En el programa del Alderdi Eguna de todos los años -también en el de 2011- hay una cita, además del mitin central, que no pasa desapercibida: a las 10.30, hay misa en las campas, en el mismo estrado de oradores, a la que suelen acudir cientos de afiliados/as y simpatizantes del EAJ-PNV. A muchas personas les llama la atención, incluso les escandaliza, que a estas alturas del siglo XXI un partido político moderno integre un acto religioso en el programa oficial de su fiesta anual, como un apéndice extemporáneo. ¿Y por qué les causa extrañeza? Seguramente, porque desconocen -o no asumen- los orígenes y trayectoria de la principal fuerza política de Euskadi y sus 116 años de historia. La Misa católica, en el contexto de un encuentro masivo, donde se supone hay una diversidad de posturas ante el hecho religioso, les parece una antigualla o un fósil paleolítico en medio de la modernidad. A algunos, los más frívolos, les da risa.
No voy a entrar en los orígenes fundacionales del EAJ-PNV y su inseparable relación con la religión católica. Es un relato prolijo. Ni siquiera voy a apelar a su lema JEL (Jaungoikoa eta Lege Zarra) que se ha mantenido en su marca euskaldun. Historia y lema ya justificarían por sí solos la celebración de la Misa en la fiesta abertzale. Voy al argumento cultural, tan querido por los nacionalistas.
Cultura son, en el sentido antropológico, las tradiciones y costumbres de un pueblo, heredadas de generación en generación y que persisten hoy. Si extrajéramos la tradición católica del PNV (y de la sociedad vasca) estaríamos arrancando parte de su ser, lo vaciaríamos: lo negaríamos finalmente. Es una profunda contradicción defender por un lado la identidad cultural vasca y, por otro, extirpar la tradición cristiana de Euskadi. Al PNV, más que a nadie, le corresponde ser coherente con la identidad vasca actuando sin complejos frente a quienes preconizan un acomodo cosmético de nuestro pueblo a una realidad poscatólica o limitadamente laica.
Alabo y defiendo la valentía de las autoridades del EBB del PNV por mantener el acto religioso dentro del programa oficial del Alderdi Eguna. Pero no lo alabo como católico, sino como nacionalista. Porque proteger la tradición cultural es un hecho rotundamente político (sí, político), no un acto de piedad religiosa ni un acto de afirmación de la fe en una ceremonia pública. Ya está bien de separar el concepto religioso del cuerpo cultural de la sociedad.
Sé perfectamente que hay nacionalistas que, en razón de su ausencia de compromiso religioso o de su indisimulada hostilidad anticatólica, a los que la celebración de la Misa en el Alderdi Eguna les parece un acto prescindible e inadecuado, contrario a la realidad laica de la sociedad vasca. Incluso entienden que la supresión de la Misa aproximaría al partido a la modernidad. Dicen que su eliminación sería congruente con la definición del partido como organización no confesional, según se recoge en los Estatutos vigentes, en los que, por cierto, se resalta la tradición cristiana que inspiró al fundador Sabino Arana y a todos los líderes nacionalistas hasta nuestros días.
Deploro el complejo de no pocos nacionalistas por la cultura cristiana que habita el corazón del PNV. Son los que quisieran que este partido perdiera su pluralismo interno para homologarse a la masa amorfa, que entiende la religión como una rémora del pasado. Deploro su incoherencia con la historia y con el presente, porque la religión católica es mucho más que una opción de índole privada y también mucho más que acudir a Misa. Es una filosofía integral, un sistema completo de vida que el PNV hizo suyo y con la que durante más de un siglo ha configurado e impulsado un trabajo político, cultural, social y económico. No es una anécdota: es la esencia misma del nacionalismo vasco.
Quizás es el momento de preguntarse por qué el PNV ha perdido una buena parte de su liderazgo, cuestionándose también por qué nuestra sociedad vive una profunda crisis ética y social, sin precedentes. Nada de esto es ajeno al distanciamiento religioso y a la pérdida de los valores derivado de este derrumbamiento. Nuestro pueblo pide a gritos un rearme moral.
Los liderazgos se fundan en la seguridad y convicción de las ideas que conectan con las personas y sus anhelos personales, familiares y colectivos. Donde hay complejos no hay liderazgo. El liderazgo lo alcanza quien resuelve el difícil equilibrio entre los que hay que mantener y lo que hay que cambiar. ¿Tiramos por la borda más de cien años de cultura cristiana? No es este un asunto de imagen o apariencia de modernidad, de espectáculo mediático.
Francamente, la fuerza del liderazgo bien vale una Misa.




