Sublime Virginia Berasategui

ETB nos ofreció el pasado miércoles un documento conmovedor sobre la grandeza del ser humano, contenida en la declaración de sincero abatimiento de la campeona de triatlón Virginia Berasategui tras reconocer que se había dopado en la última prueba de su carrera deportiva. Por sí mismo, el testimonio constituye un tratado de dignidad y nobleza que merecería ser incorporado como materia de educación ética en los foros del poder y particularmente en las iglesias, donde abunda la condena más que la compasión. En una época de falsificaciones y negación de la verdad, reconforta que una persona, consciente de su equivocación y decidida a encararse con el reproche social, muestre hasta la inmolación su arrepentimiento y anteponga su responsabilidad moral a cualquier tentación autojustificativa.

 Y por su repercusión, el gesto sublime de Virginia ha sido el escaparate de la diversidad de actitudes ciudadanas ante la tragedia ajena, que van de la indulgencia respetuosa a la mezquindad absoluta, pasando por una amplia gama de manifestaciones revanchistas e inquisitoriales. Es lo que hay en este mundo miserable: muéstrate frágil y derrotado y no faltarán lobos dispuestos a rematarte. Después de Berasategui, ¿quién más se atreverá a escenificar su contrición pública?

El tribunal sumarísimo de la televisión ha condenado a Virginia por lo suyo y por lo de los demás, endosándole la culpa universal del doping, el de Armstrong, Marion Jones y Gurpegui, los trucos de Eufemiano y Padilla e incluso ha impulsado un sórdido juicio de intenciones al poner en entredicho por un solo error toda su trayectoria. El aquelarre ha concluido, como es de rigor, con una brutal hoguera en la que no ha faltado la leña política por las simpatías nacionalistas de la triatleta.

 Berasategui necesita apoyo y autoperdonarse, su carrera más dura. ¿Acaso es más importante la  transgresión ocasional de una norma que la rehabilitación moral de una mujer profundamente arrepentida? Toda la épica del deporte no vale una mierda al lado de la grandeza de Virginia.

ETB, más de 100 días después

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No todo son malas noticias. En poco más de tres meses el equipo de Maite Iturbe ha cumplido su primer gran objetivo: situar las audiencias de la televisión pública vasca por encima de las que dejaron los gestores socialistas. Los registros de ETB2 en junio ya están en el 10,6% y los de ETB1 en el 2,4%. Recordemos que en la etapa anterior el canal en castellano tocó suelo con el 7% y la cadena en euskera con el 1,8%, hasta que con el regreso de Pello Sarasola, actual director de Euskal Telebista, la tendencia empezó a invertirse. Sin embargo, el dato más relevante es que la progresión es imparable y que ETB está a punto se situarse en segundo lugar en el ranking de las autonómicas, tras la televisión catalana y por delante de la gallega y la andaluza. En suma, se ha superado la desafección crítica y, a pesar de las mermas presupuestarias y la reducción de los ingresos publicitarios, nuestra tele nacional está a salvo de amenazas griegas y españolas.

 Y no es por casualidad. Creo que el diseño de la programación es eficiente y realista. La baza estratégica de ETB2 consiste en alcanzar el ideal de la cercanía informativa y la identificación emocional con el país, respondiendo con producciones flexibles e inmediatas a la cotidianidad e intereses de la sociedad vasca, tan cambiante, plural y compleja que necesita verse fielmente reflejada en sus medios públicos, a los que corresponde construir cierta unidad vertebradora frente a la tremenda dispersión territorial y política de Euskadi. El proyecto de ETB1 es más difícil, porque durante décadas se ha descuidado su primacía y prevaricado el compromiso con el euskera, una renuncia que ahora hay que purificar proporcionándole los contenidos propios de una televisión integral, cueste lo que nos cueste. La nueva epopeya de ETB1 tendrá pronto la compensación de la audiencia, pero con la sociología lingüística como frontera.

