Diario de cuarentena. Día 18. País de espías y chivatos

Junto al drama humano de los muertos, tantísimos, y de los contagiados y su angustia, aparece la sociología -o psicosociología- de las conductas de la gente en esta crisis inédita. Reflejan, como ya se ha dicho, lo bueno y lo malo de las personas, el heroísmo y la mezquindad. 

A mí no me interesa censurar lo que haga la gente en esta hora. Eso que lo hagan los curas y los sumos sacerdotes de lo moralmente correcto. Me siento cercano de quienes, sin causar ningún perjuicio, sin molestar, tratan de evadirse de la prisión de un confinamiento insoportable. El pecado hoy es ese: escapar en posible, transgredir, rebelarse contra policías y militares, contra la autoridad que abusa.

Ha nacido en este tiempo asfixiante la policía de los balcones, los espías de las ventanas, los chivatos del vecindario, que te abroncan o denuncian si te atreves a escapar del cautiverio común. Y sale la vecina por su ventanuco (cotilla de Sálvame, la vieja del visillo) a reñirte a gritos porque estás en la calle. Es la vigía, la delatora de la autoridad, que hace cumplir el nuevo sexto mandamiento de no salir de tu escondrijo. ¡Lacaya servil y rastrera!

En Alemania del Este la Stasi, policía del régimen, convertía a los vecinos, los compañeros, los padres y los hijos en espías de la dictadura. La película “La vida de otros” lo reflejaba fielmente. En Cuba, el taxista, la portera y el camarero son los chivatos del castrismo. De repente, ha surgido nuestra Stasi, delatores del vecindario. La mezquindad que ya existía, ahora campa a sus anchas.

En Sestao, Bizkaia, un bar ha sido denunciado porque abría a sus clientes mediante una contraseña. Un vecino soplón, digno de la Stasi, llamó a los municipales. En Getxo, un señor que se desplaza en bicicleta a trabajar emplea tres horas en el recorrido, es decir, se da un buen rodeo, lo que ha valido una multa. 

A San Juan de Gaztelugatxe, entre Bermeo y Bakio, un lugar que ya era de película antes de ser escenario de película, acuden jóvenes a disfrutar ahora que no hay turistas. Y les echan y multan. En Barakaldo, la policía sancionó a una pareja que se hacía el amor dentro del coche en un parque alejado. En Bilbao, gente mayor sale de noche a pasear en la seguridad de no ser vistos. Y así, otros muchos usan el ingenio para gozar de un rato de libertad.

Tengo una propuesta para Sánchez y el Lehendakari. Dadas las circunstancias, creo que deberían, al final de esta maldita cuarentena, declarar la amnistía para todos los sancionados por saltarse las reglas. Tengan en cuenta que escasean los espíritus rebeldes y que deben ser promovidos en una época de espías y chivatos. Seamos una sociedad decente, respetuosamente romántica.

Diario de cuarentena. Día 17. Dar miedo, tener miedo

No sé qué papel está jugando el miedo en esta crisis. Miedo tenemos todos, es lo más humano del mundo y también lo más peligroso, sobre todo cuando desde alguna instancia -política, religiosa, económica- se pone en marcha la máquina de dar miedo a la gente. Tengo derecho a tener miedo, porque hay una amenaza sobre mi vida y la de mi gente, pero no existe el derecho de dar miedo para controlarnos y arrebatarnos la libertad de acción y pensamiento. Algo empieza a oler a fascismo, mis resortes defensivos empiezan a detectarlo.

Como experto en miedos, huelo a miedo en la calle, un miedo intenso y cada día mayor. No solo al coronavirus, sino al caos y sus efectos sobre nuestras vidas y sistema de vida. El primer miedo es a caer enfermo, que nos contagien: miedo a toser, miedo a tener fiebre, miedo a tener dificultades en la respiración. Y con él, miedo a hablar con la gente, miedo a salir, miedo a tocar cosas, miedo a que nos toque la maldita lotería de la infección. Solo con escuchar a todas horas las cifras de contagiados y víctimas ya es suficiente para aterrorizarnos. ¿Informar con esa insistencia atroz es periodismo? No, si lo que se trata es de acojonarnos, como a los niños con el coco. 

