Diario de cuarentena. Día 49. 13 rue del percebe

El vecindario fue la primera red social, muy anterior a las virtuales mediante las que la gente se comunica en grupo y comparte lo bueno y lo malo, incluso la intimidad. De acuerdo, somos seres sociales, pero a veces pienso si no nos convendría ser menos sociales y más personales, menos vecinos y más indivi-duos. De hecho, nunca me gustó intimar con los vecinos más allá de la mera convivencia. La vecindad es un campo de mezquindades.

Veo el vecindario como la casa miserable de “13 Rue del Percebe”, célebre comic de la épo-ca no menos miserable del franquismo. Lo veo también como las series en que se ha inspirado, “Aquí no hay quien viva” y otras por el estilo. Incluso como la obra de Buero Vallejo “Historia de una escalera”, un drama realista de la misma época que el tebeo. Tengo una imagen pesimista del vecindario como idea colectiva y me interesa más la historia de cada ser humano al margen de donde viva y cómo viva. 

La pandemia ha excitado al vecindario a salir al borde sus balcones y ventanas. A veces a exhibirse, otras a desahogarse y casi siempre a interpelar a los vecinos con quienes apenas se relacionaba o más bien ignoraba. Vecinos a la fuerza. Esta comedia es la que me disgusta, por falsa. Esta tarde, al salir a lo que el Gobierno, en su tiránica potestad, nos permite, he visto el ritual de los aplausos y las canciones. Es ridículo, por mucha buena intención que pongan muchos.

Un país maduro no necesita de estas ceremonias de sainete de fin de curso escolar. Lo que necesita es un mejor sistema sanitario y unas autoridades que nos tomen en serio y no nos traten como a niños. En fin, vecinos, no contéis conmigo para esas chorradas mientras permitís que el Gobierno os siga pastoreando. Que no. 

Mi vecino del cuatro, el vigoréxico, sigue dando saltitos con sus tablas de gimnasia. Siempre fue un idiota y lo será después de que pase todo. Los vecinos del segundo están amargados. Y los demás, gracias a Dios, no molestan. Están acojonados. Así es la gente de este particular 13 rue del percebe, en Getxo. 

He salido a dar una vuelta. A ver qué ocurría. Todo el día en la calle ha habido mucha gente, sobre todo cerca del mar. El sol y la buena temperatura de hoy, con el oprobioso permiso del Gobierno, han echado a la gente de sus casas. ¿Y qué? ¿Se sienten ustedes satisfechos, vecinos, con el caramelito del paseo? El problema no es pasear por fin, el problema es que no puedas salir cuando quieras y donde quieras. No hay necesidad de confinamiento. El asunto es que no tengo la libertad de decidir lo que hago en mi vida. No voy a aplaudir que me regalen un poco de lo que ya era mío. 

Si fuésemos una sociedad madura hubiera propuesto responder quedándonos en casa. Una protesta pasiva. Pero mis vecinos (y yo para verlos) han salido de la cárcel domiciliaria con permiso de un Gobierno demencial. Este recreo pueril es una estafa. 

Diario de cuarentena. Día 48. Bisiesto, siniestro

Dice el refrán: “Año bisiesto, año siniestro”. No sé si antes de 2020 era solo un ripio rural y sin vigencia; pero lo que es en este caso el dicho no podía ser más descriptivo y real. Es el peor año desde la posguerra franquista y las guerras mundiales. Un desastre absoluto y una tragedia imparable.

Ya estamos en mayo y en el día del trabajo, que los franquistas y meapilas recalificaron como San José Obrero. No ha habido marchas reivindicativas, ni gritos contra el patrón, ni épica socialista. De repente, el explotador y el que amenaza el empleo y los salarios es un virus despiadado que no entiende de sindicatos. 

Todo ha cambiado y es para mal en este bisiesto siniestro. Estamos confinados por orden del Gobierno, forzados a un arresto tan kafkiano como inútil. Y ahora, se permite la desfachatez de dejarnos vivir a turnos, vivir con permiso. Es el colmo de la tiranía bananera. Ha establecido a qué hora, a qué distancia y durante cuánto tiempo pueden salir los niños acompañados, los jóvenes, los adultos y los mayores. Y cuándo y cómo se puede salir a hacer deporte al aire libre. ¡Tócate las narices! ¿Es que no nos damos cuenta de que esto es una payasada y que nos toman por menores de edad a quienes hay que tutelar y dirigir, bajo la amenaza del palo y la multa?

Me rebelo contra este carnaval, al que llaman desescalada. Hay que ser idiotas. Ni siquiera tienen imaginación para poner nombres ocurrentes a las cosas: nueva normalidad, desescalada… Pero es un carnaval grotesco basado en la tutela y la infantilización de las normas democráticas. ¡Váyase a la porra, oiga! Si de lo que se trata es de dar marcha atrás a un encierro que ni en su origen tenía sentido ni razón de ser, permita usted que los ciudadanos y las empresas, así como cada ayuntamiento o comunidad autónoma organice el arreglo de la mascarada a que nos llevaron con el confinamiento y recuperemos la libertad de movimientos que nos han arrebatado. Usted, señor Gobierno, desconfía de las personas.

