Diario de cuarentena. Día 72. Regreso al ritual

Con la entrada en la fase 2 (segundo escalón del pueril plan de devolución de la libertad que nos ha robado el confinamiento) las cafeterías y bares han abierto, con restricciones, sus espacios interiores. En uno de ellos, el Bertiz, de Las Arenas-Getxo, he entrado esta mañana. La diferencia entre un ritual y una costumbre es el sentido con que haces las cosas: la costumbre es automática y el ritual una necesidad en tu vida. Todo empieza con un café, comprar los periódicos y sentarse a despertar el día con las noticias y los artículos de fondo con sabor a café. Así amanecen mis días desde que tengo uso de razón profesional. 

En una época en que trabajé como responsable de recursos humanos a mis jefes les llamaba la atención que tuviera periódicos en mi mesa. Para ellos, autómatas del trabajo, los diarios de noticias eran pasatiempos. Mucha gente no entiende la naturaleza cultural y sociológica de los periódicos. Ni siquiera entienden la razón ritual del café, su propósito para el alma de un trabajador de las palabras. No comprenden que el café es un elixir que despierta la mente y la conduce hacia un día entusiasmado.

Hubo un tiempo en que existió la enfermedad del periodista, la triple acción del exceso de consumo simultáneo de alcohol, café y tabaco. ¡Causó estragos! Las viejas redacciones eran fumaderos, pero sitios trepidantes en la lucha contra el tiempo y las palabras. Ahora son como oficinas de seguros. Hay poco espacio para la creación. Lo romántico es pura nostalgia.

En Bertiz solo trabajan chicas, cordiales y atentas al máximo. Recuerdo que una vez apareció un chico en la barra. Solo duró un día. Ese lugar es solo para mujeres. Ellas se han afanado hoy para tenerlo todo a punto: las mesas muy separadas, marcas para la entrada y la salida por zonas distintas del local, un expen- dedor de gel hidroalcohólico y un protocolo de pedido: lo haces en la barra, pagas y te lo llevas a la mesa. Estaba más iluminado que en otras ocasiones, como si ellas celebraran con luz la vuelta a una normalidad falsa y pretenciosa.

Sentado en mi mesa de siempre, junto a la cristalera exterior, con vistas a los soportales de la calle Mayor, la gente miraba como si fuera una aparición: ver a clientes en el interior tomando café era una cosa extraña. ¡Maldito confinamiento del demonio! Alguien con cámara profesional me ha hecho una foto desde fuera. Confío en no salir mañana en los periódicos como un bicho raro. 

Lo que desaparecerá para siempre son los periódicos del bar, los ejemplares de prensa que el local pone a disposición de los clientes como parte de su atención. Los tenían atados a un palo como elemento de identificación. Y dado que la gente acostumbra a pasar las páginas con el dedo índice untado de saliva, ahora se considera factor de contagio. Los periódicos perderán miles de lectores. Un desastre más de la pandemia. El café no, ese brebaje resucitador no desaparecerá jamás. 

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