También hay un derecho a olvidar

Un macabro juego de tramposos, esta es la batalla del llamado relato vasco, concepto totémico de la Euskadi posterrorista en el que dos minorías -la izquierda abertzale y el Estado español- andan enredadas con la historia, ante la indiferencia de la mayoría. ¿Qué buscan unos y otros? Sentenciar una verdad absoluta y favorable sobre lo sucedido que avale las respectivas posiciones ideológicas y señale con precisión la victoria propia e, inexorablemente, la derrota ajena. Tanto interés por la memoria colectiva se representa como la escenificación de las mutuas debilidades, porque ninguno presenta un expediente libre de crímenes y ambas partes coinciden en ocultaciones y la relativización de determinados hechos. Son deshonestos y manipuladores por igual y se equiparan en la creación de una épica de víctimas, héroes y sacrificios en nombre de la democracia o la patria. Y en esta guerra de certezas incompletas y falsedades plenas pretenden involucrar a la ciudadanía, condenada a la aceptación de dogmas del pasado bajo pena de complicidad y equidistancia.

¿Por qué tanto afán en ser los primeros y los más convincentes narradores del pasado vasco de los últimos cincuenta años? Porque el Estado y la izquierda próxima a ETA sienten que han perdido una parte de la guerra ideológica y creen también que sus errores son perdonables al amparo de las circunstancias de los años de plomo o por la política represiva española. Y como se sienten perdedores de mucho y ganadores de casi nada es por lo que hay mucha prisa en escribir en piedra lo que aconteció, creando símbolos, estatuas y fechas conmemorativas y atribuyéndose el triunfo y llamar al reconocimiento de la gente, botín de mala guerra y paz tardía. Y de esto se ocupan, traficando con las emociones y las palabras, a ver si filtran en nuestra conciencia su maldito y deprimente relato.

¿Qué historia nos quieren contar?

Los redactores del relato del Estado tienen especial interés en evitar la equiparación pública de las víctimas, de ETA y de España, tanto en lo cualitativo como en lo cuantitativo, opción llamada a fracasar, porque la ciudadanía no distingue entre los muertos, a los que reconoce por igual, por personas. Para el Estado sus víctimas tienen una categoría política superior y una dignidad ética que las de ETA no poseen, por una culpabilidad previa o por su condición de daños colaterales. A esta diferenciación monstruosa en su relato se añade el esfuerzo de la contabilidad, los números: 852 asesinatos de ETA frente al número inferior de las producidas por los sicarios del GAL, banda criminal financiada por el Gobierno español, y otras causadas por los cuerpos policiales y organizaciones paralelas en la calle y en comisarías. Asquea que las personas se conviertan en número dentro del esfuerzo canalla del relato; pero así nos lo presentan, haciendo dos montones de carne y sangre humana en el estrado de la historia, los buenos y los malos, a los que hay que recordar y a quienes hay que olvidar, los que merecen memoria y los que se han ganado el desprecio.

Y frente al pretexto de superioridad moral y de sangre de la que alardea la fábula del Estado, el entorno que apoyó y justificó a ETA insiste en no querer pasar a la historia como el único malo de esta película macabra. Si la derrota política y militar del ejército de ETA y sus aliados es más que obvia, de ninguna manera se conforma con pagar la totalidad de la factura del desastre moral, democrático, social y económico que nos depararon. Con menos medios y tan pocos argumentos como su contraparte, están a la defensiva y hacen verdaderos equilibrios para aceptar en precario sus responsabilidades en los crímenes cometidos y a la vez relativizar su lucha como oposición a un Estado nacido del detritus del franquismo y que, además, les combatió con malas artes.

No, el relato no es imparcial en ningún sentido, mucho menos en el ideológico. Es tarea especial del Estado dejar caer, con voluntaria majadería, que el perdedor global es el nacionalismo vasco, porque suyos son los orígenes del mal y en él tuvo su soporte de comprensión la violencia. Es parte del cuento que siempre habitó en la conciencia profunda del ciudadano español, la maldad original del PNV. Y los relatores lo sueltan como un virus de diseño. Como aquello del árbol y las nueces. Este reparto de culpas se hace más extensivo en uno de los peores capítulos de la narrativa estatal: que la sociedad vasca fue cobarde, cómplice por dejación e insolidaridad, y que frente a unas víctimas “miró para otro lado”, afirmación necesaria para dar a entender que el conflicto violento se prolongara durante varias décadas. No distingue entre unos pocos y la mayoría social y reparte manchas con hipócrita descaro. Y, de paso, deja libre de delito a la clase dirigente, incapaz de ofrecer soluciones. Solo el comercio electoral desarrollado con las víctimas es razón suficiente para el repudio del relato conveniente de España.

