EpC: ¡Patas arriba!

Cuando vi por primera vez guardas de seguridad en un tren de cercanías, me entró en el cuerpo un gran desasosiego, producido por la idea de que, a lo mejor, se había producido una amenaza de bomba y no nos querían avisar como ocurriera en Hipercor. Con el tiempo, fui percatándome de que su presencia era disuasoria, al objeto de que gitanos, negros y otras gentes sospechosas de culpabilidad, se abstuvieran de viajar en este medio y optaran como pasó a ser su costumbre, por el autobús. No obstante, ahora reconozco que, es posible que su función, además de la apuntada, fuera también reeducadora…

Dado el rotundo fracaso mostrado por las familias a la hora de transmitir valores de respeto hacia sus semejantes y entorno, y la no menos sobrecogedora ineficacia de la institución docente en inculcar virtudes cívicas a los futuros ciudadanos, hemos de reconocer que, si a alguien, alguna vez le parecieron superfluos e indignantes que proliferasen letreros, señales e iconos prohibiendo fumar, recordando que no se deben sentar en los asientos abatibles cuando hay aglomeraciones, reservando sitio para personas ancianas, mujeres embarazadas o con discapacidad, avisando del peligro de entrar o salir una vez se están cerrando las puertas, etc, esta persona estaba muy desconectada de la realidad. Tanto es así que, finalmente se ha optado por contratar vigilantes, ante el caso omiso que la población hace de los mensajes; Y es que, lo que no se aprende de pequeño, es muy difícil hacerlo de mayor y menos por escrito.

Es habitual ver a pandillas de jóvenes sentados en los bancos con el culo sobre el canto del respaldo y los pies donde en principio habría de estar su trasero, cuya estampa a más de uno le habrá recordado a los pájaros de Hitchcock. Creo que el tiempo hará de esta costumbre una práctica aceptable para las futuras madres que enseñarán así a sus hijos en el parque, más que nada porque, haber quién es el majo que se atreve a sentarse al modo antiguo cuando el resto gusta poner sus patas en los asientos, por mucho que los nuevos detergentes animen a mancharse sin el menor cuidado, cuanto los anuncios de dentífricos lo hacen para que gastemos su contenido en dos cepillados.

Hasta aquí, se podría pensar que, todos actúan así, en legítima defensa, para evitar limpiar con sus pantalones la mierda que sus antecesores han dejado con las suelas de los zapatos, reacción que desde la ética de la responsabilidad sería intachable, siempre y cuando, fuera una respuesta condicionada, siendo su natural el sentarse en el asiento. El problema aparece, cuando la escoria social que ha adquirido estos usos fuera de casa, en un marco de referencia estable, haciéndolos suyos desaparecidos los motivos que al inicio empujaron al sujeto ha comportarse de ese modo, desea ponerlos infructuosamente en práctica en otros ámbitos en los que operan las leyes de la inercia, como ocurre en el transporte público, generándoles una decepción y contrariedad a la que no están acostumbrados ausentes en sus vidas los buenos hábitos, las llamadas de atención, correcciones, castigos y disciplina; Porque, es posible que la familia y la escuela hayan fallado en su educación y sean literalmente maleducados, pero la inteligencia natural que les falta para respetar a los demás, les sobra para preservarse del riesgo de darse un trompazo al menor frenazo o curva, por lo que se abstienen de adoptar tan malabarista postura en trenes y autobuses.

Y es entonces, cuando aparece la variable reveladora de cuáles de aquellos que se sientan en los bancos públicos como he descrito anteriormente, lo hacen por falta de respeto, y cuales para evitar la mierda de aquellos. Es muy sencillo de adivinar: los maleducados son sólo quienes furiosos por no poder fastidiar a sus semejantes del modo habitual, deciden poner sus puercas patas sobre el asiento de enfrente.

Pues bien, el otro día, mientras llegaba de Valladolid en un regional, llevaba horas negro viendo como un joven bien entrado en la veintena ejercía sin disimulo de escoria social en este sentido, hasta que llegó un señor que parecía de pueblo e hizo las veces de guarda de seguridad, maestro y padre, con el sencillo gesto de meterle un varazo en los pies con su bastón, ante el asombro del interfecto y regocijo del resto. Y es que, como acertó a sentenciar aquel buen hombre, si los jóvenes no saben comportarse como personas, habrá que tratarlos como a las bestias. No obstante, como yo también le recordé, algo hemos avanzado, que los de su generación, todavía escupen en el suelo.

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