 ¿Cómo se explica la infidelidad de los vascos, mayoritariamente nacionalistas, que eligen Telecinco en lugar de ETB? En mi opinión, es un problema de autoestima.

Crimen en Grecia, silencio en Europa

606x341_228716_el-cierre-de-la-ert-griega-amenaza-coEl azote de la austeridad asola a Europa, condenando a la pobreza, el desempleo y la desesperación a millones de personas. Y Grecia, cuna de la sabiduría y la civilización, es el símbolo perfecto de todas las víctimas de los nuevos jinetes del apocalipsis en los que se representan la troika comunitaria y el poder financiero alemán. No bastaba con llevar al pueblo griego al ultraje de la intervención económica y política -equivalente a una ocupación militar por la limitación radical de su soberanía y la enajenación de sus recursos- sino que, además, había que apagar su televisión pública, la ERT. Así lo han hecho, por sorpresa y con cobarde sigilo, al modo en que los criminales cometen sus fechorías. ¿Para qué? Para despojarle, so pretexto de reducir la deuda nacional, del único medio honroso que le quedaba de recibir información y cohesionarse frente a la mayor agresión que han soportado los helenos desde la invasión otomana.

Gran parte de la sociedad no alcanza a entender la misión estratégica de la radiotelevisión pública. Los medios de comunicación institucionales son, primero, el contrapeso necesario de los poderes informativos privados, vinculados a intereses particulares y no siempre honestos. Y, segundo, son la plaza pública (el ágora) donde converge la diversidad social para dialogar en torno a valores compartidos y propósitos comunes. Por eso, por autoestima democrática, la radiotelevisión pública debe prevalecer. El cierre brutal de la ERT es un mal presagio para TVE y una amenaza contra EITB. Nos quitan la libertad, después nuestro patrimonio y finalmente la voz.

Cabría un poco de esperanza si al menos durante una hora todas las televisiones oficiales del viejo continente hubiesen parado a la vez para que en esa hora de ausencia y silencio los que gobiernan Europa percibieran la dura advertencia de los comunicadores públicos. Pero la respuesta, acomplejada y leve, ha sido algunas pancartas reivindicativas y un par de protocolarios comunicados de protesta. Lo peor no es la insolidaridad: es la soledad.

Pasión por el referéndum. ¿O no?

índiceUno de los personajes con mayor carga irónica de cuantos ha creado Oscar Terol para ETB encarnaba a un alcalde de la izquierda abertzale tan pertinazmente dubitativo que para escapar de su responsabilidad en las decisiones comprometidas convocaba referéndums cada dos por tres, dando lugar a situaciones grotescas. Esta sátira política empieza a hacerse realidad en Euskadi: el referéndum y su versión menor, la consulta, son ya una pasión entre nosotros y quien no la cultive, defienda o reclame con ardor militante asume la dudosa reputación de autoritario o carcamal político.

 En un contexto de descrédito de los partidos y en medio del desplome del sistema tradicional, la exigencia del perpetuo pronunciamiento plebiscitario parece concebirse como el rescate por la ciudadanía del poder de decisión que la democracia formal le había arrebatado. Planteado así, creo que se comete un doble error: ni las consultas son la solución a los déficits de libertad, ni impugnan la validez esencial del régimen representativo. Entre el escepticismo por este género de gobierno directo y la necesidad inaplazable de renovar el estándar político habrá que encontrar un modo eficaz de mejorar las cosas, sabiendo que en nuestro caso el origen de muchos de sus males está en la Constitución, impuesta hace más de 30 años bajo el condicionamiento del miedo y la ignorancia. España llegó tarde y mal a la democracia e igualmente accede con notable retraso al uso de las consultas populares.

