La próxima vez que un contertulio diga en la tele que “estamos en el día de la marmota” para referirse a la repetición de hechos en la política española le denuncio por contumaz crueldad. ¡Ya vale de apelar al maldito roedor! Temo que muchos crean que este esciuromorfo pasa su existencia calcando continuamente sus acciones. Pues no. La recurrente idea procede de la película Atrapado en el tiempo, cuyo título original es El día de la marmota (Groundhog day) y toma como pretexto la tradición rural norteamericana de averiguar el final del invierno según el comportamiento del animal al salir de su madriguera el 2 de febrero. En la historia, protagonizada por Bill Murray, su personaje es incapaz de salir de esa fecha, y queda preso en una secuencia infernal no imputable al pobre bicho.
Los canales no tienen un libro de estilo que evite caer en los tópicos y otros males de la redundancia que tanto enfurecían a Unamuno. Deberían tenerlo para no extender la plaga del empobrecimiento verbal. La tele ha causado estragos en el bien hablar y el arte de razonar, quizás porque la mayoría de los opinadores se formaron en la escritura y no recibieron, para su desdicha, lecciones de oratoria y retórica. Los tertulianos, por un sueldo de miseria y unas horas de vanidad, se han convertido en el eco servil de la clase política. ¿Dónde queda su autoestima? Para analizar la realidad se precisan una mente escéptica y un corazón romántico.
La redundancia es pereza argumental y falta de audacia en las palabras. Deberían estar solo los mejores, aunque no sean perfectos comunicadores. Ningún comentarista tendría que estar más de dos años seguidos en su puesto, porque se abrasa el alma. ¡Qué conservadora es la tele! Pasa el tiempo y ahí siguen los de siempre, con sus inalterables filias y fobias y sin más cambios que la edad y las canas.
No es cierto que Vox sea la expresión española de la emergencia continental de la extrema derecha: es anterior. El franquismo lleva décadas instalado, desde mucho antes de que el fascismo derrotado en 1945 volviera a asomar sus sangrientas garras en Europa. El partido de Abascal es la reedición de las viejas ideas del régimen surgido de la sublevación del 36 y que gobernó con saña el Estado por ocho lustros. Ese sustrato totalitario no desapareció con Franco, porque el fraude de la transición le dio continuidad bajo otro formato. La derecha heredó el franquismo. Con su perspicacia, Xabier Arzalluz solía llamar al PP “franquismo con votos”. De las filas conservadoras ha surgido Vox y de ahí provienen sus dirigentes y los votos ultras. Había llegado la hora de que el sector más vinculado al fascismo recuperase sus esencias.
Con 52 escaños son el tercer grupo en el Congreso y han ocupado el corazón de las instituciones, gozando de capacidad de influencia para condicionarlo casi todo. No es solo el furúnculo del sistema, es también un actor con vocación de dinamitar la famélica y desorientada democracia del Estado. Los gobiernos de Andalucía, Madrid y Murcia, así como numerosos ayuntamientos se han constituido con el apoyo de la ultraderecha. La capital de España tiene alcalde del PP gracias al equipo de concejales de Ortega Smith. Y sin ir más lejos, en Euskadi obtuvieron el pasado noviembre cerca de 28.000 votos y en Navarra subieron a 19.440 sufragios. ¡Y un peligro inmediato! Con sus 6.423 de papeletas alavesas, Vox lograría un puesto en el Parlamento vasco en las elecciones de 2020.
Tras el shock, no hay un diagnóstico preciso sobre las causas de este retroceso y tampoco hay acuerdo sobre qué debería hacerse para revertirlo. El PP prefiere tener a Vox cerca, porque lo necesita para ganar poder, cuando debería repudiarlo. Pablo Casado afirma que es imposible que haya en España 3,6 millones de fascistas y que se trata de una anomalía coyuntural derivada de la crisis catalana. Mal empezamos con la negación de la realidad. Pero sí, hay 3,6 millones de ultras en la piel de toro. ¡Y 48.000 en Euskadi, nada menos! Los dirigentes de Vox señalan que calificar de fachas a sus electores es un insulto. ¿Acaso sus líderes no han demostrado de palabra y hecho, durante la campaña y después, que sus ideas se corresponden con el más rancio de los fascismos?
