Historias en porciones

En abril, series mil. Los estrenos de relatos a porciones serán numerosos y jugosos este mes. Empezó mal el quinto día, en TVE, con Fugitiva, protagonizada por Paz Vega, esta vez haciendo de madre coraje y no de monjita. Con mal resultado, por debajo de dos millones de espectadores, a pesar de su buena producción, pero de caricaturesco e híbrido guion. Y ya se sabe lo que ocurre cuando el primer capítulo no funciona: el segundo se convierte en la última oportunidad.

El viernes despega Perdidos en el espacio, producto de Netflix y sucesor del clásico de los 60 sobre la familia Robinson extraviada en el cosmos. Es una propuesta familiar, como la triunfadora Stranger Things; pero no queda claro si a los niños de hoy, como los que vestíamos pantalón corto hace demasiado tiempo, les interesan las aventuras entre galaxias y naves siderales. Con tanto videojuego están destruyendo su imaginación. Lo bueno de las series es que hacen pausa semanal entre episodios, como los antiguos tebeos de héroes o los folletines del siglo XIX, novelas a capítulos que publicaban los periódicos y permitieron sobrevivir a Balzac, Flaubert (¡maldito pederasta!), Dumas, Dickens, Dostoievski e incluso Tolstoi. Aquello fue una inspiración para famélicos sin libros.

Esperaremos a finales para gozar de la segunda temporada de El Cuento de la Criada, difícilmente superable tras el milagro estético y narrativo del pasado año y que llega en la cumbre de la rebelión feminista con la advertencia de un futuro siniestro para las mujeres, sometidas como úteros de estado. Veremos también Genius: Picasso, reencarnado en Antonio Banderas, en el canal de National Geographic que se diversifica con biografías. Y otras series sin fecha de lanzamiento: La Catedral del Mar, promesa de gloria; Presunto culpable, thriller ambientado en Euskadi; Matadero, influenciado porFargo; y Sabuesos, con el nieto de Pancho, el perro de la Lotería… Historias y más historias, densidad de vida, para que, como Joaquín Sabina, no preguntemos “quién me ha robado el mes de abril”.

 

Telegrama a Puigdemont

Pensé, President, que era un bulo festivo la noticia de que pretendes querellarte contra Ana Rosa Quintana, campeona de la telebasura y patrona de toda tragedia de usar y tirar. Y aún me cuesta creer que vayas en serio a emprender acciones judiciales por la difusión de los mensajes privados que cruzaste con el exconseller Comín y que Telecinco, en alevosa violación de vuestra intimidad, difundió a finales de enero, revelando que te sentías «sacrificado» y que «esto se ha terminado” en referencia al procés. No, mi admirado Puigdemont, no puedes abrir ese frente de menor cuantía y dar relevancia política a quien ha actuado, como tantos otros centinelas de la tele y muchos medios, incluso aquellos que teníamos por serios, al servicio del Estado para desacreditar el soberanismo catalán, a sus votantes y líderes. No vale un triste pleito esa señora.

A ver, Carles, tú eres periodista. Y sabes con qué cálculo fascista se está actuando en la información y la fiereza y malas artes utilizadas para tergiversar la verdad, engañando hasta el escarnio, destruyendo sin piedad a personas e instituciones y humillando a un pueblo con la saña que los vascos conocimos en otra época. De esta estrategia de demolición ideológica y humana habrá que hacer un estudio exhaustivo cuando se recupere la normalidad y la vergüenza, para evaluar el ignominioso trato dado por España a tu país. Como se analizará la degradación de la justicia. No debes hacer lo que Cifuentes, que amenaza con llevar a los tribunales al mensajero de su dudoso master.

De Ana Rosa ya conocíamos su calaña moral tras haber plagiado suciamente a Ángeles Mastretta y Danielle Steel para su novela Sabor a hiel, delito que la editorial resolvió con dinero y arrojando al fuego aquel libro deshonroso. Déjala, President, con sus trampas y frivolidad a cuestas. No merece la pena. Esto va más allá de Catalunya, es la libertad. La protección de la privacidad frente al pillaje llevará tiempo, porque nuestros secretos buscan estar a salvo de intrigas y miradas. T’estimem.

