Repetimos, repetimos

Si la inteligencia artificial pusiera su enorme potencial a la búsqueda de nuevos productos para la televisión, fracasaría. No es una maldición: son demasiados los factores paradójicos que hacen inviable definir formatos originales a gusto de las mayorías. Y así seguimos, con lo de siempre, con improvisados retoques para que todo siga igual; eso sí, con unos pocos admirables programas minoritarios. La tele enseña mejor que nadie a normalizar la rutina y convertirla en nuestra zona de confort. Lo único nuevo son las noticias y casi todas son malas o peores, como las que llegan desde Washington.

La temporada de invierno es desoladora, tanto que Telecinco ha reeditado Caiga quien caiga, CQC, venerable formato de reportajes de matriz argentina, con más de 30 años y más recalentado que el caldo de la abuela. ¿Qué pueden hacer a lo Reservoir dogs Santi Millán y sus colegas? Apenas confiar que un vacuo diseño y la aportación de realidades dramáticas, como la plaga del fentanilo, compensen la enésima tentativa y su seguro fracaso de público. Lo de Evole, en la Sexta, es otra historia, por su oferta para grandes minorías y sus entrevistas a personajes que tienen cosas que decir. Lo que reiteró Juan y Medio, entre bromas, tuvo bastante de injusto, pues todas las generaciones del franquismo no fueron desdichadas ni muchos hijos abusan de los abuelos. “Todas las generalizaciones son peligrosas, incluida ésta”.

Y en ETB El Conquistador, que tanto gusta al espectador vasco, repite con su temporada 21 aún con su rechazo por ese punto de telerrealidad que frivoliza un concurso de pruebas extremas; pero nada hay más arriesgado que la convivencia. El regreso de Julian Iantzi es discutible tras su imperdonable fuga madrileña. Es lo que hay, la aburrida cadena de lo mismo.

JOSÉ RAMÓN BLÁZQUEZ

Disperso Risto

La irrupción de Risto Mejide en la tele, en 2006, fue impactante. ¡Qué más quería Telecinco que un nuevo ruido y otra teatralidad! Causó mucho daño a jóvenes aspirantes a músicos y fijó su imagen (agresiva) y doctrina (yo primero). Risto es publicitario y escritor, es decir, narcisista e introvertido. Su evolución le llevó a suavizar sus formas, pero sin renunciar a presentador implacable, incluyendo el antifaz de gafas oscuras, la antitelevisión. A veces mesiánico y otras innovador.

Todos los formatos le han valido para continuar en las pantallas y de casi todos ha salido con poca audiencia y apenas nada que no fuera la polémica, equivalente en publicidad al ideal del impacto. Mediaset le tiene aparcado en Cuatro, su segundo canal, y solo llega a Telecinco con Got Talent, donde hace de malo, pero menos desabrido. Le ha ido fatal en seguimiento con Demos, debate popular en directo, que soñó con ser una alternativa audiovisual a la crispación política y mediática madrileña y su fiereza insoportable. No se puede cambiar España ni hacer pedagogía democrática si los líderes reales, los que mandan, se descuartizan entre sí. Ha cumplido seis años en Todo es mentira, de lunes a viernes y a la hora de la siesta. Es meritorio, pero la aportación televisiva es baja con un churro de humor y análisis al que acuden dinosaurios de la política, ex presidentes de autonomías, como Esperanza Aguirre y Susana Díaz, y exministros. ¡Y no les da vergüenza! 

Mediaset le mima y exprime. Herido por amor y sujeto con honor a terapia, vuelve a lo que mejor sabe hacer, dialogar en clima de confianza. Llega la temporada 11 de Viajando con Chester, de la que ahora es productor, una delicia para minorías dependiente de la consistencia de sus entrevistados. Quédate ahí, sin dispersarte.

JOSÉ RAMÓN BLÁZQUEZ

El nuevo chacal

El Chacal ha salido de nuevo a la caza tras mudar su piel, de cine a serie de televisión. Nacido de la pluma de Frederick ForsythEl día del Chacal se estrenó en la pantalla grande en 1973 sobre la historia del asesino internacional cuya misión era matar a De Gaulle por encargo de la OAS, extrema derecha francesa. La siguiente cacería llegó en 1997, con Bruce Willis y el traslado de la acción a Estados Unidos. Lo curioso del relato es que, para afrontar la amenaza del escurridizo criminal, el FBI excarcela a un miembro del IRA y aceptan la colaboración de una guerrillera vasca (aludiendo a ETA, pero sin mencionarla). El Estado español tuvo que tragar con esta pirueta narrativa apenas tres meses después del asesinato de Miguel Ángel Blanco en Ermua. Para no promocionar el film, el presidente Aznar y su camarilla mediática enmudecieron.

