Aprovechando la calma de esta mañana otoñal, estoy revisando papeles viejos, de esos que se me acumulan en carpetas un tanto polvorientas. Laura me dice que soy un antiguo porque podría tener casi todo en archivos electrónicos bien ordenados y que los podría llevar de aquí para allá en uno de esos pinganillos de colores o incluso «subirlos a la nube» ( esto ya tiene para mí connotaciones de ciencia-ficción).
Por otro lado, mi señora esposa me ha prevenido en varias ocasiones contra mi tendencia acumulativa y casi me ha prohibido hacerme con más libros y papeles viejos pues piensa que estamos cerca del cataclismo doméstico. A lo mejor tengo que pensar en hacerme con un sótano al modo de Castilla del Pino o con un ático reforzado pseudo-parisino, o simplemente convencer a mi suegro para que me deje una de esas lonjas que , por ahora, tiene desocupadas.
Y, como efectivamente soy un antiguo, y , aunque lo he intentado, » no-me-hallo cabe-mi» ( que diría Heidegger) leyendo un e-book , mi único consuelo es encontrar de vez en cuando alguna cita en un papel amarillento que de pronto revive en mí «mi antigua-antiguedad-en-cuanto-que -tal» ( que también diría Heidegger) , aunque bueno, tampoco es tan antigua.
La de hoy ha sido esta, y está copiada de un artículo de Jordi Soler de hace unos años: “La vida lenta. Hacer largas caminatas mientras se ensaya esa arqueología interior, conversar sin prisa y de manera arborescente, contar historias alrededor del fuego, observar con mucha atención, durante mucho tiempo, como se mueve la hoja de un árbol, o de qué forma pasa el viento sobre la hierba, porque ahí está la verdadera información, la verdadera noticia que es el misterio del mundo.”
Pues eso ( que diría Paco Umbral cuando no podía hablar de sus libros)