Maquíllate, maquíllate

Gobernar es comunicar, buen remedio. Cuando careces de mayoría, la comunicación es tu épica de salvación y tu única baza. Pedro Sánchez ha comenzado mal, usando el lenguaje menos explícito, el de signos, para compensar la dura oposición anunciada por PP y Podemos, que reeditarán la pinza de Aznar y Anguita de los 90. El propósito del Gobierno es llevar a cabo una intensa campaña electoral que otorgue al PSOE opciones de victoria dentro de año y medio, eso sí, pagada con el dinero del contribuyente. Hay quien cree que la comunicación, como el maquillaje, encubre la realidad.

El presidente Sánchez cuenta con un trío de ases para este ensueño. El primero, Miguel Ángel Oliver, a quien ha sacado de los telediarios de Cuatro para ubicarle en la secretaría de Estado para la Comunicación. Será el coordinador de la acción informativa, con la potestad de gestionar la publicidad institucional, muchos millones de euros para engrasar opiniones favorables y presionar a la disidencia mediática. Confío en que no intente colonizar TVE. Tendrá que entenderse con Isabel Celaá, la segunda de este núcleo duro, en su tarea de portavoz, una personalidad briosa. No sirve para la empresa. La exconsejera vasca posee una imagen adusta y desabrida, muy poco emocional y de sonrisa forzada, como lo puso de manifiesto en su primera comparecencia. Nadie duda de su solvencia intelectual, pero su rictus y el aire de severa catedrática son malos conductores de energía positiva.

Y el tercero es el donostiarra Iván Redondo, jefe de Gabinete de la Moncloa, sobre quien recae la definición y desarrollo del discurso, la agenda y la figura personal y pública del presidente. Un gurú con leyenda de visionario. En realidad, un gurú comunicacional no usa magia ni pócimas: es un tipo intuitivo al frente de un equipo que durante 24 horas lo mira todo, lo lee todo, lo escucha todo, lo olfatea todo y finalmente sintetiza. ¿Y Maxim Huerta, el frívolo colaborador de Ana Rosa en Telecinco, ahora flamante ministro de Cultura? Bastante hará si la gente le toma en serio.

 

 

Sánchez y TVE: el guapo y la fea

Lo de TVE es puro fatalismo. Gobierne quien gobierne, desde Franco a Rajoy, pasando por González, Aznar y Zapatero, su sectarismo permanece. La inesperada y gozosa expulsión del PP y su sustitución por el PSOE en la Moncloa abre una nueva expectativa. Pedro Sánchez se bregó en las tertulias y de aquella presencia mediática extrajo la necesaria notoriedad para su carrera política, ayudado por su buena imagen. Después añadió una épica de supervivencia y un punto de patetismo en sus derrotas. ¿Trae algún proyecto regenerativo de la corporación estatal? Temo que no sea una de sus prioridades, porque la falta de pluralismo en los medios no figura en la lista de las preocupaciones ciudadanas que periódicamente analiza el CIS. Parece que a la gente le importa menos que los estragos de la avispa asiática en la apicultura.

No habita la esperanza en la memoria de la izquierda. La peor calamidad para TVE la provocó Zapatero en 2010 con su Ley General Audiovisual, llamada Ley UTECA, por lo beneficiados que salieron los canales privados tras la quita publicitaria de la televisión pública, cifrada en 500 millones de euros anuales. Aquella descapitalización y la pérdida del target comercial tuvieron como resultado una profunda depresión profesional y una debilidad financiera de la que aún no se ha recuperado. Y todo para comprar el favor informativo de Telecinco y Antena 3 con el que neutralizar las críticas al Gobierno socialista por su nefasta gestión de la crisis económica.

Los reporteros de TVE visten de negro en protesta por el bloqueo de la renovación del consejo de administración y su presidente, que también se apellida Sánchez. Aunque el PP, dolido y derrocado, dará batalla, se podría licenciar ya a los tendenciosos moderadores de los debates, Sergio Martín y Víctor Arribas, culpables de unas tertulias encanalladas donde todos tienen idéntica opinión, salvo en el afán de disparar el adjetivo más grueso contra catalanes, vascos y rebeldes. Los telediarios, gürtel informativo a base de censura, son igualmente corrupción.

 

¿Qué haces ahí, Kortajarena?

Telecinco tiene muy mal perder, como cualquier italiano. Acostumbrada a ganar mes tras mes desde hace años, se le ha atragantado el fracaso de su serie La verdad, estrenada el pasado lunes, en la misma semana que Antena 3 le superó ampliamente con La catedral del mar. Hay un millón de espectadores de diferencia entre ambas, lo que equivale a cinco puntos porcentuales de cuota de pantalla. Un rejón en todo el espinazo de Vasile. ¿Y qué esperaba, don Paolo, de un guion tan disperso y un personaje central, Paula García, retorcido, inverosímil y del todo previsible? No hay historia que garantice el éxito, ni tampoco un plantel de intérpretes que soporte un mal relato.

