Coaliciones de gobierno: al pez grande y al pequeño se los come el pescador

Hay dos elementos en la política vasca que la diferencian de la española: la minoría de los partidos de ámbito estatal y la cultura de pactos trasversales. A la democracia del Estado le ha llegado, por diferentes y sobrevenidas causas, la hora de ampliar su pluralidad, lejos de su fatal bipartidismo, y la necesidad de gobernar en coalición. Que España sea la única nación europea que no ha tenido en cuarenta años ni un solo gobierno central compuesto por ministros de más de un partido explica su subdesarrollo democrático. Pasar del erial monocolor a la diversidad les llevará tiempo y se verán obligados, a fuerza de la necesidad, a cambiar sus registros mentales y sus comportamientos excluyentes. Euskadi lleva más de veinte años de ventaja a la España de carril único. Lejos de ser un problema, los liderazgos compartidos cohesionan a la comunidad y dan respuesta a los deseos de la ciudadanía de que todas las opciones, al menos las significativas, tengan su cuota de autoridad. El país perfecto es el que lo pacta todo e integra a las minorías.

            Profundizando en el valor social de las coaliciones, hay que señalar que los acuerdos entre diferentes no pueden quedarse en meras sumas aritméticas para acaparar todo el poder frente a quienes no lo alcanzan por insuficiencia numérica. Los gobiernos mixtos son un equilibrio imperfecto entre la cesión y la oportunidad, integrado en un programa único y compartido. No son números para mandar, son probabilidades de influir en la sociedad que, por separado, no existirían. A veces, los partidos y los medios dan esa impresión sobre sus tratados: un reparto de sillones. Y no es así, no deberían ser tan superficiales como aparentan. Se supone que detrás de los ministerios y departamentos hay proyectos de beneficio público. La rivalidad es buena y que toda competencia se basa en formar equipos heterogéneos.

            Una de las desfachateces de la mala política española -también la vasca- es que un mismo dirigente es capaz de calificar de “cambio de cromos” o “trueque de mercadillo” el convenio entre sus adversarios e, incongruentemente, ensalzar igual alianza cuando se está entre los firmantes. Ahí está la pestilencia de la política concebida como ganancia particular. No se puede estar en todos los contratos, pero cabe respetarlos todos.

Poder o nada

            Quizás PSOE y Podemos, Sánchez e Iglesias, alcancen finalmente para el Estado un compromiso de coalición, cooperación o colaboración (¡retórica de aficionados!) con miembros de ambos partidos e independientes con disimulo. Lo que vaya a ser. A partir de cuando se reúnan en el Consejo de Ministros y empiecen a tomar decisiones, se pondrá en marcha una extraña carrera de percepciones y rentabilidades. El tópico, muy aceptado en círculos periodísticos, es que los éxitos de los pactos, si lo hay, los rentabiliza el partido mayoritario, que ostenta la presidencia, mientras que el secundario termina por perder votos en las siguientes elecciones, absorbido su quehacer por el pez grande. Es falso, por mucho que se pongan ejemplos simples.

            La gente del Partido Socialista de Euskadi suele quejarse amargamente de que sus alianzas con el PNV no les salen electoralmente rentables y que son los jeltzales quienes capitalizan la acción de gobierno. Ya en los años 90, Ramón Jáuregui, por entonces vicelehendakari, se tiraba de los pelos por lo mal que rentabilizaba su cohabitación con el lehendakari Ardanza. Estaba tan obsesionado con este análisis que llegó a imponer a Sabin Etxea lo más surrealista que se ha visto en política: dos portavoces simultáneos del Gobierno vasco, encarnados en José Ramón Recalde, por el PSE, y Joseba Arregi, por el PNV, una bicefalia que no remedió los desajustes de notoriedad que Jáuregui imaginaba. Porque el problema no era de comunicación, sino de complejos factores. ¿Cómo fue posible que el PSE perdiera votos en Euskadi desde 1987 hasta 1997 pese a haber gestionado hasta el 80% del presupuesto de Lakua? ¿Por ineptitud de sus consejeros? No, porque su entrada en el Gobierno se debió a un hecho excepcional, la escisión del PNV. Su victoria electoral en escaños fue sociológicamente artificial. Al tiempo, la formación nacionalista fue recuperando sus votos perdidos tras la amarga pugna entre Arzalluz y Garakoetxea. Además, el socialismo español había iniciado su empantanamiento debido a los escándalos de corrupción y la fechoría brutal de los GAL. Felipe González había dejado de ser el recaudador de votos de sus compañeros vascos.

