Patxi no es López: más allá de la obviedad

Las comparaciones son odiosas, sobre todo para quien sale perdedor en el contraste. Pero son inevitables y recurrentes. Entre Iñaki López, anterior moderador del debate El Conquis, y Patxi Alonso, su sustituto, hay tantas y tan notorias diferencias que seguramente marcarán el destino y la aceptación pública del programa. Para reducir la crueldad del cotejo, quizás Patxi debería no obstinarse en imitar a su antecesor en el uso de expresiones ocurrentes o el juego de ironías, materia en la que Iñaki es un auténtico virtuoso. Pocas cosas resultan más patéticas que pretender ser gracioso cuando se carece de este don natural. Y ahí, en ese afán forzado de promover su perfil más divertido, Alonso desperdició la noche de su debut, en lugar de ocuparse de marcar su personal estilo. Fue un portentoso ejemplo de sobreactuación.

Habría que preguntarse si Patxi reúne las condiciones óptimas para la televisión. Tengo mis dudas. Le sobra la locuacidad de la radio, su medio más propicio; pero lo peor es su tonalidad acústica, una octava más alta de lo normal, lo que favorece la emisión de gallos y obliga a bajar el volumen del televisor. Es como si se hubiera criado en un ambiente de sordos. Tenga o no cualidades para la tele, es seguro que lo suyo no es conducir una tertulia: su impericia provocó un enorme caos y que enseguida añoráramos la capacidad de control y la autoridad sin aspavientos de Iñaki, habilidades que no se aprenden, vienen de fábrica. ¿Elegirían a Alonso como presentador si no fuera socio de la productora que elabora el reality?

El Conquis solo es el apéndice testimonial de El Conquistador del fin del mundo. Entre uno y otro existe el mismo abismo diferencial que entre el sudor y la saliva. El debate está al servicio de las aventuras y desventuras de los concursantes, no de la exuberancia verbal. Ni para reivindicarse como comunicador no deportivo. Que Patxi no olvide esta jerarquía. No vaya a ocurrirle lo que a muchos políticos, que creen que hablar es más importante que actuar. Ni punto de comparación.

Ha nacido un nuevo género periodístico: el publireyportaje

Uno de los subproductos generados por la complicidad entre los anuncios y la información es el publirreportaje, un espacio publicitario con apariencia de noticia cuyo engaño se funda en la confusión intencionada de lo objetivo con lo subjetivo. Es una perversión, pero tiene sentido económico. Ahora, TVE y la monarquía lo han transformado en publireyportaje, un nuevo género que, bajo el formato de entrevista, rinde pleitesía a la corona y en su servil tributo traiciona todo el catálogo ético del oficio periodístico. Si la parodia de diálogo entre Juan Carlos I y Jesús Hermida pretendía el enaltecimiento borbónico, no hay duda de que el resultado ha sido contraproducente, porque ofreció una imagen enfermiza del monarca y evidenció que sin papeles es incapaz de elaborar una frase con criterio. Tan inseguro se mostró que el entrevistador habló más que el entrevistado, nada extraño entre un soberano mediocre y sin cultura y un periodista locuaz y empalagoso.

En los veinte minutos de conversación en el prime-time del viernes no hubo preguntas incómodas y ni una sola referencia a las corruptelas de la familia real. Fue un intento de manipulación emocional e histórica con dos mensajes subliminales: el rey solo piensa en España y España sin la monarquía sería un caos. Sin embargo, el lenguaje corporal del jefe del Estado indicaba la poca sinceridad de sus palabras, por la desviación de su mirada y el movimiento nervioso de las manos. La entrevista fue vacua y se inscribe en la campaña, tan errática como defensiva, emprendida por La Zarzuela y los medios públicos para remendar el prestigio del rey, superado por su conducta y contradicciones y cuestionado por una sociedad enfurecida y mejor informada.

Al bodrio del publireyportaje le siguió una hora de recreo nostálgico para que un acomodado grupo de setentones contaran sus batallitas e insistieran en alabar la transición española con la complacencia que proporciona la mala memoria. Cumplir 75 años es un acontecimiento vital, pero no es razón para celebrarlo con una orgía de mentiras.

Iñaki de noche: aventura en La Sexta

Hubo un tiempo en que la tele y la industria del ocio se conjuraron para alterar los hábitos de los ciudadanos en la noche de los sábados: la pequeña pantalla inducía a las familias a llenar restaurantes, cines y espectáculos mediante la programación del aburrimiento. Fue un convenio artificial, que hubiera merecido una denuncia ante el Tribunal Europeo de la Competencia; pero era una época de crisis y había que pastorear a la gente hacia los verdes prados del consumo. Hoy el prime-time sabatino mantiene tácitamente ese acuerdo y lo llena con un caos experimental pensado para quienes no pueden salir de casa a solazarse, aunque lo desearan. Para esta mayoría social, ahora indignada, se hicieron los espacios de debate en fin de semana, a medio camino entre el magazine y la tertulia. La Noria y su reemplazo El Gran Debate, fueron la solución de Telecinco para esas horas muertas, en las que La Sexta quiere su parte. Tras un primer intento, la cadena vuelve a la carga con La sexta noche, que comenzará en enero con nuestro Iñaki López como moderador.