También hay un derecho a olvidar

Un macabro juego de tramposos, esta es la batalla del llamado relato vasco, concepto totémico de la Euskadi posterrorista en el que dos minorías -la izquierda abertzale y el Estado español- andan enredadas con la historia, ante la indiferencia de la mayoría. ¿Qué buscan unos y otros? Sentenciar una verdad absoluta y favorable sobre lo sucedido que avale las respectivas posiciones ideológicas y señale con precisión la victoria propia e, inexorablemente, la derrota ajena. Tanto interés por la memoria colectiva se representa como la escenificación de las mutuas debilidades, porque ninguno presenta un expediente libre de crímenes y ambas partes coinciden en ocultaciones y la relativización de determinados hechos. Son deshonestos y manipuladores por igual y se equiparan en la creación de una épica de víctimas, héroes y sacrificios en nombre de la democracia o la patria. Y en esta guerra de certezas incompletas y falsedades plenas pretenden involucrar a la ciudadanía, condenada a la aceptación de dogmas del pasado bajo pena de complicidad y equidistancia.

¿Por qué tanto afán en ser los primeros y los más convincentes narradores del pasado vasco de los últimos cincuenta años? Porque el Estado y la izquierda próxima a ETA sienten que han perdido una parte de la guerra ideológica y creen también que sus errores son perdonables al amparo de las circunstancias de los años de plomo o por la política represiva española. Y como se sienten perdedores de mucho y ganadores de casi nada es por lo que hay mucha prisa en escribir en piedra lo que aconteció, creando símbolos, estatuas y fechas conmemorativas y atribuyéndose el triunfo y llamar al reconocimiento de la gente, botín de mala guerra y paz tardía. Y de esto se ocupan, traficando con las emociones y las palabras, a ver si filtran en nuestra conciencia su maldito y deprimente relato.

¿Qué historia nos quieren contar?

Los redactores del relato del Estado tienen especial interés en evitar la equiparación pública de las víctimas, de ETA y de España, tanto en lo cualitativo como en lo cuantitativo, opción llamada a fracasar, porque la ciudadanía no distingue entre los muertos, a los que reconoce por igual, por personas. Para el Estado sus víctimas tienen una categoría política superior y una dignidad ética que las de ETA no poseen, por una culpabilidad previa o por su condición de daños colaterales. A esta diferenciación monstruosa en su relato se añade el esfuerzo de la contabilidad, los números: 852 asesinatos de ETA frente al número inferior de las producidas por los sicarios del GAL, banda criminal financiada por el Gobierno español, y otras causadas por los cuerpos policiales y organizaciones paralelas en la calle y en comisarías. Asquea que las personas se conviertan en número dentro del esfuerzo canalla del relato; pero así nos lo presentan, haciendo dos montones de carne y sangre humana en el estrado de la historia, los buenos y los malos, a los que hay que recordar y a quienes hay que olvidar, los que merecen memoria y los que se han ganado el desprecio.

Y frente al pretexto de superioridad moral y de sangre de la que alardea la fábula del Estado, el entorno que apoyó y justificó a ETA insiste en no querer pasar a la historia como el único malo de esta película macabra. Si la derrota política y militar del ejército de ETA y sus aliados es más que obvia, de ninguna manera se conforma con pagar la totalidad de la factura del desastre moral, democrático, social y económico que nos depararon. Con menos medios y tan pocos argumentos como su contraparte, están a la defensiva y hacen verdaderos equilibrios para aceptar en precario sus responsabilidades en los crímenes cometidos y a la vez relativizar su lucha como oposición a un Estado nacido del detritus del franquismo y que, además, les combatió con malas artes.