El segundo miedo es a que el virus alcance a la familia y a cuantos queremos. Miedo a la llamada y la dolorosa noticia. Un tercer miedo es que, sin que nos alcance, el virus destruya nuestras expectativas de vida tras la pandemia. Es el miedo a quedarse sin empleo o sin opciones de encontrar uno. Miedo a la pobreza, miedo por quienes dependen de nosotros. Es también el miedo de nuestros jóvenes a perder el curso, quedarse sin entrar en la universidad, miedo a tirar por tierra sus esfuerzos, fracasar y no por culpa propia.

Hay un cuarto miedo en el ambiente, el empobrecimiento social, las colas del paro, pensionistas sin pensión, sin ahorros, miedo a regresar a los años de necesidad de los que hablaban los abuelos, miedo a perderlo todo. Quizás esté dramatizando, pero creo que a esos temores nos conduce el débil liderazgo del Gobierno y el resentimiento de quienes, al amparo de sus errores, aspiran a que el poder pase a sus manos sin pasar por las urnas.

El quinto miedo es a la dictadura, el final de la democracia. Que alguien aproveche la situación de pánico para implantar leyes autoritarias y reducir al mínimo las libertades. El fascismo.  ¡Qué miedo! Una tiranía formal por nuestro bien y ¡a nuestra salud!

Los nuevos Hitler, Mussolini, Stalin y Franco preparan la tiranía bajo la excusa de un virus oportuno. ¿No los reconoces? Cuídate de los mensajeros del miedo. Son ellos.

Qué bien que el mundo cambie

Ha cambiado tanto el mundo por la pandemia que a partir de 2020 la historia de la humanidad se divide en dos eras: a. C, antes del Coronavirus, y d. C., después del Coronavirus. Y no es una exageración. Lo saben los grandes poderes y nosotros lo intuimos a lo lejos. De momento, la guerra tiene dos frentes: la vanguardia, que forman médicos, enfermeras, transportistas, ertzainas, cajeras y muchos otros profesionales; y la retaguardia, trabajadores de sectores indispensables, los que teletrabajan, padres y madres ocupados en que sus hijos sigan aprendiendo y tengan, además, juegos y más cariño que nunca, profesores en línea, medios de comunicación (ETB3 con su programa escolar Bitartean, etxetik ikasten para alumnos de primaria), vecinos solidarios, una red irrompible para que la vida no se detenga. 

También en retaguardia, la tele cumple su función de equilibrio; pero tiene el peligro de saturar. El consumo audiovisual se ha disparado a más de 5 horas persona/día, dedicadas a información, ficción y telerrealidad. Para compensar están los libros, la música, volver al parchís y el ajedrez y recuperar los juegos mágicos de niños y los más sutiles de mayores. Demostrando que es la cadena líder en calidad, Movistar+ ha encomendado a Iñaki Gabilondo, en #0, un espacio de reflexión y prospectiva, Volver para ser otros: el mundo después del coronavirus, una hora de inteligencia con diálogos breves pero densos con 11 de las mentes más lúcidas, entre ellos Daniel Innerarity. No se lo pierdan los jueves.

Nadie escribe con la voz mejor que Gabilondo. Su magistral programa es el contrapunto racional que pedíamos para neutralizar la carroñavirus de Ana Rosa Quintana y otros de su estilo, agitadores de la angustia. ¡Dejen de discutir, tertulianos, maldita sea! Ya es bastante dolor para todos no ver y oír a niños por la calle. 

Diario de cuarentena. Día 16. Se nos muere la gente

Es insoportable asistir al recuento diario (y en tiempo real a cada momento) de las víctimas del coronavirus. Los paneles de la muerte marcan a esta hora 7.340 en España y 297 en Euskadi. En lo de contar muertos somos geniales: tantos muertos en carretera los fines de semana, tantas mujeres muertas por sus parejas… 

Y sucede que las víctimas, personas reales, te tocan de cerca: el padre de un amigo, la madre de otro, un pariente, una vecina. Se nos está muriendo la gente. Y la cuenta no cesa. Tengo que contaros que Antonio Álvarez-Solís, periodista, mente lúcida, hombre cabal y rebelde de diferentes causas ha fallecido hoy a los 90 años. Me llega la información del fin del hombre que hizo de la noticia su vida entera.

Antonio comenzó su carrera en La Vanguardia y después fundó y dirigió Interviú, la mítica revista de la transición que fue mucho más que chicas desnudas, como Marisol, que hizo más de un millón de ejemplares. Fue hombre de radio, de libros y televisión. Ahí conocí a Antonio, en la televisión vasca, cuando ambos participábamos como opinadores en el programa Pásalo, una celebridad en Euskadi, que moderaban Iñaki López y Adela González. 