¿Y entonces, qué hacemos? Como limitarse a resistir es poco, tenemos que ser proactivos. En mi opinión, conscientes de la gravedad de la amenaza de ese proyecto criminal, la estrategia debería concentrarse en tres frentes: colisionar, desenmascarar e informar.
Colisionar
Vox es un poderoso veneno. La bicha nos ha mordido y su ponzoña ha penetrado en el torrente sanguíneo del sistema. El síntoma más claro es la desvergüenza con que los votantes jalean su voto y el valor resolutivo que le atribuyen. Vox tiene a sus principales valedores en el PP, confiado en que algún día recuperará sus votos y parte de su programa radical. Y tiene medios que le arropan, como Intereconomía, Cope y diarios digitales. No está solo y conoce los mecanismos de la comunicación social. Saben a lo que van y contra quiénes van. Pues bien, hay que colisionar frontalmente contra ellos, empezando por considerarlos lo que son: enemigos de nuestras libertades, liquidadores del autogobierno, ilegalizadores del nacionalismo vasco y continuadores de la represión. Son quienes arruinarán Euskadi y lo someterán a un modelo centralista a sangre y fuego so capa de leyes uniformadoras de nuevo cuño.
Si hemos vencido otras crisis, como la dictadura, el terrorismo y las violencias de Estado, la nueva versión del franquismo no podrá con Euskadi por grande que sea su fuerza. Para empezar, no podemos quedarnos en el mero combate verbal y el desahogo emocional. No por mucho calificarlos de fachas van a dejar de serlo. Hay que ganar la batalla de los símbolos y también la del relato. Darles puesto en las mesas de los parlamentos y en otras instituciones es muestra de debilidad y escasa inteligencia. Hay que aislarlos de todo lo que implique el blanqueamiento de sus ideas bárbaras. Vox busca la estética de la normalidad política.
El gesto de Aitor Esteban con un dirigente de Vox supuso por sí solo un potente mensaje de choque y dignidad ética. Es una vía a continuar con el bloqueo. De debemos resignarnos a las bravatas y barbaridades de esta gente. Hay que llevarles al oscuro rincón de la historia del que proceden y no dejar que penetren con su intransigencia en la actividad legal. Más que un cordón sanitario contra Vox hay que alzar un muro de decencia tan alto como el que pretende levantar en Ceuta y Melilla. No es un partido de reglas morales y es, con toda su zafiedad extremista, nuestro peor enemigo.
Desenmascarar
¿Por qué los líderes de los partidos democráticos no replicaron las mentiras y falacias de Vox durante los debates en las últimas campañas electorales? Ingenuamente, pensaron que era mejor ignorarlos y despreciarlos con el silencio, pero dejaron sin la debida refutación sus ataques contra temas sensibles, como la xenofobia, la emigración, la violencia de género, el modelo autonómico y otros asuntos en los que su basura manipuladora ha causado estragos y contaminado sus embustes.
Ninguna de las propuestas de la ultraderecha, gracias a las que ha alcanzado su porción de poder, tiene la mínima consistencia. Su acervo de argumentos se funda en sentimientos de agravio, datos directamente falsos, verdades a medias, viejas rencillas y el españolísimo complejo de inferioridad, así como la patética creencia de que España vivía mejor bajo la bota militar. Su proyecto follonero necesita ser contestado y desenmascarado, junto con los odios y las promesas de reconquista y orgullo nacional de barraca que le acompañan. A la ignorancia hay que sacarle los colores y desbaratar su aventura caudillista que no resiste una réplica con criterio.