No, el relato no es imparcial en ningún sentido, mucho menos en el ideológico. Es tarea especial del Estado dejar caer, con voluntaria majadería, que el perdedor global es el nacionalismo vasco, porque suyos son los orígenes del mal y en él tuvo su soporte de comprensión la violencia. Es parte del cuento que siempre habitó en la conciencia profunda del ciudadano español, la maldad original del PNV. Y los relatores lo sueltan como un virus de diseño. Como aquello del árbol y las nueces. Este reparto de culpas se hace más extensivo en uno de los peores capítulos de la narrativa estatal: que la sociedad vasca fue cobarde, cómplice por dejación e insolidaridad, y que frente a unas víctimas “miró para otro lado”, afirmación necesaria para dar a entender que el conflicto violento se prolongara durante varias décadas. No distingue entre unos pocos y la mayoría social y reparte manchas con hipócrita descaro. Y, de paso, deja libre de delito a la clase dirigente, incapaz de ofrecer soluciones. Solo el comercio electoral desarrollado con las víctimas es razón suficiente para el repudio del relato conveniente de España.

Y así, la cumbre final de ese embuste histórico es que perdió el nacionalismo vasco y ganó España, ante la cual hay que postrarse como hijos pródigos y arrepentidos. ¿Cómo creerse que en realidad Caín mató a Abel? El relato necesita una retórica, un vocabulario propio (blanqueo, impunidad, olvido…), un simbolismo específico que contamine la verdad para hacerla asumible y se convierta en obligatoria, la biblia de España en Euskadi. Y precisa de unos relatores.

El relato y sus autores

El Estado tiene un grupo mediático al servicio del quehacer de la ficción vasca, obviando que hay un derecho natural al olvido, por paz y decencia, que es la opción de la mayoría de nuestra sociedad. Esto se considera un delito moral, contra el que fuerzan y retuercen la obligación del recuerdo -de su propio recuerdo- con argumentos emocionales y la insistencia en memoriales y cansinas batallitas. Por eso, para promover la obligación de la memoria de un sentido de la historia crearon el Centro Memorial de las Víctimas del Terrorismo, con sede en Gasteiz, que camina con paso firme hacia su constitución como otro Valle de los Caídos, un chiringuito rojigualdo que, en vez de frailes benedictinos, tiene historiadores de profunda fe española y nulas convicciones en la verdad total, que es la suma de todos los relatos, de todas las personas, de todas las ideologías, de todos los grupos y entidades, de todas las miradas, de todas las emociones, de todos los rincones de Euskadi, de más de tres millones de conciencias honrosas.

Frente al memorial diseñado por el Estado se alza, con el aval de su representación democrática, la Ponencia de Memoria y Convivencia, creada en el seno del Parlamento Vasco y en la que participan todos los partidos, excepto el PP que se ha autoexcluido, dato muy significativo. En este foro es en el que cabe confiar la redacción de un relato, si es que tiene que haber uno con denominador común, en el que la mayoría pueda encontrarse y convivir sin bajar la cabeza ni elevar el puño con ira. Un relato decente, denso, definitivo. En un momento dado, alguien tomó como instrumento de la fábula española una superficial novela, titulada Patria, para añadirla como apéndice bufo.

Pero, aunque no hubiera un relato oficial como el representativo de la Ponencia, ni otro fulero como el del Estado, ni el que brota de la terca retórica de la izquierda abertzale, no ocurriría nada. El futuro es más importante que el pasado, que es la basura a reciclar. Quien olvida no es traidor ni injusto: es inteligente y honrado con la vida. No es importante el relato, no es siquiera indispensable. Tenemos derecho a olvidar, entendiendo el olvido como el sosiego a que lleva el conocimiento de los hechos y su valoración ponderada. Tenemos derecho a caminar hacia el futuro sin la murga de los que, por diferentes y enfermizos motivos, pretenden ganar en el recuerdo lo que perdieron en el pasado. Conste que la paz y la memoria viviráneternamente enemistadas.