Y así, la cumbre final de ese embuste histórico es que perdió el nacionalismo vasco y ganó España, ante la cual hay que postrarse como hijos pródigos y arrepentidos. ¿Cómo creerse que en realidad Caín mató a Abel? El relato necesita una retórica, un vocabulario propio (blanqueo, impunidad, olvido…), un simbolismo específico que contamine la verdad para hacerla asumible y se convierta en obligatoria, la biblia de España en Euskadi. Y precisa de unos relatores.

El relato y sus autores

El Estado tiene un grupo mediático al servicio del quehacer de la ficción vasca, obviando que hay un derecho natural al olvido, por paz y decencia, que es la opción de la mayoría de nuestra sociedad. Esto se considera un delito moral, contra el que fuerzan y retuercen la obligación del recuerdo -de su propio recuerdo- con argumentos emocionales y la insistencia en memoriales y cansinas batallitas. Por eso, para promover la obligación de la memoria de un sentido de la historia crearon el Centro Memorial de las Víctimas del Terrorismo, con sede en Gasteiz, que camina con paso firme hacia su constitución como otro Valle de los Caídos, un chiringuito rojigualdo que, en vez de frailes benedictinos, tiene historiadores de profunda fe española y nulas convicciones en la verdad total, que es la suma de todos los relatos, de todas las personas, de todas las ideologías, de todos los grupos y entidades, de todas las miradas, de todas las emociones, de todos los rincones de Euskadi, de más de tres millones de conciencias honrosas.

Frente al memorial diseñado por el Estado se alza, con el aval de su representación democrática, la Ponencia de Memoria y Convivencia, creada en el seno del Parlamento Vasco y en la que participan todos los partidos, excepto el PP que se ha autoexcluido, dato muy significativo. En este foro es en el que cabe confiar la redacción de un relato, si es que tiene que haber uno con denominador común, en el que la mayoría pueda encontrarse y convivir sin bajar la cabeza ni elevar el puño con ira. Un relato decente, denso, definitivo. En un momento dado, alguien tomó como instrumento de la fábula española una superficial novela, titulada Patria, para añadirla como apéndice bufo.

Pero, aunque no hubiera un relato oficial como el representativo de la Ponencia, ni otro fulero como el del Estado, ni el que brota de la terca retórica de la izquierda abertzale, no ocurriría nada. El futuro es más importante que el pasado, que es la basura a reciclar. Quien olvida no es traidor ni injusto: es inteligente y honrado con la vida. No es importante el relato, no es siquiera indispensable. Tenemos derecho a olvidar, entendiendo el olvido como el sosiego a que lleva el conocimiento de los hechos y su valoración ponderada. Tenemos derecho a caminar hacia el futuro sin la murga de los que, por diferentes y enfermizos motivos, pretenden ganar en el recuerdo lo que perdieron en el pasado. Conste que la paz y la memoria viviráneternamente enemistadas.

ETB se lava las manos

Mahi, de pelo verde, concursante de Maestros de la Costura, en TVE, se refirió al gobernador que no quiso ser cómplice de la ejecución de Jesucristo como Poncio Pilates. No, no fue un lapsus. Ella, tan simpática como ignorante, creía que aquel romano equidistante tenía ese apellido, “como eso del gimnasio”, dijo. Fue un instante épico. El viernes y el sábado la televisión pública vasca hizo de Poncio Pilates y, en vez de responder a la trascendencia de la noticia del encarcelamiento de varios líderes políticos, entre ellos el candidato a ocupar la presidencia de la Generalitat, Jordi Turull, se lavó las manos y mantuvo su programación casi intacta, sin modificar la escaleta de 360º Tú decides, ni montar el sábado, cuando se celebraba una memorable sesión en el Parlament, algún tipo de debate o espacio alternativo. ¿Les pilló por sorpresa? ¿Es que no eran previsibles los arrestos? ¿Estaban ya de vacaciones? Apenas hicieron conexiones con Barcelona y se eludió el análisis de los sucesos. Y del lavamanos se fueron a Lavapiés, para hablar del top manta, donde estaba lo sustancial para Euskadi.

