PICARESCA(S)

Hace una semana,llegó por whatsapp un mensaje un tanto agónico, solicitando, por favor, que compráramos algún saco de patatas a una cooperativa que, a causa de la pandemia realmente existente, estaba al borde de la ruina. Sin darle más vueltas, la familia se apuntó a la oferta. Pasaron los días y no se recibió nada,así que puestos en contacto con la dirección señalada, se nos comunicó finalmente que todo el género restante estaba vendido y que si deseábamos cumplimentar nuestra compra debíamos acudir a un determinado y lejano almacén.

Otro sí, el quiosquero que me nutre de papel de periódico, me comunicó ayer sottovoce que algunos bares del entorno – no me gusta utilizar esta palabra por estos lares tan polisémica- habían, sí, abierto sus locales y terrazas, pero subiendo hasta un cuarenta por ciento ( 40%) el precio de las consumiciones.

También , por lo visto, algunas de aquellas peluquerías que entraban y salían de la lista de los «servicios mínimos», han decidido redondear los estipendios, si bien utilizando la famosa fórmula del X, 95, a pesar de que hay que llevar hasta la toalla propia para el caso.

A un colega que suele acudir a una academia de baile, le han pedido que no continúe haciendo los pagos regulares que enviaba por un cierto sentimiento de solidaridad a pesar de estar cerrada, porque la recepción de esa cuota podía desvirtuar los ERTES correspondientes que resultan más generosos.

Estos ejemplos tan simples como inmediatos los acepta quien suscribe en su forma y contenido, un poco como irremediables y hasta casi inevitables, necesarios al cabo pues «algo tendrá que cambiar para que nada cambie» en frase gatopardesca.

Pero asimismo pueden , sin embargo, ser la muestra de que al final, y como siempre, esta crisis, en su dimensión económica, la tendremos que pagar entre todos ( y todas, of course) y que para ello no hará falta una subida generalizada del IVA como desearían los mandamases para-demócratas, aterrorizados ante la posibilidad de impuestos «más específicos», sino recurriendo a la autofagia flagelante que ha sido, es y parece que será una fuente inagotable de recursos y subterfugios : la carpetovetónica picaresca, siempre tan celebrada…

LA «NUEVA» NORMALIDAD ( o «¿Por qué lo llaman amor cuando quieren decir sexo? «)

¿Por qué lo llaman amor cuando quieren decir sexo? , es una película de Manuel Gómez Pereira, estrenada en 1993, en la que una mujer – impagable Verónica Forqué – que trabaja en un espectáculo porno, necesita un compañero de trabajo – el siempre fiel a sí mismo Jorge Sanz – para realizar sus shows en directo…hasta que el sexo se confunde con ¡el amor!

He recordado este film , ya perdido en las filmotecas, al ir comprobando día a día, cómo a la expresión «Nueva Normalidad», se le iba borrando el adjetivo, quedando en «Normalidad» y , también , cómo le iban creciendo unos brotes verdes con las letras V-I-E-J-A…

Así, todo parece indicar que, habiendo pasado el mando en plaza de las autoridades sanitarias a las económicas, se irá difundiendo una, eso sí, «nueva narrativa», bien estructurada y desarrollada ,acaso con ayuda de unos cuantos guionistas de Hollywood, como en el caso de la Guerra de Irak que mostraron unas «armas de destrucción masiva», que luego se demostraron más bien de «desaparición masiva».

Probablemente la base de esta nueva narrativa tendrá un marco global de tipo Fu-Manchú que se resumirá en la tesis de que China creó el COVID-19 en un laboratorio, que lo difundió mundialmente con ocasión de unos Juegos Deportivos Militares, que después nos vendió mascarillas y respiradores previamente fabricados por millones, y que, por fin nos proporcionó la vacuna salvífica a un precio de órdago.

Y sobre este marco global que circunvalará la lucha por la hegemonía en el siglo XXI, es previsible que se vayan desinflando las críticas aledañas, surgidas en el entorno de la pandemia: se enunciará , por ejemplo, que el calentamiento global no era para tanto, que el turismo debe continuar siendo la clave del PIB mundial, que es necesario consumir no sólo lo imprescindible sino «lo necesario», que el urbanismo «emprendedor» ha sido siempre fuente de riqueza, que los sistemas sanitarios no pueden ya dar de sí por la arbitrariedad de los usuarios, que la tercera edad supone más que todo un problema, y , en fin, que todos ( y todas, of course) debemos aportar nuestro granito de arena, no exigiendo demasiado – ¡Ah benditos Pactos de la Moncloa! – y aceptando ese desdoblamiento del panóptico de Bentham que ha supuesto el despliegue voluntario del control social electrónico.