Será la segunda aventura de Iñaki a escala estatal, después del fiasco del concurso Justo a tiempo, en Cuatro; solo que esta vez se la juega en horas de máxima audiencia. El presentador vasco es un todoterreno y su solvencia está sobradamente acreditada por los seis años de Pásalo en ETB2, de feliz recuerdo. Su mayor virtud es esa equilibrada aleación entre simpatía y rigor cuyo fruto son debates interesantes y a la vez amenos. Tendrá que hacer un esfuerzo para contener su alma heterodoxa sin renunciar a ser quien es, un comunicador único. Nadie le va a exigir que supere a Jordi González, pero sí que le rasque un 10% de share en pocas semanas.

La tele en Madrid es cruel e Iñaki lo sabe. La ansiedad por los resultados devora la innovación y malogra los mejores proyectos. A esa patria despiadada llega para demostrar lo mucho y bueno que aquí ya conocemos. Es su gran oportunidad. Perder a uno de los nuestros solo se compensa con su éxito en escenarios más grandes. Zorte on!

La tele indignada: rebelión a la vista

La mala fama que arrastra la televisión -justificada unas veces y mal intencionada otras- impide que se valore su meritorio esfuerzo en la canalización del enfado social frente a la crisis, sus causantes y beneficiarios. Ya dijimos que sin imágenes (apaleamientos policiales, desalojos salvajes e indiferencia judicial) el drama de los desahucios no hubiera obtenido una respuesta paliativa. Y si estas víctimas reciben el amparo informativo de la tele, ¿por qué la indignación pública contra el recorte general de derechos no cuenta con el respaldo de imágenes contundentes que acrediten la ira y sufrimiento de la gente? ¿Por qué nuestra sociedad enfurecida no tiene aún su Robin Hood audiovisual que haga temblar a los poderes?

Algo de esto intenta conseguir La Sexta, aunque con insuficiente neutralidad ideológica. Con un Wyoming cada vez menos sarcástico y más directo y un Jordi Évole brillante en todo menos en el título, Salvados, demasiado parecido al rey de la telebasura. Su virtud está en la justa combinación de denuncia e ironía contra el despilfarro político y la pedagogía en la explicación de los orígenes y efectos de la crisis, con renuncia expresa al dramatismo demagógico. Uno se encoleriza con las historias de los saqueos institucionales y financieros, pero resiste la tentación de acudir a las barricadas. Es la intelectualización del cabreo o la indignación argumentada, lo que explica la rareza de que un programa de contenido político obtenga tres millones de espectadores y un share de más del 13% en las amodorradas noches dominicales.

La amenaza derechista de Antena 3, dueña ahora de La Sexta, es que la presión de los intereses corporativos culmine con la desaparición del programa la próxima temporada. Es demasiado corrosivo e instructivo, hasta el punto de que podría influir en la ruptura democrática de los diques de contención de nuestro corrompido sistema. Hay una irritada disposición popular a la rebeldía y Jordi Évole la estimula cordialmente. Han saltado las alarmas en La Moncloa: cuidado con amotinar a la mayoría silenciosa.

El último regalo de Surio

El regalo, según Georges Gilder, es el origen del capitalismo. Del deseo de corresponder “al impulso inicial de generosidad proviene la espiral de intercambios que, en última instancia, da lugar a la prosperidad capitalista”, afirma el autor de “Riqueza y pobreza”. Es muy satisfactorio que al esfuerzo de regalar podamos añadir la función multiplicadora del bienestar; pero algunas veces, aunque el mundo se hundiera en la miseria, sería mejor no recibir ciertos obsequios, por la vileza que encierran y su corrosivo simbolismo. Como el que nos va a dejar el equipo saliente de EITB y la mayoría de su caducado Consejo de Administración: ETB retransmitirá servilmente el mensaje del rey en la Nochebuena. Sin remisión ni debate. Será el último rastro del proyecto españolizador que durante tres años y medio ha desnaturalizado la radiotelevisión vasca hasta conducirla a cotas de desprestigio y lejanía social como jamás se había conocido.

Aunque son conscientes de que la emisión es una bofetada a la democracia, por el rechazo absoluto que suscita, ignorando que Euskadi tiene un nuevo lehendakari y que el frentismo antinacionalista quedó desbaratado en las urnas, los directivos prorrogados de EITB han optado por permanecer en el pasado e insertar en los hogares vascos la pastosa oratoria del cazador de Botsuana, suegro de Urdangarin y heredero de Franco. Es su regalo de despedida que contiene la venganza contra la audiencia que perdieron y el desprecio hacia cuantos impugnaron su deshonrosa gestión. ¿Rectificar al final? No, coherencia en el desatino.

No creo que la difusión del mensaje real por ETB sea una anécdota o un asunto sin cabida en el debate social. Si fuera así, ¿por qué se forzó a la televisión vasca a emitirlo si a nadie interesaba? Porque fue el símbolo de una victoria del Estado sobre la rebelde Euskadi, una historia ridícula cuyo estrambote es esta emisión en tiempo de descuento. Quédese, Surio, con su regalo de Olentzero, que este país se dispone ahora a recuperar la respetabilidad de su radiotelevisión pública.