Qué bien que el mundo cambie

Ha cambiado tanto el mundo por la pandemia que a partir de 2020 la historia de la humanidad se divide en dos eras: a. C, antes del Coronavirus, y d. C., después del Coronavirus. Y no es una exageración. Lo saben los grandes poderes y nosotros lo intuimos a lo lejos. De momento, la guerra tiene dos frentes: la vanguardia, que forman médicos, enfermeras, transportistas, ertzainas, cajeras y muchos otros profesionales; y la retaguardia, trabajadores de sectores indispensables, los que teletrabajan, padres y madres ocupados en que sus hijos sigan aprendiendo y tengan, además, juegos y más cariño que nunca, profesores en línea, medios de comunicación (ETB3 con su programa escolar Bitartean, etxetik ikasten para alumnos de primaria), vecinos solidarios, una red irrompible para que la vida no se detenga. 

También en retaguardia, la tele cumple su función de equilibrio; pero tiene el peligro de saturar. El consumo audiovisual se ha disparado a más de 5 horas persona/día, dedicadas a información, ficción y telerrealidad. Para compensar están los libros, la música, volver al parchís y el ajedrez y recuperar los juegos mágicos de niños y los más sutiles de mayores. Demostrando que es la cadena líder en calidad, Movistar+ ha encomendado a Iñaki Gabilondo, en #0, un espacio de reflexión y prospectiva, Volver para ser otros: el mundo después del coronavirus, una hora de inteligencia con diálogos breves pero densos con 11 de las mentes más lúcidas, entre ellos Daniel Innerarity. No se lo pierdan los jueves.

Nadie escribe con la voz mejor que Gabilondo. Su magistral programa es el contrapunto racional que pedíamos para neutralizar la carroñavirus de Ana Rosa Quintana y otros de su estilo, agitadores de la angustia. ¡Dejen de discutir, tertulianos, maldita sea! Ya es bastante dolor para todos no ver y oír a niños por la calle. 

Diario de cuarentena. Día 16. Se nos muere la gente

Es insoportable asistir al recuento diario (y en tiempo real a cada momento) de las víctimas del coronavirus. Los paneles de la muerte marcan a esta hora 7.340 en España y 297 en Euskadi. En lo de contar muertos somos geniales: tantos muertos en carretera los fines de semana, tantas mujeres muertas por sus parejas… 

Y sucede que las víctimas, personas reales, te tocan de cerca: el padre de un amigo, la madre de otro, un pariente, una vecina. Se nos está muriendo la gente. Y la cuenta no cesa. Tengo que contaros que Antonio Álvarez-Solís, periodista, mente lúcida, hombre cabal y rebelde de diferentes causas ha fallecido hoy a los 90 años. Me llega la información del fin del hombre que hizo de la noticia su vida entera.

Antonio comenzó su carrera en La Vanguardia y después fundó y dirigió Interviú, la mítica revista de la transición que fue mucho más que chicas desnudas, como Marisol, que hizo más de un millón de ejemplares. Fue hombre de radio, de libros y televisión. Ahí conocí a Antonio, en la televisión vasca, cuando ambos participábamos como opinadores en el programa Pásalo, una celebridad en Euskadi, que moderaban Iñaki López y Adela González. 

Por aquella época a Antonio nadie la deba trabajo en España, ningún medio. Estaba vetado en todas partes, por la derecha y por la izquierda. Contra la censura española, Euskal Telebista le concedió un asiento en aquel programa y los vascos le querían y escuchaban sus ponderadas opiniones. Adoraban la fina inteligencia y la valentía de Antonio, que amó la tierra vasca de acogida. Y respondió con lo mejor de sí mismo, con la sabiduría y el ingenio que había acumulado a lo largo de los años.

También la prensa vasca le ofreció un rincón para sus perspicaces análisis. Fue columnista en Deia, mi periódico, y también escribió en Egin y en Gara. Antonio había rebasado todas las ideologías. Decía y escribía lo que pensaba. Era ateo, republicano, de izquierdas, e internacionalista. Era culto, librepensador y amaba a las mujeres y ellas a él porque desprendía ternura. Fue un hombre bueno y por eso le engañaron tanto sus jefes y compañeros de profesión. Antonio no era un siervo del sistema, lo combatía con la palabra.