Ante esta vuelta la normalidad «de siempre» tan anhelada por los mercados, es asimismo posible que haya una resistencia cabal y ciudadana que pretenda extraer algunas conclusiones operativas para el futuro, pero, en todo caso, sería muy positivo que se comenzara a dilucidar con claridad la denominación de las cosas, como quería Confucio, y que, una vez más no se impusiera aquello del ¿Por qué lo llaman amor cuando quieren decir sexo?

VOLVER A CLASE ( o «sostenella y no enmendalla»)

Pues no, «lo más fácil» no es no volver a clase, como se ha escuchado por activa y por pasiva durante los últimos días desde voces ambidiestras por paternalistas y maternalistas.

Y no lo es porque mayormente el profesorado se las ha visto y deseado para asumir in extremis la enseñanza on line, en muchos casos sin preparación alguna o disponiendo de unos softwares o incluso de unos hardwares insuficientes, y haciendo del salón de su casa o de su dormitorio una mini aula virtual.

Así que dejar caer que la negativa a volver a las aulas, puenteando los riesgos sanitarios, pueda tener algo que ver con «prolongar unas vacaciones escolares» es un insulto a la profesionalidad de los enseñantes , compatible por cierto, en una línea histérica de pensamiento, con las alabanzas antes otorgadas por el esfuerzo realizado. Pero así se actúa cuando la demagogia fácil inspira las palabras.

Otro sí, exigir por vía negativa a los centros escolares que argumenten su decisión de no abrir las aulas o determinados niveles educativos , haciéndolo como si se incurriera por ello en apostasía, es reclamar la cogobernanza particular positiva ad extra y despreciarla ad intra: «Kanpoan uso, etxean otso» ( Fuera paloma, en casa lobo) como dice y bien este viejo dicho vasco.

En cualquier otro lugar, las rectificaciones habrían sido claras y distintas, como quería René Descartes las ideas, y no oscuras ni hiperbólicas, y tanto más si tanto se desprecia aquella tradición orgullosa y empecinada del carpetovetónico «sostenella y no enmendalla».

Aquí, todavía estamos a tiempo de escuchar y de llegar a un acuerdo, sin dar más pábulo a las soflamas esquinadas, ya tan tristemente electoralistas…

BIBLIOTECA(S)

He de confesar que espero con una leve ansiedad el levantamiento de la veda que permita acudir a las bibliotecas.

Pues a pesar de que dispongo de un buen repertorio doméstico- y del que me quedaría al cabo tan sólo con una docena de libros- ,las bibliotecas continúan siendo para mí una fuente permanente de estímulo.

Y lo son sobre todo por ese fondo bibliográfico que se ha ido acumulando con los años en estanterías y sótanos, siempre que ha habido un dirección perspicaz más atenta a la calidad que a la cantidad y a la selección que a la efímera novedad.

En mi caso, por proximidad geográfica y fidelidad académica, la biblioteca con mayúsculas es el CRAE de la Universidad de Deusto, tan bien ordenado y tan eficientemente administrado, donde siempre he podido consultar libros y revistas inaccesibles por otros medios.

En este sentido, he de decir que todavía conservo con orgullo el carnet de la antigua Biblioteca Loyola , en la que recuerdo una larga y anotada lectura de Platón y de Aristóteles alternando la edición de la editorial Gredos con la  de Belles Lettres , así como otra, más rápida y febril, del Antiguo Testamento – y particularmente de Éxodo que tantas pistas me proporcionó para comprender las explicaciones de algunos fenómenos actuales.

Pero más que nada recuerdo la mirada atenta del padre Echarri que no ignorando el incipiente agnosticismo que se ocultaba bajo mi espesa y rizada melena, siempre se interesaba por mis apuntes.

Y sin despreciar las fuentes electrónicas, ni la wikipedia, ni internet, ni el e-mail, ni siquiera las «redes sociales», evocando esa mirada me he dado cuenta de que vengo de otros tiempos, muy diferentes. Y me ha gustado.

UNA NUEVA CIUDAD (para una Nueva Normalidad)

ABANDO HABITABLE

Como ha comentado con su excelencia habitual el profesor de Historia del Arte Javier González de Durana, el camino hacia esa denominada Nueva Normalidad, tras la pandemia del COVID-19, debería implicar también la revisión de los proyectos urbanísticos en curso, toda vez que los diseños de las ciudades han influido y mucho en el desarrollo de la enfermedad.