La gente, en su inmensa mayoría, es responsable y consciente de los riesgos y sabe cómo protegerse; y las empresas, la hostelería, la industria, el ocio y el comercio tienen sobrada capacidad para organizar su regreso a la actividad. ¿Qué es eso de limitar el aforo de bares, terrazas y restaurantes al 30%? Ese límite, arbitrario y absurdo, les condena a pérdidas por lo que no les vale la pena la reapertura. 

Esta es una competición entre defectos y excesos. El Gobierno central cree que somos irresponsables y su defecto es que cree que debe pastorearnos. Y por eso hizo tanto hincapié en unos pocos incumplimientos el día de la salida de los niños.

Y mientras, al otro lado, el miedo impone sus excesos. ¡Todas las prevenciones son pocas! Y te encuentras con personas que en las colas no guardan dos metros de distancia… sino veinte o doscientos. De esta irracionalidad asimilada se nutren las autoridades para mantenernos quietos, privados de libertad y honor. Pero no pasarán.

Diario de cuarentena. Día 47. La hora del marketing

La noticia negra dice que “el coronavirus hunde la economía española un 5,2%, la mayor caída en casi un siglo”. O sea, que nos vamos a la ruina si esta situación kafkiana de confinamiento social y parón de la actividad productiva se mantiene por más tiempo. ¿Y qué vamos a hacer? Pues reaccionar y hacer uso de nuestros recursos para resistir primero y después recuperar el pulso.

Si me pongo en la piel de cualquier empresario, comerciante o profesional por libre, yo miraría en dos direcciones. Optaría a lo planes de ayudas de capital y aplazamientos que me ofrecen las instituciones públicas y las entidades financieras para resistir el primer cuatrimestre, hasta otoño. Si he perdido la liquidez y mi fondo de reserva es bajo, debo acudir a esas ayudas. Sin complejos. Pero al mismo tiempo miraría a mi marketing. Sí, a los instrumentos del marketing de que dispongo para sacar de la hibernación mi negocio.

El marketing es la totalidad de las acciones que me sitúan, identifican, diferencian y hacen apetecibles mis productos y servicios: la publicidad, las campañas de imagen, las acciones digitales, las promociones, los descuentos… Y como no hay manuales de marketing para después de una pandemia, tengo que reinventar mis estrategias. Si fuera comerciante, lo primero es dar seguridad al cliente para que entre sin miedo. Medios de protección, limpieza y asepsia absoluta en mostradores, probadores, y productos. Y segundo, liquidaría sin piedad los stocks de temporada. ¿Pierde dinero con precios por debajo del 70%? No importa, saque lo que pueda, atraiga a los clientes y prepárese a ganar en otoño.

Si fuera una marca de electrónica, haría una descomunal y bulliciosa campaña de venta de ordenadores, impresoras y demás productos y servicios digitales, porque el parque de dispositivos en hogares y colegios es insuficiente y en muchos casos, obsoleto. Una persona, un ordenador. Digitalizar e informatizar hasta el último rincón del país. Prepárese a cubrir esa demanda.  

Si fuera concesionario de coches haría una venta masiva con precios a la baja y demandaría del Gobierno un plan Renove sin precedentes. Es posible que el uso del vehículo privado se incremente por temor al contagio en el transporte público. ¡Bicicletas y motos a precios asequibles!

Y así con todo. Pensar en el cliente antes de que en mi situación inicial. Mostrar fuerza y compartir confianza con el mercado. Hay ganas de consumo y es probable que se produzca una explosión de compras. Hay ahorro y necesidades insatisfechas. Lo que no se puede hacer es ponerse a la defensiva. Como el presidente de los comerciantes de Bizkaia, que ha pedido al Gobierno que prohíba la venta on line durante un tiempo para favorecer el comercio local. ¿Este hombre está en sus cabales? Aparte de que eso equivaldría a poner puertas al campo, y es ilegal, ofendería a los consumidores y se vería como lo que es, viejo proteccionismo. 

Hable con sus asesores de marketing, piense con su agencia de publicidad y sus socios de marketing digital. Haga un equipo potente. Use su capacidad creativa. ¡Póngase en pie! Y crea en su empresa como creyó al principio. 

Diario de cuarentena. Día 46. Darwinistas versus románticos

Hay días que dan que pensar. Días de introspección en el que uno, solo ante sí mismo, se mira hacia dentro y se sitúa en la realidad que le ha tocado o elegido. En medio de la refriega política derivada de la pandemia, muy polarizada, como quieren los líderes inmaduros, trataba de situarme entre la oposición desabrida y los ministros de discursos viejos. ¿Qué soy yo, si no me identifico con unos ni con otros?

No soy darwiniano, desde luego. En absoluto. Los darwinistas sociales creen en la hegemonía de los más fuertes. El poder y la autoridad lo deben obtener los mejores, los más hábiles, los más cualificados, que han de dirigir las naciones. En este contexto, los mejores serían los más salvajes, los guerreros, los líderes carismáticos, pero carentes de ética y sentido de la justicia. Como en las manadas de mamíferos, como los cromañones.