 Lo que más me asusta de la ansiedad por los referéndums es el sentido de pureza ideológica que se autoadjudican sus promotores, como si las decisiones de las instituciones representativas estuvieran viciadas por la usurpación de un poder original. Es cierto que la maduración individual sobre el ejercicio de los derechos, así como el conocimiento proveniente de los medios de comunicación, conducen a una progresiva corresponsabilidad ciudadana en los asuntos públicos y requieren la instauración de modelos de democracia participativa que complementen en el día a día los procesos electorales cuatrienales; pero es una monumental contradicción aspirar a que la modernización del sistema se resuelva mediante la aplicación de instrumentos decimonónicos como los referéndums y las consultas. En algún sentido es una vuelta atrás, por la cantidad de dudas que suscitan el qué y el cómo preguntar a la ciudadanía.

 ¿Qué?

             ¿Sobre qué conceptos debería consultarse a la sociedad? ¿Cuándo es pertinente este procedimiento? Obviamente, necesitamos una ley de democracia participativa, plurinstitucional y compatible con la acción de los órganos ejecutivo y legislativo, un recurso que vaya más allá del periódico refrendo popular y se atreva a llegar a lo que, en su cortedad, no vislumbra el viejo método de la consulta. Hablaremos de ello más adelante; pero, mientras tanto, habrá que probar de este fruto hasta ahora prohibido. 

 En principio, cabe pensar que puede preguntarse sobre cualquier asunto que suscite algún rechazo popular o esté en los deseos de cambio, como propugnaba el vacilante alcalde de Oscar Terol. Una de dos: o se convoca referéndum para modificar leyes o alterar el marco jurídico, con efectos vinculantes; o nos quedamos en simples consultas sobre temas  locales (algo así como costosas encuestas de opinión), que no obligan a su acatamiento, como decidir sobre el sistema de recogida de basuras o las corridas de toros, que tantas paradojas provocan. A partir de ahí todo son limitaciones: una institución o un número suficiente de ciudadanos solo estarían legitimados a llamar a consulta sobre aquello que les concierne en exclusiva. Por ejemplo: no cabe interpelar a la sociedad sobre una determinada instalación industrial, porque la capacidad de libre empresa es un derecho y no es cuestionable particularmente. En este caso a los ciudadanos les cabría como mejor alternativa la potestad de la protesta organizada y, en su preciso momento, la impugnación en las urnas de los gobernantes cuya actuación rechaza una teórica mayoría.

 Quienes señalan la excelencia consultiva tendrían que darse cuenta de lo perverso que puede resultar esta dinámica. ¿Hubiera aprobado el pueblo vasco la construcción del Guggenheim, un proyecto fascinante pero muy costoso, en medio de una terrible crisis industrial, si le hubieran preguntado? ¿Refrendaría hoy Euskalduna, Metro o Kursaal? ¿Y el nuevo San Mamés? No quisiera pecar de elitismo intelectual, pero ¿qué criterios o visión estratégica teníamos entonces los ciudadanos para optar por lo más conveniente? Todo lo consultable debería ser técnicamente sencillo y no, como a veces sugiere, una coartada para desbaratar los consensos institucionales con vistas a su sustitución por un siniestro populismo. Entiendo que los votos en las elecciones no son cheques en blanco, pero tampoco son la negación del liderazgo de personas y grupos a quienes encomendamos el diseño del devenir colectivo. También Franco convocaba referéndums, seguro de ganarlos entre amaños e ignorancias.

 ¿Cómo?

             La experiencia consultiva da mucho juego analítico. Fijémonos en Suiza, paraíso del referéndum y país del que muchos querrían importar su patrón democrático. La Confederación Helvética viene practicando este método desde mediados del siglo XIX y se constituye como una tradición, tanto (unas 300 veces en su historia) que incluso después de decisiones cruelmente fallidas serían capaces de prescindir del chocolate antes que suspender sus queridos referéndums. Por cierto, rara vez la participación alcanza el 50%, en parte por cansancio y también porque solo los sectores sociales movilizados -muy a favor o muy en contra- tienen interés en acudir a las urnas para solventar cuestiones intrusivas. Ya existen otras maneras de acometer las diferencias.