Así, cualquier previsión de colmatar los espacios libres disponibles, y sobre todo aquellos que puedan suponer una apertura al cielo, al viento, al sol y en general a la naturaleza, deberían ponerse en suspenso, para poder analizar mejor su verdadero impacto en el futuro tanto urbano como sanitario.

En este sentido, y en el caso de Bilbao, cuyo PGOU se evidencia como «no nacido y ya muerto» tal y como señala el propio González de Durana, la pretensión de continuar con el proyecto de Obispado de Bilbao para convertir la parcela de la Escuela de Magisterio diocesana- BAM , sita en el barrio bilbaino de Abando, en un gigantesco edificio de ocho plantas y cuatro sótanos, debería caer por su peso, pues supondría avanzar precisamente en la dirección contraria a la sugerida por los expertos.

Además su definitiva remisión podría suponer poner punto final a un un impropio negocio de especulación inmobiliaria que ha sido largamente criticado por el AMPA del Colegio Cervantes , sito en las inmediaciones, por diversas asociaciones de vecinos y movimientos ciudadanos, y también desde dentro de la propia Iglesia Católica.

Al respecto, los interesados deberían recordar aquel aforismo del jesuita Baltasar Gracián, que dice en su Oráculo manual y Arte de prudencia: «Trae un empeño otro mayor, y está mui al canto del despeño»…


DEPORTE ( y «muñecas hinchables»)

«Espectador de espectadores» Equipo Crónica (1972)

Hace ya una veintena de años formé parte del profesorado de la Escuela Superior de Gestión Deportiva Johan Cruyff, desarrollando una asignatura que llevaba por nombre «Ciencias Sociales de la Actividad Física  y del Deporte» y que venía a ser una Sociología del deporte.

Se trataba de una materia que no había tenido mucho eco en estos lares, aunque se contaba con un manual incipiente y bastante completo y, sobre todo con algunas investigaciones iniciales llevadas a cabo por profesionales de cierto prestigio como Pierre Bourdieu o Norbert Elías .

Entre los debates que surgían al calor de los diferentes temas que íbamos recorriendo, había siempre dos aspectos que salían, bien como constatación , ya como queja. Uno de ellos era la progresiva imbricación del deporte profesional y el mundo de los negocios , y el otro su conversión, sobre todo en el caso del fútbol , en un mero espectáculo.

En aquel tiempo, el aspecto económico de la actividad deportiva todavía no implicaba, como comenzó a ocurrir poco después, salvo excepciones, la entrada de los fondos de las multinacionales de la construcción y el petróleo , y la subasta periódica de los jugadores , así como el progresivo enrarecimiento de la gestión hasta llegar a niveles de corrupción insospechados incluso en las más altas esferas.

Ni tampoco la dimensión de espectáculo de las competiciones había llegado a trastocar los ritmos de los encuentros según los intereses de quienes los retransmitían y de quienes les hacían el caldo gordo, saturando la parrilla televisiva a todas horas , todos los días y , por supuesto pay per view, llegando a admitir que no se hicieran retransmisiones sin una cierta cantidad de público.

Me he acordado de todo esto al enterarme de que se ha reanudado la Bundesliga para evitar el colapso económico del deporte rey, y que se ha hecho sin público, prietas las filas tras las pantallas, y de que , por ejemplo en Seul, se ha celebrado un partido disponiendo unas maniquíes ( o unas «muñecas hinchables/ sexuales», todavía no se ha aclarado) en las gradas para alentar (?) a los jugadores…

Y , en fin, como es posible que por aquí alguno ya se estará devanando los sesos para activar el ocio y el negocio cuanto antes, se me ha ocurrido que nada mejor para rellenar los estadios vacíos que unos cientos de aquellos muñecotes grises con gafas negras que en su momento fueron el santo y seña del «Equipo Crónica». Claro, que a lo mejor es un poco caro y no salen las cuentas: el mío, conseguido por sorteo en 1972 en los Encuentros de Pamplona, lo alquilo barato.

UTOPÍA EN LA DISTOPÍA (sobre «Enjambres» de Edgar Borges)

He recibido y leído la última obra de Edgar Borges (Caracas, 1966), a quien conocí hace ya algunos años a raíz de su investigación novelada titulada El hombre no mediático que leía a Peter Handke ( recientemente reeditada en Ediciones Carena).

La nueva novela se titula Enjambres y ha aparecido de la mano de Altamarea Ediciones. Con ella el escritor venezolano continúa un ciclo literario singular iniciado por La ciclista de las soluciones
imaginarias (2014), y que se ha desarrollado entre El olvido de Bruno (2016) y La niña del salto (2018).

Una vez más, Borges aprovecha su narración para recorrer algunos ámbitos de la realidad circundante desde una mirada deconstructiva y por ello alternativa.

