ignorancia política a la que se había sometido a la gente durante décadas de autoritarismo y aleccionamiento sectario a través de la familia tradicional, el nacionalcatolicismo y la escuela. 

Aquella miserable burla culminó con la entrada del Estado en la Unión Europea (entonces CEE) en 1986. Fue como afirmar: ya somos un país democrático, homologable a Francia, Alemania o Gran Bretaña. Y no, España dejó pendientes numerosos cambios, una basura interna que perdura y ha arrastrado hasta hoy mermas democráticas, reales y simbólicas, causantes de la persistencia durante décadas de la violencia terrorista, desigualdades sociales, privilegios de casta, mentiras históricas y profundas injusticias.

            Cuarenta y cinco años después de la muerte del tirano, durante los que se han hecho indudables mejoras sobre lo que fue aquella reforma (¡ahí está, fue una reforma, no un cambio!), ha llegado la hora de acometer una segunda transición para completar lo que no se pudo o nos dejaron hacer. Un país necesita referenciar su transformación democrática en la derrota de los enemigos de la libertad. ¿Qué tramo de libertad nos menoscabaron? Es incalculable.

Cambiar lo que no cambió

            La segunda transición es la enmienda a la totalidad del sistema que por coacción del franquismo residual y sus sucesores y por la cobardía de los partidos y su fragilidad democrática, se moldeó en la Constitución del 78, hecha a medida de la monarquía y con trazos de las leyes del Movimiento franquista, disfrazadas con otras palabras y diferente retórica. Aquel texto fue la plasmación del “atado y bien atado” del general criminal y astuto, que tras su desaparición permitía ciertas libertades a cambio de no entrar en otras, sustanciales. Por esa razón, la Constitución, como las leyes franquistas, tiene numerosos artículos teóricos gáciles de incumplir en un permanente desiderátum.  

            El Estado español del siglo XXI necesita como el aire que respiramos sus habitantes una nueva Constitución, rigurosamente democrática y sin los complejos. La España provincial, estructurada como en siglo XIX, uniforme y pensada con mentalidad de cuartel, no tiene sentido. Es un viejo armatoste que no es que necesite unos arreglos o una mano de pintura, sino ser arrojada al vertedero de la historia para ser sustituida por un ordenamiento legal de altos valores democráticos y sociales. La plurinacionalidad del Estado exige una formulación explícita e inequívoca y articularse en lo que puede ser la opción más inteligente y flexible: una confederación que otorgue, además de la libertad de pertenecer a ella, el poder de cada una de sus partes a ejercer su derecho a salir de ella de acuerdo con unas reglas compartidas. Lo mejor para España es ser una confederación de naciones libres que no se sientan atadas y que, por supuesto, tengan y mantengan sus competencias de autogobierno perfectamente definidas sin la amenaza de su recorte o liquidación a capricho del poder central.

            La revisión del modelo de Estado tiene que incluir el debate sobre la monarquía, cuya ilegitimidad es patente, pese a que se colara de matute en el referéndum constitucional. Y eso es precisamente lo que demanda una segunda transición: la celebración, a sí o no, de una consulta vinculante sobre la corona, previa a la redacción de un nuevo contrato social. ¿Está preparado el pueblo español para afrontar esta evolución? Lo estaría si nadie con malas artes lo siguiera tutelando. Es verdad que no estamos en el mejor momento político, crispado y dividido por la mezquindad, empeorado con la carga de odio, retroceso y nostalgia franquista que ha traído Vox, junto a una derecha envilecida por la pérdida electoral. ¿Hubo algún momento en que España quiso arreglar las carencias y engaños de su transición? Siempre llegaron excusas para no mirarse al espejo y reconocer que su modelo estaba obsoleto desde el principio. La hora de hacerlo es esta, cuando más peligros se ciernen sobre nuestras disminuidas libertades.

            Tantos oprobios quedaron intactos que se han necesitado 44 años para sacar de su mausoleo glorioso al criminal del 18 de julio, un tiempo que por sí solo explica la calidad democrática de España y las secuelas de aquella operación de maquillaje. Hay tantos signos de la permanencia de la tiranía que una segunda transición es casi un proceso heroico. Los privilegios de la Iglesia católica siguen intocables, así como la formulación del Estado aconfesional, que debería pasar a ser laico con todas las consecuencias y de acuerdo con el pensamiento insubordinado. 

