
Aceptando el obligado cumplimiento del confinamiento en función de, como se decía antes, «un bien superior», la cuarentena social puede permitir un mayor y mejor aquilatamiento de la información que se va recibiendo.
Y sin aceptar, al menos por ahora, teorías conspiratorias como las que se pudieron deducir de crisis sanitarias anteriores – la más reciente la de la gripe A (H1N1) que sirvió claramente para oscurecer la crisis económica del 2008- no deja de ser cierto que la tensión informativa directa que se mantiene acerca del COVID-19 está obviando otras denotaciones y connotaciones.
Así ha ocurrido en lo denotativo singular, por ejemplo, con la noticia protagonizada por la Casa Real Española en la que el actual rey Felipe VI ha renunciado a la herencia que le podía transmitir su padre Juan Carlos I, retirándole asimismo la asignación que como Rey Emérito le correspondía, al descubrirse ciertas malas prácticas del monarca designado por Franco como «sucesor a título de Rey» tras uno de aquellos famosos síferendums.
Lo cual que ha desatado una linea de contra-información antimonárquica, más allá de los exhabruptos indecentes y racistas o de los oportunismos políticos, que de todo ha habido.
Y otro sí, y en lo connotativo plural, ha sobresalido ese empeño en dejar claro una y otra vez que la lucha antiviral emprendida lo es de toda «España como nación», obviándose las distintas sensibilidades al respecto y, sobre todo, el concurso de las autonomías y de sus respectivas administraciones. Un mensaje que se ha transmitido en todas las ocasiones sobre un escenario de atrezzo severo y uniformado tan inusual como acaso excesivo.
Algo que, por cierto, y a la contra, desde su imprevisible guerrilla particular ya había anunciado el por otro lado poeta Jon Juaristi Linacero, renovado cura de Santa Cruz en este país de carlistas disfrazados de liberales y carlistas, afirmando que «es justo reconocer que, pese a todo, el sistema autonómico sirve …para que el poder no se concentre en un Gobierno central ocupado por una banda de desaprensivos, de delincuentes o de nulidades… para tomar iniciativas desde la periferia frente a la inanidad o a la parálisis del centro…»(1)
En fin, que, como se puede deducir de estos dos ejemplos tomados al azar, las horas de holganza para las que siempre hay un equipo de sicólogos de guardia preparado para intervenir – y gracias mil- pueden dar también para el divertimento breve, oculto y comparativo…
(1) Juaristi, J. «Emergencias» ABC.
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