Mediaset cree en la baza superficial de Hollywood, según la cual los actores y actrices de moda son garantía de triunfo. Pues no. A Lydia Boch se le cae su papel de madre atribulada y nuestro Jon Kortajarena es el menos indicado para encarnar al policía-portavoz Egia (¡mira, verdad en euskera, como el título de la serie, qué gracioso!) con el que se muestra artificial en la imagen e incoherente en la acción. El serial es un troncho pretencioso que irá dejando espectadores y respeto narrativo en su camino hacia un final que quizás no lleguemos a ver.

De una novela épica como La catedral del mar, de Falcones, se podía esperar mucho y verdadero. Reconozco que tenía mis dudas sobre la oportunidad de su estreno, pues se trata de una epopeya catalana, de libertad, amor y venganza y no están los españoles predispuestos a aceptar héroes y rebeldes, ni siquiera imaginarios; pero la producción es magnífica, con la categoría del mejor cine, y los protagonistas remarcan su dureza y sacrificio al gusto popular. La arriesgada y costosa apuesta de Atresmedia tiene su recompensa y le permitirá equilibrar en junio y julio la atroz competencia del Mundial de Rusia, en manos de su rival. España se olvidará de la moción de censura, la corrupción y las pensiones y se refugiará en la matraca del fútbol para compensar su menguada autoestima. Por Dios, que pierda la Roja.

La televisión que venció a España

Aún en vigor el estado de excepción en Catalunya , pero con la elección del President de la Generalitat, la banda del 155 hace balance de su golpe autoritario. Un desastre, no hay otro resultado. Se arrepienten de no haber incluido a TV3 en el saqueo y prometen estatalizarla en una hipotética reedición. Piensan que la emisora autonómica ha sido un factor de cohesión para el soberanismo y actuado como eficaz contrapeso frente a los poderes que combatieron el Procés. ¿Una sola tele ha vencido a España?

Sin exagerar, creo que ha sido determinante en la resistencia catalana. ¿No es por eso que están tan desolados sus adversarios? A ver. Casi nadie allí está de acuerdo con los encarcelamientos, la cacería judicial y la demolición del autogobierno, que consideran ignominiosa, por mucho que la mitad, más allá incluso de Tabarnia, censuren la estrategia republicana de Puigdemont y su posterior escapada. El 155 ha humillado a todos y este sufrimiento lo ha sabido sublimar TV3 en sus informativos, debates y en su espacio de sátira política, Polònia. La cadena pública pasó a ser la defensora de la dignidad de su pueblo una vez que Madrid controlaba el Govern, los Mossos y los dineros. El relato y la épica eran de los ciudadanos apaleados y desposeídos y TV3, primera en audiencia y conciencia, lo ha transmitido con criterio.

¿Hubiera sido distinto con la invasión de TV3? No lo sabemos. La tele tiene sus limitaciones. Es un medio, no el remedio. Nos dio una lección de profesionalidad en las sesiones de investidura de Quim Torra, penetrando con la cámara hasta la profundidad del President que, un poco desgarbado y esclavo de sus viejas palabras, necesitaba una imagen nueva y ganar calidad de líder. Orgullosos pueden estar en aquel país de su canal propio, porque les ha salvado de la angustia producida por la pérdida de la libertad. En la otra orilla, TVE, podrida en su sectarismo y descalificada por Europa, es el autorretrato de España y su derrota, modelo de la desvergüenza de sus gestores de ahora y antes.

 

María Ostiz resucitada

Todo salió mal la noche del sábado en una de las peores ediciones de Eurovisión. ¿Qué aporta a Europa este festival carnavalesco? Cuando un espectáculo necesita electrónica cegadora, fuego de soplete y una apariencia barroca para apabullarnos, lo único que demuestra es su vacío esencial y su mediocridad artística. Eurovisión es la caricatura de la identidad europea; en realidad, es la excusa para una semana de lujo y lujuria de los selectos directivos de los canales públicos, esta vez en Lisboa. La retransmisión fue una pesadilla de principio a fin, con errores de conexión y una realización tan pobre como un partido de fútbol regional en una cadena local. Deberían desterrar de Portugal para siempre a su responsable, por incompetente.

Y volvió a sobrevolar la sombra del fraude en las votaciones on line. Cuando restaban por votar los últimos tres países, y con un virtual empate entre los cuatro primeros, la presentadora cometió un fallo de información, hubo un desconcertante silencio, desapareció el panel clasificatorio y, de pronto, se eligió un ganador conveniente, Israel, de la misma manera que hace dos años Rusia, invasora de Ucrania, fue desposeída del triunfo. La chapuza, teñida de engaño político y corrupción, se diseñó probablemente en las oficinas de algún lobi. Los judíos invadieron los altos del Golán y ahora ocupan esta plataforma propagandística.

            Lo de menos fue el intrépido espontáneo, más figura extraoficial del show que fallo de seguridad. Su valerosa acción y su lema podrían valer para cualquier causa justa: Catalunya, Venezuela, Nicaragua, Siria, Euskadi… “We demand Freedom”, gritó.

¿Y la pobre Amaia, cuarta por la cola? Ni con una voz prodigiosa se puede con el lastre de un partenaire estreñido y una canción de moñas. Que alguien la rescate del estilo cursi que le han impuesto, cruce entre María Ostiz y Perales. TVE fracasó en todo menos en audiencia, con más de 8 millones de espectadores desencantados. En el aniversario del triunfo prehistórico de Massiel, España ni canta ni sus males espanta.