Ninguna cadena estatal se inmutó en la noche del viernes, tampoco La Sexta, tan activa otras veces, lo que enmendó al día siguiente con el inevitable Ferreras pululando entre políticos. Y mientras en 24 horas, de TVE, y en la episcopal Trece, se celebraban tertulias sin más presencia que la opinión españolista, TV3 daba una lección de honroso servicio público con dos debates hasta la madrugada, primero entre políticos y después con expertos. Magnífica Eva Granados, diputada del PSC, al participar en un diálogo incómodo y áspero sin el auxilio de otros colegas del bloque del 155.

Y así la televisión reflejó el compromiso social de unos y la indiferencia de otros, el dinamismo informativo y la dejadez profesional. Nadie ignora que esta batalla por la libertad, ahora en Catalunya y más tarde en Euskadi, es también una pugna de información y de emociones. Y la verdad se hace más difícil para quienes tienen miedo.

¿Quién teme Facebook y Twitter?

 

Todo regreso tiene la ambición de fracasar. Cuando la televisión echa la vista atrás para encontrar en el pasado lo que no alcanza su talento surgen productos como Nos importa, reedición desaliñada de La Clave adonde se acudía a escuchar y hablar con criterio. Su estreno en la noche del viernes en Antena 3, además de saldarse con un desastre de audiencia (6,5% y 800.000 espectadores), y hacerle el gran favor a Bertín y su charla deprimente con la pija Tamara Falcó, fue la demostración de lo adictivo de la nostalgia y lo indigesto de la comida recalentada en el microondas de la mediocridad. En esa cadena tienen fijación con el mítico programa de José Luis Balbín. Lo rescataron del vertedero al que TVE y Felipe González habían arrojado en 1985 en el contexto del referéndum sobre la OTAN y lo sostuvieron de 1990 hasta su muerte, por decrepitud, tres años después.

La diferencia entre La Clave y Nos importa, aparte del tiempo transcurrido y la evolución de los gustos de la gente, una barbaridad, es que el primero era un debate con película y el segundo es cine con coloquio, aun con la misma la secuencia entre lo uno y lo otro. ¿Quién está dispuesto de madrugada a atender una discusión después de ver una historia –Desconexión– que prácticamente lo decía todo, a favor y en contra, de las redes sociales? Ni eran horas para eso, ni el tema daba más de sí de lo dicho infinitas veces. Esther Vaquero, haciendo de superficial Balbín, sentó a seis interlocutores para que soltaran tópicos hasta el aburrimiento. ¿Quién teme de verdad a Facebook y Twitter, molinos de viento y no gigantes? Deberían analizar lo mucho que ha progresado la polémica sobre las drogas y el alcoholismo, que ha prescindido del tremendismo, un argumento para pusilánimes. Solo tenemos un problema de madurez.

En fin, que Nos importa casi no importa y es seguro que no volverá a la pantalla. Esa misma noche, El Corte Inglés declaraba el fin de este invierno y, con un anuncio hippy y colorista, lanzaba su feliz mensaje ritual, algo adelantado: «Ya es primavera».

 

La sociedad membrillo

 

Me alarma el alarmismo, esa flojera emocional e intelectual de una parte de nuestra sociedad y los medios a la hora de analizar, explicar y comprender las nuevas realidades globales, frente a las que se experimenta desasosiego y se pronostican grandes calamidades para la humanidad, como si todo el tinglado actual se viniera abajo y hubiera que buscar refugio en los templos y atenerse a la seguridad de los viejos dogmas en medio de un insoportable tufo nostálgico.

Los cuatro jinetes de ese Apocalipsis, que para la comunidad pusilánime nos llevan a la deshumanización, son: las redes sociales, asociadas a las nuevas tecnologías; el big data o datos masivos sobre nuestros hábitos de compra; la posverdad, que el diccionario Oxford define “referida a circunstancias en las que los hechos objetivos son menos influyentes en la opinión pública que las emociones y las creencias personales”; y el populismo, como amenaza para la democracia.