En esta ocasión los miembros del IRA pierden su magia romántica. Es una potente producción para grandes públicos, con innumerables escenarios y espléndida banda sonora. Todo ocurre entre la sede del MI6 británico y el paraíso gaditano donde residen la esposa, encarnada por Úrsula Corberó, y el bebé del Chacal. Hay exceso de defunciones, política podrida y magnates canallas, menos uno, precisamente el objetivo a liquidar. Está claro que la historia, muy ventajosa para el asesino, continuará.

Forsyth interviene como productor asistente sin que le importe mucho el destrozo de su libro, de la misma manera que Gabriel García Márquez hubiera consentido la reciente versión televisiva de su Cien años de soledad, más que digna. ¡Pero si ha disparado las ventas del libro! Exquisitos escritores, que cagan mármol, se han rasgado las vestiduras y ninguno, tan puristas, reconocen que sueñan con ver sus palabras convertidas en imágenes.

JOSÉ RAMÓN BLÁZQUEZ

Txipirones en su sangre

Algunos alimentos, como el calamar, no se deben recalentar a riesgo de indigestión; pero en Netflix, tras servirnos el Juego del Calamar hace tres años y obtener su mayor éxito histórico en series, han puesto sobre la mesa el mismo plato de txipis, pero recalentados, en la creencia de que idéntica receta producirá igual resultado. Si el motivo por el que vimos la primera temporada fue la curiosidad ante un exótico fenómeno audiovisual, ¿cuál es ahora la razón para meterle el diente? Vistos los siete capítulos entre bostezos y fastidio, es un viaje rutinario a la isla de los juegos asesinos, un entorno disney de colores pastel y cancioncillas infantiles. No podía faltar el icono de la gigante muñeca articulada que mata a todo el que se mueve. En suma, una parodia de reality repulsivo y bobo, cuyo menú vuelve a ser txipirones en su sangre.

La historia se centra en Gi-Hun, quien invierte la fortuna ganada en buscar por tierra y mar al creador del engendro para vengarse. Tras encontrarlo se ve abocado a participar de nuevo junto a personas desesperadas por las deudas, entre las que hay una anciana, una chica embarazada, exmilitares e incluso un rapero famoso, tipos abyectos y simples, hasta 456 jugadores, de los que ya en la primera tacada mueren casi cien. Todo lo demás es cómica gestualidad, simbolismo barato, actores infames y diálogos basura para una orgía final de violencia, con la única salvedad de la rebelión de los gladiadores y la identidad de la guardiana número 11. Este potaje quiere ser un drama de ínfulas morales en una sociedad competitiva donde no existe empatía, apenas amor y mucha traición. Y eso sí, nada de sexo.

Con un final abierto, se atisba una tercera temporada de calamar recalentado. Ni la comida valenciana de Mazón salió tan indigesta.

JOSÉ RAMÓN BLÁZQUEZ

Goebbels, antes y ahora

¿Cómo fue posible que la Alemania de Beethoven y Bach, la nación de Goethe, Schiller, Nietzsche, Kant y Hegel se dejara llevar por un demente hasta su completa aniquilación? Junto a causas económicas y complejos históricos, aquella locura colectiva tuvo éxito gracias a las técnicas persuasivas de Joseph Goebbels. La reciente película “Goebbels, ministro de propaganda”, pone a las claras su personalidad y sabiduría para la dominación mental y emocional de las masas. Y si hacemos caso a este fenómeno se diría que, en esencia, sus ideas siguen vigentes en la propaganda de hoy. ¿No tuvo el confinamiento en la pandemia mucho de operación de propaganda basada en el miedo y el castigo?

Goebbels no improvisaba. Se ocupó primero de la mayor exaltación de un líder que jamás se había producido. Después fue directo a señalar a los culpables de la frustración alemana, imaginando el holocausto judío. Encontró en el cine una herramienta poderosa para remover las emociones, “porque ningún amor es más sagrado que el amor al país”. Y al final, definió “la guerra total” para resistir a la hecatombe. Censura y exageración fueron sus instrumentos preferidos. Mujeriego empedernido, pero formidable cornudo, veía cierta semejanza entre la seducción sexual y la fascinación del pueblo.

No creía en la estupidez de la gente, pero afirmaba que “cuanto más primitivo es el mensaje, más efectivo” y procuraba insertarlos ocultos en su retórica. Si viviera ahora tendría un digital como The Objective u OkDiario, pero también le serviría una televisión como Antena 3 o Toro TV y redes sociales como X. Y contaría con Miguel Ángel Rodríguez, pigmalión de Ayuso, como aprendiz y a Putin como nuevo ideal. Quienes buscan salvadores encuentran en la propaganda su simpleza y refugio.

Urte berri on!

JOSÉ RAMÓN BLÁZQUEZ