            Los partidos políticos deben ser desposeídos de la exclusiva de la representación democrática, otro troncho constitucional. La libertad es de las personas y no de los grupos de ideológicos profesionales, porque es al ciudadano a quien le pertenece la potestad de elegir entre partidarios de cualquier proyecto o líderes independientes. Hay que ensanchar los cauces democráticos y evitar que la clase política sea cada día más mediocre. No hay modo de vida que pueda realizarse desprovistos de una libertad grande y creciente. 

Salto al futuro

            La lista de necesidades de actualización democrática es interminable. ¿Por qué seguir con un sindicalismo de barricada y una economía de escasa innovación, basada en la autoridad piramidal y no en el trabajo colaborativo? No, el poder sindical no es un contrapoder, como afirma ELA. Es el espacio de diálogo y equilibrio entre las personas contratantes y las contratadas. Todos esos cambios no pueden prosperar porque hay un modelo social y productivo basado en leyes rancias y en normas rígidas donde no cabe el pensamiento crítico ni el canon creativo. España no cree en sí misma y por ese motivo su autoestima es tan reducida. España sufre complejos históricos. Siempre colgó a los rebeldes y todavía hoy margina a sus mejores intelectuales, que no son los que merodean el poder en busca de alpiste. Y la verdad, no confío en Pedro Sánchez y su proyecto para este formidable empeño. Su meta debería ser una segunda transición que conduzca a un cambio de régimen de radicalidad democrática.

            Necesitamos una revolución administrativa en la organización de los poderes institucionales. Padecemos un sistema cargado de profesionales públicos que ocupan puestos obsoletos, mientras se necesita gente cualificada, de mentalidad abierta, en organismos nuevos y en otros que ni siquiera hemos imaginado. ¡Qué administración tan ineficiente soportamos! ¿Y qué decir del sistema educativo, que pide a gritos una reforma integral sin sesgos partidistas? Su fracaso se cuenta en las decenas de jóvenes que buscan empleo y futuro en otros países, un derroche de talento y energía humana prácticamente irrecuperable. Si España es incapaz de alumbrar un modelo educacional avanzado, déjele a Euskadi lo haga por sí y para sí.

            Nos lo jugamos todo en una segunda transición. Necesitamos vaciar las cárceles de los activistas que protagonizaron una revolución delirante de consecuencias trágicas. Mientras haya presos no habremos cerrado la historia. Allá cada cual con su relato oportunista y sus lamentos. El pasado ha prescrito y no es lo que mueve a las naciones: es el futuro y ya vamos con mucha demora.

Euskadi inventó la doble portavocía

Pues no se ha venido el mundo abajo según vaticinaban los profetas de la derecha y la ultraderecha con el primer gobierno de coalición en España desde la república. “Volvemos al 36 y al frente popular”. Hoy es San Sebastián, el reloj del ayuntamiento sigue atrasado un minuto y la televisión informa de otro avance contra el cáncer. La novedad está en la voz pública del Gobierno. Es María Jesús Montero, andaluza, resuelta y que en su estreno como portavoz ha hablado una octava por encima de lo conveniente para los oídos sanos. Baje el tono, señora. El contraste con su antecesora, Isabel Celaá, es enorme. La bilbaína era adusta tirando a hierática, la peor imagen que Sánchez podía dar de su equipo. Montero en cambio le pone garbo y ganas y añade la autoridad de ser ministra de Hacienda con competencia para hacerle una inspección al primero que se ponga bravo. 

            Está por ver cómo equilibrarán Pedro y Pablo el peso del boletín oficial del Estado hablado tras el Consejo de Ministros, al igual que en el arte de torear a los periodistas. En la primera comparecencia estuvo la tocaya Montero, de Podemos, encargada de la Igualdad. Eso querrá Irene, igualdad también en lo de batirse con la prensa y lucir decretos. Eso lo inventamos en Euskadi, cuando entre 1988 a 1991 el Gobierno Vasco tuvo dos portavoces: el nacionalista Joseba Arregi y el socialista José Ramón Recalde, goian bego. Aquella bicefálica portavocía figura en los manuales de comunicación política como experiencia surrealista. Fue un dueto desafinado.

            En la información quien gana es Iván Redondo tras ampliar su leyenda y su poder con la Secretaría de Estado de Comunicación en detrimento de Miguel Ángel Oliver, quemado por su mala gestión con los medios. Permítame María Jesús Montero un consejo de amigo: lo más inteligente que puedes decir es decir lo que sientes.