¿Y si nos levantamos?(en homenaje a José Luis Sampedro)

 

Tengo especial devoción por Coca-Cola como marca y como marketing. Sus anuncios son pequeños tratados de humanismo, sociología y cultura, todo en uno,  que retratan y ensalzan la naturaleza común de las personas al margen de sus orígenes y proyectos vitales. Eso explica, visto sin prejuicios, por qué es el emblema más universal. La última campaña es un rizo intelectual, burbujeante, entre una propuesta obvia y otra intercalada: sitúa a las sillas (a las que autodenomina “el poder”) como el enemigo que nos condena al sedentarismo y la obesidad, por lo que nos invita a la rebeldía de levantarnos para emprender una vida sana. De ahí deriva al mensaje, netamente subliminal, “¿Y si nos levantamos?”, que suena en su contexto levantisco a una incitación al alzamiento, indeterminado y emocional, pero también orientado, sin decirlo, a responder contra las causas y los efectos de la crisis. Sí, solo es una campaña comercial, llena de juvenil ingenuidad, nada más que una actitud de insubordinación poética; pero que cae sobre el suelo fértil del cabreo social y los deseos colectivos de cambiarlo todo. Hasta donde puede, con matizada ambigüedad, Coca-Cola ofrece su complicidad en el empeño público de una gran catarsis.

El problema es que la insurrección bien entendida exige algo más que sentimientos de indignación y abstractos propósitos innovadores para otorgarle algún crédito. Derribar sillas, sillones, tronos y poltronas -odiosos símbolos del poder- sería apasionadamente inútil si no previéramos desde ahora el resultado de que las mismas sillas, sillones, tronos y poltronas volverán a estar ocupados por otros líderes que nos llevarán a parecidos o peores desastres que el actual. ¿Y qué hacemos después de levantarnos?, esa es la cuestión, pero también cómo y a qué precio hay que llevar a cabo el cambio de nuestro sistema económico y político. De hecho, ya existe una plataforma llamada ¡En pie!, que tiene previsto rodear el Congreso español el próximo 25 de abril. Según mi percepción, coinciden dos perspectivas de futuro contradictorias en la sociedad crispada: una, de radicalismo democrático, aspira a restituir a la comunidad el control de las decisiones públicas y profundizar en la ética y la cooperación como motores de un desarrollo social más justo; y otra, singularmente revolucionaria, confía en una nueva era de soluciones socialistas al constatar el fracaso definitivo del modelo capitalista y también de la democracia representativa. Las dos tienen miedo.

Las formas y el fondo

No conozco ninguna sociedad equilibrada dispuesta a lanzarse a la aventura de la ruptura del sistema. “La solución es un estallido”, declaraba hace poco L. E. Aute. Para que una sublevación sea factible se necesitan tres factores: que la mayoría no tenga nada que perder, que la angustia y el rencor se retroalimenten hasta resultar insuperables y que el futuro sea tan desesperado como el presente. ¿Está dispuesto nuestro artista a perder los privilegios de su acomodada vida? Lo que parece es que hay unas ganas irresistibles de echar abajo el orden actual, pero hasta ahora nadie ha concretado la alternativa que debe sucederle. ¿Qué fue del 15-M? Es algo infantil afirmar vehementemente lo que no se quiere y no saber con certeza lo que se desea, lo que indica que a nuestros objetivos de transformación aún les falta madurez.

Así que, de momento, todo queda en zarandear a los poderes y ejercer pequeños pero trascendentes quebrantamientos de la ley. Jueces, bomberos, policías, cerrajeros y funcionarios se niegan a participar en los desahucios. Algunas instituciones han amenazado (¿o chantajeado?) a los bancos con retirar sus depósitos si ejercen el desalojo de viviendas. Y es probable que la presión social vaya en aumento hasta provocar situaciones límite. En este punto la clase dirigente debería adoptar una actitud menos defensiva y asumir los inconvenientes de los alborotos como tributo a sus errores y como válvula de escape de la cólera ciudadana.

