¿Coronavirus? Ni con la máscara de Darth Vader

El oxígeno que ganó el planeta durante el confinamiento se ha echado a perder por un quítame de allí estas mascarillas y aquellos guantes. Aparecen mascarillas tiradas en la playa, en parques naturales, en la acera, sobre las farolas… He llegado a ver alguna incluso al lado de la columna del garaje. Es el nuevo vandalismo. Los residuos sanitarios salpican cualquier lugar y una nueva ola destruye el medio ambiente porque hay ya más mascarillas que medusas.

En dos meses de bozal obligatorio, el lobby del plástico vive una eterna ‘happy hour’, y nos hemos cargado años de concienciación. Imagino que aquellos que las tiran en cualquier sitio son los mismos que antes las han utilizado de bisutería y las han tenido puestas como pulsera o pendiente, colgadas de la oreja. O aquellos que las utilizan tapando los ojos, como antifaz, o de babero, cubriendo la papada. Porque hay codos mil veces más seguros que narices.

Y después de haberlas deteriorado, sobado y llenado de gérmenes, las han dejado sobre una mesa de bar para fumar, para tomar un helado, comer pipas, y, por supuesto, hablar por teléfono… Y de nuevo, se la colocan sobre la boca. De esta forma, no puede con el virus ni la mejor máscara de la galaxia, la de Darth Vader. ¿En qué momento acabamos discutiendo en la cola del supermercado sobre si una mascarilla debe ser FPP2, R2D2 o C3PO?

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