ETB se lava las manos

Mahi, de pelo verde, concursante de Maestros de la Costura, en TVE, se refirió al gobernador que no quiso ser cómplice de la ejecución de Jesucristo como Poncio Pilates. No, no fue un lapsus. Ella, tan simpática como ignorante, creía que aquel romano equidistante tenía ese apellido, “como eso del gimnasio”, dijo. Fue un instante épico. El viernes y el sábado la televisión pública vasca hizo de Poncio Pilates y, en vez de responder a la trascendencia de la noticia del encarcelamiento de varios líderes políticos, entre ellos el candidato a ocupar la presidencia de la Generalitat, Jordi Turull, se lavó las manos y mantuvo su programación casi intacta, sin modificar la escaleta de 360º Tú decides, ni montar el sábado, cuando se celebraba una memorable sesión en el Parlament, algún tipo de debate o espacio alternativo. ¿Les pilló por sorpresa? ¿Es que no eran previsibles los arrestos? ¿Estaban ya de vacaciones? Apenas hicieron conexiones con Barcelona y se eludió el análisis de los sucesos. Y del lavamanos se fueron a Lavapiés, para hablar del top manta, donde estaba lo sustancial para Euskadi.

Ninguna cadena estatal se inmutó en la noche del viernes, tampoco La Sexta, tan activa otras veces, lo que enmendó al día siguiente con el inevitable Ferreras pululando entre políticos. Y mientras en 24 horas, de TVE, y en la episcopal Trece, se celebraban tertulias sin más presencia que la opinión españolista, TV3 daba una lección de honroso servicio público con dos debates hasta la madrugada, primero entre políticos y después con expertos. Magnífica Eva Granados, diputada del PSC, al participar en un diálogo incómodo y áspero sin el auxilio de otros colegas del bloque del 155.

Y así la televisión reflejó el compromiso social de unos y la indiferencia de otros, el dinamismo informativo y la dejadez profesional. Nadie ignora que esta batalla por la libertad, ahora en Catalunya y más tarde en Euskadi, es también una pugna de información y de emociones. Y la verdad se hace más difícil para quienes tienen miedo.

¿Quién teme Facebook y Twitter?

 

Todo regreso tiene la ambición de fracasar. Cuando la televisión echa la vista atrás para encontrar en el pasado lo que no alcanza su talento surgen productos como Nos importa, reedición desaliñada de La Clave adonde se acudía a escuchar y hablar con criterio. Su estreno en la noche del viernes en Antena 3, además de saldarse con un desastre de audiencia (6,5% y 800.000 espectadores), y hacerle el gran favor a Bertín y su charla deprimente con la pija Tamara Falcó, fue la demostración de lo adictivo de la nostalgia y lo indigesto de la comida recalentada en el microondas de la mediocridad. En esa cadena tienen fijación con el mítico programa de José Luis Balbín. Lo rescataron del vertedero al que TVE y Felipe González habían arrojado en 1985 en el contexto del referéndum sobre la OTAN y lo sostuvieron de 1990 hasta su muerte, por decrepitud, tres años después.

La diferencia entre La Clave y Nos importa, aparte del tiempo transcurrido y la evolución de los gustos de la gente, una barbaridad, es que el primero era un debate con película y el segundo es cine con coloquio, aun con la misma la secuencia entre lo uno y lo otro. ¿Quién está dispuesto de madrugada a atender una discusión después de ver una historia –Desconexión– que prácticamente lo decía todo, a favor y en contra, de las redes sociales? Ni eran horas para eso, ni el tema daba más de sí de lo dicho infinitas veces. Esther Vaquero, haciendo de superficial Balbín, sentó a seis interlocutores para que soltaran tópicos hasta el aburrimiento. ¿Quién teme de verdad a Facebook y Twitter, molinos de viento y no gigantes? Deberían analizar lo mucho que ha progresado la polémica sobre las drogas y el alcoholismo, que ha prescindido del tremendismo, un argumento para pusilánimes. Solo tenemos un problema de madurez.

En fin, que Nos importa casi no importa y es seguro que no volverá a la pantalla. Esa misma noche, El Corte Inglés declaraba el fin de este invierno y, con un anuncio hippy y colorista, lanzaba su feliz mensaje ritual, algo adelantado: «Ya es primavera».