             En Karrantza, como en Suiza, acudieron a la consulta taurina 760 vecinos de los 2.500 con derecho a sufragio, el 30,4%, de los que 409 apoyaron la continuidad de las corridas. ¿Representativo? Las dudas residen en que en este tipo de casos -más emocionales que racionales- concurren tres segmentos desiguales: una minoría a favor, otra minoría en contra y una mayoría indiferente, con lo que la iniciativa democrática queda en una pugna mortal entre dos grupúsculos irreconciliables. No creo que el espíritu de la consulta tuviera como propósito original zanjar reyertas pueriles.

 Referéndum siglo XXI

             Entre el referéndum y la consulta hay una diferencia sustancial, la misma que entre lo importante y la menor cuantía. Celebremos referéndums, sí, pero en serio, no amagos teatrales e imprecisos. Temo que la consulta catalana -o lo que quiera plantearse en Euskadi si no es resolutivo- tenga mucho de estos defectos tácticos por falta de osadía política e insuficiente convencimiento democrático.

 Las consultas solventes sobre temas de debate cotidiano (legales, económicas y sociales) hay que dejárselas al desarrollo de esas maravillosas herramientas que son las tecnologías de la información y la comunicación. ¿Quién quería dar la palabra al pueblo para todo? Pues internet es el escenario perfecto de la democracia participativa, no la vieja urna y su lenta ceremonia. Quizás no estemos aún preparados para las posibilidades que ofrecen estas técnicas aplicadas al gobierno del interés público. Hay demasiadas sospechas e ignorancias sobre su posible descontrol o alteración virtual; pero llegará el día en que la gente será interpelada sobre la conveniencia de las más diversas materias, para decir sí o no a un proyecto local, manifestar su conformidad o discrepancia sobre una ley o impugnar a golpe de clic a un ministro, alcalde, juez o diputado. Las votaciones serán constantes y generalizadas y exigirán tener información y criterio. No es política ficción. Es la última esperanza de la democracia: capacidad de decisión vinculante en todo y en tiempo real. Caramba, ya somos mayores.

 

Rojo y negro: el regreso de «El Caso»

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Stendhal podría haber escrito hoy su monumental novela Rojo y negro con más motivos que hace casi dos siglos; pero el simbolismo de los colores sería distinto: ahora el rojo no representaría lo militar, sino la sangre derramada por la violencia gratuita, mientras que el negro aludiría a lo patológico de la crónica mediática de los asesinatos y no a las sotanas, como entonces. El tratamiento informativo de los crímenes en serie del falso monje shaolín, Juan Carlos Aguilar, refleja lo poco que hemos avanzado en ética pública y lo mucho que hemos retrocedido en comunicación social.

Por muy insólito que sea aquí este tipo de casos y por muy cerca que nos haya tocado, el relato servido -en fondo, forma y cantidad- ha sido una desmesura. El Caso, aquel sórdido periódico, desaparecido más por vergüenza que por falta de lectores, ha vuelto. Y se ha transfigurado en Vocento, cuya cabecera de referencia ha dedicado una media de cinco páginas diarias y la portada a las crueldades del monstruo del gimnasio. Al exceso del rojo sangriento ha añadido el negro de los detalles escabrosos: la máquina rotaflex con que Aguilar descuartizaba a sus víctimas, las bolsas que contenían los miembros amputados, la historia íntima de las dos mujeres, la mención insistente de la relación de estas con la prostitución y, por si no fuera bastante, tras la coincidencia de este asunto con la muerte violenta de una anciana en la capital vizcaína, la elevación a categoría de noticia trascendente ¡y a toda plana! que esta ha sido una semana trágica en Bilbao. Lo trágico, creo yo, es asistir al bochorno del desbordamiento emocional interesado y al espectáculo del despliegue morboso con que ese rotativo pretende remediar su crisis de identidad.

La tele no le ha ido a la zaga. Ana Rosa fue de las primeras en enviar sus buitres a por carroña. Y lo más desconcertante: todas las cadenas que el asesino visitó -Telecinco, Antena 3, Telemadrid y TVE- han procurado no recordar que dieron cobertura a los delirios del landrú. Los medios, ya se sabe, nunca se equivocan.