            Las cuentas electorales del PSE dependen de Madrid. Como las de Podemos y el PP. No pueden tener aquí un microclima propio, porque se subordinan a las borrascas españolas. Con Pedro Sánchez los socialistas vascos han mejorado, pero no lo suficiente, como ilusamente soñaron, para ganar la alcaldía en Barakaldo, donde hay una nueva realidad que un candidato artificial no remedia. El marketing no hace milagros. Ser socio pequeño en un proyecto no tiene como función principal llegar a ser el socio grande. 

Bienvenida a la coalición, España 

Una coalición colegia a los partidos en una sola entidad, por tanto, desdibuja sus perfiles ideológicos particulares. Los coaligados participan de la buena y mala gestión de todos sus componentes, son vasos comunicantes y por tanto no puede aislarse lo bien hecho en lo social de lo mal hecho en economía. Deben preguntarse por qué y para qué constituyen una unión temporal de gobierno. La respuesta normal sería: para llevar a cabo su programa de objetivos concretos. Sin embargo, la razón primaria de un pacto, de hecho, es alcanzar unas cuotas de poder que permitan una relevancia social y de las que, al final, se pueda deducir una mejora electoral. Parece que el PSE piensa más en lo segundo que en lo primero; pero lo uno no garantiza lo otro, como queda dicho por la incidencia de otros factores ajenos a la coalición. La líder socialista Idoia Mendia creyó -y cree hoy- que es mejor un poco de poder que la irrelevancia. Es preferible algo de ascendiente público que nada. Y que ser aliado secundario no es una humillación, sino un honor. Probablemente, en las siguientes elecciones autonómicas incrementará votos y escaños, pero seguirá siendo el socio menor y sin apelación a lo cualitativo. Este es hoy un país gobernado desigualmente por dos. Gánese cada formación su prestigio cada día en los diversos escenarios donde esa pugna tiene su sede, pero no esperen que de sus gestiones gubernamentales se deriven premios directos. Los ciudadanos reconocen quién es quién en cada institución o área; no son gilipollas. Más determinante que la comunicación terapéutica es que cada partido sepa cuáles son sus ámbitos de influencia y acepte, según su implantación y sus dependencias externas o independencias, lo que de una coalición puede esperar en las urnas.

De la cultura pactista vasca la democracia española debería aprender. Primero, que acordar es muy sano. Que concertando se gana mucho y se pierde también. Que hay que saber elegir socios. Y que lo bueno y lo difícil vienen después de la firma. Gobernar a dos o tres bandas (y de esa rica pluralidad ha habido años en Euskadi) es complicado, cuyo riesgo mayor es que en vez de un solo gobierno haya varios. El partido de Albert Rivera es de los que más tienen que formarse, dejando su constante brujuleo y su huida de la realidad. Es cómico que niegue sus vínculos con Vox siendo beneficiario de sus apoyos vía PP. Está reinventando la cuadratura del círculo con gobiernos de apoyos vergonzantes pero útiles. Al partido de Casado le falta el hervor de la coherencia, al negar aquí lo que afirma allá. La política de la buena no se hace así. No se hace para sobrevivir. No se hace para salvarse. Se hace para avanzar. Elijan un modelo -ideológico, económico o territorial- y sean consecuentes. No es cierto que el pez grande se coma al chico al compartir pecera: a ambos se los come el pescador, el elector.

Un comentario sobre “Coaliciones de gobierno: al pez grande y al pequeño se los come el pescador”

  1. Brillante . En un ayuntamiento, la derecha española, tenía 3 concejales, la izquierda abertzale otros 3 concejales. Sabéis quien gobernaba, el único concejal de centro- abertzale, con sus propuestas, que eran las más inteligentes, preparadas y las más reales, en su momento. El voto no era por partidos, si no libre , por cada concejal, es decir democracia pura. Existían propuestas , que eran apoyadas por: 1 por el proponente del centro, + 2 votos de la derecha = 3 votos. En contra: 1 de la derecha, 1 de la izquierda abertzale, = 2 votos, y 2 abstenciones de la izquierda abertzale. Eso es democracia.

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