Por aquella época a Antonio nadie la deba trabajo en España, ningún medio. Estaba vetado en todas partes, por la derecha y por la izquierda. Contra la censura española, Euskal Telebista le concedió un asiento en aquel programa y los vascos le querían y escuchaban sus ponderadas opiniones. Adoraban la fina inteligencia y la valentía de Antonio, que amó la tierra vasca de acogida. Y respondió con lo mejor de sí mismo, con la sabiduría y el ingenio que había acumulado a lo largo de los años.

También la prensa vasca le ofreció un rincón para sus perspicaces análisis. Fue columnista en Deia, mi periódico, y también escribió en Egin y en Gara. Antonio había rebasado todas las ideologías. Decía y escribía lo que pensaba. Era ateo, republicano, de izquierdas, e internacionalista. Era culto, librepensador y amaba a las mujeres y ellas a él porque desprendía ternura. Fue un hombre bueno y por eso le engañaron tanto sus jefes y compañeros de profesión. Antonio no era un siervo del sistema, lo combatía con la palabra.

Antonio se ha ido satisfecho de su andadura. Tuvo éxito en la profesión y en la vida y deja, aquí y ahora, un mundo convulsionado y temeroso que Antonio quiso transformar a su manera. Sus amigos le recordamos con mucho cariño y admiración. Con profundo respeto aún en la discrepancia. No le podremos despedir, porque el virus nos impide hasta eso, decir adiós a quienes queremos. Agur, Antonio, ya nos contarás cómo van las cosas ahí arriba.

Diario de cuarentena. Día 15. Parar un país

Esencial es la palabra dominante en esta crisis pandémica. Pero no se habla de lo permanente o invariable del ser, la esencia. No estamos para filosofar. Primero vivir. Han tomado la palabra esencial en su acepción de imprescindible o necesario. ¡Ay Dios! ¿Y qué es lo esencial, lo que no puede parar? Cualquier respuesta es arbitraria.

Esenciales, para mí, en cuanto a actividades económicas sería toda la cadena industrial. Y toda la cadena alimentaria. Y toda la cadena de transportes. Y, por supuesto, toda la cadena sanitaria y de cuidados a las personas. 

Prescindibles y no necesarias, sería aquello de lo que se puede renunciar durante un tiempo y cuya reanudación no sea irreversible. No se puede cerrar una acería. Ni una planta química. Ni una cinta de reciclaje. Ni la producción que enlaza sectores. Se puede parar una discoteca o la tienda de caramelos; pero eso ya estaba parado. ¿Qué pretende detener ahora el presidente Sánchez? ¿Quiere darle al botón de stop y que después la maquinaria no funcione? ¿Qué cree que es una planta de fabricación, una barraca de feria?

Hay cosas absurdas en esta historia. Esta mañana he ido, como cada día, a por la prensa y el pan. Y con el pan he comprado unos croissants, para acompañar el café y las noticias, un ritual. ¿El pan y los croissants son esenciales?, me preguntaba. Pues no, no lo son. Podría vivir son ellos, peor, pero sobreviviría. 

Cuando estos días voy al súper, puedo comprar perfumes y latas de caviar. Y champán. Y licor de limoncello, que me encanta. ¿Son esenciales? Claro que no. ¿Y ahora quiere Sánchez parar Euskadi, que es una gran fábrica de casi todo y dejar que viva el limoncello? Los croissants que sigan, pero la industria de la automoción que se detenga. No es coherente.

¿Van a ir Belén Esteban, el loco Matamoros y María Patiño, cada cual con su veneno, a trabajar mañana a Telecinco? Allí estarán. Por lo visto son esenciales. Y sin embargo, cerrarán Euskadi. No puede ser. 

Si esta decisión desesperada de parar -¡menos lo esencial!- todo el país no se aplica con flexibilidad e inteligencia podría dar lugar a situaciones de rebelión. El Gobierno Vasco, por su autoridad, podría permitir la actividad del sector industrial y auxiliar. Y entonces, ¿va a enviar Sánchez o Marlaska a la Guardia Civil a cerrar esas fábricas? ¿A tiros? Es kafkiano esto.

Parar el contagio del virus no puede ser matar de pobreza a todo un país. Destruir la epidemia así, a lo bestia, es como matar moscas a cañonazos. Escuchen a empresarios y trabajadores. Y decidan con criterio de presente y de futuro.   No vamos a suicidarnos.