La frustración histórica de la que ha hecho gala Vox para triunfar en las urnas no tiene contestación racional. Es campo de tratamiento psiquiátrico. El objetivo sería desprestigiar la incultura social que acumula, de modo que su ruda actividad demagógica pierda eficacia. No podemos corregir de inmediato los males del rencor, el racismo y la nostalgia de la dictadura, pero podríamos desbaratarlos con la simple certeza de las cosas reales. Se han cebado en Catalunya y los emigrantes, así como en el feminismo, el fracaso de la izquierda y los episodios de corrupción. Ese es su granero de votos. Si Vox es mentira, que sea la verdad sin más, lúcida y transparente, quien lo desmienta.
Informar
Así como procede el bloqueo de los ultras en los órganos instituciones, creo que lo más inteligente es concederles espacio en los medios informativos. Cada vez que hablan en entrevistas y tertulias se retratan. Los fachas tienden al exabrupto, la negación de las ideas ajenas y a mostrar sus odios. Cuando Abascal, Ortega Smith, Espinosa de los Monteros, Rocío Monasterio y Macarena Olona abren la boca y sueltan sus perlas ideológicas acreditan su exacta naturaleza. ¡Que resuenen! Es ahí donde hay que acorralarles y mostrar sus contradicciones. ¿Por qué tantos periodistas y tertulianos se muestran tan indulgentes con Vox?
Si los políticos han mostrado un imperdonable desentendimiento de los peligros que acarrea Vox, mucho peor aún es que el vocerío tertuliano de la radiotelevisión se preste al blanqueamiento de los ultras. ¿Cómo aceptar a Vox como partido constitucionalista? ¿Cómo no criticar sin piedad sus posiciones en la violencia de género y la liquidación autonómica? Tan hostiles con Bildu y la causa catalana y tan blanditos con Vox. La batalla contra el descaro verbal de Vox, sus mensajes superficiales y su revanchismo se juegan en los medios y las redes sociales; y ahí, donde hoy la razón está más sola y débil, hay que poner el antídoto al veneno fascista que amenaza de muerte la democracia y a Euskadi con ella.
A ver si nos entendemos. Contar en la tele un chiste de pésimo gusto e hiriente frivolidad sobre las agresiones sexuales, precisamente el día en que se recordaba la tragedia de la violencia machista, es un error descomunal. No impedir que en el transcurso de un reality se perpetre una agresión sexual contra una mujer es una maldad absoluta. Lo primero es disculpable; lo segundo, imperdonable. Karlos Argiñano cometió una de las equivocaciones de su vida al hacerse el gracioso con las violaciones en El Hormiguero, de Antena 3. Cierto es que reconoció públicamente su estupidez y percibimos su sincera contrición. Deberá ahora revisar la carga de humor satírico, a veces al borde de la incorrección, de su espacio gastronómico. A sus recetas les sobra picante; o, como en este caso, amargura. ¿Y de qué se rieron, si se puede saber, el presentador y los actores Ricardo y Chino Darín?
Lo de Gran Hermano, de Telecinco, es de delito. Hemos sabido ahora, cuando se juzga la presunta violación de Carlota Prado por José María López, ambos concursantes en la edición de 2017, que la acción criminal pudo ser neutralizada y que los protocolos seguidos tras el suceso ocasionaron estragos añadidos a la víctima. ¿A quién le puede extrañar que la violación ocurriera en la cadena de Berlusconi, procesado por prostitución de menores, y en el programa que juega con fuego sexista? La empresa matriz de GH, la holandesa Endemol Shine, ha reprendido a la productora española Zeppelin por su conducta. Un simple tirón de orejas, pero sin cancelar el contrato. Al menos, cincuenta marcas les han retirado su publicidad. Eso sí que produce daño y cambios.