La táctica de los escraches (protestas masivas centradas sobre el domicilio o lugar de trabajo de alguien a quien se quiere denunciar) no sería un problema si se reconociese la desigualdad del sufrimiento de los desahuciados con su miseria y los políticos con las protestas. El padecimiento de los gobernantes está implícito en la naturaleza de sus cargos y su salario. El riesgo de este tipo de acoso estriba en que la heterogeneidad de los manifestantes conlleva un cierto descontrol: al final, un exceso o episodio violento puede ser, por las formas, letal para el fondo y razón del ejercicio del reproche personalizado. En todo caso, el debate no está en la legalidad o no del escrache, sino en los motivos y sentimientos colectivos que han activado a este tipo de reacciones agresivas. Ver a políticos culpables zaheridos por las masas es al menos un espectáculo compensador del dolor de los pobres y parados. Una vez más el PP y los poderes mediáticos afines alteran la carga de la prueba criminalizando a airados ciudadanos: el victimismo político frente al pueblo enfurecido es un sarcasmo. Triste gobierno es el que no tiene más defensor que la policía.

La rebelión de los viejos

Los movimientos de protesta serán tanto más radicales cuanto más dura y duradera sea la crisis con sus injusticias y la clase política con su incompetencia y  corruptelas. Está por ver hasta qué punto llegan a desafiar los equilibrios del sistema y si produce, como se desea, una aceleración imparable de las reformas democráticas y económicas. ¿Y si a los meritorios grupos contra el desahucio se les uniera un colectivo aún más potente? El de los viejos, jubilados y pensionistas, por ejemplo. Estas personas constituyen una mayoría social, tienen poco que perder en razón de sus reducidas expectativas, les sobra tiempo, poseen experiencia, acumulan mucho conocimiento y podrían están dispuestas al sacrificio por sus hijos y nietos. Son los máximos indignados, no solo porque los recortes sociales se han cebado sobre ellos, sino también porque perciben las injusticias y los abusos de la crisis con más criterio y desde valores más profundos que los que manejan nuestros jóvenes.

Si los viejos se lo propusieran, organizándose en ámbitos específicos (sanidad, servicios sociales, entidades financieras, partidos e instituciones) paralizarían el país y llevarían el sistema al caos. ¿Cargaría a pelotazos la policía contra un escrache o boicot protagonizados por una multitud de ancianos? ¿Se atrevería el Gobierno a enfrentarse a tantos millones de votantes? ¿Qué podría hacer el sector bancario si las personas mayores decidieran vaciar sus libretas de ahorro? Mucho cuidado con esta gente porque su poder de agitación es potencialmente más poderoso que el de todos los sindicatos y grupos cívicos juntos. Quizás decidan pasar de espectadores pasivos de los sufrimientos de sus hijos y de la incertidumbre de sus nietos a activistas de la refundación económica y política: perdida toda esperanza, poco importa perder el pudor a la algarada y el miedo a terminar machacados.

La marea contenida de la rebelión democrática goza de apoyo popular y es mayoritaria. Se trata de una fuerza imprecisa e incluso contradictoria; pero su capacidad de liquidación del sistema es muy potente. Nos estamos aproximando a un punto sin retorno y si quienes tienen que incorporar soluciones justas (trabajo, solidaridad, ética empresarial y responsabilidad política) no proporcionan esperanza, entonces, sí, y no al modo pueril de Coca-Cola, habrá llegado el momento de levantarse. Hoy se advierte la amenaza. Mañana, la certeza. ¿Revolución? Qué extraño, si solo se trata de que se cumpla la voluntad del pueblo soberano.

 

Haciendo el chino en Euskadi

 

Hacer el chino: dícese del método industrial cuya prioridad es fabricar al menor coste posible, sin importar la calidad y otros resultados de valor añadido ni tampoco los derechos de los trabajadores y el medio ambiente. Gran parte de la economía vasca está bajo este síndrome productivo en la creencia de que trabajar así, más, peor y por mucho menos, la rescatará de la recesión. A la tele también le afecta esta fiebre amarilla y se le exige seguir programando como hasta ahora, pero a mitad de precio, en virtud de la mengua presupuestaria y la caída de ingresos publicitarios. Con una reducción del 17% en sus recursos, ETB se aprieta las tuercas -y se las ajusta a las empresas audiovisuales- para que nuestra radiotelevisión pública sobreviva a la crisis y a su voraz aliado, el monopolio privado de la comunicación.