Antonio se ha ido satisfecho de su andadura. Tuvo éxito en la profesión y en la vida y deja, aquí y ahora, un mundo convulsionado y temeroso que Antonio quiso transformar a su manera. Sus amigos le recordamos con mucho cariño y admiración. Con profundo respeto aún en la discrepancia. No le podremos despedir, porque el virus nos impide hasta eso, decir adiós a quienes queremos. Agur, Antonio, ya nos contarás cómo van las cosas ahí arriba.

Diario de cuarentena. Día 15. Parar un país

Esencial es la palabra dominante en esta crisis pandémica. Pero no se habla de lo permanente o invariable del ser, la esencia. No estamos para filosofar. Primero vivir. Han tomado la palabra esencial en su acepción de imprescindible o necesario. ¡Ay Dios! ¿Y qué es lo esencial, lo que no puede parar? Cualquier respuesta es arbitraria.

Esenciales, para mí, en cuanto a actividades económicas sería toda la cadena industrial. Y toda la cadena alimentaria. Y toda la cadena de transportes. Y, por supuesto, toda la cadena sanitaria y de cuidados a las personas. 

Prescindibles y no necesarias, sería aquello de lo que se puede renunciar durante un tiempo y cuya reanudación no sea irreversible. No se puede cerrar una acería. Ni una planta química. Ni una cinta de reciclaje. Ni la producción que enlaza sectores. Se puede parar una discoteca o la tienda de caramelos; pero eso ya estaba parado. ¿Qué pretende detener ahora el presidente Sánchez? ¿Quiere darle al botón de stop y que después la maquinaria no funcione? ¿Qué cree que es una planta de fabricación, una barraca de feria?

Hay cosas absurdas en esta historia. Esta mañana he ido, como cada día, a por la prensa y el pan. Y con el pan he comprado unos croissants, para acompañar el café y las noticias, un ritual. ¿El pan y los croissants son esenciales?, me preguntaba. Pues no, no lo son. Podría vivir son ellos, peor, pero sobreviviría. 

Cuando estos días voy al súper, puedo comprar perfumes y latas de caviar. Y champán. Y licor de limoncello, que me encanta. ¿Son esenciales? Claro que no. ¿Y ahora quiere Sánchez parar Euskadi, que es una gran fábrica de casi todo y dejar que viva el limoncello? Los croissants que sigan, pero la industria de la automoción que se detenga. No es coherente.

¿Van a ir Belén Esteban, el loco Matamoros y María Patiño, cada cual con su veneno, a trabajar mañana a Telecinco? Allí estarán. Por lo visto son esenciales. Y sin embargo, cerrarán Euskadi. No puede ser. 

Si esta decisión desesperada de parar -¡menos lo esencial!- todo el país no se aplica con flexibilidad e inteligencia podría dar lugar a situaciones de rebelión. El Gobierno Vasco, por su autoridad, podría permitir la actividad del sector industrial y auxiliar. Y entonces, ¿va a enviar Sánchez o Marlaska a la Guardia Civil a cerrar esas fábricas? ¿A tiros? Es kafkiano esto.

Parar el contagio del virus no puede ser matar de pobreza a todo un país. Destruir la epidemia así, a lo bestia, es como matar moscas a cañonazos. Escuchen a empresarios y trabajadores. Y decidan con criterio de presente y de futuro.   No vamos a suicidarnos.

Diario de cuarentena. Día 14. Invasión de expertos

Da miedo acercarse a la tele y la prensa y ver, no ya las noticias, enfocadas a lo trágico, sino el discurso de los expertos. ¿Pero expertos en qué? Los medios dan cabida por igual a lo válido y lo inválido, a lo contrastado y lo arbitrario. Y en eso estriba la confusión, en saber qué creer y qué no. 

Una bata blanca no hace experto a nadie. Ni un uniforme. Ni siquiera un título pomposo. Porque de esto, de cómo abordar una pandemia global, en lo sanitario y lo estratégico, no hay expertos, lo estamos aprendiendo ahora, con el coronavirus encima. ¡Esta crisis es nueva! No hay antecedentes, ni experiencia. El enemigo era desconocido. 

Yo lo veo así. Me fío de los que hablan sin intenciones ideológicas. Los que no van a la carroña. Los que tienen un criterio bien intencionado y no tratan de sacar partido o protagonismo en este drama. Me fío de Fernando Simón, director del Centro de Coordinación, aunque haya podido equivocarse alguna vez. Me gusta su tono mesurado, su fortaleza ante una situación que a todos nos ha rebasado. Me fío de él también por lo mucho que le atacan los políticos opositores y sus voceros. Necesitamos alguien al frente que no se venga abajo. 