Las redes sociales, contra la soledad

No hay por qué temer las redes sociales, Facebook, Twitter, Instagram y otras. Tendríamos que tener miedo de la soledad y su devastación. Porque más que mal, esos instrumentos de interrelación son una bendición y un bien absoluto para remediar la incomunicación y el aislamiento. Miles de personas se pueden conocer y entablar vínculos gracias a esas redes informáticas. Son las sucesoras digitales de la vieja correspondencia postal. ¿Es el fin de la intimidad? ¿Son adictivas y ociosas? ¿Son agresivas y dan cobertura a la impunidad? No, pero obligan a un uso proporcionado, haciendo necesarias unas reglas de respeto, como en todo. Y no, no sustituyen el contacto personal; al contrario, lo extienden.

Cada vez que escucho a sociólogos y educadores, o simples ciudadanos, escandalizarse de los peligros de las redes, sobre todo por su generalización entre los niños y los jóvenes, me acuerdo de los dogmáticos párrocos que nos advertían desde el púlpito de los demonios del cine, clamando contra los guateques y las lecturas creativas. Suena a terror a lo desconocido y afán de tutela. Permitan que pase el sarampión de este instrumento de comunicación. Estamos en el final de la primera etapa de su reinado. De lo masivo estamos transitando a lo selectivo, del menú a la carta. No son el demonio. Son un sueño tecnológico, cuya virtud y beneficio social dependen de nuestra salud intelectual y emocional y no de su mero hábito. La humanidad reacciona así, del abuso al uso ponderado, ante todos los cambios. La responsabilidad del acoso a menores y mujeres que las redes propician no pertenece a esta tecnología, sino a la vieja cobardía humana, anterior y posterior a todo invento. Ya nos avisaron sobre los males infernales de la televisión. Es cuestión de que los avances técnicos vayan en paralelo con un desarrollo cultural y una mayor conciencia ética. Quizás deberíamos poner el foco en quienes prefieren la ignorancia de la gente, para pastorearla, y no tanto en la globalización y sus creaciones.

¿Big Data o Big Brother?

Nos tienen controlados. Este es el mensaje de los sobrecogidos ciudadanos ante la existencia del big data y el uso perverso de sus datos acumulados en grandes ordenadores. El caso es que, si bien es cierto que todas las acciones informáticas y consultas por navegador que realizamos son susceptibles de ser almacenadas y procesadas para la definición de nuestro perfil en ulteriores campañas de marketing, hay que advertir que casi toda esa información es irrelevante y no constituye un riesgo para nuestra privacidad. Es tanto como decir que salir a la calle y dejarse ver es una quiebra de nuestra intimidad, porque seríamos observados al entrar en un comercio y también se sabría quién nos acompaña. El big data es lo mismo, pero a gran escala y con algo más de detalle. ¿Dónde está el problema?

Nuestros datos ya estaban registrados en mil archivos antes de que se construyera el primer ordenador. Teníamos el oprobioso DNI, con banderita y todo. Y pasaporte. Y permiso de conducir. Y nuestra firma figuraba al pie en incontables contratos, títulos y archivos. Y había un registro civil con partida de nacimiento y de defunción. ¡Que no venimos del paraíso terrenal! Ya estábamos señalados. Éramos pasto de las bases de datos, que es como se llamaba antes el big data. ¿Que Google, Facebook y Amazon conocen al detalle nuestros gustos y gastos en función de nuestras consultas y compras? El resultado es que nos remitirán ofertas de productos y nos adjudicarán un perfil de consumidor. ¿Reaccionamos entonces como el despistado vecindario que prohíbe la entrada del folleto de la charcutería del barrio en los buzones de casa?

La posverdad y las emociones

Se equivocan quienes definen la posverdad como la mentira de siempre. La posverdad es la preponderancia emocional y la creencia personal por encima de los hechos objetivos. Es una construcción falsa en la mente de las personas, promovida desde fuera, pero aceptada en el interior. La palabra será nueva, pero el concepto es más viejo que el candado del cementerio. De posverdad sabe la Iglesia católica y otras religiones donde la fe necesita un estado emocional y espiritual que le dé espacio y sentido. La fe excluye la razón y la somete a sus propósitos.