La derecha es darwinista. Y sitúa al frente de la sociedad a los que, falsamente, crean mayor capacidad de progreso económico y lo garantizan con el código de valores que sea necesario, a veces por la fuerza y a veces por la persuasión y el adoctrinamiento. La desigualdad es intrínseca al ser humano, pues nacemos desiguales, dicen con cinismo sus partidarios. No, soy darwinista. ¿Y qué soy?

Si busco lo inalcanzable, el equilibrio entre el progreso económico y científico y la igualdad de las personas; si el supremacismo, el racismo y la religión son la descomposición de la naturaleza compasiva del ser humano, soy un utópico. Soy un romántico.

Creo que el romanticismo ha sido el proyecto humano más elevado en ideas, arte, música, literatura y pensamiento. Es la entrega a la causa de la libertad aún a costa de tu propia vida. Es el sacrificio por una causa compasiva. Es el reflejo de la utopía, la no rendición por lo imposible, lo inalcanzable, por la quimera sin sangre ni imposición. Un plan virtuoso.

Mucha gente cree que el romanticismo es puro sentimiento, el mundo de las emociones. Un mundo cursi y caduco. Incluso las feministas se refieren al amor romántico como una deformación. Hay que ser ignorantes. No, el romanticismo otorga poder a las emociones, pero al servicio de la libertad creativa y la ruptura con los cánones de una racionalidad limitadora. Llevado a lo sociopolítico, el romanticismo no se detiene frente lo impuesto por una aristocracia y burguesía abusivas. Las desarbola.

Por romántico, me hice nacionalista (vasco), porque la libertad del mundo empieza por concebirlo como un gran y maravilloso mosaico de culturas y pueblos. El nacionalismo es a la comunidad lo que la autoestima es a la persona. No creo que la libertad personal sea posible fuera del respeto a la identidad de las naciones.

En fin, me declaro romántico hasta lo más hondo de mi alma y os invito a compartir esta visión del mundo, más en este tiempo oscuro

Diario de cuarentena. Día 45. Evaluación de daños

Se ha comunicado que en el pasado trimestre en el Estado español se han perdido casi 300.000 empleos, mientras las regulaciones de empleo se elevan a 578.300. En Euskadi las cosas son algo mejores; pero los estragos se verán más adelante a causa de la pandemia. Junto a las cifras de muertos, es lo peor que podía ocurrir. 

Todo es demasiado abrumador como para resistirlo. Apenas llevamos mes y medio de crisis y no tenemos capacidad ni serenidad para evaluar los daños humanos, económicos y sociales de los que no se salva nadie. ¿Cuáles son tus pérdidas, cuáles son las mías? 

Estamos perdiendo la vida con nuestros entornos de relación. Estamos perdiendo la libertad de hacer las cosas más sencillas, entrar en un bar, ir al cine, acudir al fútbol, disfrutar de un concierto o ver la última exposición. La libertad incluso de pasear y contemplar el mar. Lo estamos perdiendo todo y, la verdad, no veo la necesidad. Alguien dice por ahí que las libertades básicas pueden restringirse por una causa mayor. ¡Mentira, porque esa razón mayor es falsa o fruto de la desesperación! Nunca hubo razón mayor que la libertad de la gente, ahora aniquilada. Estamos perdiendo el poder hablar y protestar por no pasar por incívicos. ¡Qué sumisa hace a la gente el miedo!

Entre los daños están la perdida de las fiestas. Son irrecuperables. No es que San Fermín, con sus tumultos y excesos, me importara demasiado, pero no se puede privar a la sociedad de sus ritos. Se suspenden las corridas de toros, eso me alegra. Todas las fiestas de julio (el Carmen, Santiago, Santa Ana) ya están anuladas. Y las de agosto, seguramente. Sánchez ha dicho esta tarde que la desescalada (ripiosa palabra) llevará ocho semanas, es decir, mayo y junio al completo. No ha dicho la verdad, porque la “nueva normalidad” (¿por qué no lo llama “nuevo orden” en términos de cambio de régimen?) es un disfraz de la condicionada realidad venidera.

Se están perdiendo mil historias. ¿Cuántos amores no serán posibles a causa de este vil encierro? He visto esta tarde la película americana “The Photograph”, aún no estrenada aquí, que trata de una preciosa historia de amor entre Mae, la hija de una famosa fotógrafa, y Michael, periodista que está escribiendo sobre su vida y experiencia en Nueva Orleans. Romántica sin moñas bajo una música excepcional. Esto es lo que se pierden, las historias de verdad y las de ficción.

La gente de Vitoria-Gasteiz se han perdido hoy la fiesta de San Prudencio y se perderán también la romería a Estibaliz el viernes. Y el 1 de mayo tampoco habrá marchas por el Día del Trabajo, cuando más falta harían ante la amenaza de un desempleo brutal. La lista de pérdidas es inacabable y en gran medida no podremos pagarlas. Y frente a este colapso, ¿qué tendremos? Muchos sueñan con un cambio. ¿De veras? Ya me conformo con que ese cambio no sea a peor: huele a más Estado.