Porque algunos de nuestros dirigentes han perdido el pulso. El presidente Sánchez transmite con su lenguaje corporal, su mirada y su palidez lo muy hundido que tiene el ánimo. Sí, es humano, lo entiendo; pero no me diga con sus ojos que no tiene esperanza ni fuerza para seguir porque me mata, presidente. Y qué decir del ministro de Sanidad, cuya flojera de rostro es el claro exponente de una derrota anticipada. Necesitamos líderes, no gente de espíritu fracasado.

Pero no me fío de los expertos tertulianos, portavoces de quienes esperan sacar tajada electoral. Y es que no tienen ni puta idea de lo que hablan. Son peritos en decir lo que se debía haber hecho, como que no tendrían que haberse autorizado las concentraciones del 8-M. Es un reproche miserable. Esta gente calla acerca de las concentraciones futbolísticas masivas que ese mismo día hubo en los campos de fútbol. ¡Ay, mezquinos asquerosos, buitres!

No me fío de los expertos dogmáticos. ¿Acaso aquí y en todo el mundo los gobiernos no hacen lo que pueden?  Estamos improvisando, pues claro que sí, porque no sabíamos nada de epidemias globales. Seguro que ahora mismo hay algún experto en pantalla pregonando su verdad absoluta. Me enfurece su descaro.

Por favor, oportunistas, expertos en nada. Hagan el favor de no estorbar. Si no quieren ayudar, al menos no entorpezcan el trabajo de la gente que se muere por salvarnos. Son ustedes peores que el maldito virus.

Diario de cuarentena. Día 13. Prohibida la tos

“Eso es más viejo que la tos”, apunta un dicho popular. Somos humanos por tosedores. La tos es un recurso propio del cuerpo humano para despejar la garganta y el sistema respiratorio. La tos limpia, según creo. Pero, claro, con la pandemia del coronavirus (uno de cuyos síntomas es la tos) resulta que toser en la calle o cerca de gente equivale a algo así como tomar un fusil y comenzar a disparar indiscriminadamente, no balas, sino virus

La tos tiene muy mala prensa estos días. Pobre tos nuestra de cada día. Imagina que tienes un catarro o estás resfriado produciéndote tos. ¿Acaso hay que dejar de toser? ¿No vas a poder salir a la calle, en lo indispensable, porque en algún momento te puede dar por toser? Es una situación absurda. Toser es un delito.

Hay muchos fumadores o exadictos que tosen, y bien que se han ganado su tos. Como se les ocurra toser, y a veces su tos es rotunda, lo van a pasar mal de verdad. No por la tos, sino por la gente. Fijaos en esta situación. Una persona que tose regularmente está en una cola del supermercado o en el interior. Y de repente le entra la tos. Las miradas de odio, huidas en tropel y recriminaciones son inmediatas. La estampida. ¡A toser a casa, te dicen! Pues no. Hay un derecho humano a toser.

Los tosedores, o enfermos con resfriado o catarro, se ven así mismo estos días con cierta preocupación. Si por alguna razón tosen, ya están pensando que el virus les ha pillado. Y les entra un sudor frío de preocupación. Pero oiga, la tos por sí sola no significa nada. La preocupación se justificaría por el trío sintomático: tos persistente, fiebre y dificultad al respirar. 

La misma situación de horror tendría la gente que estornuda. Pobre estornudo, qué mala fama tiene ahora. La verdad es que algunos estornudan como si les saliera el alma por la nariz. ¡Qué estruendo! ¡Qué convulsiones! Y, sin embargo, el estornudo se ha considerado como reflejo orgásmico de pensamientos eróticos. Hay estudios fiables sobre eso.

En otro tiempo, y no sé ahora, toser era una señal que comunicaba aviso o llamada de atención. Y entre las personas más tímidas la tos es una respuesta en una situación de nerviosismo ante la mirada del público. Toser era parte del lenguaje Y hoy es la misma peste.

Reivindico esta noche y en esta crisis la libertad de toser sin ser tenido como un pestífero asqueroso o terrorista de la salud. La tos también es contagiosa, porque algunos no saben toser y   siempre hay alguien que responde tosiendo bien en su lugar. Dime cómo toses y te diré quién eres. De acuerdo, no se tose a la cara de nadie, pero peor esa tontería de poner el codo para taparla.  No hay vida sin tos.