De esta épica de resistencia surgen los nuevos programas Ongi Etorri, Perdiendo el Norte y Desmontando Euskadi, que tienen en común tres factores, además del gerundio: buenos profesionales, esforzado reporterismo y presupuestos de risa. Y también una nula originalidad y la pertinaz apelación a lo típico y lo tópico. El primero, conducido por Patricia Gaztañaga, es una versión más del exhibicionismo de casoplones y pisos sin más encanto que las excentricidades de la gente proyectadas en sus hogares. El segundo, dirigido por José Antonio Pérez, es un desahogo de los males españoles a modo de inútil terapia reparadora. Y el tercero, que se estrena hoy, es obra de los creadores de Vaya Semanita y Goenkale, obsesionados con redimirnos de los estereotipos vascos. ¿Pero no nos habíamos mofado ya lo suficiente de nuestros complejos?

Solo hay dos formas de producir en la penuria: hacer el ridículo, como Intereconomía con un programa -cutre no, lo siguiente- de música clásica que roba imágenes de orquestas en YouTube para no pagar derechos a intérpretes y discográficas. O hacer el chino, como ETB, cámara al hombro y buscando testimonios por doquier. Muy digno, pero así la tele empieza a parecerse demasiado a la radio.

 

Catamarca Telebista, la solución imperfecta

“Paisaje de Catamarca /con mil distintos tonos de verde; /un pueblito aquí, otro más allá, /y un camino largo que baja y se pierde”. Así cantaban Los Chalchaleros y también Jorge Cafrune en los atribulados años setenta acompañando nuestros ardores revolucionarios del tardofranquismo. De repente, el eco de aquella zamba argentina se ha proyectado en Euskadi con el renovado mapa climatológico de ETB y su extensa gama de tonalidades verdes que identifican patrias y querellas: Araba, Bizkaia y Gipuzkoa, en verde chartreuse, brillante; Nafarroa, en verde absenta, templado; Iparralde, en verde malaquita, intenso; y las regiones españolas y francesas colindantes en verde camuflaje, mortecino. Y aún han sobrado otras cincuenta versiones del verde en la paleta del Pantone para encajar en el grafismo objetivos contradictorios: 1. Que fuera distinto al anterior. 2. Que no recordase al de 2009. 3. Que disgustara lo menos posible a la mayoría. 4. Que soliviantase a Gorka Maneiro y Yolanda Barcina como prueba pública de que su rechazo es exclusivo de intransigentes.

Los nuevos gestores daban por descontado que, cualquiera fuera el diseño, no complacería a ningún sector: el mapa del tiempo es otro de nuestros campos de batalla, probablemente el más estúpido. Así que, por exceso o por defecto, todos iban a ponerles verdes, con lo que solo les quedaba apelar a la retórica cromática y el juego sutil de los matices para que nadie resultara ganador en esta riña infantil de símbolos. La solución generada es un precario perfil de Euskalherria, pero con escolta vecinal y fronteras que señalan dónde estamos y el dibujo de nuestras verdes esperanzas.

Habilidosa síntesis, ciertamente: el mapa tenía que cambiar, ma non troppo. Náufragos de esta tormenta en un vaso de agua, no hemos reparado en que lo indispensable en Eguraldia se mantiene: ahí está, como hace catorce años, Ana Urrutia añadiendo su sonrisa a anticiclones y borrascas, prometiéndonos sol para hoy y lluvia para mañana y alerta a la fuerza de las olas. Es primavera en ETB.

 

 

Diagnóstico político: ¡paranoia!

Corea del Norte es el modelo perfecto de la sociedad paranoica, tiranizada por un poder hermético y totalitario que implanta en la mente individual y colectiva, desde niños, la obediencia ciega, el gregarismo incondicional y el control de su pensamiento, emociones  y actos en el contexto de un país que se siente obsesivamente amenazado por el enemigo exterior y los traidores interiores. La consecuencia de un sistema tan deshumanizado y militarizado es la histeria de las conductas privadas y públicas. Parece imposible, pero tal comunidad existe en nuestro mundo global. Y es la brutal evidencia de cómo el ser humano continúa siendo vulnerable en su dignidad y pasto de déspotas y engaños. ¿Realmente estamos tan lejos de Corea del Norte?

