
El esperpento es un género literario muy español. Fue invención del gallego Ramón del Valle-Inclán en los años veinte del siglo pasado. Su construcción son los personajes grotes-cos y la degradación del lenguaje culto. Seguro que habréis visto “Luces de Bohemia” como representación de este modelo teatral. A su imitación, la política española, la de ahora y la de antes, es puro esperpento.
No me refiero solo al esperpento de la clase dirigente, sino al de muchos de sus fieles. La derecha y ultraderecha representan en Madrid, la última obra del esperpento español. La burguesía, asentada en la zona del barrio de Salamanca, en el centro de la capital, se manifiestan estos días contra Sánchez. Y lo hacen siguiendo todos los patrones de lo grotesco. ¡Es la rebelión de los ricos! Han tomado sus mejores calles y piden libertad.
Sí, increíble, los ultras piden libertad a gritos. ¿Qué creían, que la idea de la libertad era patrimonio de la izquierda? Nada de eso. Ahora son ellos, los dueños de casi todo, los de las cuentas en Suiza y chalet en Sotogrande se han levantado airados contra el sistema. Y para que el esperpento se cumpla salen a la calle haciendo ruido como lo han hecho siempre los menesterosos del mundo: con cacerolas, sartenes, cazos, cucharones y ollas como herramientas de percusión y algarabía. Pero eso sí, porque todavía hay clases, han salido con la cubertería de plata a dar la murga al presidente Pedro Sánchez.
Uno de estos potentados rebeldes ha alcanzado fama universal en su esperpénticamente función. El hombre ha sacado de su bolsa de piel de cocodrilo uno de sus palos de golf, marca Callaway, de esos que utiliza cuando va a jugar a este deporte en los exclusivos clubes de Madrid, y haciendo gala del mejor espíritu valleinclanesco, ha expresado su insurrección de frac atizando con el palo a una señal de tráfico. Es genial. Don Ramón no hubiera mejorado esta escena extravagante.
Otra señora de la manifa pija, más entrada en años que en razón, se ha echado a la calle acompañada de su criada, morenita y de uniforme, que también golpeaba con fuerza su cacerola con un cucharón de plata de ley. Porque la señora marquesa lo mandaba. Casi todos los amotinados llevaban su talismán, la bandera de España, mejor cuanto más grande. Porque la rojigualda no es el símbolo de todos los ciudadanos. De eso nada, es de ellos y muy de ellos, que para eso ganaron la guerra con Franco, a muerte, bajo esa bandera de sedición.
El esperpento tiende a hacerse viral por otras ciudades. Algunos lo conciben como el inicio de un ansiado golpe militar. Es ridículo, pero ¡qué miedo! Esta gente tiene el poder y el dinero. Y se me hiela la sangre al ver su odio. Sí, esperpento, pero con tintes de sangre.