En este caso, y como si presintiera el confinamiento obligado a que nos ha conducido la pandemia del COVID- 19, Enjambres describe un confinamiento, en este caso voluntario, de un grupo de amigos que se encierra en una casa apartada en medio de un bosque y junto a un lago, huyendo de los enfrentamientos civiles que les rodean.

El grupo de amigos, encabezado por una joven, intenta sobrevivir acogiéndose a una inocencia primitiva, acaso tan infantil como rousseauniana, y , a pesar de las decepciones y de las deserciones, se reclama de la utopía como sólo se puede hacer desde la virtualidad de la literatura, es decir , haciendo posible en el texto lo que parece más bien inviable en la realidad empírica e histórica.

Se cumple así a largo plazo, una , acaso la más importante, de las funciones del arte que no es otra sino dar cuenta de lo que puede ser más allá de lo que es , o , en terminología aristotélica, de lo que pudo ser más allá de lo que fue.

Y, por una casualidad, como siempre inesperada – ¡ Ah escurridizo Kairós! – las palabras de Enjambres se elevan desde sus páginas como la ocasión para meditar sobre un confinamiento deseado en medio de la distopía que nos rodea…

«AÑOS DE PLOMO» ( Una crónica de Kepa Bilbao Ariztimuño)

Han sido numerosos los estudios y las investigaciones que se han llevado a cabo acerca de la denominada Transición Política española. También desde algunos medios de comunicación se han ido ofreciendo versiones documentales oficiales y alternativas – aquel fue el caso del famoso programa de Victoria Prego. Asimismo se han sucedido toda una serie de memorias y testimonios más o menos apologéticos o exculpativos. Más recientemente, ha emergido una variante de ficción articulada en torno a la actividad de ETA ( como la novela Patria, o la serie La línea invisible) si bien bajo un esquematismo y un simplismo bastante insustanciales que no parecen ayudar en nada a la «comprensión» – en el sentido de Max Weber- de lo que estaba ocurriendo durante aquellos años.

El profesor Kepa Bilbao, autor de una larga bibliografía, acaba de publicar Años de plomo. La excepcionalidad vasco-navarra en la transición (1975-1985). Hechos, movimientos sociales, ideologías, violencia política y la izquierda radical (Tercera Prensa-Hirugarren Prentsa , 2020), un intento de reconstruir el ambiente sociopolitico que se vivió en el País Vasco entre 1975 y 1985.

En esta obra se describen los principales acontecimientos ocurridos durante estos años, escogidos particularmente por coincidir con los momentos más tensos del proceso de desestructuración del franquismo. Y si bien el tono general y conclusivo es que por un lado el movimiento obrero contribuyó con un gran despliegue de movilizaciones y huelgas a facilitar la esperanza de una ruptura política, por otra parte , y con carácter retrospectivo, se aprecia un maximalismo ineludible en las exigencias políticas entre las fuerzas opositoras más radicales: «Se vivió un momento de euforia por la utopía hasta el punto que el sector más radical creyó que lo deseable era posible y bueno para la mayoría social, posibilidad que pasaba por una ruptura a través de la violencia»

Pero lo mas interesante de esta nueva publicación es la aportacion directa de diversos testimonios y documentos de aquella izquierda denominada revolucionaria , tan repartida entre grupos leninistas, maoístas, trotskistas y nacionalistas abertzales, y de sus cábalas en aquellos sugerentes e interesantes momentos historicos. Y también, toda una serie de reflexiones sobre los diversos movimientos sociales que surgieron al calor de aquellos años de plomo, como el ecologismo, el feminismo , el anti-militarismo o los movimientos de liberación sexual, así como el interesante capítulo sobre el Rock Radical Vasco y su impregnación social.

Un libro, en fin, tan complementario como necesario para volver a meditar, sine ira et studio, sobre una década trascendental.

CRÓNICAS DEL CORONAVIRUS (35.- Covidiotas)

«COVIDIOT»
life.spectator.co.uk

Ahora que every body va a poder salir a la calle en pareja, cada uno y cada una según su forma y condición como en el Génesis entraban en la salvífica Arca de Noé, ya puedo hablar de él en la conciencia de que , a partir de ahora, pasará desapercibido.