Si entre los síntomas de la paranoia está la manía persecutoria y los delirios de grandeza, además del autoengaño, no hay duda de que el comportamiento paranoico está instalado en nuestra vida política y social. A escala individual, paranoico sería atribuir a la mala suerte el resultado de nuestros errores o culpar de los fracasos a alguna confabulación fatal de intereses. O entre los creyentes, imputar todo desastre al olvido de Dios o a su castigo. Convertir la casualidad en mito es una locura, al igual que enredarse en la orientación mágica de la existencia. Es una necesidad absoluta que nuestra percepción de las cosas no se aleje demasiado de la realidad tangible y verdadera, porque esa distancia mide la magnitud de nuestra salud intelectual y el buen gobierno de nuestros actos. Sin embargo, la política transcurre hoy como una carrera de apariencias dentro de un absurdo círculo vicioso.

La culpa es siempre ajena

La izquierda abertzale tiene un problema de contradicción con el presente y de homologación democrática: sus cuentas con el pasado siguen pendientes. Y como se resiste a afrontarlas o pretende resolverlas mediante el olvido, se ve sometida a una metodología infernal de justificaciones y evasivas que no hacen más que dificultar su proceso de saneamiento. En el mejor de los casos, repudiar sinceramente la larga y penosa complicidad con la violencia terrorista y el matonismo político paralelo llegará con el tiempo, a medida que la reflexión ética penetre en este sector social. Quisiera confiar en esta salida moral, por su propio bien; pero esta gestión de los plazos parece esconder su adhesión a la vieja fórmula de los morosos: deuda + tiempo = impago, con lo que no abonar la factura es solo cuestión de dejar transcurrir los años. Aunque quizás amortice una pequeña parte en forma de protocolaria disculpa, después de hacernos una quita descomunal de su responsabilidad. Qué cruel paradoja: la sociedad vasca le pide que formule el perdón y el repudio por la violencia y al final seremos los demás quienes perdonemos a la izquierda abertzale, por nada.

En este irracional proceso los dirigentes de EH Bildu y Sortu -y no sé en qué medida sus bases electorales- han optado por la vía paranoica, a través de la negación de la realidad y el autoengaño. El juicio ramplón y espurio que Laura Mintegi hizo del terrorismo (“la violencia que ha ejercido ETA tiene origen político”) es una muestra de su escapada de la historia y una repulsiva manipulación de los hechos, puesto que las motivaciones ideológicas, en todo caso totalitarias, no son argumentos paliativos de los asesinatos de centenares de personas, ni otorgan a sus autores ninguna categoría superior respecto de cualquier otro criminal. En la falaz dialéctica paranoica el debate semántico es un rico filón para suplantar los significados reales por otros ilusorios.

La paranoia de la izquierda abertzale está en querer hallar a toda costa una explicación razonable en la que encajar su aventura terrorista. Como que la culpa fue de todos, un argumento que luego hizo suyo, a su manera, el Estado español al endosar a la ciudadanía vasca cierta pasividad y connivencia con ETA. Y como la culpa fue de todos (porque no había diálogo resolutivo, porque existía la tortura y el terrorismo de Estado, porque también ETA aportaba sus mártires y porque no se reconocían los derechos nacionales de Euskalherria) la culpa no es de nadie. ¿Pero acaso tenemos ahora asegurados esas prerrogativas y un diálogo soberanista en marcha que avalen el final de ETA? ¿Qué hay hoy en Euskadi en lo político que no hubiera hace diez, veinte o treinta años para no estar sometidos a la tutela terrorista como entonces? Ah!, el problema es que la izquierda abertzale no asume la derrota política, ética y militar de su periplo revolucionario, lo que le impide hacer su descargo de conciencia. Mucho cuidado con el victimismo del discurso paranoico: es experto en la manipulación emocional.