Donald Trump y el Brexit son productos recientes de la posverdad, pero antes existieron otros fenómenos de masas muy similares. Maquiavelo ya enredaba con estos asuntos para favorecer el poder tiránico y todos los servicios de propaganda deforman los hechos irracionalmente para generar estados artificiales de opinión pública. Lo hacen las grandes empresas con sus intereses y productos. Recuerden que la publicidad es esencialmente una comunicación emocional. A Trump no le eligieron 63 millones de votos, sino la crisis de identidad nacional y el fracaso de la clase política tradicional que, debidamente exagerados y falseados, provocaron un vuelco electoral. Antes que el Brexit fuese respaldado por 17,4 millones de sufragios, lo impulsaron una efervescencia nacionalista y el terror a la emigración que activaron sus patrocinadores. Acciones de posverdad las hay en Euskadi con la RGI, cuya valoración social está moteada de bulos a partir de la filtración de unos pocos fraudes. Y también en Catalunya contra la que, antes y después del 155, se dispuso en los medios y en las redes un conjunto de noticias despectivas y ridiculizaciones de los líderes políticos y las decisiones del Govern.

Populismo para desesperados

¿Qué tiene de fiero el populismo que tanto espanta? Todas las dictaduras son populistas y las democracias malnacidas, como la española, tienen profundas raíces populistas. El franquismo fue populista. Las ideologías totalitarias son populistas. La propaganda electoral tiene mucho de populista. Todos los partidos e ideologías han practicado formas de populismo en algún momento. La falta de realismo democrático, incluso la utopía, tiende a prácticas populistas. El cambio revolucionario es populista, porque la libertad mal integrada en la vida tiene miedo.

El populismo es oportunista. Aparece cuando el sistema muestra sus debilidades y carencias, lo que acontece en coincidencia con las grandes quiebras económicas; pero si hay populismo es porque tenemos una parte de nuestra sociedad con una autoestima muy baja y que escucha los cantos de sirena de los salvadores del mundo. El populismo ha evolucionado. Un cierto de descaro y una comunicación insistente son suficientes para armar su discurso. Son como los productos de los bazares: baratos y a cualquier hora. Eso es el populismo, la tienda china del barrio; pero de pésimas prestaciones. Hay gente que opta por una democracia de baratillo. Ni el populismo y los otros jinetillos nos matarán, pero nos desestabilizan. Frente a estos tigres de papel, solo hay que procurar que tus emociones no contradigan tus verdades. Más o menos.

Eva le pide el divorcio a Adán

La semilla del feminismo activo (la semilla del diablo, según Munilla) prendió en Hollywood y con su poderoso simbolismo se extendió por todas las naciones. No sabemos en qué medida los movimientos como #MeToo y la valentía de las estrellas de cine han influido en el éxito de la jornada histórica del 8M18, pero es indudable que la han catapultado y conferido un alto nivel de relevancia. Los discursos de Ophra Winfrey, Meryl Streep, Frances McDormand y otras actrices contra el acoso sexual, la brecha salarial y la escasa presencia de mujeres en cargos de dirección han otorgado épica a una causa ya madura. El jueves pasado fue el día de la autoestima, de todas ellas. De ahí su éxito emocional, icónico y social. La televisión tomó partido y amplificó el orgullo femenino hasta el punto de desbordar al propio colectivo.

La huelga se hizo visible en la ausencia de las comunicadoras en los teleberris y magazines de los principales canales. Ana Rosa, que se cree imprescindible, canceló su espacio, dando opción a Espejo Público, sin Griso, a un récord histórico. La Sexta acertó al programar la mítica Thelma&Louise a la noche, pero fue más papista que el Papa tiñendo de morado su logo verde. Y puesto que la tele se ha sentido arrebatada por el clamor de la dignidad feminista, cabe preguntarse: ¿En qué grado es machista la televisión? ¿No son Sálvame, Gran Hermano, Corazón, Mujeres y hombres o viceversa y Supervivientes (que vuelve este jueves) reflejo de la agresión contra ellas? No creo que Telecinco, propiedad del cínico Berlusconi, pueda impartir doctrina sobre igualdad de derechos si no cambia sus infamantes productos.

¿Cómo se va a gestionar? Quizás suceda lo mismo que con el 15-M, diluidas sus ilusiones pasado un tiempo. Lo mejor es que el 8M18 no ha tenido lideresas, ni partidos, ni más banderas que el triángulo de las manos. Pertenece a todas. Y esta revolución coincide con la airada rebelión de los mayores, otra causa justa. Atentos a la pantalla, que algo se está moviendo en el mundo y en Euskadi singularmente.