Quien tendría que intervenir es la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia, CNMC, organismo público encargado de sancionar los excesos de la tele. Ni está ni se le espera. Me pregunto cuándo se ocupará de detener la telebasura y decretar un 155 ejemplar, este sí, justo y necesario
«¡Hazte un Boston!». Es el eslogan del momento. Hacerse un Boston es recuperar el vigor sexual en edad provecta y volver a levantar… el entusiasmo, milagro que procuran los urólogos de las clínicas del mismo nombre. El lema tenía antes su versión política y se aplicaba a los dirigentes que habiendo perdido su poder -escaño o cargo- e incapaces de retirarse dignamente, suplicaban el placer consolador de la tele. Las tertulias son su cementerio de elefantes. Todas las cadenas, también la vasca, están repletas de tertulianos de muy diferente pensamiento que fueron cargos públicos, ocupación que contribuye al deterioro de la objetividad y a la extensión del tedio partidista.
Los últimos en hacerse un Boston son Cristina Cifuentes, expresidenta de Madrid por el PP, y Juan Carlos Girauta, que fue diputado del menguado Ciudadanos. A la primera la retiró la corrupción de sus másteres y la cleptomanía; y al segundo, el electorado de Toledo. Ambos tienen dos cosas en común: su largo ciclo de chaqueteo ideológico, de la extrema izquierda a la derecha, y sus recientes contratos con Mediaset para los programas de Ana Rosa, en Telecinco, y de Todo es Mentira, en Cuatro. Ya han debutado en su nuevo papel de predicadores y lo sienten como un potente afrodisíaco. Entiendo que Cifuentes busca la oportunidad para resarcirse de su imagen de tramposa y ladrona y salir del ostracismo ¿Qué dirá al comentar la corrupción? ¿Cuál será su argumento con los universitarios? Pero Vasile los prefiere polémicos y no ejemplares.
Lo de Girauta es un asunto de puertas giratorias, en su caso girautorias, un modo de vida alternativo para sobrevivir de lujo tras su desplome en las urnas de noviembre. ¿Qué discurso relevante puede emitir un fracasado? Se hará un Boston con Mejide y así presumirá con su atractivo. Se engaña: solo necesita deshacerse del odio y el sectarismo.
El hambre de ficción es universal. ¿Será por la insoportable realidad? La televisión le ha tomado el relevo al cine, que sobrevive en su escenario público de gran pantalla, y ya es un arte superior en calidad de producción. El último en incorporarse ha sido AppleTV, que llega con avales tan poderosos como Steven Spielberg. El propósito es, como sugiere el icono de su marca, dar un buen mordisco a Netflix, HBO y Amazon Prime, dueños del mercado. Las primeras ofertas son cuatro pequeñas maravillas. La más interesante, The Morning Show, un relato del mundo interior de los grandes informativos, al que dan vida Jennifer Aniston, en su estreno dramático, y Reese Whiterspoon, en el mejor momento de su carrera. Aquí confluyen la implacable competencia de los magazines matinales y el #MeToo: el conductor del programa es despedido tras ser denunciado por abusos sexuales a subordinadas. Le sustituye una ingenua periodista procedente de la Virginia profunda.
También hay un fondo feminista en Dickinson, serie sobre la poetisa romántica con un desarrollo emocional de lujo; y en Para toda la Humanidad, donde se recurre a la ucronía: un astronauta soviético pisa la Luna antes que el Apolo 11 y, además, la primera mujer en tocar el mismo suelo lleva bandera roja, de hoz y martillo. El cuarto producto, See, elige la distopía en la línea de Juego de Tronos: tras una hecatombe vírica mundial, los pocos supervivientes son ciegos.
¿Quién faltaba en la tele? El gigante Disney Plus. Ya ha comenzado en Estados Unidos y en marzo de 2020 entrará en Europa con el catálogo de Marvel, Lucasfilm, Pixar, Century Fox, etc. El capítulo inicial de El Mandaloriano nos traslada a Star Wars después de la caída del Imperio. ¿Y España, qué? Pues parece que solo sabe contar historias en los spots de la lotería de Navidad. ¡Qué buenos anuncios!
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