De culpables a mártires

Una de las manifestaciones más groseras de la paranoia política actual es la que otorga verosimilitud a la teoría de la conspiración norteamericana sobre los países de centro y sur del continente. Antes y después de la muerte del caudillo bolivariano Hugo Chavez muchos ciudadanos han convertido en verdad el mito de que el presidente Barack Obama y sus predecesores son los causantes de las enfermedades letales que padecen o padecieron, además del fallecido líder venezolano, Cristina Fernández de Kirchner, presidenta argentina, con cáncer de toroides; el expresidente paraguayo, Fernando Lugo, con cáncer linfático; la presidenta de Brasil, Dilma Rousseff, también con cáncer linfático, así como el expresidente Lula da Silva, con cáncer de laringe. Según la leyenda que hace fortuna en los regímenes populistas y también en la izquierda europea, los laboratorios de la CIA provocaron estas patologías entre sus discrepantes, variando la táctica clásica de los golpes de estado militares por esta suerte de guerra bacteriológica personalizada. Para la política paranoica las coincidencias y las casualidades son siempre señales inequívocas de persecución y conjura judeomasónica.

Este mismo proceder paranoico lo viene desarrollando el Partido Popular desde que saltara el escándalo Gürtel y el caso Bárcenas. Así el ministro Wert declaró hace poco que existe “una cierta percepción social hipertrófica y exagerada del nivel de corrupción», lo que equivale a decir que en el PP solo se roba un poquito y que todo lo demás son hipérboles mediáticas de la izquierda. En esta misma onda, La Razón elevó a su portada del pasado 1 de febrero el paranoico titular de “Causa general contra el PP”, invirtiendo el valor de la prueba hacia los denunciantes de las corruptelas. He aquí la constatación de cómo los paranoicos son auténticos virtuosos en el arte de transmutarse de presuntos delincuentes a víctimas oprimidas y de revertir sus delitos en martirio.

Mi opinión es que el descrédito político no se origina en la corrupción o la mala gestión de los recursos públicos, sino en la excesiva competitividad entre los partidos al más puro estilo mercantil, lo que les conduce, primero, al miedo obsesivo a perder su cuota de poder y, después, a una dificultad patológica de reconocimiento de los errores derivados de su exceso de promesas y expectativas, lo que a su vez les induce a una dialéctica desenfrenada de autodefensa estratégica y a la sobrevaloración de las palabras sobre los hechos, cuyo punto final son los delirios paranoicos y el sentimiento de persecución ante cualquier crítica. La política debe liberarse de la vanidad de las tribunas, relativizar la importancia de las meras palabras y volcarse en la realidad simple y compleja de cada día. No busque remedio a su locura en la psiquiatría, porque lo tiene únicamente en el reencuentro con la humildad y la gente.

Malditas líneas rojas

Supongo que el mantra de las líneas rojas, que obstinadamente invocan nuestros políticos para señalar la infranqueable frontera de sus decisiones en materia de recortes sociales, está inspirado en el título de la novela antibelicista de James Jones, La delgada línea roja, de la que se hizo una gran película, protagonizada por Sean Penn. Como el propio autor aclara, la expresión procede de un viejo refrán del Medio Oeste norteamericano: “No hay más que una delgada línea roja entre la cordura y la locura”. ¿Y cuáles son las líneas rojas de la televisión pública en esta crisis? No están claras, pero parece que son aún más finas que las de otras áreas. Por dos razones: primum vivire, los medios públicos no son prioritarios ante la adversidad; y pecunia regina mundi, las cadenas privadas quieren las 625 líneas de todas las teles oficiales.

No existen líneas rojas para TVE, asomada ya al abismo de la desaparición. Su ruina, como tantas otras, la generó Zapatero al suprimir la publicidad y promulgar la Ley Audiovisual. Ahora, el ente estatal tiene menos ingresos, mucha menos audiencia y unas pérdidas de 113 millones que a Montoro le desesperan. Echenique, su principal responsable, amaga con recuperar los anuncios para financiarse; pero solo es un truco del PP con el que presionar al duopolio Telecinco-Antena 3 para que dejen de agitar a las masas con las noticias sobre desahucios, quiebra financiera y corrupción política. Los gobernantes españoles confunden el servicio público con un váter colectivo.

En EITB las líneas rojas son muy precisas: el euskera, la cultura vasca y la singularidad de su modelo para una sociedad diferenciada. ¿Cómo sostener nuestra radiotelevisión con una reducción presupuestaria del 17%? Este es el reto de Maite Iturbe, la nueva directora general, y su equipo. Las herramientas del éxito son: creatividad, rigor en la gestión, profesionalidad, cercanía emocional, pluralismo y, como recurso extra, épica de supervivencia. Por su relevancia democrática, EITB entra en la categoría de lo indispensable.