Pues el tal, que es más bien delgadurrio y mal encarado, ha ido saliendo durante el confinamiento cuando le ha dado la real gana y bajo subterfugios sucesivos y sistemáticos: como no tiene mascota ni niño ( y perdón por la comparativa alusión) ,desde el punto de la mañana hasta la hora del vermú, ha estado yendo y viniendo en sucesivos viajes ya tirando una minúscula bolsa de basura, ya comprando el pan , ya paseando una bolsa inane y coloreada , recorriendo al efecto las manzanas aledañas, y por fin , moderadamente atravesado en el portal de su casa ,con una lata de cerveza abierta en una mano y un cigarro encendido en la otra. Y, por supuesto, sin mascarilla ortodoxa o heterodoxa.

Si lo cuento es porque lo he visto una y otra vez desde la ventana de mi estudio que es más indiscreta que La ventana indiscreta de Alfred Hitchcock, y otro sí por mi vocación trangenérica de «vieja del visillo», aledaña de mi espíritu post-micro-sociológico.

Mikel, mi amigo todavía superviviente por mor de la edad en la selva académica, y piloto-macro-sociólogo de altura, con quien me he encontrado al ir a comprar el periódico, me ha comentado a los dos metros de la rigurosa distancia, que en otros lares, acaso más responsables por herederos de Lutero y de Max Weber, se ha acuñado un neologismo para tildar a este tipo de individuos que han pasado de todo .

Llámaseles al parecer «covidiotas», y el palabro, como suele ocurrir últimamente en la jerga para-científica ,proviene del inglés » covidiot», de fácil etimología, que designa a quien, en plena pandemia del COVID-19, comete irresponsabilidades que perjudican a los demás. Y supongo que está bien poder subsumir en una clasificación operativa a deambuladores irredentos como este, pero asimismo a quienes ignoran la distancia social, extienden bulos, o acaparan por encima de sus necesidades- tal es también su amplitud semántica.

Any way, despedido de Mikel con un namasté, y protegido ya con mi armadura de periódicos varios y en papel, he concluido de camino a casa que los covidiotas no son sino una variante accidental de una sustancia de idiotez en cuanto que idiotez irremediable , lo cual que ya no se podrá corregir con tácticas de contención coyunturales como las tan maníacas de las fases de desescalada… Y en subiendo las escaleras se me ha escapado un «Oh , my God!» con acento de Chicago…

CRÓNICAS DEL CORONAVRUS( 34.- «La vida sigue igual…»

Yo era el segundo en la larga cola para entrar en el supermercado. Quien daba el nihil obstat para avanzar ( y de paso repartir unos guantes), un joven de rostro amerindio , charlaba con mi inmediato anterior.

Y le decía: «Parece como si , con este virus, la Tierra nos quisiera expulsar del planeta…Tendremos que hacer grandes cambios para no desaparecer…» Su interlocutor, a quien yo veía de espaldas – grandes y anchas, por cierto – le ha contestado en tono tajante con un punto de ironía: «Ya, ya, en cuanto aparezca la vacuna y este maldito bicho infecte solo como una gripe, nos olvidaremos de todo…»

El grandullón ha entrado en el local y yo no he tenido la oportunidad de continuar la conversación porque ante , supongo, la frustración previa, mi Caronte había decidido ensimismarse con un perrillo aburrido atado a una farola cotangente.

Y luego me ha tocado iniciar el tránsito entre las estanterías, algo que ya llevo a cabo con un ritmo casi de sonámbulo por rutinario.Y en este ir y venir, bien guiado por mi lista de la compra que siempre es más lista que mi memoria, me he acordado de algunas secuencias de una película que vi hace ya mucho tiempo. Se titulaba Grand Canyon , la dirigió Lawrence Kasdan en 1991 y obtuvo el Oso de Oro de Berlín el año siguiente.

En ella se relata la vida de un grupo de personas de distintas clases sociales que viven en la ciudad de Los Ángeles y que por diveros motivos coinciden entre sí tras algunos episodios azarosos , y para celebrarlo organizan una excursión al Gran Cañón del Colorado. En el viaje de vuelta, un productor de cine interpretado genialmente por Steve Martin, que se ha salvado de un atentado por los pelos, le confiesa a un compañero (Kevin Kline) que la «serena contemplación del Grand Canyon» le ha hecho comprender lo banal de su vida y que aquel viaje va a suponer un antes y un después…Sin embargo, al poco se le puede ver reincorporado a su vida hollywoodiense, más perro y frívolo que nunca, pues tras un nuevo a modo de corte epistemológico, concibe que su supervivencia ha sido obra de su astucia…

Y a la salida del super , con el carro medianamente lleno, he vuelto a casa con la sensación de que a lo peor el grandullón tenía razón y que, tras la desescalada y a pesar de haberle visto los dientes al lobo ( sanitario, económico, social y político), algunos (y algunas, of course) pensarán ( o desearán pensar ) que «la vida sigue igual…»