Más Chaplin que Churchill

La verdad vence a la ficción. Esto lo saben los profesionales del teatro y lo conocía el gran Ibsen: la escena es representación de la verdad. Pero en la sociedad hípercomunicada las cosas se han puesto más difíciles. La política que gobierna el mundo, de Oriente a Occidente, se ha deteriorado de tal manera que cuesta distinguir al dirigente del actor. No han inventado nada que no estuviera en la cultura, pero han magnificado sus límites hasta alcanzar el histrionismo y los mandatarios prefieren ser más cómicos que dramáticos, más Chaplin que Churchill. 

Con su mucha desvergüenza y pocas luces, la presidenta Ayuso es la más aventajada en el guiñol. Queda para la historia su papel como virgen lacrimosa en la Almudena durante la pandemia y ahora, en la crisis de los incendios, se ha puesto la máscara de Medea, trágica pero ridícula. Imita al payaso Trump. El líder americano nació en la tele con The Apprentice, allá por 2004 en la NBC. Todo está inventado y se llama propaganda. El rey de España y familia interpretaron su papelón de hooligans de la selección de fútbol en una sala improvisada y vacía, con atrezo de sofá y televisor, de lo más casposo desde que su padre, el mataelefantes, pidió perdón de mentira por sus fechorías africanas.

La propaganda es mediocridad. La delegada del Gobierno en Euskadi, Marisol Garmendia, se revistió con la roja -y gualda- para animar a vascos y vascas a abrazar su patriotismo de pandereta. Lo mismo hizo la alcaldesa de Vitoria-Gasteiz, henchida de paroxismo español. La tele fabrica actores y actrices, penosos y torpes. Marta Gómez en Malas Lenguas hizo su papel de víctima para regresar triunfante. Zapatero, el joyero, se lució con su exculpatoria comedia en TVE. Nadie es veraz cuando le mira una cámara. Es gentil teatrillo.

JOS´É RAMÓN BLÁZQUEZ

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